Algunos sabéis de mi rechazo a Jack White, músico y productor bendecido con virtudes de dudosa genialidad. Sabe venderse, y además ya es un producto. Todos cargamos con nuestras fobias y el odio, con mucha frecuencia, conduce al radicalismo. No, yo no peco de talibán y si alguien que suele producirme desagrado o aversión alguna vez acierta con propuestas que me gustan, lo admito y ya está, no me perturba la conciencia. Lo único que rescato de la amplia actividad de White (al menos la que conozco) es The Raconteurs. Esta formación se creó en Detroit hace más de una década con White, Brendan Benson, Jack Lawrence y Patrick Keeler, estos dos últimos miembros de los atractivos The Greenhornes. Su tercer disco, Help us stranger (Third Man Records, 2019), aparece ahora, once años después de su predecesor. Y el grupo, para mí, cumple con lo adecuado para gustarme. Me engancha su sonido, sus riffs de guitarras penetrantes (reconocibles, de White), sus melodías y su eco. Será porque parece que Jack está cómodamente camuflado entre el cuarteto. Ninguno de los tres discos de Raconteurs va a ser modélico ni a recordarse de forma especial con el paso del tiempo (tampoco están concebidos para dejar huella). ¿Quién es capaz de ello hoy?
Nota: 7/10
viernes, junio 28, 2019
miércoles, junio 26, 2019
BONUS TRACK 209: HOLLAND (THE BEACH BOYS)
El otro día surfeé con Surfin' Safari, el primer álbum de los Beach Boys. A mí no me va el surf (sí la playa) y tampoco me zambullo en las olas musicales de la banda californiana antes de Pet Sounds. Desde este gran disco he dado saltos por algunas de sus obras, más serias y también irregulares, alejadas de los días surferos de chicas y arena. Holland es un disco extraño en la trayectoria del grupo, grabado en 1973 precisamente en Holanda, donde el grupo armó un estudio para crear material nuevo. Cada hermano Wilson vagaba por su propio mundo, perdidos más bien entre las voces de su mente y en adicciones, víctimas de sus desequilibrios, y el historial de Dennis y Brian, cada vez más ausentes, ya se teñía de desesperanza y fatalismo. Pero en Holland hay brotes de brillantez en temas como Sail on, Sailor y The trader y un lejano aire de nostalga en la tercera parte de California Saga. Quizá sea este su último buen disco, antes de caer al abismo.
lunes, junio 24, 2019
SOUNDTRACK 231: JUGUETES
¿Hay alguna saga cinematográfica cuyas partes estén todas al mismo nivel y que ese nivel sea el de obra maestra? Sí, la hay. No tengo ninguna duda: Toy Story.
Apunte: aún no he visto Toy Story 4, no falta mucho para que lo haga. Y no tengo dudas de que repetirá el nivel.
A mi hijo de 4 años le gustan las películas. Las ve en casa y en el cine. De animación y de imagen real. Películas infantiles en general, tan disfrutables para niños como para adultos. Algunas las ha visto más de una vez, de lo mucho que le gustan. Y yo, que ya las había visto, las vi de nuevo, y más de una vez otra vez. Como las tres primeras películas de Toy Story. Sí, cada vez que llego al final de cada una me emociono y me digo, qué maravilla. Lo hace el niño que fui y la parte de mí que sigue siéndolo; también el adulto.
¿Por qué estos juguetes fantásticos que cobran vida nos hacen sentir tan felices en una película? Creo que al ver cómo los niños juegan con Woody, Buzz y compañía y cómo estos juguetes viven sus propias aventuras nos vemos a nosotros mismos con nuestros viejos juguetes en las manos. Ahora con nuestros hijos, fascinados en un mundo único de evasión en nuestra imaginación. La saga Toy Story está compuesta por películas perfectas de ritmo, de humor, de emoción, ternura y amor, con guiones ejemplares y personajes de encanto insuperables, como Pixar sabe hacer tan bien. Toy Story: hasta el infinito y más allá.
(Actualizado entre el 3 y el 4 de julio: otra maravilla.)
Apunte: aún no he visto Toy Story 4, no falta mucho para que lo haga. Y no tengo dudas de que repetirá el nivel.
A mi hijo de 4 años le gustan las películas. Las ve en casa y en el cine. De animación y de imagen real. Películas infantiles en general, tan disfrutables para niños como para adultos. Algunas las ha visto más de una vez, de lo mucho que le gustan. Y yo, que ya las había visto, las vi de nuevo, y más de una vez otra vez. Como las tres primeras películas de Toy Story. Sí, cada vez que llego al final de cada una me emociono y me digo, qué maravilla. Lo hace el niño que fui y la parte de mí que sigue siéndolo; también el adulto.
¿Por qué estos juguetes fantásticos que cobran vida nos hacen sentir tan felices en una película? Creo que al ver cómo los niños juegan con Woody, Buzz y compañía y cómo estos juguetes viven sus propias aventuras nos vemos a nosotros mismos con nuestros viejos juguetes en las manos. Ahora con nuestros hijos, fascinados en un mundo único de evasión en nuestra imaginación. La saga Toy Story está compuesta por películas perfectas de ritmo, de humor, de emoción, ternura y amor, con guiones ejemplares y personajes de encanto insuperables, como Pixar sabe hacer tan bien. Toy Story: hasta el infinito y más allá.
(Actualizado entre el 3 y el 4 de julio: otra maravilla.)
viernes, junio 21, 2019
SOUNDTRACK 230: JA JA JA HAMMER
El cine produce películas deliberadamente malas, y de solemnidad. Tan malas, que se les acaba encontrando encanto. Como industria y espectáculo está el cine en su legítimo derecho de ofrecer lo que le plazca y la libertad de gustos merece libertad de contenidos y alicientes. Los films de la Troma, el cine de Russ Meyer, gran parte del de John Waters, un buen lote de obras firmadas por Jess Franco... son ejemplos que me vienen a la cabeza de películas mediocres, risibles, deficientes que, curiosamente, tienen su público de admiradores y defensores. Como ocurre con el cine de la Hammer. Ojo, no todo: esta productora británica fabricó cientos de películas de terror y horror, misterio y ciencia ficción desde finales de los años 40 y tuvo épocas de esplendor en los 50, 60 y 70, con figuras icónicas como los personajes Dracula y Frankenstein, los actores Peter Cushing y Christopher Lee y los directores Terence Fisher y Roy Ward Baker; primaban los presupuestos justos, pero durante años tuvieron éxito; hay obras destacables, realmente buenas, pero también bodrios delirantes que a día de hoy producen una carcajada tras otra por su cutrez, su falta de rigor, sus desfasados argumentos o su pobreza interpretativa. No causan ningún daño y no engañan a nadie; las prefiero al cine de Tarantino, pongamos por caso.
Me voy a quedar con una de esas espantosas películas de la Hammer que ha pasado por mi TV recientemente: Las cicatrices de Drácula, de 1970, con Lee ante la cámara y Baker detrás. Qué horror, madre mía. Aquí van unas cuantas insensateces para troncharse: un murciélago de trapo que chirría, un castillo alejado donde siempre hay niebla al que todos llegan de noche aunque un segundo antes caminen por el bosque próximo en la claridad despejada del día; un pueblo de cobardes atemorizado ante un vampiro recluido que no sale de su templo; los ojos enrojecidos de Drácula cuando las damiselas enseñan (siempre) sus lozanos cuellos; la parsimonia con que los malos amenazan con golpear y los buenos con reaccionar; el sirviente pordiosero que mantiene inmaculadas las estancias del castillo y esconde un retrato de su adorada amada, precisamente la damita despista que irrumpe en el castillo y se deja llevar en brazos por el siniestro conde al que acaba de conocer... Bendito cine.
Me voy a quedar con una de esas espantosas películas de la Hammer que ha pasado por mi TV recientemente: Las cicatrices de Drácula, de 1970, con Lee ante la cámara y Baker detrás. Qué horror, madre mía. Aquí van unas cuantas insensateces para troncharse: un murciélago de trapo que chirría, un castillo alejado donde siempre hay niebla al que todos llegan de noche aunque un segundo antes caminen por el bosque próximo en la claridad despejada del día; un pueblo de cobardes atemorizado ante un vampiro recluido que no sale de su templo; los ojos enrojecidos de Drácula cuando las damiselas enseñan (siempre) sus lozanos cuellos; la parsimonia con que los malos amenazan con golpear y los buenos con reaccionar; el sirviente pordiosero que mantiene inmaculadas las estancias del castillo y esconde un retrato de su adorada amada, precisamente la damita despista que irrumpe en el castillo y se deja llevar en brazos por el siniestro conde al que acaba de conocer... Bendito cine.
martes, junio 18, 2019
GREATEST HITS 226: DANI CALIFORNIA (RED HOT CHILI PEPPERS)
Cuesta creer que han pasado ya trece años desde que sonó esta canción por primera vez. Los Peppers solo grabaron otros dos discos más desde entonces, que se los podrían haber ahorrado. Hoy me pregunto si a la banda le queda aún algo que aportar, si es capaz de cumplir con dignidad y talento sin marchitar en el caso de que vuelva a pasar por el estudio. Stadium Arcadium es el último disco que me gusta de RHCP, aunque se les fue la mano extendiendo la grabación. Dani California fue su tema de lanzamiento, un latigazo con garra que hoy recupero en un canal de vídeos para divertirme y reírme un rato con su tributo rockanrolero en las ropas, maquillajes y poses de Kiedis, Flea, Frusciante y Smith.
sábado, junio 15, 2019
VOLUME ONE 503: WESTERN STARS (BRUCE SPRINGSTEEN)
Y ahora, hoy, ¿qué le pedimos a Bruce Springsteen, que tanto nos ha dado ya? No me veo capaz de articular una reseña ordenada de lo que produce en mí su nuevo álbum, Western stars (Columbia, 2019), el primero con material nuevo en cinco años. Un disco sobre carreteras y autoestopistas, cafés, caballos salvajes, desierto, moteles, puestas de sol, trenes y caminantes... sobre America y su búsqueda de sí misma. Permitidme dejar unas cuantas ideas e impresiones, sin mucho orden, o en todo caso con un orden improvisado y particular.
