viernes, marzo 30, 2007

VOLUME ONE 61: SKY BLUE SKY (WILCO)

Agarraos, estamos ante uno de los mejores discos del año...

No lo digo yo, lo dirán a partir del mes de mayo, cuando salga a la venta y se publiquen las primeras críticas oficiales, las revistas especializadas que tan bien les suelen tratar. Bien, Wilco tienen nuevo disco, Sky, blue sky (Nonesuch, 2007). Y sí, está bien, muy bien, mañana quizá esté mejor...

Hay que entrar precavido en cada nueva obra de la banda asentada en Chicago, una formación que se ha ganado el respeto y un escalón de culto merced a las más que agradables reseñas que los expertos les vienen dedicando desde finales de la década pasada. Sólo por este motivo, insisto, debe prestársele una prudente atención, porque en este tipo de casos suelen ser habituales reacciones y expresiones como que “no es para tanto”. Eso mismo pienso yo, aunque sin negar las estimables condiciones de un grupo nunca perfecto pero siempre interesante por incomparable. Así que después de padecer Yankee Hotel Foxtrot (2002), despejarme en A ghost is born (2004), y congraciarme con el directo Kicking the television (2005), mantenía mis dudas respecto al nuevo cielo azul que sondea Jeff Tweedy y sus colegas.

Quizá consciente de la elevada condición en que lo sitúan los críticos, Wilco moldea ahora un calculado y muy bien rematado trabajo de artesanía, una porcelana sin apenas fisuras y a la que es imposible encontrarle defectos graves. En Sky blue sky no hay experimentos irritantes ni bromas ruidosas como en los dos discos anteriores. La contención elimina la sobrecarga cubriendo cada canción y unos soplidos de melancolía planean por los temas más pausados, como el inicial Either way, el siguiente You are my face o el que da título al disco. Hay también guitarras heredadas de Neil Young (¡qué presente está en tantos hijos bastardos!) en Side with the seeds y un poco de blues emborrachado en Walken. El tercer corte, la pieza maestra del disco, Impossible Germany, resume el carácter recogido de toda la obra y con sus piruetas que recuerdan incluso al mejor Santana de los setenta, resucitan a Wilco en su mejor momento, cuando Being there (1996). O ahora.

Nota: 8 /10 (mañana quizá 9/10)

miércoles, marzo 28, 2007

LA INCIERTA 'SALVACIÓN' DEL ROCK BRITÁNICO

Alguna vez he escuchado que tal o cual banda recién aparecida en el escaparate internacional se convierte "en la salvación del rock británico". Algún lumbrera se atrevió a utilizar exageradas palabras como éstas para dar la bienvenida a The Darkness, los infumables gritones que empezaron a lucir posturitas y recuperar ropajes del baúl en 2003. Me pregunto primero si el rock británico, u otro distinto localizado en cualquier punto del planeta, necesita ser salvado. ¿Salvado de qué? Cierto, las islas (incluyamos a Irlanda) dejaron de criar grandes formaciones de huella imborrable desde hace mucho tiempo (Stones, Who, Beatles, Zeppelin, Thin Lizzy, Police, U2...). Luego llegaron The Jam, The Cure, Echo & The Bunnymen y mucho heavy metal... hoy un poco olvidados. Más tarde aparecieron Blur, Pulp, Oasis, Ocean Colour Scene, Radiohead, Supergrass... cuya huella no ha llegado a quedar del todo marcada a pesar de disponer de unos cuantos éxitos merecidos. Pero, en realidad, ¿alguien cree que es posible que bandas semejantes a aquellas, británicas en este caso, tengan algo que inventar o tan siquiera puedan crear alguna pequeña conmoción hoy en día? Mi humilde opinión es que no, no tengo confianza.

