jueves, mayo 31, 2007

SOUNDTRACK 33: MANHATTAN

En vista de que los cines apenas programan una buena película por mes conviene tomarse un apropiado desvío de las salas comerciales y visitar el circuito de la versión original en cines llamados (ahora ya desfasadamente) de arte y ensayo. Uno se puede allí encontrar con viejos romances que no han perdido ni una sola partícula de su encanto, viejas amistades que ves muy de vez en cuando, cinco o seis veces en algo más de diez años. Te alegras de volver a verlas, siempre te harán sentir bien durante una hora y media, con eso basta. Entonces te enamoraste, ahora también. De su íntimo negro y blanco. De sus calles radiantes. De sus noches cálidas. Del jazz en los locales. De lo sencillo que es todo y de cuán mucho vale.

Tracy: “No todo el mundo se corrompe. Ten un poco de fe en las personas”.

Directed by Woody Allen.

Cosas que merecen la pena en la vida. Qué grande es el cine, jodeeeeeeeeer.

VOLUME ONE 70: LAS SIETE Y MEDIA (IVÁN FERREIRO)

No todo van a ser flores, también se pueden lanzar huevos al escenario. Con el grupo en el desguace desde 2003, el vigués Iván Ferreiro ha ido ganando desde entonces un estatus de respeto agrandado en el panorama musical del pop rock español de autor. Ahora sus amigos le llaman incluso para participar como colaborador de supuesto lujo en sus discos, aunque no creo que para mejorar el dudoso contenido de los álbumes de Antonio Orozco o Pereza. El caso es que el gallego, ahora creador con la reputación al alza tras el éxito y el cariño que se ganó durante más de una década junto a su grupo, Los Piratas, necesita mucho menos esfuerzo que artistas anónimos superiores del país para dar a conocer su cosecha propia y hacerse respetar. En 2005 publicó su primera obra a solas, Canciones para el tiempo y la distancia. Dice tener trabajo de sobra guardado y una parte lo reunió a finales del año pasado en un EP titulado Las siete y media.

Los Piratas fueron un grupo resultón a ratos con un par de temas reconocibles de regusto melancólico. Ahora Iván es un solista más afligido, o serio, de los que corren las cortinas para que entre menos luz en la superficie de sus canciones. Así, su álbum de hace dos años era un paseo a paso lento, decaído con tendencia al abatimiento, que perdía toda la energía de Los Piratas y desvelaba a un autor que si bien se apartaba de los terrenos que había recorrido durante mucho tiempo se decidía por circular por otras vías más pesadas, asuntos cansinos y temas apagados.

En Las siete y media repite la ruta con el mismo tedio que en su predecesor trabajo. El tono dolido (Tristeza, Extrema pobreza) es quizá más farragoso, con tendencia a la compasión, algunos desvíos a la pomposidad, absurdos juegos de voces y sólo un pequeño vistazo atrás en Días azules, tema compuesto para la película del mismo título de Miguel Santesmases y el único que al recordar a Piratas da validez al dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

PD: Además, y esto, que quede claro, es una apreciación personal, el autor me sigue pareciendo un pésimo cantante, cuya voz de ganso y el prolongado arrastre con que termina algunos versos no hace más que quitarle méritos a las canciones que firma.

Nota: 3/10

martes, mayo 29, 2007

VOLUME ONE 69: SÓLO ME HAS ROZADO (TULSA)

Me hablaron de ellos y me recomendaron prestarles una escucha. Hecho. Prometían un par de temas. Días después, conseguido su primer disco de larga duración, Sólo me has rozado (Subterfuge, 2007), son una promesa de primera división, una perla de la cantera. Tulsa, la capital cultural del estado de Oklahoma, cuna de los tornados, es el nombre que esconde a una banda española formada por músicos del País Vasco y Madrid. A veces asoman por estos textos unos pocos autores de nuestro país que merecen mejor suerte y mucha más atención y difusión (Santi Campos, Sixty-nine Million Inches, Luis Moro, Sevigny… muchos más en realidad); Tulsa, que ahora deberían verse impulsados por un sello que apuesta con seguridad (no siempre acierto) como Subterfuge, desde luego que también la merecen.

Las comparaciones que de ellos se leen no se desvían. A Jayhawks, Nacho Vegas y Cristina Rosenvinge, por ejemplo, les superan claramente. A Cat Power o Elliott Smith se arriman un poco, pero yo diría más, que me acuerdo de Lucinda Williams (Carretera), de la aridez instrumental de Friends of Dean Martinez (La Golue) o de los Byrds s poperos (Estúpida) y más country (Contigo tocaré el cielo) cuando escucho este disco.