¿Un disco de country? Country a distancia, tan limpio como el vaquero Springsteen fotografiado en el libreto del álbum, de coche y guitarra inmaculadas. Country de pose, sin autenticidad. No basta con el caballo indomable de la portada. ¿Dónde está el polvo?
Entre High hopes y Western stars el Boss ha terminado sus memorias y ha contado y cantado su vida cinco días a la semana durante dos años en un escenario de Broadway. ¿Qué tiene que contar? Confiesa que (de tanto viajar en el pasado) le mueve la nostalgia y la encuentra en la California playera y popera de finales de los 60, a la que se llega cruzando el desierto y un país entero.
¿Y eso se puede recuperar, revivir un tiempo y un lugar? El adorno para intentarlo es lo que envuelve la música de este disco, capas de cuerdas y arreglos con tendencia a la grandilocuencia que cubren finos sonidos acústicos, un maquillaje de gran producción en cinemascope cuando las intenciones piden cine más íntimo con presupuesto modesto. Springsteen debería ser menos Springsteen.
¿Canciones? No son cojonudas las de Western stars y ninguna de las buenas se retendrá en los años venideros. Las que se salvan de verdad (The wayfarer, Hello sunshine, Sundown, Moonlight Motel) dejan un pellizco agradable, y entre un buen arranque y un digno final queda un paréntesis de aburrimiento con clichés del autor que han perdido sabor, letras simplonas y débiles composiones (Western stars, Chasin' wild horses).
Lo mejor: la cubierta del disco; y The wayfarer.
Lo peor: la sensación de decepción; pensar, y saber, que Bruce lo sabe hacer mejor, y ahora es incapaz.
Nota: 6/10
¿Un disco de country? Country a distancia, tan limpio como el vaquero Springsteen fotografiado en el libreto del álbum, de coche y guitarra inmaculadas. Country de pose, sin autenticidad. No basta con el caballo indomable de la portada. ¿Dónde está el polvo?
Entre High hopes y Western stars el Boss ha terminado sus memorias y ha contado y cantado su vida cinco días a la semana durante dos años en un escenario de Broadway. ¿Qué tiene que contar? Confiesa que (de tanto viajar en el pasado) le mueve la nostalgia y la encuentra en la California playera y popera de finales de los 60, a la que se llega cruzando el desierto y un país entero.
¿Y eso se puede recuperar, revivir un tiempo y un lugar? El adorno para intentarlo es lo que envuelve la música de este disco, capas de cuerdas y arreglos con tendencia a la grandilocuencia que cubren finos sonidos acústicos, un maquillaje de gran producción en cinemascope cuando las intenciones piden cine más íntimo con presupuesto modesto. Springsteen debería ser menos Springsteen.
¿Canciones? No son cojonudas las de Western stars y ninguna de las buenas se retendrá en los años venideros. Las que se salvan de verdad (The wayfarer, Hello sunshine, Sundown, Moonlight Motel) dejan un pellizco agradable, y entre un buen arranque y un digno final queda un paréntesis de aburrimiento con clichés del autor que han perdido sabor, letras simplonas y débiles composiones (Western stars, Chasin' wild horses).
Lo mejor: la cubierta del disco; y The wayfarer.
Lo peor: la sensación de decepción; pensar, y saber, que Bruce lo sabe hacer mejor, y ahora es incapaz.
Nota: 6/10
viernes, junio 14, 2019
VOLUME ONE 502: YEARS TO BURN (IRON & WINE & CALEXICO)
Anoche volví a escuchar In the reins, el álbum con el que Calexico y Iron & Wine demostraron en 2005 lo buenos amigos que eran. El disco, con el sostén de voces delicadas y postrado sobre las ondas sonoras de su aridez emocional, guarda inalterable su encanto, un eco profundo cargado de lirismo. Catorce años después Joey Burns, John Convertino y los chicos de su banda por un lado y Sam Beam y sus músicos por el otro refuerzan su gran relación con otro excepcional encuentro del que llevo unos días sin apartarme. Years to burn (Sub Pop, 2019) condensa en 32 minutos lo que son y siempre han sido unos y otros: artesanos de la excelencia. La suite amarga que es el sexto corte, dividido en tres partes fascinantes, resume la conveniencia de esta asociación, la conexión de dos formaciones que, juntas, embellecen la música y te encadenan a ella cuando más falta hace.
Nota: 9/10
Nota: 9/10
lunes, junio 10, 2019
LLORAR DE ROCK
Hay una euforia irrepetible que nos invade en un concierto de rock. Llegado uno, dos o varios momentos de éxtasis y entrega, devotos de los músicos y devorados por una canción, el sudor se cruza con las lágrimas y el júbilo se funde con la dicha. No cabe mayor goce en la vida. He sentido momentos así en algún concierto, reposado en una butaca o arrastrado por una marea humana. Me siento en la piel del público que veo gozar del mismo modo en las imágenes fascinantes de un documental que ofrece el contenido a la carta de una plataforma audiovisual. Las cámaras siguen a los Rolling Stones en la última gira que hicieron, esta década, por Sudamérica. Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Colombia, y por primera vez en la historia, Cuba. Difruto con el milagro de la resistencia y el poder de absorción, con los mitos vivos, el pueblo hechizado. Con las canciones llenas de vida nueva. Con las lágrimas de alegría de seres atrapados en satisfacción, diablos simpáticos, refugios fuera de control. Es solo rock and roll, y cuánto nos gusta.
domingo, junio 09, 2019
GREATEST HITS 225: DESIRE (U2)
Esto va del fogonazo de un recuerdo que activan unas imágenes, de una sensación recuperada. Del tiempo congelado y revivido. De lo que fuimos y de lo que queda. Yo esperaba lo nuevo de U2. Me había llenado de todo el grupo desde The Joshua Tree hacia atrás. Y anunciaban Rattle & Hum. Este fue el primer vídeo, de cuando en la tele ponían vídeos. Desire. Y me gustó. No tanto como ahora. Como ahora mientras como y una televisión desprende luz con estas imágenes de aquella gran canción. El grupo en las calles, cuando tenían pelo, corrían deprisa y eran jóvenes. De aquel gran disco.
viernes, junio 07, 2019
LIVE IN 231: DOCTOR
Un músico, una ciudad. La música de unas calles, la voz de sus gentes, el eco de un pueblo. Nueva Orleans es Dr. John, como lo es también Allen Toussaint, o los hermanos Neville, y unos cientos de artistas presentes y ausentes que hicieron hervir las culturas cruzadas en un rico caldo mestizo. Malcolm John Rebennack Jr. se ha marchado de la ciudad, pero allí nunca dejará de sonar. Estuvo con todos prestándoles sus teclas. Sabías que era bueno, pero nunca te acercaste a él lo suficiente, puede ser que todos se acercaban antes a él. Dense 33 minutos de homenaje con aquel disco de 1973, In the right place (donde siempre estuvo él), con Toussaint en el estudio jugando con el blues, el rock, el funk, el soul... la música de una ciudad.
miércoles, junio 05, 2019
GREATEST HITS 224: IF IT MAKES YOU HAPPY (SHERYL CROW)
Más de una vez el blog ha dado fe en sus archivos de la querencia por Sheryl Crow. Cierro los ojos y aún la veo a dos pasos de mí, segura y sobrada, en aquella sala de Tribunal cuando presentaba su primer álbum, allá por mediados de los noventa. No tardó en aparecer su segundo disco, superior al anterior y con algunas de sus mejoras composiciones. Rescato una de ellas, If it makes you happy, como anticipo o aperitivo de su próximo trabajo, Threads, este verano, en el que se deja ver con Bonnie Raitt y Mavis Staples en el ensayo de unas de sus canciones. Sheryl, hasta ahora, ha alternado trabajos muy buenos con obras discretas. Toca volver a los primeros.
lunes, junio 03, 2019
BOOTLEG SERIES 74: DOUG SEEGERS
Los acordes de la música country guardan historias dolientes, caídas al abismo y, a veces, resurrecciones a tiempo, antes del desgarro final. En las canciones del género reposa una melancolía universal de los crepúsculos a los que llegan nuestras vidas, asociada por costumbre a los paisajes y arquetipos de la cultura americana: desierto, soledad, huida, perdedores ahogados en la barra del bar... La historia de Doug Seegers encaja en argumentos que explora el country.
Músico callejero, trovador fracasado, alcohólico, drogadicto, indigente... Ethan Hawke podría llevarla al cine, tras haber rescatado la triste figura de Blaze Foley. Cuando Seegers buscaba alimento y cobijo en una casa de acogida en Nashville, en 2013, se cruzó con una estrella de la música country en un país tan lejano como Suecia, Jill Johnson, y un equipo de grabación que documentaba las odiseas de músicos caídos en desgracia. El encuentro derivó en una canción que cruzó el Atlántico y fue todo un descubrimiento en el país escandinavo, donde el propio músico la interpretó en un programa de televisión. Pronto, Doug salió del pozo. De vuelta en Nashville grabó la canción, y un disco, en los estudios Sound Emporium. El sin techo, encontró un hogar en el templo de la música country.
El año pasado, a los 66 años, grabó su segundo álbum con la producción de Joe Henry, A story I got to tell, donde desnuda los avatares de su vida. Está bien la cosa: amarga, con la vida en el filo, y una brisa de esperanza. No es que sea un gran cantante Doug, pero entre el blues y el folk, el country y el rock, se acomoda para salir a flote hacia su propio crepúsculo.
Músico callejero, trovador fracasado, alcohólico, drogadicto, indigente... Ethan Hawke podría llevarla al cine, tras haber rescatado la triste figura de Blaze Foley. Cuando Seegers buscaba alimento y cobijo en una casa de acogida en Nashville, en 2013, se cruzó con una estrella de la música country en un país tan lejano como Suecia, Jill Johnson, y un equipo de grabación que documentaba las odiseas de músicos caídos en desgracia. El encuentro derivó en una canción que cruzó el Atlántico y fue todo un descubrimiento en el país escandinavo, donde el propio músico la interpretó en un programa de televisión. Pronto, Doug salió del pozo. De vuelta en Nashville grabó la canción, y un disco, en los estudios Sound Emporium. El sin techo, encontró un hogar en el templo de la música country.