En fin, todo esto que divago viene al hilo de ciertas nuevas bandas británicas que sigo a cierta distancia desde hace relativo poco tiempo. Las revistas inglesas se rinden a sus pies, otras foráneas (incluídas algunas españolas) también les llenan de besos y abrazos. Me refiero a Kaiser Chiefs, Franz Ferdinand, Bloc Party, Keane, Maximo Park, Arctic Monkeys, Elbow, The Libertines... De todas ellas he escuchado al menos algo de su hasta ahora escaso material, es decir, un disco, los dos que tienen o alguna canción. Y en ellas detecto que tampoco van a agitar los cimientos del rock británico, a lo sumo mantendrán animadas a algunas masas por algún tiempo con algún single bien estudiado y fabricado, lo cual no está mal, que quede claro.

La mayoría de estos grupos se ven incluso superados por la trascendencia que adquieren, en parte gracias a los medios, que por el verdadero potencial creativo que se les intuye. También se les intuye otra cosa, temporalidad. Bloc Party y Kaiser Chiefs, por ejemplo, cuyos segundos álbumes recién publicados acabo de escuchar, dejan a las claras el agotamiento de su propuesta y la pérdida de frescura que sí tenía buena parte de su repertorio de debut. Los primeros rizan su producción en el nada espontáneo A weekend in the city y los segundos repiten sin salero el esquema de Employment en su nuevo Yours truly, angry mob. Lo mandan los jefes de sus compañías y ellos, jovencitos aún sin más inclinaciones artísticas, pues a cumplir, a empaquetar otro producto. Sus nuevas entregas cuentan con algún single destacable como ocurre en las anteriores, pero da la sensación de que su obra se queda ahí... y que se va a quedar en eso, en un single o dos por cada disco próximo y algo así como más de lo mismo, como mucho, con pequeñas variaciones en adelante

Esta tendecia se aprecia en concreto en estos grupos británicos, pero otros americanos, canadienses, australianos o españoles siguen tendencias parecidas o caen en vicios peores. Otro día lo recordamos. Por supuesto, se admiten más modestas opiniones.

VOLUME ONE 60: MY NAME IS BUDDY (RY COODER)

Ry Cooder es como un catedrático de renombre y prestigio en la Universidad de la Música. Explorador infatigable de raíces y excepcional guitarrista de virtuosismo callado, lleva cuarenta años trabajando como estelar colaborador de sesión, compositor de bandas sonoras y promotor de exóticos estilos en el terreno de la música americana. Sus devaneos con una incontrolable cantidad de corrientes convierten su obra en una mezcolanza cuanto menos interesante, aunque algo irregular. Sus dos penúltimos trabajos, los primeros de su carrera en el milenio, recorrían caminos poblados de ritmos latinos y música sudamericana que el propio autor enriquecía con los apuestos compases de su guitarra. El tercero, My name is Buddy (Nonesuch, 2007), aparece como uno de esos discos llamados conceptuales y se aparta (no del todo) de Cuba y América Latina para incrustarse en las venas y arterias de la música tradicional norteamericana.

Con la nueva obra de Ry Cooder ocurre lo mismo que con casi todo su archivo anterior (al menos el que yo he escuchado), que el agrado no es pleno, aunque el regusto que deja en la boca tiene mejor calado que su primer sabor. Buddy es el gato que ilustra la portada del disco y uno de los tres personajes en los que se apoya Cooder para recorrer la historia de los Estados Unidos durante los años de la Depresión. Los textos del músico se detienen en las odiseas de los vagabundos, la precariedad general, los políticos y censores, un futuro sin esperanza y una población herida.

Para acompañar toda esa base literaria, Ry Cooder vuelve a hacer gala de una controlada selección de instrumentos y estilos; fiel a su carácter viajero, combina el country con el jazz o el tex-mex con el folk, aunque es sobre todo un blues de latidos solitarios lo que empapa todo el conjunto. Tradicionalista al máximo, Cooder dosifica su slide guitar y abre su estudio para que le echen una mano Flaco Jiménez y su acordeón, Pete Seeger y su banjo, Van Dyke Parks con sus teclas, Jim Keltner con las baquetas y Paddy Moloney con su colección de flautas. Buddy es el guía de un viaje para desconectar, aunque pronto uno se enchufa a la realidad.