El rock de brillos americanos de Tulsa es de los que aguijonea como un flechazo en el primer sorbo y de los que seduce sin rodeos en el segundo. Canciones de construcción sencilla y eficaz dejan reposar el elemento más atractivo y turbador de toda la propuesta: la voz entre arrastrada y temerosa, que vacila entre la inocencia y la malicia, de Miren Iza, guipuzcoana salida de la banda vasca de punk rock Electrobikinis y con un atractivo físico y vocal similar al de su casi paisana Najwa Nimri. Ese Carretera que abre el disco y el tema titular que lo cierra son el más esperanzador sabor de boca que deja Tulsa en los primeros tramos de su camino.

Nota: 8/10

domingo, mayo 27, 2007

SOUNDTRACK 32: JULIE DELPY Y ANTES DE…

Tenemos todos películas que nos llegan en un determinado momento, un instante en nuestras vidas que llega incluso a condicionar nuestra valoración de las cosas, de lo que vemos y oímos y de cuanto nos rodea. No es lo mismo ver Secretos de un matrimonio, de Bergman, cuando eres un adolescente sin pareja que cuando la tienes y llevas con ella cierto tiempo (más de un año, pongamos), o cuando el tiempo de vida en común dura más de una década. ¿En qué fase de vuestra vida estabais cuando visteis primero Antes del amanecer y nueve años más tarde Antes del atardecer? Los dos films de Richard Linklater poseen un pulso único, una rareza real y realista que escapa del envoltorio cinematográfico. Son trozos de vida extraídos sin gasas de ficción con las pinzas de un retratista de los momentos y las emociones reales como eso, como la vida misma.

Antes de que amaneciera (1995)… dos jóvenes desconocidos sin ataduras, Jesse y Celine, coinciden en un tren con destino a Budapest, se agradan conversando y se proponen pasar el día juntos de paseo por la capital austriaca. Escuchan música, hablan de ellos mismos, del amor, se conocen y se enamoran. Sólo el día siguiente y dos destinos opuestos les separan, aunque proponen reencontrarse seis meses más tarde en el mismo lugar.

Antes de que atardeciera (2004)… aquellos dos jóvenes son adultos atados, no infelices pero tampoco satisfechos, y se reencuentran en París con motivo de la presentación de un libro en el que Jesse recuerda aquella lejana vivencia romántica en Viena. De nuevo vuelven a pasear por las calles de una gran capital, se ponen al día y comprueban que el amor que surgió durante sólo un día hace nueve años puede seguir vivo para la eternidad. ¿Tomarán cada uno esta vez un camino distinto?

Cuando vi el primer film me pareció encantador, fino y puro, un caramelo. Diez años después volví a pensar lo mismo al ver su secuela, aunque al recuperar poco después el primero me costó admitir que el paso del tiempo lo convierte ahora en un episodio más remoto de nuestra juventud confusa e itinerante, en una carantoña fugitiva cuya continuación sí preserva una madurez tan incierta como prometedora. Ethan Hawke y Julie Delpy son Jesse y Celine, y probablemente serán recordados por estos papeles dentro de muchos años. Julie Delpy, como apunté alguna vez, es también cantante y grabó un disco en 2003 titulado con su nombre. Tres de sus cortes, Je t’aime tant, An ocean apart y A waltz for a night, se escuchan además en Antes del atardecer. Esta única aventura de la actriz francesa en el terreno musical se absorbe con una inocencia admirable, no es más que un modesto antojo de placentero pop-rock que de forma inevitable nos hace recordar los nostálgicos fotogramas que abrigaron la historia de Jesse y Celine.

jueves, mayo 24, 2007

VOLUME TWO 30: La CREEDENCE

En las primeras páginas de la última novela del periodista, escritor y melómano inglés Nick Hornby, En picado, hay un chiste con referencia a la Creedence Clearwater Revival (CCR o la Creedence, con todo el cariño del mundo) que me provocó la carcajada. Y también me ayudó a acordarme, así de rápido, de este maravilloso e inolvidable grupo de corta vida pero enorme éxito. Ponle a cualquiera una de sus quince o veinte canciones tan populares y te dirá que sí, que conoce la canción; quizá una buena parte de esas personas no sepa decir quiénes eran sus autores, pero reconocerá haber oído más de una vez y en muchas partes ese tema, en el cine, la televisión, la radio…

Puede que quien haya conocido sólo esas canciones tan machacadas diga también eso que comentábamos hace nada, lo de que suena igual y es poco novedoso. Creo que la sencillez aparente de sus canciones, la limpieza instrumental y el tono animado y a la par que revoltoso de la voz de John Fogerty es lo que puede llevar a esa impresión, equivocada a todas luces, puesto que no sólo en la breve evolución del grupo se notan cambios de sustancia, sino en la sutil diferencia que presentan los temas de un mismo disco.