El año pasado, a los 66 años, grabó su segundo álbum con la producción de Joe Henry, A story I got to tell, donde desnuda los avatares de su vida. Está bien la cosa: amarga, con la vida en el filo, y una brisa de esperanza. No es que sea un gran cantante Doug, pero entre el blues y el folk, el country y el rock, se acomoda para salir a flote hacia su propio crepúsculo.
sábado, mayo 25, 2019
GREATEST HITS 223: GO (THE BLACK KEYS)
Supongamos que en los últimos cinco años Dan Auerbach y Patrick Carney se han llevado a matar. "Lo que necesitáis, para empezar, es hablar", les diría alguien que intermediase para conseguir su reconciliación. Hace cinco años Dan y Patrick grabaron su último trabajo, Turn Blue. Ahora vuelven. Y lo hacen, enfadados o no, con el gancho eléctrico del que huyeron quienes primero los ensalzaron, ese golpe de efecto adictivo que a muchos nos convence y encanta. Go, buen título para regresar, para despegar, para enchufarse de nuevo a The Black Keys. En junio, Let's rock. No quiero saber más.
viernes, mayo 24, 2019
VOLUME ONE 501: WE GET BY (MAVIS STAPLES)
Mavis se las arregla para refrescar hoy la lucha del pasado, la de siempre. La exigencia de igualdad, dignidad y seguridad para todos los seres y razas no tiene fecha de caducidad; los peligros y horrores que las atacan, lamentablemente, tampoco. Entre ese pasado de reivindicación que su música no ha dejado de proclamar y el presente amenazado por muros y coacciones, Mavis Staples, con 80 años, ha sido quien con más naturalidad ha adaptado su discurso universal y sus herramientas sonoras al criterio estilístico de lúcidos autores que podrían ser sus hijos o nietos. Después de tres excelentes álbumes en sintonía con Jeff Tweedy y uno bastante decente con M Ward, ahora el socio es Ben Harper, quien ha agitado la esencia guerrera de la pequeña Mavis en We get by (Anti-, 2019). Este álbum, con una portada que visualiza las brechas de la desigualdad y las barreras entre colores, carece de la sutileza de las obras producidas por Tweedy (quien a ratos daba aire para que a la voz de Mavis la envolviese la fragancia más suave de Wilco) y se empapa de un sonido más afilado, unas veces un poco áspero, otras bellamente frágil. Sin que nos empape de goce, cuenta con valiosos cortes (Change, Never needed anyone, Stronger) y reconforta la buena salud de Mrs. Staples.
Nota: 7/10
Nota: 7/10
jueves, mayo 23, 2019
LA MÚSICA ENTRE EL DOLOR
Necesito reproducir esto, el texto impreso que acompaña el disco de un músico americano del año pasado:
"Durante un tiempo me sentía estéril y vencido, harto de mí mismo, de los viajes y las giras. Tenía una extraña sensación de privilegio que me llevaba a un espacio acristalado de frustración y cansancio. Estaba apático, perdido y enterrado en un refugio de vanidad y autodesprecio. Todo aquello cambió en un instante.
En una pequeña carpa en Lowell, Massachusetts, en 2011, un marido y su esposa se acercaron a mí en un encuentro después del espectáculo; llevaban consigo una tarjeta de baloncesto de su hijo de 11 años, Jack. Estaban abrazados el uno al otro, me señalaban su sonrisa desbordante de alegría, vestido con su sudadera de los Celtics, agarrando una pelota, y compartieron conmigo la noticia de que había fallecido el año anterior tras una larga lucha contra el cáncer. Me explicaron con amabilidad y elegancia que la música que yo hacía era importante para ellos en sus últimos días con Jack, y que todavía la escuchan juntos en casa, en horas sagradas cuando quieren sentirse conectados musicalmente con él. Aquel fue para mí un momento de transformación inmediata.
Me cogió por sorpresa su generosidad y franqueza. En la profundidad de su dolor, encontraron tiempo y fuerzas para venir a mi actuación, esperar bajo la lluvia y ofrecerme una lección tan personal y poderosa como aquella. En aquel encuentro, en aquel sencillo intercambio, sentí un propósito renovado. Quería liberar la vanidad en la que me encerraba y exponerme a mí mismo a las historias de otras personas, abrazarlas y experimentarlas primero. Aquella maravillosa pareja me entregó la tarjeta de baloncesto de Jack, y cuando llegué a casa al acabar la gira la puse en la estantería junto a las fotos de mi familia. A veces cuando vuelvo a mirar esa tarjeta saludo a Jack y a sus padres, y deseo que en algún lugar los tres sientan paz.
Este año me tocó a mí experimentar una grandísima pérdida en mi vida, y estas canciones me han ayudado a encontrar paz en el proceso de dolor. Estas canciones de mi séptimo álbum son más vuestras que mías. Agradezco la oportunidad de compartir y escuchar, de entregaros más música para que os regocijeis, consoleis, reflejeis y desaparezcais en la oscuridad, la luz, el gran sol y la luna nueva."
"Durante un tiempo me sentía estéril y vencido, harto de mí mismo, de los viajes y las giras. Tenía una extraña sensación de privilegio que me llevaba a un espacio acristalado de frustración y cansancio. Estaba apático, perdido y enterrado en un refugio de vanidad y autodesprecio. Todo aquello cambió en un instante.
En una pequeña carpa en Lowell, Massachusetts, en 2011, un marido y su esposa se acercaron a mí en un encuentro después del espectáculo; llevaban consigo una tarjeta de baloncesto de su hijo de 11 años, Jack. Estaban abrazados el uno al otro, me señalaban su sonrisa desbordante de alegría, vestido con su sudadera de los Celtics, agarrando una pelota, y compartieron conmigo la noticia de que había fallecido el año anterior tras una larga lucha contra el cáncer. Me explicaron con amabilidad y elegancia que la música que yo hacía era importante para ellos en sus últimos días con Jack, y que todavía la escuchan juntos en casa, en horas sagradas cuando quieren sentirse conectados musicalmente con él. Aquel fue para mí un momento de transformación inmediata.
Me cogió por sorpresa su generosidad y franqueza. En la profundidad de su dolor, encontraron tiempo y fuerzas para venir a mi actuación, esperar bajo la lluvia y ofrecerme una lección tan personal y poderosa como aquella. En aquel encuentro, en aquel sencillo intercambio, sentí un propósito renovado. Quería liberar la vanidad en la que me encerraba y exponerme a mí mismo a las historias de otras personas, abrazarlas y experimentarlas primero. Aquella maravillosa pareja me entregó la tarjeta de baloncesto de Jack, y cuando llegué a casa al acabar la gira la puse en la estantería junto a las fotos de mi familia. A veces cuando vuelvo a mirar esa tarjeta saludo a Jack y a sus padres, y deseo que en algún lugar los tres sientan paz.
Este año me tocó a mí experimentar una grandísima pérdida en mi vida, y estas canciones me han ayudado a encontrar paz en el proceso de dolor. Estas canciones de mi séptimo álbum son más vuestras que mías. Agradezco la oportunidad de compartir y escuchar, de entregaros más música para que os regocijeis, consoleis, reflejeis y desaparezcais en la oscuridad, la luz, el gran sol y la luna nueva."
lunes, mayo 20, 2019
BONUS TRACK 208: DOWN THE ROAD (VAN MORRISON)
¿Qué puede guardarnos un disco en cuya portada vemos las cubiertas de álbumes de James Brown, Ray Charles, Mose Allison, Chet Baker, Muddy Waters, Hank Williams, Louis Armstrong, BB King, Blind Lemon Jefferson...? Esta portada es una de mis preferidas entre mi colección de música. Es la de uno de los muy buenos discos de la extensa obra de Van Morrison, que escogió como imagen para Down the road (2002) el escaparate de una tienda de discos y memorabilia musical. Un placer mirar, otro escuchar, desconectar. Empezar y terminar este trabajo con Down the road y Fast train es de los brillantes aciertos de Van, que en un paso se inclina hacia el blues y en el siguiente hacia el soul, bajo una nube acogedora de humedad irlandesa. Meet me in the Indian summer o Hey Mr. DJ elevan la emoción de este disco de reconfortante limpieza. En una mañana de domingo, por ejemplo, (¡ah, lo confesaba Uma Thurman en Beautiful girls!) vale esta música para flotar.
sábado, mayo 18, 2019
VOLUME TWO 96: STRAY GATORS
Los Stray Gators nunca tuvieron disco propio. No lo necesitaban, y jamás entró en sus planes. Estaban detrás de un par de obras de Neil Young a comienzos de los setenta (Harvest, Time fades away), después y antes de que el canadiense agarrase las riendas de los Crazy Horse, y de forma ocasional volvieron con él algunos miembros para dar sonido a algún otro álbum más adelante (Harvest moon). Como expertos músicos de sesión que eran, curtidos en la comunidad country de Nashville y junto a calaña como Phil Spector, The Rolling Stones, Chet Atkins, Ry Cooder o Dylan, no tenían necesidad de demostrar virtuosismo, les bastaba con entenderse a ciegas con quienes les contrataban. A mí me encanta cómo se entendían con Young, quien siempre prefirió el óxido al destello, aunque no fuese tan longeva la unión como los fue con Crazy Horse. No hay nada extraordinario en los Stray Gators, solo la frugalidad de una comunión natural.
Neil Young, con 73 años, ha sobrevivido a todos los Gators. Fueron cayendo en los últimos 19 años el pianista y arreglista Jack Nitzsche, también autor de bandas sonoras; el guitarrista Ben Keith, quien más veces se asoció con Neil en las décadas siguientes; el bajista Tim Drummond y el baterista Kenny Buttrey. Young va a abrir de nuevo su caja de archivos para revivir los días en que Stray Gators estaban a su espalda, en la gira de Harvest mientras se surgía Time fades away; lo hace en un álbum titulado Tuscaloosa, donde el oyente puede entrar en ese remolino abrasivo de country rock en el que daban vueltas Neil y los Gators.
