martes, marzo 28, 2017

DOS

Las velas se encienden despacio. Todavía. A veces voy a las fotos y me sorprendo con su crecimiento, las formas en que cambiamos él y nosotros, cómo yo crezco dentro de él. Los dedos que se alargan y el estómago que se rebaja, los ojos que saben expresarse y los dientes que ríen inocentes. El chasquido de la memoria y los besos y aplausos espontáneos. La caricia de la noche y la luz que le da el día. Con él adelante en los primeros pasos del camino de la vida. Aún sigo peleándome con quien era y con cómo ha cambiado casi todo. Tú el primero, chaval. Y lo que queda. Feliz cumpleaños, Leo.

jueves, marzo 23, 2017

VOLUME TWO 80: RODNEY CROWELL Y EL OTOÑO LUMINOSO

La madurez, la experiencia acumulada, el oficio, la casta adquirida, los kilómetros y kilómetros de música en el cuerpo… llámese como uno prefiera. Eso ha hecho que no pocos músicos hayan llegado al otoño de sus vidas en un estado de forma artística elogiable, como si la edad, lejos de cansarlos, los llenase de una energía contenida de la que salen las cosechas más deliciosas. Tom Jones, Mavis Staples, Kris Kristofferson, Solomon Burke hasta su muerte o Rosanne Cash son unos pocos ejemplos que me vienen a la mente de músicos que al pasar de los 50 o 60 años entregan magníficos trabajos, sabiamente adaptados a sonidos y terrenos contemporáneos y superiores a obras que firmaron hace 20 o 30 años. Rodney Crowell es otro de ellos.

El bueno de Rodney, con 18 discos a sus espaldas desde finales de los años setenta y el último a punto de publicarse, Close ties, una colección excelente de canciones personales que interpreta con una exquisitez y cariño que le salen de las tripas. Tejano adoptado por Nashville, autor y productor de country y sus géneros hermanos, socio y amigo de tantas enseñas de los escenarios de la ciudad, su carrera ha avanzado con rectitud y coherencia sin perder la brújula y con fidelidad a su aprendizaje.

Desde Fate's right hand (2003) hasta su último trabajo, Rodney ha encadenado formidables obras en las que sin desprenderse de sus raíces las ha dejado crecer hacia ambientes adyacentes a la música americana tradicional de los últimos años. Ahí están Sex and gasoline (2008) o sus dos placenteros duetos con su amiga Emmylou Harris. Close ties, poderosamente emocionante, mantiene las altas calificaciones y refuerza la fe en la sabiduría de la edad que Rodney Crowell y otros viejos maestros representan.

domingo, marzo 19, 2017

LIVE IN 199: ROCK & ROLL. CHUCK BERRY

Larga vida al Rock & Roll.

viernes, marzo 17, 2017

VOLUME ONE 432: DORADO (SON OF THE VELVET RAT)

¿Qué nos sugiere esta imagen si es la escogida para la portada de un disco? ¿Qué música diríamos que guarda? Nos sentimos tantas veces atraídos por las cubiertas de un álbum creyendo encontrar tras ellas inspiradoras esencias musicales… Un desierto como este, carbonizado en blanco y negro con el cielo tormentoso, augura quizá la sobriedad afilada que sonorizaba el film Paris, Texas, quizá música árida y voces ajadas, o puede que un revitalizado brebaje de stoner rock. No es el caso. Esta imagen que parece tomada en el parque nacional de Joshua Tree o en cualquier otra desértica zona norteamericana presenta el disco Dorado (Fluff & Gravy, 2017), de Son of the Velvet Rat.
Uno llega a músicos o bandas de las que no ha oído nada por casualidades o por conexiones. Te enteras de que un productor que te gusta mucho le pone las manos al trabajo de un grupo desconocido y el interés que antes era inexistente ahora es altísimo. Son of the Velvet Rat es ADN europeo con transfusión de sangre americana, al menos cuando escuchas Dorado. Es el sexto trabajo del matrimonio que forman los austríacos Georg Altzieber y Heike Binder, instalados desde hace tres años precisamente en Joshua Tree. Canta él con la guitarra encima, ella agarra el acordeón y toca el órgano. En Dorado también hay voces de Victoria Williams. Bajo la supervisión de Joe Henry, su música, misteriosa y turbadora, con atisbos de animosos resplandores entre perezosa oscuridad, parece propagarse como el eco en capas cálidas. Leo semejanzas con alguna etapa de las carreras de Dylan, Cave y Waits; yo no las advierto, sino banda sonora para la soledad, el desierto y la extrañeza.
 