Nota: 7/10

martes, marzo 27, 2007

VOLUME ONE 59: THE SERMON ON EXPOSITION BOULEVARD (RICKIE LEE JONES)

No contaba yo con dedicarle un post a alguien como Rickie Lee Jones, artista ligada al pop y al jazz desde los últimos años setenta, emparentada musicalmente con Joni Mitchell y en otro tiempo pareja sentimental del Tom Waits más noctámbulo; ahí la tenéis a ella de espaldas sobre el coche acosada por el trovador de la madrugada en la contraportada del maravilloso Blue Valentine de 1978, o agarrada a su cuello en la cubierta del Foreign affairs del año anterior. Pero no es este el motivo (aunque valdría) para abrir un espacio en este post a esta peculiar autora de juventud errante y pasado también etílico. Rickie Lee tiene trabajo nuevo, un sorprendente álbum de contenido espiritual y canciones vacilantes que saltan del folk confesional al pop templado, de los juguetes vanguardistas al rock estrujado tan propio de… Tom Waits.

El experimento se llama The sermon on Exposition Boulevard (New West, 2007), el resultado de los contactos entre la autora y el peculiar artista multimedia Lee Cantelon. Éste plasmó sus inquietudes metafísicas y dudas religiosas en el libro The Words, a cuyos textos Jones dio voz hablada primero para una grabación prevista, pero no tardó en convertir en la materia bruta de nuevas canciones. Así, el disco tardó en gestarse varios meses bajo la producción de Rob Schnapf (Beck, Elliott Smith) y el propio Cantelon.

El par de obras anteriores de Rickie Lee Jones que he escuchado no me gustan, pese a las buenas críticas que en su día merecieron y el respeto que hoy mantienen. Eran los discos de una autora de vivencias maduras y voz juvenil, pop standard y suave jazz de gusto bohemio. Pero en este novedoso ‘sermón’ introspectivo la ex musa de Waits y su colega de andanzas Chuck E. Weiss se transforma en una cambiante artista que sabe adaptarse con agilidad a los avances que autoras de su generación o incluso más veteranas ya han afrontado. Su voz sigue siendo frágil y parece que canta con la nariz taponada o sin haberse sonado los mocos. Busca al verdadero Jesús en los caminos de su mapa, quizá lo encuentre, y a nosotros también, evadidos por su música intimista en cualquier carretera secundaria.

Nota: 8/10

jueves, marzo 22, 2007

SOUNDTRACK 29: SEAN PENN

Entre mis actores favoritos se encuentra Sean Penn, una estrella de primer nivel en el estrellato de Hollywood pero con actitudes y intenciones más terrenales, pese a que su cuenta corriente le permita gastarse sus ingresos en cualquier capricho bienintencionado, como viajar a Irak para criticar la política militarista de los Estados Unidos o intentar salvar a víctimas del Katrina en una lancha motorizada. No entremos en esos detalles (perdón por acordarme), veamos a Penn como el gran actor que a mí me parece y el interesante y a la vez incómodo director que es. Los films en los que ha intervenido sólo tras las cámaras suelen poseer ingredientes poco convencionales: historias opresivas, complejas relaciones humanas y ciertos excesos, a veces incontrolados, de sus personajes. Cuatro películas ha dirigido hasta ahora, además de un segmento de otra con varios responsables y dos videoclips.

Su debut como director lo marca Extraño vínculo de sangre (The indian runner, 1991), una historia fraternal entre extremos opuestos a ambos lados de la ley con Viggo Mortensen y David Morse como protagonistas e inspirada en la canción de Bruce Springsteen Highway Patrolman, de la que también Penn dirigiría su vídeo promocional. Su perfil íntimo y localista y una duración estirada lastraba quizás las posibilidades de un argumento que podía dar más de sí.