Neil Young, con 73 años, ha sobrevivido a todos los Gators. Fueron cayendo en los últimos 19 años el pianista y arreglista Jack Nitzsche, también autor de bandas sonoras; el guitarrista Ben Keith, quien más veces se asoció con Neil en las décadas siguientes; el bajista Tim Drummond y el baterista Kenny Buttrey. Young va a abrir de nuevo su caja de archivos para revivir los días en que Stray Gators estaban a su espalda, en la gira de Harvest mientras se surgía Time fades away; lo hace en un álbum titulado Tuscaloosa, donde el oyente puede entrar en ese remolino abrasivo de country rock en el que daban vueltas Neil y los Gators.
jueves, mayo 16, 2019
BACKWARDS & FORWARDS
Ahora no me gusta lo que hace Coldplay. Me sigue gustando lo que hizo antes: el primer disco, el segundo, el tercero, casi todo el cuarto, y todo lo demás ya no. La canción The Scientist, que escucho mientras tomo café, me viene hoy a la mente, aquella en cuyo vídeo la acción se desarrollaba hacia atrás y terminaba/empezaba en un accidente de circulación. Pienso en el grupo, en esta canción y en aquel sentido inverso de la acción. Hoy que confluyen el pasado, el presente y el futuro y las nubes no dejan ver bien hacia dónde mirar.
domingo, mayo 12, 2019
VOLUME ONE 500: LEYLINES (RISING APPALACHIA)
(Números redondos: 500 entradas alcanza esta sección del blog, 500 discos reseñados al antojo de su autor en el año en que salían al mercado -en realidad hay trampita, pues alguna entrada requería el comentario de más de un disco, y algún álbum era del año anterior-. ¿Muchas entradas?, ¿pocos discos? No me decido por la respuesta. El caso es que seguimos...)
Leah y Chloe Smith llevan la música en el equipaje de sus vidas: como lenguaje de unión, como expresión de activismo, una forma de independencia. Por afinidades doy con estas chicas, Rising Appalachia, y me interesa su rollo: eso de viajar por aquí y por allá y atraer a músicos a su causa, de compartir culturas, mezclar herencias y aprendizaje, la convivencia en un hogar que no se ajusta a límites. Lo primero que escucho de ellas me habla del sucio sur (estamos en USA), de donde ellas vienen, revestido con ropajes de esa acústica tradicional que nace de la vasta cordillera de los Apalaches, un caldo donde cuecen raíces musicales autóctonas con ingredientes que tienen sus orígenes en África, en el norte de Europa, en Irlanda. Está bien, pero me pesa. Leylines (Wider Circles, 2019), con toda esa fusión de fuentes, me satisface mucho más.
Cuenta Leah que el año pasado hasta el último segundo no se decidieron a abrirle la puerta a un productor para su música, ellas tan reacias a cuanto se vincule con la industria o a lo ajeno a su libertad creativa. Creyeron que la persona ideal era Joe Henry, autor de método rápido que no concibe el encasillamiento, y que en un mismo año entrega trabajos con Joan Baez, Steep Canyon Rangers, Milk Carton Kids y Amy Helm. La apuesta no admite error y Henry, con la batuta y la intuición de un maestro artesanal, ha conseguido que Leah, Chloe y sus músicos hayan conseguido una hermosa creación musical. Folk, blues, jazz y soul, con un pie en América, otro en África y una mano en las raíces celtas, se armonizan con sosiego en Leylines para producir exquisitas canciones: Harmonize, Make magic, Cuckoo, Resilient. Tan lejanas, tan próximas.
Nota: 8,5/10
Leah y Chloe Smith llevan la música en el equipaje de sus vidas: como lenguaje de unión, como expresión de activismo, una forma de independencia. Por afinidades doy con estas chicas, Rising Appalachia, y me interesa su rollo: eso de viajar por aquí y por allá y atraer a músicos a su causa, de compartir culturas, mezclar herencias y aprendizaje, la convivencia en un hogar que no se ajusta a límites. Lo primero que escucho de ellas me habla del sucio sur (estamos en USA), de donde ellas vienen, revestido con ropajes de esa acústica tradicional que nace de la vasta cordillera de los Apalaches, un caldo donde cuecen raíces musicales autóctonas con ingredientes que tienen sus orígenes en África, en el norte de Europa, en Irlanda. Está bien, pero me pesa. Leylines (Wider Circles, 2019), con toda esa fusión de fuentes, me satisface mucho más.
Cuenta Leah que el año pasado hasta el último segundo no se decidieron a abrirle la puerta a un productor para su música, ellas tan reacias a cuanto se vincule con la industria o a lo ajeno a su libertad creativa. Creyeron que la persona ideal era Joe Henry, autor de método rápido que no concibe el encasillamiento, y que en un mismo año entrega trabajos con Joan Baez, Steep Canyon Rangers, Milk Carton Kids y Amy Helm. La apuesta no admite error y Henry, con la batuta y la intuición de un maestro artesanal, ha conseguido que Leah, Chloe y sus músicos hayan conseguido una hermosa creación musical. Folk, blues, jazz y soul, con un pie en América, otro en África y una mano en las raíces celtas, se armonizan con sosiego en Leylines para producir exquisitas canciones: Harmonize, Make magic, Cuckoo, Resilient. Tan lejanas, tan próximas.
Nota: 8,5/10
viernes, mayo 10, 2019
VOLUME TWO 95: THE FELICE BROTHERS
El último trabajo de los hermanos Felice, el octavo de su discografía en trece años, da pie a esta entrada y a este retrato somero. No me habría acordado de ellos de no ser por el agradable reencuentro con la mejor versión de la banda que supone Undress (2019) después de una serie de álbumes en esta década tan irregulares como apagados que dejaban al grupo en un punto ciego de orientación. Este descenso de calidad coincidió con el abandono de Simone Felice, en combate con sus problemas de salud y con una aceptable carrera en solitario y con la formación The Duke & The King.
Cuando en su día me encontré con la cubierta de Tonight at the Arizona (2007), cuatro tipos de aspecto oscuro en un paisaje helado, como salidos de films como Los vividores o Forajidos de leyenda, intuí que detrás de la imagen había una sugerente propuesta de folk rock americano. Los hermanos James, Ian y Simone venían de las montañas Catskill, en el norte del estado de Nueva York, y habían crecido entre música de raíz y jam sessions rurales antes de aventurarse a tocar en el metro y las calles de la Gran Manzana. En su música ruda e imperfecta prevalecía el sentimiento, un aroma a tierra y tradición que los acercaba a las esencias de Dylan y sobre todo a The Band. Los dos discos siguientes surcaban el desaliño y la nostalgia con subidas y bajadas de tono, salpicados de emotivas canciones para dejar correr la noche en una taberna, cerca de Woodstock. Hasta que dieron un volantazo a su trayectoria con Celebration, Florida (2011), con un vicio experimental que no encajaba con el grupo, y, en mi opinión, perdieron el rumbo. Otro par de discos monótonos que trataban de volver al punto de partida me hicieron perder la confianza en los Felice. Undress pesca de nuevo en lago seguro, con letras críticas y jocosas hacia su país y un sonido más pulido que no renuncia a la pureza de las semillas de la banda, de nuevo con The Band frente al parabrisas y en el retrovisor.
Cuando en su día me encontré con la cubierta de Tonight at the Arizona (2007), cuatro tipos de aspecto oscuro en un paisaje helado, como salidos de films como Los vividores o Forajidos de leyenda, intuí que detrás de la imagen había una sugerente propuesta de folk rock americano. Los hermanos James, Ian y Simone venían de las montañas Catskill, en el norte del estado de Nueva York, y habían crecido entre música de raíz y jam sessions rurales antes de aventurarse a tocar en el metro y las calles de la Gran Manzana. En su música ruda e imperfecta prevalecía el sentimiento, un aroma a tierra y tradición que los acercaba a las esencias de Dylan y sobre todo a The Band. Los dos discos siguientes surcaban el desaliño y la nostalgia con subidas y bajadas de tono, salpicados de emotivas canciones para dejar correr la noche en una taberna, cerca de Woodstock. Hasta que dieron un volantazo a su trayectoria con Celebration, Florida (2011), con un vicio experimental que no encajaba con el grupo, y, en mi opinión, perdieron el rumbo. Otro par de discos monótonos que trataban de volver al punto de partida me hicieron perder la confianza en los Felice. Undress pesca de nuevo en lago seguro, con letras críticas y jocosas hacia su país y un sonido más pulido que no renuncia a la pureza de las semillas de la banda, de nuevo con The Band frente al parabrisas y en el retrovisor.
miércoles, mayo 08, 2019
BONUS TRACK 207: FLEETWOOD MAC (FLEETWOOD MAC)
Qué pensarían entonces, en 1975, los seguidores de Fleetwood Mac apegados al grupo desde sus andanzas bluseras en el Londres grisáceo de finales de los años sesenta, si es que aún quedaban seguidores. Es singular (no diría radical) la transformación de esta banda, su conversión en un grupo tan diferente al que había surgido unos siete años antes. Gran parte de su audiencia quedaría en el camino y la nueva convirtió en millonarios a los miembros que quedaban y a los que se incorporaron. Es significativo que el décimo disco se titulase como el primero, Fleetwood Mac, el despegue de un nuevo grupo, esta vez sin semillas de blues, sopladas de golpe por la brisa pop que desde la coste Oeste traían Lindsey Buckingham y Stevie Nicks.
A mí nunca me entusiasmaron ni los primeros ni los siguientes Fleetwood Mac, aunque admito que cuando cierta madurez se asentó en mí supe apreciar mejor la transfiguración del grupo y la atractiva corteza de las canciones a partir del disco homónimo del 75, con las chicas compartiendo voces y autoría con los hombres (y parejas y drogas, de paso). El álbum es un ejemplar idóneo para reivindicar el pop o el soft rock que mejor resistió aquella década. Y temas como Rhiannon o Say you love me aún guardan pegada.
A mí nunca me entusiasmaron ni los primeros ni los siguientes Fleetwood Mac, aunque admito que cuando cierta madurez se asentó en mí supe apreciar mejor la transfiguración del grupo y la atractiva corteza de las canciones a partir del disco homónimo del 75, con las chicas compartiendo voces y autoría con los hombres (y parejas y drogas, de paso). El álbum es un ejemplar idóneo para reivindicar el pop o el soft rock que mejor resistió aquella década. Y temas como Rhiannon o Say you love me aún guardan pegada.
lunes, mayo 06, 2019
SOUNDTRACK 229: BURT LANCASTER
Qué inmortales los actores de antes, con ese gen único para la interpretación, el rostro y el cuerpo (los gestos para moverlos y excitarlos) ante una cámara que los amaba, ante un público que soñaba con ellos. Nacieron actores, pensamos tanto tiempo después de que nos dejasen. Grant, Stewart, Hepburn, Stanwyck. Y Burt Lancaster. A los que vinieron más tarde, formidables muchos, los vemos de otra
manera, como hombres y mujeres que luego se convirtieron en actores.