Nota: 7,5/10

miércoles, marzo 15, 2017

GREATEST HITS 191: LONELY BOY (THE BLACK KEYS)

Algunas buenas canciones, potentes y con gancho, alcanzan un éxtasis de ensalzamiento en pletóricas interpretaciones en directo. O cuando la publicidad o el cine las explotan eficazmente. Lonely boy es un ejemplo, el gran tema de The Black Keys con el que abrían su álbum de 2011 El Camino. En una película reciente, la simpática comedia española Es por tu bien, se cuela Lonely boy sin mucha lógica argumental aunque con innegable impacto en el desarrollo de la trama y bien acompañada de un hábil montaje. El caso es que, al volver a escuchar la canción, celebré de nuevo su fuerza, ese nervio que te espabila y te lanza a bailar o a saltar o a llevarte las manos a la guitarra imaginaria.

Muchos le dieron la espalda al grupo desde que añadieron instrumentos y sofisticación a su singular apuesta, desde que dejaron los circuitos pequeños donde se aplaudía la rigidez de su áspera desnudez musical para abrazar una planificada e inteligente comercialidad. No me incluyo entre quienes miraron para otro lado. Espero que no tarde en escucharse su próximo trabajo.


lunes, marzo 13, 2017

VOLUME ONE 431: SEMPER FEMINA (LAURA MARLING)

Es cosa de mujeres. Las más agradables sensaciones de la música que se da a conocer este año me las están ofreciendo discos que llevan la firma de mujeres: Tift, Rose, Valerie, Rhiannon y ahora Laura, Laura Marling. Con esta inglesa de aspecto inocente me enchufo a las segundas escuchas, después de digerir mejor las virtudes emocionales que creo descifrar en el primer contacto, convencido de que me estoy perdiendo algún fantástico atributo oculto que merece escucharse con más atención. Me pasó con sus discos anteriores y ahora de nuevo con el sexto que ha terminado de grabar con 27 años, Semper Femina (More Alarming Records, 2017).


Cuenta que el álbum tiene esa tendencia conceptual a indagar y profundizar en un aspecto concreto: la mujer y la intimidad de la feminidad. No entraré mucho en ello, me temo. De momento me he dejado absorber por los paisajes brumosos que parecen salir de las nueve canciones de este disco, con Laura reencarnándose en Joni Mitchell o en John Martyn, o en Aimee Mann o en un joven Neil Young. Música que se desvanece en el aire o se cae de las manos como arena, con la que quieres echarte a descansar.


Nota: 7,5/10

jueves, marzo 09, 2017

BONUS TRACK 174: THE JOSHUA TREE. 30 AÑOS DESPUÉS...

Dejémonos llevar por la mirada atrás con nostalgia acompañada de música. Todos tenemos un disco especial, uno o más de uno que significaron mucho para nosotros en algún momento de nuestra vida, que nos llenaron de una luz que no sabíamos de dónde salía y nos ayudaron a crecer y a cambiar, a verlo todo según otra u otras perspectivas. Pero apuesto a que todos tenemos uno por encima de los demás, uno con el que pasamos del pop al rock, de la adolescencia a la juventud, del casete al vinilo, de no saber lo que hacer en la vida a desear dedicarnos a la música, de la inocencia a la madurez. Ese disco para mí fue The Joshua Tree, de U2.