Yo fui de los que descubrí a la Creedence por culpa de una película en cuya banda sonora se oía Bad moon rising, que no es de sus temas más brillantes, pero sí reconocibles y entrañables. De ahí pasé a dos obras maestras recomendadas, Cosmo’s Factory (1970) y Willy and The Poor Boys (1969), y a un par de colecciones muy bien surtidas en las que uno descubría el fango pantanoso de Born on the bayou o el lamento dañado de I put a spell on you, se dejaba engatusar por la deliciosa planicie sonora de Lodi o el enfervorizado palpitar de Suzie Q, corría alertado por fantasmas en Run through the jungle o escapaba hacia refugios de libertad con Who’ll stop the rain. ¡Qué maravillas! (y cuántas de su escasa producción me quedan en la recámara)

En seis años publicaron siete discos de estudio y un directo, y ahora existen una multitud de recopilaciones. Los Beatles tuvieron la culpa, pero tras dos formaciones embrionarias se convirtieron en Creedence Clearwater Revival a finales de los sesenta. Su corazón de country se dejó poseer por los encantos del rock y hasta pisaron las baldosas de la psicodelia con más (Pendulum) y menos (Mardi Gras) acierto. Cantaron a los paisajes y a sus gentes, a la guerra y a los políticos equivocados (¿cuál no lo está?). Las disputas internas y el choque de egos los fracturó enseguida, el de John Fogerty era demasiado alto, es un tipo que no cae bien aunque canta de locura. Un brindis por la Creedence, una banda que nunca te dejará solo.

martes, mayo 22, 2007

LIVE IN 39: DEBATE SOBRE ‘LO DE SIEMPRE’

No pudo ser más oportuno Pepe Guns al sugerirme este debate. Acababa yo de escuchar por la radio una nueva canción de Velvet Revolver, una de las que formará parte del segundo disco de la banda de Scott Weiland y los ex Guns N Roses Slash, Duff McKagan y Matt Sorum, que saldrá a la venta este verano. Vaya, a ver que nos proponen éstos, me dije. Unos minutos después me encontraba hablando con Mr. Guns sobre la repetición de argumentos, el piñón fijo, el ‘más de lo mismo’ y el ‘nada nuevo bajo el sol’, ‘lo de siempre’.

¿Es eso bueno?, ¿es malo?, ¿los atacamos por dar la espalda a la novedad o los defendemos por ser rigurosamente fieles a su marca de la casa?, o, ¿los criticamos por ofrecer un nuevo perfil (que al mismo tiempo sea acorde con su sello) o los aplaudimos por no estancarse musicalmente en la repetición de esquemas? A la espera de conocer el contenido completo del nuevo disco de los Velvet (el primero mira que era aburrido), auguro de momento otro fiasco, más aroma Stone Temple Pilots, más riffs y solos de Slash en el mismo momento de cada tema.

Estas cuestiones ahora planteadas se pueden aplicar a otros autores y grupos. Pongamos ejemplos: unos insisten o han insistido y apenas se perciben las ligeras (si es que las hay) evoluciones en su carrera, como AC/DC o Ramones (sí, muy clásico), el Gary Moore bluesero o casi todo Joaquín Sabina, por no mencionar a El último de la fila; otras artistas se han hartado un poco de repetir patrones en algunos periodos de su largo camino, como el Eric Clapton de los ochenta o el Van Morrison de comienzos de siglo XXI, los Aerosmith de los setenta o los Bon Jovi de los últimos cinco discos. Casos hay muchos, hasta de buenas bandas en las que resulta difícil diferenciar un álbum de otro u otros correlativos: Allman Brothers, BellRays, Audioslave, Diamond Dogs, Cowboy Junkies, Mark Knopfler, Elton John, Richard Ashcroft, Tom Petty… sin olvidar que géneros más concretos pero de gamas variables como el jazz, el rockabilly, el country o el blues tienen exponentes con tendencia a la inalterabilidad.

Lo que experimenté hace poco con lo nuevo de Velvet Revolver es lo que menos me gusta, que no sea nada nuevo. Entiendo que en las largas carreras haya tendencia a la repetición en algún momento, pero apreciaré siempre más a quien consigue añadir a su modelo básico pinceladas antes ignoradas, matices musicales distintos o ligeras gotas de originalidad sin renunciar nunca a la esencia.

PD: Dover eran antes infumables, ahora son aborrecibles.

lunes, mayo 21, 2007

SOUNDTRACK 32: SONGS FROM ZODIAC

La crítica la tenéis bien comentada en el ascensor de cristal, con la que coincido bastante. Parémonos en las canciones que salpican las bellas texturas marrones de Zodiac. El último film estrenado de David Fincher extiende su trama desde 1968 hasta 1991, así que más de una docena de temas y canciones de ese periodo y de años anteriores se entrometen con acierto narrativo y virulencia sonora entre las imágenes que recrean las largas investigaciones sobre la identidad del asesino real conocido como Zodiac.