Burt Lancaster fue un actor de mi infancia. A mi padre le encantaba El halcón y la flecha y El temible burlón, con las piruetas de Lancaster y su amigo sin habla, y me contaba que ese actor había sido acróbata de circo, por eso no paraba de saltar desde las alturas y no utilizaba dobles para las escenas peligrosas. A mí también me entusiasmaban aquellas películas, qué emocionantes y divertidas, que hace treinta años que no veo y tenía grabadas en VHS.
Escribo sobre Burt Lancaster porque veo un film antiguo que no había visto antes, El caso 880, donde interpreta a un agente experto en falsificaciones a la caza de un delincuente. Y disfruto una barbaridad, ausente de mi presente, cuando lo veo fumar apoyado en una puerta y desconfiar con la mirada, o agarrar del brazo a una chica para sacarla a bailar con su sonrisa grande de irresistible seductor, o dirigirse a sus compañeros dando instrucciones para organizar una operación policial como si toda la vida esa actor hubiera sido un investigador. Los mejores actores que le sucedieron nunca fumaron ni bailaron igual. Qué grande eras Burt.
Lancaster era mucho más que un atleta de físico portentoso, era un actor que irradiaba una virilidad contagiosa, que caía bien y transmitía rigor y seguridad. Me gustaba verlo como pirata saltarín, pero también en dramas como Jim Thorpe, De aquí a la eternidad, El fuego y la palabra, El hombre de Alcatraz, El tren o El nadador. Con los años, brindó excelentes trabajos en el cine europeo y en una de sus últimas películas, Campo de sueños, se nos marchó, como un espíritu entrañable pegado a su sonrisa enorme, como el abuelo que siempre nos ha tenido en su altar.
Burt Lancaster fue un actor de mi infancia. A mi padre le encantaba El halcón y la flecha y El temible burlón, con las piruetas de Lancaster y su amigo sin habla, y me contaba que ese actor había sido acróbata de circo, por eso no paraba de saltar desde las alturas y no utilizaba dobles para las escenas peligrosas. A mí también me entusiasmaban aquellas películas, qué emocionantes y divertidas, que hace treinta años que no veo y tenía grabadas en VHS.
Escribo sobre Burt Lancaster porque veo un film antiguo que no había visto antes, El caso 880, donde interpreta a un agente experto en falsificaciones a la caza de un delincuente. Y disfruto una barbaridad, ausente de mi presente, cuando lo veo fumar apoyado en una puerta y desconfiar con la mirada, o agarrar del brazo a una chica para sacarla a bailar con su sonrisa grande de irresistible seductor, o dirigirse a sus compañeros dando instrucciones para organizar una operación policial como si toda la vida esa actor hubiera sido un investigador. Los mejores actores que le sucedieron nunca fumaron ni bailaron igual. Qué grande eras Burt.
Lancaster era mucho más que un atleta de físico portentoso, era un actor que irradiaba una virilidad contagiosa, que caía bien y transmitía rigor y seguridad. Me gustaba verlo como pirata saltarín, pero también en dramas como Jim Thorpe, De aquí a la eternidad, El fuego y la palabra, El hombre de Alcatraz, El tren o El nadador. Con los años, brindó excelentes trabajos en el cine europeo y en una de sus últimas películas, Campo de sueños, se nos marchó, como un espíritu entrañable pegado a su sonrisa enorme, como el abuelo que siempre nos ha tenido en su altar.
viernes, mayo 03, 2019
BONUS TRACK 206: THE CLASH (THE CLASH)
Se trata de encajar la música como un golpe, no importa lo fuerte que duela: unas veces entrega un revés fulminante, otras un placentero soplido. Lo que cuenta es que el efecto sea revelador. La música de The Clash tiene (o tuvo) ese impacto, que responde al momento en que emergió de la furia londinense a modo de censura y revolución y a cómo caló en el descontento juvenil. Había que estar allí para sentirlo plenamente, claro. O asimilar como tuya la lucha y la rabia contra los poderes que te aplastaban en la cloaca. El caso es que yo no estaba allí, y desde donde estuve nunca me dieron los Clash ese golpe mágico de gracia y tampoco andaba con el puño alzado. Cuando escucho algunas de sus canciones, si suenan muy alto, consigo encender un nervio en el cuerpo, pero dedicarle más tiempo me desconecta.
He querido probar de nuevo tras haber leído un largo artículo del malogrado Lester Bangs sobre una gira que cubrió con el grupo en Inglaterra y después de ver una película que inventa una improbable amistad entre Joe Strummer y un adolescente, London Town, muy flojita la verdad, con Jonathan Rhys Meyers con los rasgos del líder musical. Por eso he pinchado The Clash, el disco con que la banda irrumpió en 1977, un álbum rápido y afilado, feo y enfadado que sigue distanciándome de los Clash, en el que solo contados cortes como Deny o Police & Thieves alumbran al grupo que sí me satisfizo dos años más tarde con London Calling.
He querido probar de nuevo tras haber leído un largo artículo del malogrado Lester Bangs sobre una gira que cubrió con el grupo en Inglaterra y después de ver una película que inventa una improbable amistad entre Joe Strummer y un adolescente, London Town, muy flojita la verdad, con Jonathan Rhys Meyers con los rasgos del líder musical. Por eso he pinchado The Clash, el disco con que la banda irrumpió en 1977, un álbum rápido y afilado, feo y enfadado que sigue distanciándome de los Clash, en el que solo contados cortes como Deny o Police & Thieves alumbran al grupo que sí me satisfizo dos años más tarde con London Calling.
martes, abril 30, 2019
LIVE IN 230: BOB DYLAN, SANTIAGO 2019
De nuevo en el templo temes por un momento que la liturgia caiga en la
monotonía, que desde el altar nada enriquecedor vaya a estimular tu fe, de tantas veces que has asistido. Es una amenaza tibia y fugaz: comienza el sermón y avanza la ceremonia, una más, entre cúspides y hasta el éxtasis. Es la gracia de la creencia. Hoy es un orgullo amar a este hombre.
No importa que eches de menos canciones, que en un tramo de la velada te despisten un par de temas y te salgas de la corriente, o que la guitarra suene a veces apagada. No, de verdad que no importa, porque lo realmente hermoso consigue hacerte llorar cuando se reinventa por enésima vez sin perder el alma con que nació (Don't think twice it's all right, Simple twist of fate), o porque la música, una masa etérea a la que dar múltiples formas, muestra el filo fascinador que se clava en tus entrañas (Early Roman kings, Gotta serve somebody) y te lleva hacia mundos pantanosos (Scarlet Town) o te asalta de euforia (Like a rolling stone).
El maestro ahí delante, ese señor tan débil con un foco a su espalda para no mostrar los rasgos de la vejez, parece que está de buen humor esta noche, aunque tengamos que contentarnos solo con miradas satisfechas desde el frente y dos manos a los labios que parecen el arranque de un beso a la audiencia. Bob Dylan.
A mi lado, en segunda fila, tenía a un tipo que la noche anterior lo había visto en Gijón y antes en Bilbao. "Otro gran concierto", me dijo al despedirse. "Bueno, pues ya he visto a Dylan 26 veces", le oí decir a otro hombre en el camino hacia la salida. Mis modestas 7 veces me hacen dichoso en esta vida.
No importa que eches de menos canciones, que en un tramo de la velada te despisten un par de temas y te salgas de la corriente, o que la guitarra suene a veces apagada. No, de verdad que no importa, porque lo realmente hermoso consigue hacerte llorar cuando se reinventa por enésima vez sin perder el alma con que nació (Don't think twice it's all right, Simple twist of fate), o porque la música, una masa etérea a la que dar múltiples formas, muestra el filo fascinador que se clava en tus entrañas (Early Roman kings, Gotta serve somebody) y te lleva hacia mundos pantanosos (Scarlet Town) o te asalta de euforia (Like a rolling stone).
El maestro ahí delante, ese señor tan débil con un foco a su espalda para no mostrar los rasgos de la vejez, parece que está de buen humor esta noche, aunque tengamos que contentarnos solo con miradas satisfechas desde el frente y dos manos a los labios que parecen el arranque de un beso a la audiencia. Bob Dylan.
A mi lado, en segunda fila, tenía a un tipo que la noche anterior lo había visto en Gijón y antes en Bilbao. "Otro gran concierto", me dijo al despedirse. "Bueno, pues ya he visto a Dylan 26 veces", le oí decir a otro hombre en el camino hacia la salida. Mis modestas 7 veces me hacen dichoso en esta vida.
jueves, abril 25, 2019
LIVE IN 229: DYLANOFILIA
Lo mío es filia, no frikismo. Soy fiel seguidor, no voraz enfermo. Lo adquiero, sin derrochar. No beso el suelo por el que pisa, sé lamentar lo que no merece tenerse en cuenta. A veces, según venga, mi fe se acerca al culto a la divinidad. En algo hay que creer. Y siempre, siempre, me guía.
Este es un post dylanófilo, un pequeño capricho, ahora que vuelve al país a tocar (y no a posar para la borreguez tecnológica), y que en unos días lo volveré a ver muy cerca de mi ciudad. Será la séptima vez en justo 20 años, y me he permitido el gusto (sí, algo friki para variar) de repasar nuestros encuentros. Permítanme los cómplices... y los que no.
He acudido a seis conciertos de Bob Dylan (1999, 2004, 2006, 2006, 2008, 2017), entre los que tocó 101 canciones (41 de ellas una sola vez y ninguna las seis veces, solo Like a rolling stone y Highway 61 revisited sonaron cinco veces, y solo una vez temas como Ballad of a thin man y Desolation row, que me hubiera gustado escuchar más veces) y, según los 'set list' de su gira actual, añadirá otras siete. Fue en Santiago, León, Valladolid, San Sebastián, Vigo y Oslo. Después de las dos últimas veces pensé que sería la última vez que lo veía. Ahora lo pienso con más convicción. En esta historia de nunca acabar.