Cuatro años después el film Cruzando la oscuridad (The crossing guard, 1995) fue abucheado en algún festival de cabecera por el vengativo argumento que plantea y quizá la trasnochada interpretación de Jack Nicholson, quien pretende matar al conductor borracho (de nuevo Morse) que acabó con la vida de su hija mientras su matrimonio y su existencia se va rompiendo en pedazos. Su embarazosa historia se acompaña de una dirección fría, también molesta, adecuada para un director que parece encargarse de temas que pocos directores se arriesgan a contar.

Más cercana y digerible es El juramento (The pledge, 2001), basada en el libro El cebo y con Nicholson (enorme cuando quiere y se deja controlar) como policía perseguidor de un asesino de niños que no consigue encontrar y encariñado de una mujer más joven que él y su hija amenazada. Su espléndido reparto, la desoladora presencia de Nicholson y una dirección mucho más segura convierten El juramento en una magnífica obra, la mejor del Penn director, que en 2007 (o 2008 en España) estrenará su cuarto largo, Into the wild.

Conviene también recordar el episodio que Penn aportó a 11'09''01, su insólita e imprevisible visión de la tragedia del 11 de septiembre desde la penumbra solitaria de un escondido apartamento de New York, una obra maestra de 11 minutos.

(Como actor, me basta disfrutar a Sean Penn totalmente apoderado de su personaje: el mezquino y crepuscular Emmet Ray de Acordes y desacuerdos, el bondadoso e ingenuo Sam de Yo soy Sam, el patético Samuel Bicke de El asesinato de Richard Nixon, el salvaje redimido en que se convierte el condenado Matthew Poncelet de Pena de muerte, el repulsivo abogado de Carlito’s way o el destrozado capo local que ahoga sus pecados en Mystic River, papel por el que ha merecido su único Oscar)

Como epílogo a este post os entrego el videoclip, tampoco nada cómodo, que Sean Penn dirigió para Peter Gabriel, el de la estupenda canción The Barry Williams Show.

martes, marzo 20, 2007

BONUS TRACK 21: LET LOVE RULE (LENNY KRAVITZ)

Dos post más abajo incluía a Lenny Kravitz entre los autores del por mí llamado rock caduco; utilicé el argumento de que “ya no se acuerda de cuando compuso una digna canción”. Las que son dignas de su no muy extenso repertorio se localizan en su primer disco, Let love rule (Virgin, 1989). Sus dos trabajos posteriores contienen también un par de poderosas canciones dentro de un conjunto irregular, hasta que la decadencia empieza a hacer mella en el músico neoyorkino a partir de 1995 con el álbum Circus. Pero Let love rule se sirve templado en la mesa para llevarse a la boca en su punto. Es un debut sabroso que he tardado en escuchar, pero al que por fin llego gracias a una de esas oportunas y bien recibidas ofertas de comprar cuatro discos al precio de 20 euros.

A tenor de un par de fragmentos de actuaciones que he visto, veo a Kravitz como uno de esos artistas a los que el estudio perjudica, porque en directo duplican o triplican su capacidad creativa, su sintonía con el grupo que le acompaña y hasta la emoción que sienten por su música en cada interpretación. Las canciones de Let love rule poseen esas mismas condiciones enjauladas y se liberan, sin duda, cuando Lenny Kravitz las desviste en vivo con el apoyo de una de esas pintorescas formaciones que siempre ha reclutado.