Para empezar, Easy to be hard, de Three Dog Night, acompaña al recuperado logo de la Paramount cual peli americana de los setenta, que da paso a las festivas barriadas de un pequeño pueblo californiano durante un 4 de julio. Las apacibles voces del exitoso trío preceden al primer instante truculento. Habrá que rescatar del olvido a Donovan, suya es Hurdy Gurdy Man, la psicodélica pieza del disco del mismo título que acompaña con sus guitarras torcidas la escena violenta inicial del film, así como los títulos de crédito finales. Canta con misterio, no te fíes de su tarareo inicial, su vacilante fraseo, su ritmo siniestro, su incómodo in crescendo. Y vigila bien tu espalda si llevas a tu pareja en coche a un escondite para hacer cositas.

La selección de canciones de Fincher para su película alcanza sus valores más preciados con Santana, Sly & The Family Stone, Marvin Gaye e Isaac Hayes. El mejor Santana, el de Soul Sacrifice, llena de prisa los títulos iniciales. Sly wants to take you higher mientras los criptogramas llenan las acciones de los personajes en la pantalla. Gaye acalora la voz para cantar su Inner City Blues como sintonía de una elipsis en torno a un edificio en construcción (qué pena que dure tan poco). Y Hayes dedica casi diez minutos (en el tema, no en el film) a encadenar acciones paralelas gracias a su mastodóntico e impronunciable tema Hyperbolicsyllabicsesquedalymistic, del gran álbum Hot buttered soul, del 69.

Eric Burdon & The Animals en su faceta más psicodélica o The Four Tops dejan sus canciones, así como dos clásicos del jazz (música a la que Fincher recurría también en Seven) para detallar los gustos musicales del agente de policía en su casa: John Coltrane y Miles Davis. Ahí es nada. Magnífica selección musical para una magnífica película.

domingo, mayo 20, 2007

VOLUME ONE 68: FLY HIGH BRAVE DREAMERS (CHRIS & CARLA)

Una distante fidelidad me reencuentra de vez en cuando con The Walkabouts y, por tanto, con sus voces, las de Chris Eckman y Carla Torgerson, embrión originario y duradero de la banda de Seattle allá por los lejanos ochenta, y ocasional pareja con un trío de álbumes de estudio en comunión al margen del grupo. El tercero lleva por nuestras tiendas desde finales de enero, responde al título de Fly high brave dreamers (Glitterhouse, 2007) y aprieta el nudo que mantiene unidos a los fans atentos de Walkabouts con cualquiera de sus manifestaciones.

Tiene un vínculo muy estrecho el trabajo del dúo con la cosecha general de su banda. Pero cuando Chris & Carla se apartan de sus colegas parecen recogerse y subir la temperatura de la melancolía particular que cubre la mayor parte de la obra de los Walkabouts. Ese contraste es más evidente ahora tras el agresivo paso que dio el grupo con Acetylene, firmado en 2005. Fly high… guarda las guitarras furiosas y expulsa una música sobria y tranquila, retazos de viajes por carretera y fines de semana de aislamiento en el montaña.

Son Chris & Carla limpios compositores y poseen voces tan pacíficas como intrigantes. Sus frases conviven sin discusiones en una misma canción, entrelazadas en ocasiones en un remolino creciente de lo más sugerente. En su tercer disco el dúo se acompaña de músicos que han ayudado a Steve Wynn o Willard Grant Conspiracy y en sus cortes más destacados se arriman a las calmosas armonías de los últimos Cracker. Peros también los tienen, una espesura esporádica que alarga demasiado los discos, leve obstáculo que no estropea el recuerdo de canciones extraordinarias, Love sleeps late, At the twilight’s last gleaming o Long slow river en este caso.

Nota: 7/10

jueves, mayo 17, 2007

MY BEST OF… THE BEATLES

Para desconectar por un momento de las etapas que voy recorriendo, de mis horas de ocio por el imprevisible jazz, de mis regresos puntuales al cálido funk y de mis más o menos actualizados contactos con las novedades que nos trae el rock ‘n’ roll en general, decidí darme una pausa con una dosis doble de algo más clásico, digamos, de algo que todo el mundo ha escuchado, nada del otro mundo… aquellos cuatro chicos de Liverpool.