Este es un post dylanófilo, un pequeño capricho, ahora que vuelve al país a tocar (y no a posar para la borreguez tecnológica), y que en unos días lo volveré a ver muy cerca de mi ciudad. Será la séptima vez en justo 20 años, y me he permitido el gusto (sí, algo friki para variar) de repasar nuestros encuentros. Permítanme los cómplices... y los que no.
He acudido a seis conciertos de Bob Dylan (1999, 2004, 2006, 2006, 2008, 2017), entre los que tocó 101 canciones (41 de ellas una sola vez y ninguna las seis veces, solo Like a rolling stone y Highway 61 revisited sonaron cinco veces, y solo una vez temas como Ballad of a thin man y Desolation row, que me hubiera gustado escuchar más veces) y, según los 'set list' de su gira actual, añadirá otras siete. Fue en Santiago, León, Valladolid, San Sebastián, Vigo y Oslo. Después de las dos últimas veces pensé que sería la última vez que lo veía. Ahora lo pienso con más convicción. En esta historia de nunca acabar.
lunes, abril 22, 2019
VOLUME ONE 499: SOLSTICE (LUTHER DICKINSON)
Me complace cada vez más el saboreo continuo de esos discos de los que te das cuenta de lo buenos que son por su transparente humildad; obras elaboradas con un mimo discreto que eleva su calidad casi sin quererlo. Solstice (New West, 2019) está en esta categoría. Debemos agradecérselo a Luther Dickinson. No solo al excelente guitarrista, respaldado en esta ocasión por un grupo de atractivas voces femeninas, como Allison Russell, Amy Helm, Amy LaVere, Sharde Thomas y el trío góspel Coco Mamas, una especie de hermandad bautizada como la Luna de Fresa (Sisters of the Strawberry Moon). Del encuentro, que se produjo en 2016 y se completó con instrumentación añadida en estudio en los años siguientes, se obtiene una equilibrada combinación que en torno a la música de raíces americana se balancea entre el folk, el blues y el góspel. Ellas son las protagonistas, con su entrega vocal y su acento instrumental (conmovedora Russell cada vez que sopla el clarinete), con Luther y otros guitarristas en un modesto pero esencial segundo plano. Solstice suena y se siente cercano, como el susurro escalofriante de los roces de un ser amado.
Nota: 8,5/10
Nota: 8,5/10
sábado, abril 20, 2019
VOLUME ONE 498: BEGIN AGAIN (NORAH JONES)
It was you, el tercero de los siete temas de Begin again (Blue Note, 2019), es una modélica canción para explicar cómo se compone e interpreta una obra maestra. No recuerdo canciones recientes, de los últimos diez años, que me parecieran tan perfectas nada más escucharlas. El segundo, Begin again, o el séptimo, Just a little bit, merecen una exaltación parecida.
Este nuevo trabajo de Norah Jones es el resultado de unas pocas incursiones en el estudio después de una larga gira de conciertos tras su disco anterior, Day breaks (2016). En estas sesiones, la autora neoyorkina dejó llevarse por la improvisación, por la intuición, con músicos próximos y junto a otros con los que no había trabajado, para jugar con la experimentación y atraer a su clima creativo esencias que ya descansaban en el deslumbrante Little broken hearts (2012). Los tres temas sublimes tienen la producción de la propia Norah, con el genial respaldo rítmico de Brian Blade y Chris Thomas. Thomas Bartlett y Jeff Tweedy colaboran en la mesa y en los instrumentos en otras dos canciones cada uno. Todo adquiere una atmósfera de niebla y vapor hechizante.
Nota: 9/10
Este nuevo trabajo de Norah Jones es el resultado de unas pocas incursiones en el estudio después de una larga gira de conciertos tras su disco anterior, Day breaks (2016). En estas sesiones, la autora neoyorkina dejó llevarse por la improvisación, por la intuición, con músicos próximos y junto a otros con los que no había trabajado, para jugar con la experimentación y atraer a su clima creativo esencias que ya descansaban en el deslumbrante Little broken hearts (2012). Los tres temas sublimes tienen la producción de la propia Norah, con el genial respaldo rítmico de Brian Blade y Chris Thomas. Thomas Bartlett y Jeff Tweedy colaboran en la mesa y en los instrumentos en otras dos canciones cada uno. Todo adquiere una atmósfera de niebla y vapor hechizante.
Nota: 9/10
lunes, abril 15, 2019
GREATEST HITS 222: DREAMS (LISSIE)
Otra de esas canciones infalibles que no toleran versiones fallidas ni corrientes. Hasta The Corrs cumplieron con notable. Mayor nota se gana Lissie, que la ha incluido en su álbum When I'm Alone. Dreams, de Fleetwood Mac, es uno de mis temas favoritos, una debilidad confesable. Y Lissie la envuelve en un remolino embrujado con la piel robusta de las teclas y el portento de su voz. A soñar.
CRUELDAD
Esto no lo admito. No estoy para crueldades como esta. Pornografía sentimental. Los guionistas se han cargado al personaje principal, con saña a la que han puesto el disfraz del panegírico. Qué fácil. Qué original. Otro Verano Azul. Casi 40 capítulos con este hombre haciendo de padre nuestro, de maestro, de amigo, de confidente, de luz... y se lo cargan en el último episodio. En la línea de meta he resbalado y todo me ha pasado por encima. No estoy para llorar porque me obliguen los guionistas. Una serie magnífica estropeada en el último suspiro. No seré tan cruel yo de decir cuál.
jueves, abril 11, 2019
VOLUME ONE 497: THIS WILD WILLING (GLEN HANSARD)
Un año y poco ha pasado desde Between two shores y has dejado que fluya ese río desbordado de música que llevas dentro en un nuevo disco. Has ido hacia arriba desde aquel torbellino de éxito y emociones enfrentadas que fue Once y sus secuelas musicales y me temía que ahora, después de tres álbumes fantásticos, ibas a tener vértigo en el cuarto. Cuánto me alegro de haberme equivocado. This wild willing (Anti-, 2019) es otra de tus cumbres, Glen Hansard.
París (y seguro que la vida que masticas en soledad) te ha inspirado, y has dejado que música y músicos de lugares que parecen lejanos te acompañen. Y de ti han extraído ese lado melancólico de las canciones, la fuerza catárquica de los gritos que claman o lloran palabras. Las que ahora has creado parecen nacer de lugares profundos: unas bucean bajo las olas y me arrastran con ellas hacia rincones turbios, otras me sacan a la superficie y me dan oxígeno y deleite. Termino de oírlas y me dejan revuelto un rato, suspendido en una gravedad de madrugada y en nubes de excitación sensorial.
No solo eres gran músico, tienes contigo a quienes te hacen mejor. Vistes canciones con el rigor de un relojero y el arte de un sastre (o al revés). Me gustan las que se estremecen tanto como las que se deshacen. Llevo días abstraído en I'll be you, be me, en Race to the bottom, en Threading water y en Good life of song. Por cómo se levantan y deshacen en luces, o pelean contra el viento en la noche, o purifican. Y vuelvo a creer que eres un gran tipo con el que me gustaría sentir la música.
Nota: 9,5/10
París (y seguro que la vida que masticas en soledad) te ha inspirado, y has dejado que música y músicos de lugares que parecen lejanos te acompañen. Y de ti han extraído ese lado melancólico de las canciones, la fuerza catárquica de los gritos que claman o lloran palabras. Las que ahora has creado parecen nacer de lugares profundos: unas bucean bajo las olas y me arrastran con ellas hacia rincones turbios, otras me sacan a la superficie y me dan oxígeno y deleite. Termino de oírlas y me dejan revuelto un rato, suspendido en una gravedad de madrugada y en nubes de excitación sensorial.
No solo eres gran músico, tienes contigo a quienes te hacen mejor. Vistes canciones con el rigor de un relojero y el arte de un sastre (o al revés). Me gustan las que se estremecen tanto como las que se deshacen. Llevo días abstraído en I'll be you, be me, en Race to the bottom, en Threading water y en Good life of song. Por cómo se levantan y deshacen en luces, o pelean contra el viento en la noche, o purifican. Y vuelvo a creer que eres un gran tipo con el que me gustaría sentir la música.
Nota: 9,5/10
miércoles, abril 10, 2019
BOOTLEG SERIES 73: HIJAS NATIVAS: ALLISON, AMYTHYST, LEYLA Y RHIANNON
La unión de fuerzas musicales en torno a un mismo concepto o idea, generalmente adscrita a un estilo común y a raíces compartidas, cae a veces en desequilibrios. El bloque no está del todo bien conjuntado, hay fisuras o propuestas incompatibles. Pese a la teórica sintonía, algo desafina en la práctica. (Me viene a la memoria ahora Monsters of Rock, un supergrupo efímero y fallido con Conor Oberst, Jim James, M Ward y Mike Mogis) Esto no ocurre, afortunadamente, con Our Native Daughters, unión entre Allison Russell, Amythyst Kiah, Leyla McCalla y Rhiannon Giddens que, con el alma en el folk, el blues y la tradición oral de la cultura afroamericana, ha alumbrado un álbum emotivo y agradable: Songs of Our Native Daughters.
Este proyecto, producido por Giddens y Dirk Powell, con arrebatadoras canciones, tiene su mejor explicación en la información que acompaña al disco: "SOND arroja una nueva luz sobre las historias de lucha, resistencia y esperanza de las mujeres afroamericanas. Basadas e inspiradas en fuentes de los siglos XVII, XVIII y XIX, entre ellas narraciones de esclavos y los primeros juglares, las almas gemelas del banjo Rhiannon Giddens, Amythyst Kiah, Leyla McCalla y Allison Russell reinterpretan nuevas creaciones partiendo de viejas obras. Con inquebrantable y afilada honestidad, enfrentan depuradas visiones sobre la historia americana de la esclavitud, el racismo y la misoginia desde una poderosa perspectiva, negra y feminista. Estas canciones apelan a los persistentes espíritus de las hijas, madres y abuelas que han luchado por la justicia en ámbitos públicos y solo ahora han sido tenidos en cuenta, y que en muy contados casos apenas han sido reconocidos".