Un 9 de marzo de 1987, justo hace 30 años, aquel disco estaba por primera vez en las tiendas, el único lugar en el que se podía adquirir un disco para escucharlo entero luego en tu habitación, con la calma que proporcionaba el tiempo suficiente y la intimidad que hoy escasea. A mí me lo regalaron dos meses más tarde por mi cumpleaños, pero ya antes me había quedado enganchado a la canción With or without you la primera vez que la había escuchado, en un programa de vídeos musicales que emitían los sábados por la tarde. Aquellos tíos serios entre sombras a los que había oído mencionar sin escuchar nada antes. The Joshua Tree debió pasar unas cien veces bajo la aguja de mi tocadiscos aquel año y el siguiente, en los que me hice con todos los discos y singles de U2 y con las revistas en las que el grupo irlandés aparecía.
Quizá ha pasado la mitad de este tiempo, unos quince años, que no he vuelto a escuchar el álbum entero ni sus canciones, aunque me lo sé de memoria: el subidón de sus tres primeros temas y la belleza incandescente de sus demás piezas, como In God's country o One tree hill. U2, entonces aún no en su apogeo popular y lejos aún de ser un grupo multimillonario, volvieron a grabar discos muy buenos, buenos y decepcionantes, pero nunca uno tan glorioso y emotivo como The Joshua Tree. Desde hace 30 años he escuchado miles de discos de estilos, corrientes e inclinaciones diferentes, música que amo con locura. Aquel disco único de U2 sobrevivirá todo, porque de algún modo aquel disco soy yo.

lunes, marzo 06, 2017

SOUNDTRACK 198: RAY DONOVAN (I)

En tiempos de alta oferta de series conviene escoger bien cuando el tiempo no es suficiente. Si fallas, la paciencia concede pocas oportunidades, apagas y pruebas de nuevo; si aciertas, te regodeas en la celebración de haber elegido una serie que te agarra, de querer seguir unas vidas con las que sufres por que deseas que sus asuntos se tuerzan o que se arreglen cuanto más se complican, con los desenlaces en vilo hasta el siguiente capítulo. Ray Donovan me ha dado esto en su primera temporada. Al menos hay otras tres.

La familia. Sus lazos inquebrantables, sus tradiciones resistentes, sus miseras calladas. Ray Donovan (un eficiente Liev Schreiber) arregla asuntos, pero su propia vida y la de su familia no sabe cómo arreglarlas. Limpia el trabajo sucio de ciertas celebridades, no importa el método. Vive de punta madre en un elitista barrio de Los Angeles, es el aparente triunfador de una familia irlandesa donde a los demás no les ha ido tan bien: atrás queda un suicidio, un hermano alcohólico del que abusaron y un buen hombre que se las apaña para dirigir un gimnasio y enseñar a boxear. Y el padre (excelente y repulsivo Jon Voight), que tras largo tiempo a la sombra salda cuentas pendientes con una bala en la cabeza y reaparece en la vida de sus hijos para desarmar lo que habían estabilizado. El reencuentro destapa odios, mentiras, traiciones y actos violentos. La familia no es un hogar seguro y las líneas que separan el bien y el mal carecen de ética.

Espero continuar.

sábado, marzo 04, 2017

LIVE IN 198: BRUCE EN SUS PALABRAS

Los fans (seguro que una parte bien grande) nos dejaremos seducir una vez más por algo que Bruce Springsteen nos quiera contar. Como algo más que su vida. Sí, algo más que unos cuantos recuerdos de la infancia y la juventud, la familia y los amigos, que consigan hacernos saber (o creer) cómo sentía el chico, qué inquietudes tenía y a qué preocupaciones se enfrentaba. O cómo comenzó a tocar la guitarra y a componer canciones en un pueblo de New Jersey que no ofrecía demasiadas salidas. Y tocó en sus primeras bandas y creó la suya propia. Y grabó un disco y alcanzó el éxito. Y ese éxito fue cada vez mayor y le convirtió en un músico muy famoso, muy rico y muy querido. Eso está en las memorias del Boss, Born to run, que comenzó a escribir hace siete años. Eso y bastante más. Bastante más que se disfruta. Si eres fan, desde luego, y si no, también.

Porque Bruce escribe de puño y letra, y se nota. Con un discurso cercano y emocionante con el que se abre y se recrea en intimidades personales (su distante y compleja relación con su padre, sus episodios depresivos o con tendencia al aislamiento, su cotidiana relación con su mujer y sus hijos) y profesionales (la relación con sus músicos a lo largo de los años, la razón por la que escribir canciones y cómo y con quién grabarlas, las sensaciones sobre un escenario y con su público o lejos de ellos). Su vida no tiene episodios truculentos ni sórdidos que despiertan el morbo y la leyenda de las que se alimenta el rock and roll. ¿Para qué? Bruce (siempre me dio esa impresión) es un tipo tirando a normal con el don de transmitir la magia verdadera de las cuestiones más convencionales a través de la música y empatizar con el público como si fuera el más querido de los amigos, el que nunca va a fallar.