Nosotros no estábamos allí, ni siquiera estábamos aquí. Aunque cuesta cumplir años a veces pienso que me hubiera gustado tener más y haber pasado mi adolescencia en otras latitudes para vivir in situ o al menos muy cerca la revolución con la que aquellos Beatles movieron los cimientos del pop y de un rock ‘n’ roll que vivía, precisamente, su pubertad. Los que somos más jóvenes tratamos de comprender su fuerte impacto con cierta desventaja; vale, puede que algunos hayan tragado mucha música y se conozcan a la perfección el árbol genealógico del rock, quizá tengan un conocimiento muy amplio de la música de los años sesenta y entiendan de qué manera la juventud por un lado y la industria por otro respiraban en aquellos días, pero es muy probable que no estuvieran allí, que les falte el cuándo.

Desde aquí, y con paréntesis largos entre una escucha de los Beatles y otra, uno siempre encuentra riqueza en sus canciones, tanto en las que son frescas y sencillas, como en las que tienen miga y complejidad, las que hacían llorar a las niñas y las que hacían pensar a los poetas, las que se tomaban con un refresco y las que se acompañaban con droga. Rubber Soul (1965) y Revolver (1966) son dos discos fabulosos. En éstos y en otros de los Beatles descansan joyas menores como:

In my life / Taxman / The word / I’m looking through you / She said, she said / Love to you / Oh! Darling / Getting better / Get back / Tomorrow never knows / You’ve got to hide your love away / Here comes the sun / Two of us / I need you / Happiness is a warm gun… my best of.

miércoles, mayo 16, 2007

SOUNDTRACK 31: HANS ZIMMER

Hace tiempo que no me refiero por estas páginas a las bandas sonoras o a sus compositores y ahora que he vuelto a contactar con Yojimbo, con quien suelo ponerme al día y repasar trabajos de nuestros músicos favoritos en esta materia, y que acaban de pasar por mi ‘plato digital’ un par de scores que tenía pendientes, me detengo en la figura esencial, desde la década pasada hasta nuestros días, de Hans Zimmer.

Pero ha sido Harry Gregson-Williams, uno de sus colaboradores en Remote Control Productions y, por tanto, singular discípulo de Zimmer, el que me ha hecho recordar al maestro alemán de la composición de música para cine. A Williams no lo doy yo masticado bien; como ocurre como tantos otros colegas, sus escorzos electrónicos quedan perfectamente acoplados a las imágenes, son dinámicos e inquietantes, pero resultan reiterativos y vacíos sobre el único soporte de un disco. Le ocurre también a su score para Phone Booth, la magnífica película de Joel Schumacher, que acabo de oír.

Volvamos a Zimmer entonces. Aquí y aquí tenéis algunos datos de su carrera por si queréis conocer más sobre aquel miembro de The Buggles que en los años ochenta ayudó a estropear un poco la música con éxitos electrónicos hoy recordados con cierto cariño como el célebre Video killed the radio star. El Zimmer del cine, con más de cien bandas sonoras en su haber, comenzó a explorar las connotaciones dramáticas de los sintetizadores en films como Rain man (1988), Paseando a Miss Daisy (1989) o Llamaradas (1991), pero es en los noventa cuando además de los teclados esponjosos añade a sus creaciones cuerdas desérticas como las que suenan en Thelma & Louise (1991), mayor contundencia percusiva en La fuerza de uno (1992) o finura melódica en Ellas dan el golpe (1992). Un poco de todas estas cualidades comienza a combinarse de forma magistral en sus primeras obras maestras, sus trabajos para Amor a quemarropa (1993), El Rey León (1994) o Gladiator (2000).

Consolidado desde finales de los noventa como uno de los grandes valores de la música de cine, Hans Zimmer ha ido combinando desde entonces propuestas que oscilan entre la suave intrascendencia hasta el poderío sinfónico. Entre su amplio historial no ha dejado tampoco de sorprender con atípicos trabajos cargados de mezcla constante, como los que uno puede disfrutar si pincha los soundtracks de Matchstick Men, El hombre del tiempo o Vacaciones. Melodías ¡de cine!

martes, mayo 15, 2007

BONUS TRACK 23: IN A SILENT WAY (MILES DAVIS)

De un modo silencioso continúa Miles surcando mis venas en los últimos tiempos. Con sólo dos escuchas bien recientes, su disco In a silent way (Columbia, 1969) me tiene absorto. Dejarse mecer por los tórridos sonidos que contienen los 38 minutos de su versión original es comparable a recibir una sesión de masaje por todo el cuerpo. No es suavidad todo lo que desprenden los poros de este álbum capital en la obra genérica de Miles Davis, es más bien una sensación de bienestar flotante a la que se le podrían encontrar añadidos lisérgicos. Un viaje, en uno y otro sentido.