Este proyecto, producido por Giddens y Dirk Powell, con arrebatadoras canciones, tiene su mejor explicación en la información que acompaña al disco: "SOND arroja una nueva luz sobre las historias de lucha, resistencia y esperanza de las mujeres afroamericanas. Basadas e inspiradas en fuentes de los siglos XVII, XVIII y XIX, entre ellas narraciones de esclavos y los primeros juglares, las almas gemelas del banjo Rhiannon Giddens, Amythyst Kiah, Leyla McCalla y Allison Russell reinterpretan nuevas creaciones partiendo de viejas obras. Con inquebrantable y afilada honestidad, enfrentan depuradas visiones sobre la historia americana de la esclavitud, el racismo y la misoginia desde una poderosa perspectiva, negra y feminista. Estas canciones apelan a los persistentes espíritus de las hijas, madres y abuelas que han luchado por la justicia en ámbitos públicos y solo ahora han sido tenidos en cuenta, y que en muy contados casos apenas han sido reconocidos".
domingo, abril 07, 2019
SOUNDTRACK 228: MI BERGMAN
En el ocaso de mi adolescencia empecé a ver películas de Bergman, de Ingmar Bergman. Eran demasiado sesudas para mí entonces y me perdía en sus argumentos y alegorías, no acertaba a comprender los calvarios que martirizaban a sus personajes; no alcanzaba pues a entender la condición de maestro que se le otorgaba al cineasta sueco, tan obsesionado con la muerte, la incomunicación y el dolor. Por aquella época tampoco disfrutaba de las películas 'bergmanianas' de Woody Allen, como Interiores, Septiembre u Otra mujer, que sí admiré más tarde. Y eso me pasó también con el cine de Bergman, aunque con más reservas. Me sigue pareciendo un autor complejo al que descrifrar requiere un ejercicio de autoexigencia no siempre estimulante.
Sin darme cuenta, pasadas casi tres décadas desde aquellos primeros contactos, he visto más de la mitad de las obras cinematográficas de Bergman (tiene además un notable legado televisivo y documental), y debería volver a ver filmes tan elogiados como Persona, Gritos y susuros, Fresas salvajes o Como en un espejo, que en su momento detesté, para advertir la supuesta magnitud que se les ha atribuido. Con los años y la madurez, supe valorar las virtudes de películas como El séptimo sello, La vergüenza, La carcoma, Secretos de un matrimonio o El manantial de la doncella, quizá mi preferida; además de films anteriores y menos conocidos como Crisis o Hacia la felicidad.
Sigo dejándome pescar por Bergman, para que me deprima con Los comulgantes o me excite con El silencio, para esconderme en la isla de Faro, flotar en la luz de Sven Nykvist o angustiarme con las miradas perdidas en el vacío de Liv Ullman y Max von Sydow. En eso consiste también el cine, en conjugar emociones para escapar de la indiferencia.
Sin darme cuenta, pasadas casi tres décadas desde aquellos primeros contactos, he visto más de la mitad de las obras cinematográficas de Bergman (tiene además un notable legado televisivo y documental), y debería volver a ver filmes tan elogiados como Persona, Gritos y susuros, Fresas salvajes o Como en un espejo, que en su momento detesté, para advertir la supuesta magnitud que se les ha atribuido. Con los años y la madurez, supe valorar las virtudes de películas como El séptimo sello, La vergüenza, La carcoma, Secretos de un matrimonio o El manantial de la doncella, quizá mi preferida; además de films anteriores y menos conocidos como Crisis o Hacia la felicidad.
Sigo dejándome pescar por Bergman, para que me deprima con Los comulgantes o me excite con El silencio, para esconderme en la isla de Faro, flotar en la luz de Sven Nykvist o angustiarme con las miradas perdidas en el vacío de Liv Ullman y Max von Sydow. En eso consiste también el cine, en conjugar emociones para escapar de la indiferencia.
miércoles, abril 03, 2019
BOOTLEG SERIES 72: THE BREEZE
He aquí un tributo ejemplar. En la honra, no hay mayor respeto que la fidelidad. Pocos guitarristas tan finos y placenteros ha habido como JJ Cale, templado, como ausente, de goteo delicado en la vibración de sus cuerdas. La discreción era su fuerte, un sello irrepetible. Era otro de los que nunca fallaba, sin mácula en el historial. Falleció en 2013 y al año siguiente su gran amigo Eric Clapton ya tenía listo The Breeze, el homenaje de aprecio con el que elevaba la memoria de su colega. Sí, un tributo honesto de los que merecen la pena, sin invitados de pega ni nada que suene forzado (vicio notable en muchas otras despedidas). A Clapton le secundan Tom Petty, y Knopfler, y John Mayer, y Keltner en la batería, Bramhall, Leisz, Trucks, Raphael, Willie Nelson. Y cada canción revivida de Cale sigue siendo maravillosa en las voces y guitarras de otros.
lunes, abril 01, 2019
GREATEST HITS 221: LAY THERE AND HATE ME (BEN HARPER & RELENTLESS7)
"Nunca confíes en una mujer a la que le encante el blues."
Cuando mi hijo me pide que ponga caña en el coche voy a este disco. Miro hacia atrás al detenerme en un semáforo y lo veo rasgando su guitarra imaginaria y masticando palabras que no comprende o agitando su melena dorada con las primeras canciones. Ayer, unos días después de cumplir 4 años, ahí estaba el niño rockero haciendo duetos con Ben Harper en este tema, uno de los grandes de aquel disco de hace diez años, entre las cumbres del californiano, brebaje explosivo de soul, blues y rock. Para los que respiran caña.
Cuando mi hijo me pide que ponga caña en el coche voy a este disco. Miro hacia atrás al detenerme en un semáforo y lo veo rasgando su guitarra imaginaria y masticando palabras que no comprende o agitando su melena dorada con las primeras canciones. Ayer, unos días después de cumplir 4 años, ahí estaba el niño rockero haciendo duetos con Ben Harper en este tema, uno de los grandes de aquel disco de hace diez años, entre las cumbres del californiano, brebaje explosivo de soul, blues y rock. Para los que respiran caña.
jueves, marzo 28, 2019
LIVE IN 228: SAM, JOEY & JOHN
Hay amistades musicales que bendecimos quienes no formamos parte de ellas, pero que a distancia, desde nuestro ángulo de oyentes entregados, sentimos propias. Me pasa con Sam, Joey y John; es decir, Beam, Burns y Convertino; entiéndase, Iron & Wine y Calexico. No puedo evitar que me remueva la emoción al enterarme de su nuevo encuentro y al escuchar la primera de sus nuevas canciones en colaboración. Catorce años después de aquel breve y fabuloso álbum, In the reins, las bandas/los amigos han grabado nueva obra que presentarán juntos en gira. El disco se titula Years to burn y este adelanto, Father Mountain, me arroja al calor de su amistad.
viernes, marzo 22, 2019
SOUNDTRACK 227: REIR LA MUERTE: MUM Y AFTER LIFE
Nada hay más grave que la muerte. Y sobre esa gravedad el cine y la televisión, muchas veces, han querido aportar una capa de levedad, ofrecer una mirada desdramatizada, una sonrisa frente a la tragedia sin más pretensión que la de asumir con entereza la vida que aún tenemos por delante aquellos a los que aún no nos ha llegado la hora de marchar. Veo dos series inglesas estos días, dos comedias, unidas por ese vínculo mortuorio, en concreto por cómo afrontar la recuperación por la pérdida de quien más queremos: Mum y After life.
Vamos con Mum. Cathy, una deliciosa Lesley Manville (vista en El hilo invisible), pierde a su marido y trata de recomponer su vida junto a su hijo algo simple y bonachón; la novia de éste, una joven demasiado ingenua que comete un estropicio con solo abrir la boca; su hermano calzonazos y su nuera clasista y repugnante; sus suegros soeces en eterna bronca; y su amigo Michael (Peter Mullan), el mejor amigo de su esposo, en el fondo enamorado de ella. Seis capítulos por temporada, cada uno en el transcurso de un día en un mes concreto del año. La torpeza y el desagrado de sus personajes crea incomodidad, de esa con la que estás riendóte al mismo tiempo, y la historia avanza con el detallismo y la ternura adecuadas para darte cuenta de que la compañía es la mejor medicina para los golpes más fuertes de la vida.
Seguimos con After life, la última creación de Ricky Gervais, al que la ficción le convierte en un viudo permanentemente afligido por la soledad en la que se ha quedado. Los paseos con su perro, el consumo de drogas y su aburrido trabajo en un periódico local de una pequeña población inglesa no son consuelo para su personaje, hecho a medida para Gervais, proclive a soltar cualquier opinión cruel sin importarle el daño causado. Incorrecto y sagaz siempre, me encanta Ricky, y me emociona también. Pero en esta serie, también de seis episodios, tengo la impresión de que se ha quedado corto en su acidez, que puede más el drama que la comedia pese a sus rendijas de esperanza. Bonita pero escasa, inferior a todo lo demás (Extras, The Office, Life's too short y Derek).
Vamos con Mum. Cathy, una deliciosa Lesley Manville (vista en El hilo invisible), pierde a su marido y trata de recomponer su vida junto a su hijo algo simple y bonachón; la novia de éste, una joven demasiado ingenua que comete un estropicio con solo abrir la boca; su hermano calzonazos y su nuera clasista y repugnante; sus suegros soeces en eterna bronca; y su amigo Michael (Peter Mullan), el mejor amigo de su esposo, en el fondo enamorado de ella. Seis capítulos por temporada, cada uno en el transcurso de un día en un mes concreto del año. La torpeza y el desagrado de sus personajes crea incomodidad, de esa con la que estás riendóte al mismo tiempo, y la historia avanza con el detallismo y la ternura adecuadas para darte cuenta de que la compañía es la mejor medicina para los golpes más fuertes de la vida.