La sombra de Prince recorre las notas del primer disco de Kravitz, no sólo por hacerse cargo de casi todos los instrumentos (recibe puntuales ayudas), sino por la variedad de estilos que encadena desde el primer corte hasta el último. El rock contagiado de psicodelia (Let love rule), el funk más blaxploitation (Freedom train, Blues for Sister Someone), el pop con más gancho (Mr. cab driver) y también el más esponjoso (My precious love) conviven armonizados en Let love rule. En trabajos posteriores plagió demasiado el guitarreo zeppeliniano y se fue echando a perder. Por eso existen músicos distraídos (y las (pedazo)mujeres que han pasado por la vida de Kravitz quizá le han distraído bastante) que al menos guardan viejos recuerdos por los que pueden ser salvados.

sábado, marzo 17, 2007

VOLUME ONE 58: FREEDOM’S ROAD (JOHN MELLENCAMP)

Ya que nada o muy poco hemos mencionado en estas páginas a John Mellencamp (a mí me gusta más llamarle como él quería y hacía allá por los años ochenta, John Cougar), hagámoslo ahora que acaba de publicar un nuevo álbum, el decimoséptimo de su discografía.

Así que viajemos un rato hasta el corazón de los Estados Unidos, a pequeñas o medianas ciudades del Medio Oeste con porche en cada hogar y barbacoas cada sábado, bares con billar y jukebox, cerveza y whisky peleón. Porque Cougar/Mellencamp es uno de esos músicos americanos de pura cepa y esa esencia costumbrista brota de todos sus discos. Freedom’s Road (Universal Republic, 2007) no es una excepción. Por un lado es bueno, por otro, no tanto. Su nueva entrega mejora las anteriores, que eran reincidentes y poco lucidas. Pero en el fondo, este nuevo disco, un viaje de orgullo patriótico pero también crítica irónica, es más de lo mismo, más Mellencamp.

En el caso de este autor esa tendencia se traduce en buenas canciones, sí, un par de grandes temas entre ellas, aunque su estilo sencillo, directo y exquisitamente bien cocinado suele perder sabor de inmediato con la segunda escucha. En Freedom’ Road todo suena muy bien, hasta menos ‘golondrínica’ Joan Baez como colaboradora en Jim Crow, uno de los mejores cortes. Lo son también Ghost towns along the highway, My aeroplane y Rural Route, piezas en las que las guitarras afiladas del autor y el apoyo sonoro de sus músicos habituales dan corpulencia a las canciones. Son puntos álgidos de un disco cumplidor pero convencional más en la carrera del autor de Indiana. Da la impresión de que aquellas cumbres creativas que llegó a alcanzar el ‘puma’ Mellencamp con The lonesome jubilee (1987) y Human wheels (1993) no se repetirán.

Nota: 7/10

LIVE IN 35: ROCK CADUCO

El abuso radiofónico o el simple paso y peso del tiempo hacen pocos favores a ciertos grupos musicales o a una buena parte de sus canciones. Escucharlos ahora se convierte en una tarea perezosa. No entro a discutir la buena o mala calidad de los grupos, sólo apunto que su fecha de caducidad los conserva ahora un poco rancios o, como mucho, sin sabor. A la generación de los ahora treintañeros nos causan cierto hastío, cuando no indiferencia, algunas bandas y solistas de los años setenta, muchos más de la década siguiente y también unos cuantos no tan viejos cuya música parece ahora muy pasada de fecha y que ha perdido, digamos, sus conservantes. Quienes nos saquen una decena de años o más de ventaja quizá sientan por estos músicos una sensación nada parecida a la nuestra.

Pongamos algunos ejemplos:

-He vuelto a pensar en todo esto después de haber escuchado Anarchy in the UK de los Sex Pistols en una banda sonora. Siempre me parecieron muy malos. Su impacto duró poco, por suerte, y sus contemporáneos The Clash se conservan hoy mucho mejor.

-El Nota y su tropa diría, “otra vez los putos Eagles”; yo diría “otra vez el puto Hotel California”. La radio me provoca una sensación de odio hacia este tema, cada vez más largo, más blando, más aburrido… y no digo que sea una mala canción.