In a silent way sucede a los novedosos Miles in the sky y Filles de Kilimanjaro del año anterior y precede al impulso experimental más drástico del autor, que ya tenía en el horno Bitches Brew (se acercará pronto a mis oídos). Su jazz se iba contagiando de rock y psicodelia, ingredientes de un cóctel explosivo cultural a finales de los sesenta. Así que para contribuir al progreso natural que la música desarrollaba en aquellos años, Miles Davis contrató a un septeto de músicos que no tardarían en consagrarse en los ámbitos del jazz, el rock y el funk: ahí están Joe Zawinul y Wayne Shorter (más tarde gérmenes de Weather Report) al órgano y con el saxo soprano; ahí se sientan ante el piano los jóvenes Chick Corea y Herbie Hancock; John McLaughlin agarra el mástil eléctrico poco antes de hacer de la fusión un juego con la Mahavishnu Orchestra; Dave Holland se bautiza al contrabajo; y Tony Williams chispea los platillos galopantes. Un mentor en el umbral de su fase eléctrica al frente de varios futuros maestros.

Sólo dos cortes componen este disco mágico. Sssh/Peaceful ya es una llamada al silencio pacífico. Desconectas para dejarte acunar por el goteo del órgano de Zawinul, la guitarra detallista de McLaughlin y, como no, la trompeta vagabunda de Miles. El segundo tema se divide en tres piezas cofirmadas por Zawinul, tres estados de calmosa excitación que flirtean como sin querer por los cauces del free jazz, el rock y el funk. Todo fluye libre y a la vez calculado en esta obra enorme.

viernes, mayo 11, 2007

VOLUME TWO 29: SUPERGRASS

Han circulado por aquí calificativos poco benévolos dirigidos hacia las bandas de pop/rock británicas de las últimas dos décadas. Como en muchos casos en los que todo parece malo o todo parece bueno pero existen una o más excepciones, aquí nos encontramos también con algunas salvedades. Así que por encima de productos casi siempre tan sujetos a las modas fugaces como The Darkness, Kaiser Chiefs, Franz Ferdinand o Arctic Monkeys, vamos a elevar hasta una cima sobre esta capa de mediocridad tan fabricada a Supergrass, británicos también, de Oxford, pero con una trayectoria y tarea más elogiable que la de la mayoría de sus paisanos que un servidor ha tardado un poco en saber reconocer.

A lo mejor fue porque a mediados de los noventa la avalancha de bandas del llamado brit pop (no sé por qué no predominó más el término brit rock, más adecuado en algunos ejemplos) llegó a saturar, por lo que Supergrass pasaron un poco más desapercibidos pese a sus singles de éxito. Cierto que Alright era ácido y contagioso, un tema de chavalitos para saltar y sonreír sin descanso, pero I should Coco (1995), su primer álbum, era más bien atropellado, cargado de ráfagas de punk festivo y un entusiasmo acelerado. El trío (ahora cuarteto) formado por Gaz Coombes, Mick Quinn y Danny Goffey bebía más de The Jam que de los Beatles. Una década pasó hasta que me tropecé de nuevo con Supergrass con motivo de su quinto disco de estudio, Road to Rouen (2005), una colección esta vez más pausada y controlada de piezas mucho más trabajadas, ricas en detalles y reveladoras en atmósferas.

Este agradable reencuentro me llevó a repasar los trabajos intermedios de la banda. En ellos uno va apreciando la moderada madurez que adquiere el grupo. Así, tras su adrenalítico debut el trío distribuye mejor su energía en In it for the money (1997), que aunque no borra las huellas punk del predecesor, calma mejor sus arrebatos; singles como Sun hits the sky y Late in the day realzan el conjunto. El paso siguiente llega dos años después con Supergrass (1999), donde el grupo deja atrás su adolescencia para moldear una música más elaborada y sin estridencias, de guitarras más exploradoras y seguras. Un tema, un temazo para sacar la cabeza por el techo del descapotable al inicio de unas vacaciones, Moving, corona este magnífico disco. Life on other planets (2002) aparece tres años más tarde y por momentos coquetea con un regreso a la época del acné, para acabar decantándose por seguir mirando al frente con hits de lo más efectivos como Seen the light y sobre todo Rush hour soul.

Supergrass tiene previsto el lanzamiento de su sexto disco este año. Lo aguardamos con los brazos abiertos.

miércoles, mayo 09, 2007

VOLUME ONE 67: THE BIRD OF MUSIC (AU REVOIR SIMONE)

Las portadas de discos. Otro asuntillo que da para rato cuando nos ponemos a hablar sin parar de nuestros gustos, vicios y manías musicales. ¿Cuántas veces nos pasa que nos llama la atención la cubierta de un disco del que no sabemos nada y cogemos la caja para mirarla la imagen desde más cerca y ver y leer lo que aparece detrás sin saber qué demonios esconde dentro? Nos atrae el color, o la foto, la composición, la tipografía, la tonalidad, el diseño del cartón, muchos atractivos. Dará para algún post, pero me ahorro de momento la labia para contextualizar la elección de la siguiente escucha. Fijaos, si no, en esta veraniega y sensual portada:

El caso es que al ver a las tres chicas de espalda, con los largos cabellos quizá húmedos secándose al sol cual ninfas mágicas del bosque en inocente ropa interior blanca, pensé que podría encontrarme con algo parecido al idílico mundo musical de Joanna Newsom. Me equivoqué. Me despistó también el título del álbum, The bird of music. Lo firma este año un trío de veinteañeras de Brooklyn llamado Au Revoir Simone, a las que les sienta que ni pintada esa conflictiva y casi siempre promiscua etiqueta de ‘indie pop’.

Deduzco que habrá también sus propias ramificaciones en esta corriente, pero como me coge un poco a desmano no sabría distinguirlas. No importa. Lo que nos ocupa ahora es que incluso entre la frivolidad electrónica que crean unos teclados que suenan como a los antiguos Casio de nuestra infancia y que en apariencia entrañan poco misterio se puede uno tropezar con suaves postres para degustar bajo el sol. El 90 por ciento del sonido del trío se compone de experimentos en las teclas, ritmos saltarines y juegos infantiles. La receta de unas frugales cenicientas del siglo XXI, capaces de llegar a encandilar con tres o cuatro piezas muy sabrosas. Batería la justa, tibios violines, ni bajo ni guitarras. De Joanna Newsom tampoco ningún rastro.

Nota: 5/10

VOLUME TWO 28: EDDIE HAZEL

Hendrix no tocó con Funkadelic, pero la guitarra doliente y retorcida de Hendrix sobrevuela el tema titular de Maggot Brain, la obra maestra de la trilogía suprema de la banda conjuntada por George Clinton a comienzos de los setenta. Dicen quienes fueron testigos que Clinton le pidió a su guitarrista principal que rasgase sus cuerdas en esa canción mientras pensaba que su madre había muerto. El tipo siguió las órdenes y entró en trance, deleitándonos así con un solo inicial terriblemente espectacular, un lamento que de los oídos avanza ondulante hacia el corazón. No, aquel tipo no era Jimi Hendrix, era Eddie Hazel.

Hay músicos carentes de fortuna, o no les sonríe o no la saben buscar. Probablemente no supiera qué camino tomar para encontrarla Eddie Hazel, el larguirucho guitarrista original de Funkadelic, motor palpitante de esos tres discos iniciales soberbios de la banda, Funkadelic (1970), Free your mind and your ass will follow (1970) y Maggot Brain (1971). A finales de los sesenta Clinton se dejó convencer por uno de sus músicos contratados para reclutar a un joven guitarrista de Brooklyn para The Parliaments. Aunque el chico contó primero con la negativa de su madre para dejarse arrastrar por un grupo de músicos conflictivos con fama de drogadictos, Eddie acabó embarcado para asistir pronto a la transformación de Parliaments en Funkadelic. Funk psicodélico y heavy soul. Esos eran los ingredientes. Cada uno de ellos discurre por las venas de Hazel y se traduce en su embriagador y versátil modo de tocar la guitarra.

El chico no supo asimilar del mejor modo la convivencia con los coloristas y estrafalarios músicos de Funkadelic y no tardó en entrar en abusivo contacto con las drogas. Clinton, que tampoco le daba la espalda a los estimulantes, apenas contó con la técnica de Hazel en el cuarto disco, America eats its young (1972) y prescindió de él en los siguientes, pese a volver a la formación un par de años más tarde. Asociado con otros contemporáneos, Hazel se fue escondiendo, acuciado por los problemas personales y tras un breve periodo entre rejas. Aunque Clinton lo rescató para la prolongación más circense de Funkadelic, Parliament, y le produjo su único disco en solitario, Eddie Hazel se convirtió en un segundón de la estirpe musical de Clinton, hasta caer en el olvido y dejarnos a todos en 1992 a los 42 años.

Game, dames and guitar thangs (1977) es el único álbum de Hazel en vida. Años después de su muerte salieron a la luz improvisaciones del músico y sus amigos en un Ep, Jams from the heart (1994), y una colección de rarezas, Rest in P (2000). En estos trabajos se puede apreciar la zigzagueante destreza de este guitarrista colosal, capaz de llevar con su instrumento cualquier pieza al terreno más sucio del funk o a los territorios vírgenes de la música de baile. No merece olvidarse.

lunes, mayo 07, 2007

JAM SESSION (II)

Mi viejo amigo y yo no perdemos las viejas costumbres, así que no es raro que cada poco compartamos esas horas lujuriosas de la noche tratando de acertar a cada lado de la barra el parecido físico que tiene con una actriz esa chica a la que nunca antes habíamos visto, ya sabéis. Esta, no. Esta otra, tampoco. Pues esta… para nada. Sí, sí, espera, no me sale el nombre, pero sé quién es porque la ha visto en más de una película. ¿Esta?, Mmmmm. Y pasado un tiempo largo de rápidas miradas y segundos de recreo por los rizos que le acarician los hombros, los pantalones ajustados que estiran su figura y por la blancura de su sonrisa, entonces llegamos adonde queríamos. Exacto. Puede que alguno de los dos se marche para casa olvidando a la actriz pero sin poder ni querer borrar los rasgos contagiosos de su parecida.