Durante mi lectura de sus memorias, he recuperado algunos discos de Springsteen: unos nunca perderán esa magia emocional (los tres primeros, Nebraska, Tunnel of love, The rising, The Seeger Sessions) y otros resisten peor los años cumplidos. Su obra, en la que nada desmerece, no es perfecta, pero no es necesario que lo sea. Ahí delante, en vivo, sudoroso y visceral, el Jefe no tiene ni tendrá nunca rival. Eso, a los fans, no nos lo quitará nada.

jueves, marzo 02, 2017

VOLUME ONE 430: THE ORDER OF TIME (VALERIE JUNE)

Música con mayúscula y sin apellidos, sin etiquetas colgadas del tobillo o del mástil de una guitarra. No hay atrás adonde mirar ni presente del que renegar. Me gusta últimamente sumergirme en mareas tranquilas movidas por sonidos donde confluyen esencias flotantes, con finura en la ejecución y emoción explosiva envasada en elegante interpretación. Estas sensaciones me las proporciona por ejemplo Valerie June en su segundo álbum, The order of time (Concord Records, 2017). Cuatro años atrás entregaba esta mujer de espectaculares cabellos y aniñada voz expansiva un magnífico debut, Pushin' against a stone, trabajo que perdura en la memoria interior de su sucesor y que se enriquece con una propuesta climática en la que se entrelazan el folk, el blues y el soul, con un poco de la tradición de los Apalaches… Oh, perdón, olvidemos la catalogación. Discazo. Discazo hermoso. De los que levantan el ánimo mientras te envuelves en ellos. En los murmullos cálidos de Valerie cuando se suelta (Shakedown, Got soul) o se recoge (The front door, Astral plane). Mmmmmmm.

Nota: 9/10

lunes, febrero 27, 2017

SOUNDTRACK 197: T2. TRAINSPOTTING

El titular que mejor refleja lo que te encuentras en el regreso de las vidas de aquella escoria de Edimburgo en T2 Trainspotting es “Sobredosis de nostalgia”, que encabeza este artículo en La Opinión de A Coruña. No puedo estar más de acuerdo. Dos horas y un intervalo de veinte años provocan esa añoranza revoltosa que empapa los recuerdos que combustionan bajo la losa inevitable del tiempo. Danny Boyle y su equipo juegan y ganan.

 
Es una nostalgia de ambiguas sensaciones la que fluye como una montaña rusa por el organismo de esta película. Sus ‘héroes’ añoran una juventud insana y frenética agitada por la heroína y la violencia después de haber pasado por una madurez de amargura, fracaso y frustración. Cualquier estímulo de un pasado condenado a la perdición fue siempre mejor que un presente de emociones frías y efímeras, un tiempo que mira a un futuro nublado donde pueda asomar aún una tabla de salvación. Renton vuelve a casa al romperse la estabilidad física y emocional de su exilio. Spud se acerca al precipicio al no ser capaz de desengancharse. Sick Boy maltrata un negocio a pique y organiza chantajes de poca monta. Y Begbie, bueno, este animal antisocial, fugitivo de las rejas y hambriento de venganza, no está hecho para el trato humano.
Tres momentos, tres detalles hermosos en mi opinión, reflejan de manera distinta esa nostalgia innata a los mortales. Renton y su padre sentados en la mesa de la cocina con su madre ausente, pero con su sombra en la pared; Spud en la calle en donde 20 años antes él y Renton huían a la carrera de dos policías; Renton poniendo el vinilo de Iggy Pop cuya canción Lust for life suena al comienzo del film de 1996 y retirando la aguja al instante de sonar la música… un viaje fugaz al pasado del que el personaje no está convencido de hacer.