-Supertramp, y sobre todo algunos de sus estribillos o líneas reconocibles (Dreaming, Goodbye stranger), suenan ahora ridículos, causando la impresión de que hay que ser muy carca para disfrutarlos.

-Lo mismo podría comentar de la ELO, cuya perfección sonora resulta irritante.

-No se libra del mismo comentario Alan Parsons.

-Dire Straits tienen discos que parecen una losa, aunque un puñado de singles aún resisten el desgaste que causan los años.

-Queentodos disfrutamos de Queen en nuestros años de adolescencia musical, pero, ¿tiene alguien ganas de destapar uno de sus discos y recuperar un grito de Mercury o un pesado solo de May? Detesto Bohemian Rhapsody.


-Caminemos hacia adelante: hoy en día no hay quien soporte los gallos altisonantes de Dolores O’Riordan en Zombie, un suplicio de canción que a mí también me gustó cuando apareció.

-Otra chiquilla crecida, Gwen, ya no se cree ni lo que dice cuando tiene que volver a cantar Don’t speak, esa pestilente baladita de No Doubt para críos que se creen que tienen serios problemas.

-Las chicas cansan, Alanis Morissette ya no dice ni sugiere nada y escuchar Ironic ya da repelús.

-Un tipo ahora de lo más decadente, Lenny Kravitz, que ya no se acuerda de cuando compuso una digna canción.

-Y sí, Nirvana, cuya leyenda y mito tapa la más bien mediocre música con que torturaron a jóvenes sin las ideas claras.

Más: Status Quo, Jethro Tull, Roxy Music, Yes, Moody Blues, Scorpions, The Cure, Cindy Lauper, Meat Loaf, Lou Reed, Pink Floyd si me apuras… ¿qué más?

viernes, marzo 16, 2007

VOLUME ONE 57: NEON BIBLE (ARCADE FIRE)

Los canadienses Arcade Fire afrontan la difícil e intrigante prueba del segundo LP. ¿Qué hacemos ahora?: ¿repetimos la fórmula?, ¿nos atrevemos a dar unos pasos más atrevidos que hubieran sido inapropiados para el primer disco?, ¿nos transformamos por completo y revelamos a la audiencia nuestras verdaderas intenciones? Estos interrogantes y muchos más se habrán formulado los chicos de Québec después de haber engatusado al público y en especial a la crítica con su sensacional debut de 2005, Funeral, uno de esos trabajos que justifican por qué a su imposible definición le corresponde la también indefinible etiqueta ‘indie’, una obra que no tarda en convertirse en disco de referencia y, por supuesto, en álbum preferido (y en los puestos de cabeza) en todas las listas anuales de lo más elogioso. El grupo destapa de nuevo su baúl de excentricidades para mostrar Neon Bible (Merge, 2007), un nuevo muestrario de gominolas poco convencionales, píldoras para cruzar la línea que separa ‘todo lo que está oído’ de ‘todo lo que falta por oír’.

Supongo que esta ‘biblia de neón’ (me he acordado, gracias a la aspereza de algún tema, del libro del malogrado John Kennedy Toole del mismo título y de sus desoladores retratos), será acogida con otro manguerazo de alabanzas. Entiendo los motivos, pero no los comparto. Es decir, el disco contiene piedras preciosas, pero no diamantes, algo que sí tenía Funeral. Allí no sobraba nada, aquí sí. Neon Bible es de esos discos en los que uno aprecia que los responsables han querido hacerlo mejor para que se notara. O al menos ellos han pensado que lo hacían mejor.

Su música es resonante. Los pianos, como cierta percusión, suenan agresivos, las voces tienen un eco espacioso y todo el conjunto sonoro parece envuelto por un grueso manto de barroquismo retorcido. No le vamos a negar al disco momentos de cierta emoción, como los temas Ocean of noise o (Antichrist Televisión Blues), con la voz de Win Butler muy cercana a la del Bruce Springsteen del Born to run. La propuesta, de nuevo incomparable, de Arcade Fire es música que posee la compleja cualidad de provocar agitación, baile, pensamiento y descanso al mismo tiempo. ¿Es bueno eso? Que lo averigüe cada uno.