En el tiempo muerto en el que esperábamos para que empezase la película se nos dio por pensar en algunas de las cosas que ahora no tendríamos ni a las personas que ahora no conoceríamos si hace bastante tiempo, cosa de diez años, hubiéramos tomado otros caminos en nuestras vidas. La conclusión fue que aprobamos, en general, las viejas decisiones. Si alguno de nosotros se hubiese conformado con lo que entonces tenía y con el futuro perdido que se le dibujaba, no existirían seguramente las sesiones de pipas y caciques, ni todos los comentarios que hacemos a las canciones que el ruido nos deja escuchar. Quizá el cine nos uniría a todos un poco menos. Quizá no existiría ni este ni otros blogs donde dar a conocer cómo somos a través de nuestros sanos vicios.

Al fin y al cabo las más de mil pelas no estuvieron mal invertidas. Resistimos en pie una hora bien larga con la cabeza erguida y los ojos despiertos. Un manjar por allí, una delicatessen por allá, un postre detrás, una salsa exquisita delante y mucho bocado sin sabor por todas partes: allá arriba mismo, dejándose exhibir sin tener idea absoluta del estribillo de una canción que todo el mundo grita y nadie conoce. Salimos al amanecer pensando, como alguien apuntó sin equivocarse, que la calle se ha llenado de podredumbre. Y sabemos que lo mejor de la noche no fue el menú variado que acabamos de examinar, sino el perfecto escote colorado por el sol de la tarde que hemos tenido enfrente unas horas antes. No era de Gisele Bundchen, pero casi.

BOOTLEG SERIES 6: THE MANIFESTO OF GROOVE

Cuando este blog echaba a andar su autor llevaba un tiempo viciado por la música negra, cultivando una fase funky de su interminable travesía musical a través de temas conocidos, y otros muchos poco difundidos, de artistas y sellos especializados en el soul, el jazz, el funk y el género blaxploitation de la segunda mitad de los sesenta y la primera de los setenta. El catálogo del material de esta época y esta música en concreto es enorme, por eso, además de los álbumes propios de solistas y grupos existentes, hay una incontable cantidad de obras recopilatorias en uno o varios volúmenes de todo aquel repertorio, del reconocible y del que ha permanecido escondido durante años en los almacenes de las compañías. Poco a poco me he ido haciendo con alguna de estas colecciones hasta el punto de llegar a conocer uno, dos, tres o hasta una veintena de temas de músicos negros tan ‘anónimamente’ estupendos como Lee Dorsey, Leroy Hutson, Bobby Byrd, Madhouse o King Curtis, por no mencionar a los menos ‘anónimos’ Curtis Mayfield, Maceo Parker, The Meters o Kool & The Gang.

Había dejado un poco aparcada esta vertiente musical (aunque el jazz va ahora entrando con moderado empuje en mis venas), pero en mi último viaje a una gran superficie comercial me decidí por regresar al sonido callejero y peligroso que emana de esa música negroide nerviosa y sudorosa. Sin pensarlo mucho me decidí por el tercer volumen de una colección del sello Brown Sugar llamada The Manifesto of Groove que reza así: Cold Sweat, from jazz to soul ‘n’ funk to blaxploitation. En efecto, todo eso, estos cuatro estilos tan próximos el uno al otro, conviven con una agradable armonía en las canciones que artistas como Isaac Hayes, Jimmy Smith, Roy Ayers, The Bar-Kays o James Moody grabaron para los sellos Stax, Vanguard o Prestige en aquellas décadas. Esta colección no sólo permite disfrutar de una música muy divertida, sino comprobar el habilidoso compadreo de estilos gracias a la genialidad de autores magníficos apoyados por (de nuevo ‘anónimos’) músicos de acompañamiento no menos excelentes.

Por cierto, 'groove' es una palabra que me encanta. Significa ritmo, aunque algunos estilos animosos y ligados a la música de baile emplean el término como si fuera un propio subestilo caracterizado por el uso de línea rítmicas que se desarrollan con fluidez y sin interrupciones. Así que espero poco a poco, sin prisas, ir completando este Manifesto del Groove.