Mientras dura todo, se trata de elegir. De elegir vida y todo lo demás, si es posible la que mejor convenga.

viernes, febrero 24, 2017

SOUNDTRACK 196: TRAINSPOTTING



Volver hoy a Trainspotting (un film que no creo que hubiera rescatado si Danny Boyle no hubiera contado las vidas de los personajes de Irvine Welsh veinte años después de llevarlas a la pantalla) ha conseguido que me atraiga saber con interés qué incierto destino le esperaba a sus yonquis y sus amigos. Hace veinte años, si estabas puesto en cine (como yo estaba, bastante más que ahora), leías que todo el mundo hablaba de aquella película: heroinómanos en Edimburgo sin futuro ni esperanza, chutes, sordidez, colocones, violencia… una pasada. Me gustó, me reí, me agobié. Nada más. Y ahí quedó Trainspotting, con recuerdos vagos sobre brutalidad y escatología: Begbie (Robert Carlyle) lanzando una jarra de cerveza desde arriba sobre los clientes de un pub, Renton (Ewan McGregor) huyendo de los policías por Princess Street, Spud (Ewen Bremmer) y su mierda sobre los rostros de la familia de su novia a la hora del desayuno, el peor retrete de Escocia.

Ver hoy Trainspotting ya no me hizo tanta gracia. Pero quizá la juzgo como mejor película de lo que entonces creí que era (sin compararla en ningún momento con una novela que no he leído). En el fondo, bajo la agilidad de su puesta en escena y la eficaz dirección de Boyle al mostrar los delirios que la heroína crea en sus adictos y las horribles consecuencias que puede llegar a provocar, el film ofrece, entre cuelgues y sexo y su feo acento escocés, una pesimista visión sobre la inadaptación. Su final, con Renton traicionando a sus amigos y dirigiéndose hacia la cámara hasta desenfocarse, convierte al personaje principal en el único que en verdad quiere huir de las cadenas de la droga y la delincuencia para adaptarse a una triste vida convencional de hipotecas, barbacoas y televisión en el salón de la que reniega desde el primer minuto, cuando encuentra en la droga el consuelo a su nihilismo.

Sí, quiero ver qué ha pasado veinte años después.

jueves, febrero 23, 2017

VOLUME ONE 429: FREEDOM HIGHWAY (RHIANNON GIDDENS)

Cubriendo este disco reposa suspendida con el motor silenciado una atmósfera turbadora incluso en sus momentos más alegres y despejados. Será porque su autora ha volcado en sus canciones historias sobre esclavitud e injusticias, sobre derechos aplastados, discriminación y tragedias que relatan las baladas asesinas transmitidas entre generaciones. Se percibe ese clima de desasosiego en cómo Rhiannon Giddens combina la pureza primitiva del folk americano con sus flirteos con el blues y el soul. A un drama rural en haciendas o campos de algodón le sigue una festiva verbena en New Orleans o un apagado lamento en una noche sin estrellas. “Puedes llevarme el cuerpo y los huesos, pero no podrás con mi alma”.

Muy buen disco este segundo, Freedom Highway (Nonesuch, 2017), de la estupenda vocalista, violinista y banjista de los Carolina Chocolate Drops, después de su también excelente Tomorrow is my turn (2015). Profundo y conmovido, liberador en el paraíso de la soledad.

Nota: 8/10

lunes, febrero 20, 2017

50 AÑOS Y NO SOMOS NADA


Hoy lees en varios textos que Kurt hubiera cumplido 50 años si no se hubiera volado la cabeza de tan deprimido que estaba. Hoy lees a alguien en un titular que se pregunta si Cobain es el más sobrevalorado de los autores del rock. Sí, qué deprisa pasa todo. Sí, hoy me pregunto qué queda de los espíritus juveniles que vociferaba el líder de Nirvana y no consigo distinguir su huella del polvo que se lleva el viento.


Hoy yo me he acordado de Jeff Buckley, que el año pasado hubiera cumplido 50 años si no se hubiera ahogado en aguas del Mississippi (claro que él no dejó un hermoso cadáver junto a un arma y un mensaje fúnebre). Hoy añoro más su música resistente y quebradiza que las estaciones veloces no consiguen alejar y muy pocos recuerdan o convierten en una bonita efeméride.