Seguimos con After life, la última creación de Ricky Gervais, al que la ficción le convierte en un viudo permanentemente afligido por la soledad en la que se ha quedado. Los paseos con su perro, el consumo de drogas y su aburrido trabajo en un periódico local de una pequeña población inglesa no son consuelo para su personaje, hecho a medida para Gervais, proclive a soltar cualquier opinión cruel sin importarle el daño causado. Incorrecto y sagaz siempre, me encanta Ricky, y me emociona también. Pero en esta serie, también de seis episodios, tengo la impresión de que se ha quedado corto en su acidez, que puede más el drama que la comedia pese a sus rendijas de esperanza. Bonita pero escasa, inferior a todo lo demás (Extras, The Office, Life's too short y Derek).
martes, marzo 19, 2019
VOLUME ONE 496: GRENADES (KAIA KATER)
Hace poco el banjo de esta joven me invitó a ir más allá del impacto inicial; sabía que el flechazo no sería de una sola noche. En lo que escribí sobre ella hace casi dos años (lo que me sugería y transmitía, el peso de sus raíces, la intuición de su alcance) me ratifico hoy con otro álbum en su carrera, con el banjo menos a mano esta vez y con una propuesta más depurada. Hay dos temas que me agarran en Grenades (Folkways Smithsonian, 2018): New colossus y especialmente Grenades, en el que me encante bucear. Bajo, batería, teclado y guitarra se alían entre un mar de caricias para hilvanar canciones de sutileza penetrante, por las que la voz sedosa y algo distante de Kaia Kater se desliza entre doliente y compasiva. El resto, con dos fragmentos hablados, baja de altura sin desmerecer el conjunto.
Nota: 7/10
Nota: 7/10
sábado, marzo 16, 2019
DANGER SOUND
Me parece curioso, sin ánimo de reproche, advertir cómo algunos músicos que en el momento en que surgieron o explosionaron apelaron a la aspereza de su rock para convertir en (efímera) tendencia la escasez instrumental o la contención expresiva (con cierta furia y efectivo impacto), pasado un tiempo han acabado rendidas a la incorporación a sus nuevos trabajos de capas sonoras que en su día eran impredecibles. Apuestas, por cierto, que no ensombrecen el conjunto de su obra, sino que la abrillantan, opino. Me apoyo en dos ejemplos para apuntar esta evolución, discutible si se quiere, en ambos casos con la presencia del mismo factor: Danger Mouse.
Porque el músico y productor neoyorquino está detrás de los últimos cuatro trabajos de The Black Keys y del álbum en solitario de Karen O, vocalista de la banda Yeah Yeah Yeahs. Una cualidad que tenían en común estos grupos cuando empezaron fue su parquedad, un sonido óxido y sin adornos que resultaba también cautivador. ¿Era art rock, o una nueva ola de punk rock aquello que salía de Rubber factory o Fever to tell? Llámese como se quiera. ¿Son art rock también discos como El Camino o Lux Prima, esta la obra de este año que firman Karon O y Danger Mouse?
Los Black Keys han prolongado su carrera de forma inteligente, con renuncias a esencias originales o, en todo caso, maquillajes resultones, con lo que han ganado presencia y público y seguramente perdido gran parte de la antigua audiencia que los había venerado y hoy tacha de vendidos. La chica, por su parte, cada vez con más lustre y finura en los álbumes de su banda, ahora se viste de sofisticado enigma para poner voz a un álbum atmosférico, no redondo, envuelto en psicodelia electrónica al que Danger Mouse ha sabido dotar de misterioso clima.
Porque el músico y productor neoyorquino está detrás de los últimos cuatro trabajos de The Black Keys y del álbum en solitario de Karen O, vocalista de la banda Yeah Yeah Yeahs. Una cualidad que tenían en común estos grupos cuando empezaron fue su parquedad, un sonido óxido y sin adornos que resultaba también cautivador. ¿Era art rock, o una nueva ola de punk rock aquello que salía de Rubber factory o Fever to tell? Llámese como se quiera. ¿Son art rock también discos como El Camino o Lux Prima, esta la obra de este año que firman Karon O y Danger Mouse?
Los Black Keys han prolongado su carrera de forma inteligente, con renuncias a esencias originales o, en todo caso, maquillajes resultones, con lo que han ganado presencia y público y seguramente perdido gran parte de la antigua audiencia que los había venerado y hoy tacha de vendidos. La chica, por su parte, cada vez con más lustre y finura en los álbumes de su banda, ahora se viste de sofisticado enigma para poner voz a un álbum atmosférico, no redondo, envuelto en psicodelia electrónica al que Danger Mouse ha sabido dotar de misterioso clima.
martes, marzo 12, 2019
VOLUME ONE 495: GOLD IN A BRASS AGE (DAVID GRAY)
Números redondos: en 25 años David Gray ha llegado a la decena de discos con Gold in a brass age (Iht Records, 2019). Su música, con leves desniveles pero siempre alentadora, me mantiene próximo a él, y si graba algo nuevo le dedico mi tiempo con atención porque estoy convencido de que en la superficie o por debajo encontraré un fulgor de excitación. De su último álbum me agradan no pocos detalles; quizá el que más, la capacidad para crear frágiles texturas de pop con elementos un tanto desconcertantes (percusiones secas, finos caprichos sonoros con teclado) sin perder de vista una marca de identidad autoral que no es tan proclive a la experimentación. Se advierte en este disco una expresividad aparentemente contenida que fluye latente en formidables canciones (The sapling, Hall of mirrors, Hurricane season), como si el músico reservase fuerzas para llevar sus temas a momentos culminantes. Es un David Gray distinto que no deja de ser el mismo. Y que vuelve a ser estupendo.
Nota: 8/10
domingo, marzo 10, 2019
BONUS TRACK 205: LADY'S BRIDGE (RICHARD HAWLEY)
Repasando canciones que tenía grabadas por aquí y por allá, encuentro aislados de sus discos algunos temas de Richard Hawley. Más de una vez he tenido que recrearme en álbumes de este músico inglés para percatarme de cuánta calidad propagan, en especial aquellos que desvelan el perfil más elegante de su repertorio, el aire 'crooner' en que descansa su música, como se ha escrito a menudo y con acierto. Lady's Bridge (2007), su cuarto disco, está en este grupo. Hawley, de raíces familiares musicales, llenó este trabajo de referencias a su Sheffield natal con una colección de canciones suspendidas en el tiempo, como flotando en una niebla que se niega a salir de locales cargados de humo o a permanecer para siempre en húmedas calles donde siempre es de noche. Richard canta despacio y mima sus cuerdas en un ejercicio de seducción intrigante y contagiosa, como refrenda ese maravilloso tema final, The sun refused to shine.
viernes, marzo 08, 2019
miércoles, marzo 06, 2019
LIVE IN 227: HARTAZGO DE QUEEN
Uno asume que el mundo moderno y sus poderes de comunicación e influencia descargan con mayor o menor insistencia aquello que se impone, de lo que se habla o de lo que hay que hablar, de lo que no te puedes perder, llámese Netflix o Inditex, los goles de Ronaldo o de Messi, el procés o la nueva política, Rosalía o Queen. O nos dejamos tragar por la fuerza de la ola o salimos del mar y nos quedamos al borde de la orilla. Ahí en los márgenes trato de mantener yo con muchas de estas corrientes, que de tanto explotarse producen hartazgo. Y con Queen me harto.
No llegaré a repudiar Queen, en cierta medida fueron parte de mi aprendizaje musical y creo que algo les debo, un poquito de mi formación. Pero hoy el grupo (prácticamente desde que Freddy Mercury nos dejó y comenzó la maquinaria comercial de la marca Queen la obra y figura de su líder y de su banda por todas partes) es un producto del que he acabado distanciado tremendamente. Dos detalles.
Conviene escuchar un disco entero de Queen para apreciar la calidad de las canciones que se quedaron por detrás de sus grandes éxitos machacados sin piedad en competiciones deportivas, publicidad o películas. He hecho la prueba con News of the world, álbum de 1977 que contiene piezas mucho más satisfactorias que las dos con que arranca, We will rock you y We are the champions. Otro detalle: el reciente biopic sobre Mercury, esa flojísima película en la que la pretendida emoción/compasión que persigue solo asoma en alguna representación de sus canciones, Bohemian Rhapsody, contribuye a acentuar el rechazo que hoy (creo) muchos dedicamos a esta banda magnificada.
viernes, marzo 01, 2019
VOLUME TWO 94: DAN AUERBACH & EASY EYE SOUND
Estoy atento a lo que lleva su nombre: Dan Auerbach. E Easy Eye Sound merece desde luego un cercano seguimiento. El músico y productor, certero muchas veces dentro y fuera de The Black Keys, errático otras (con la formación The Arcs, a la mesa en aquel mal álbum de Ray Lamontagne, Supernova, creo que se titulaba), comanda el sello discográfico Easy Eye Sound, radicado en Nashville. A su amparo nos está descubriendo y promocionando a un elenco de músicos poco conocidos que en el pasado y en la tradición hallan sus fuentes de inspiración y cierto anhelo de recuperar imágenes vintage. Además da empleo bajo el mismo techo a veteranos músicos de sesión que han dado cuerpo a obras y éxitos de Johnny Cash, Dusty Springfield o Elvis. Quienes ya he tenido el gusto de conocer, aún pocos, me están pareciendo estupendos, lo que me anima a no perder de vista los productos con la estampa de Auerbach.
Robert Finley y Yola, por ejemplo, han grabado con Dan en Easy Eye Sound. Sus discos, Goin' Platinum! (2017) y Walk through fire (2019) respectivamente, nadan en blues grasiento o se tumban relajados sobre olas tranquilas de ese cóctel sugerente en el que se funden sin pelearse el country y el soul. Y son muy buenos trabajos: en el primero se nota la identidad sonora de su productor, en el segundo apenas, como ya pasaba en el propio último álbum de Dan, Waiting on a song, con el que inauguró su propio sello. Shannon Shaw, Sonny Smith, Dee White o Leo Bud Welch son otros autores que ya han pasado por el estudio y a los que acabaré echándole el lazo.
Robert Finley y Yola, por ejemplo, han grabado con Dan en Easy Eye Sound. Sus discos, Goin' Platinum! (2017) y Walk through fire (2019) respectivamente, nadan en blues grasiento o se tumban relajados sobre olas tranquilas de ese cóctel sugerente en el que se funden sin pelearse el country y el soul. Y son muy buenos trabajos: en el primero se nota la identidad sonora de su productor, en el segundo apenas, como ya pasaba en el propio último álbum de Dan, Waiting on a song, con el que inauguró su propio sello. Shannon Shaw, Sonny Smith, Dee White o Leo Bud Welch son otros autores que ya han pasado por el estudio y a los que acabaré echándole el lazo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










