Nota: 7/10

lunes, marzo 12, 2007

VOLUME TWO 27: BOOKER T. & THE MG’s

Asegura un amigo sin dudarlo, con la puntual pero justificada efusividad que le caracteriza, que Steve Cropper es el mejor guitarrista de todos los tiempos y que los grandes maestros de la guitarra que la música tiene siempre estarán unos centímetros por debajo de él. Se lo oí decir por primera vez cuando me vendió el único en disco en solitario que tiene, una obra maestra titulada With a little help from my friends (Stax, 1971). Entonces yo ya sabía quien era Cropper y ya conocía a Booker T. & The MG’s. Con el paso de los años he ido apreciando el inmenso valor que tiene esta genial banda instrumental de Memphis, el corazón que le dio tanto oxígeno y ritmo a los mejores artistas del sello Stax en los años sesenta. Una razón más para tenerle un poco de cariño a esto de la música.

El vigor de Wilson Pickett, el fragor de Otis Red
ding, y todo el calor que desprende la música de Albert King, Sam & Dave o las Staples Singers se debe en una parte muy importante al apoyo preciso, limpio y cercano de los Booker T. y el grupo de Memphis como banda de acompañamiento. Aquellos eran portentosas estrellas, pero la gran mayoría de obras por las que la humanidad les recordará tienen a Booker T. y compañía detrás. In the midnight tour, de Pickett, o Sittin’ on the dock of the bay, de Redding, sin ir más lejos. Ahí estaba Cropper componiendo y al mástil y el cuarteto a sus espaldas en tantas actuaciones.

Fue Jim Stewart, el mandamás de la Stax, quien quedó maravillado con unas grabaciones de blues que cuatro veinteañeros hicieron en los estudios Sun en 1962, donde se ganaban el sueldo. Stewart quería éxitos para su compañía, que sería popularizada como Soulsville USA, y allí en Memphis los contrató. Booker T. tenía 17 años y ya un sensual dominio de los teclados. Cropper tenía 20. En la batería se sentaba Al Jackson y el bajo lo agarraba Lewis Steinberg, reemplado dos años después por el entrañable Donald ‘Duck’ Dunn. Stax lanzó una serie de diez álbumes del grupo hasta 1971, mientras la formación tocaba y giraba con Redding, Carla y Rufus Thomas, Eddie Floyd entre otros. Esa decena de discos guarda la valiosa música de un cuarteto (al que a veces se le añadía Isaac Hayes) que convertía la naturalidad en su virtud más pura. Sus temas, casi todos instrumentales, se escuchan como una brisa de soul contagioso y están bendecidos por un sencillo y agradable sentido del ritmo.

Tras su magnífico Melting pot de 1971, que se acercaba al funk, la mitad del grupo dejó Stax, la otra continuó. Jackson fue asesinado. Dunn y Cropper prestaron sus instrumentos a un montón de músicos de rock y llegaron a ser parte de los Blues Brothers y aparecieron en la mítica película de John Landis. A ellos se unió Booker T. para girar con Neil Young en los noventa y acompañar a Dylan en el macroconcierto de su 30º aniversario. En el 94 publicaron otro disco, el aceptable That’s the way it should be (Columbia), después de dos décadas sin volver a juntarse en un estudio.

Si no tenéis nada de Booker T. & The MG’s entre vuestros discos y os interesan, haceros con cualquiera de sus trabajos o recopilaciones, todos valen para disfrutar de su música amistosa e imperecedera.

sábado, marzo 10, 2007

GREATEST HITS 16: BLACK

Black

viernes, marzo 09, 2007

VOLUME ONE 56: AMERICAN MYTH (JACKIE GREENE)


La originalidad es un tesoro enterrado. A veces alguien cava para encontrarla y halla alguna perla separada, se la cuelga encima y puede presumir de ella hasta que el curso del tiempo determine si esa perla tiene valor más allá del que marca la actualidad o caduca enseguida. Cada cierto tiempo suelen aparecer breves explicaciones descriptivas en las revistas sobre la música de un nuevo artista. Es muy sencillo utilizar eso de “el nuevo…” o “la nueva…”, aproximación subjetiva que puede resultar tan osada como apresurada, sobre todo cuando al recién llegado se le compara con un(a) veterano(a) con varias décadas de carrera. Puede que a Jackie Greene, un veinteañero de California, algún voraz explorador musical de esos que escriben en las revistas (y los que no escriben también), le etiquete como “el nuevo Ryan Adams”, para entendernos sin localizar más similitudes (que las hay), o “uno de tantos herederos tardíos de Bob Dylan”. ¡Qué original!

No nos precipitemos. No miremos para otro lado al encontrar comparaciones tan fáciles pero en absoluto equivocadas. Abramos la caja que guarda American Myth (Verve Forecast, 2006) y descubriremos un magnífico pequeño tesoro, el cuarto en tan poco tiempo, de un avanzado alumno, un estudiante con trazos para acabar ganándose una matrícula de honor, Jackie Greene. Por ahora supera curso con un sobresaliente.

Esa nota corresponde a un álbum increíblemente deslumbrante y esperanzador. Las cicatrices del rock americano de raíces se delatan en el dobro de la intro y en la instrumentación de casi la totalidad de los temas. ¿Ryan Adams? Sí, en los acordes y el pesar tristón de When you’re walking away. ¿Dylan? También, en la solitaria pieza folkie Love song, 2.00 a.m. y más descaradamente en el corte más extenso del disco, Supersede, donde el joven autor no siente vergüenza alguna por copiar las líneas musicales de My back pages y querer componer otra Desolation Row. Pero hay más: hay Jack Johnson en Just as well, hay The Band en So hard to find my way, el Springsteen más introspectivo en I’ll let you in, Josh Rouse en la soleada Closer to you, hay blues rock pantanoso en la sudorosa Cold black devil-14 miles, la Creedence, los StonesHay Jackie Greene, capturador de influencias para tejer una herencia con copyright personal. Hay talento pese a la envidia que los mejores músicos de su generación suelen causar en los más susceptibles.

Nota: 9/10

jueves, marzo 08, 2007

ESA COSA UN TANTO INÚTIL LLAMADA MÚSICA

Tribecasessions llega a su post número 200, y, como ocurrió con motivo del texto 100, cuando prestó su espacio a Dufresne, ahora se lo cede a otra firma invitada para que se exprese como quiera y sobre lo que desee. Esta vez irrumpe en la sesión Carlos V.M., jefe de máquinas del ascensor de cristal. Bienvenido y gracias.

Hay cuestiones que son difíciles de responder, y otras que están hechas para no ser contestadas.

Hubo un tiempo en que la música estaba llamada a transformarlo todo, pero los años 60 dejaron de ser soñados. De aquellas aspiraciones revolucionarias sobrevivieron “poco más” que una buena colección de canciones y alguna utopía irrealizable.

A día de hoy, en el mundo utilitarista en que habitamos, podría parecer acertado proclamar que la música tiene como única función el satisfacer pretensiones hedonistas más o menos sofisticadas. Siendo pues una consecuencia más de la sobreestimación de lo estético que nos inunda. Pero esto comportaría cosificar la música. Reducirla a un mero producto de consumo, rebajándola al mismo nivel que beber una pinta de cerveza o comprarse una revista de actualidad. Además, en último término, no explicaría por qué alguien puede precisar acompañarse del estrépito de una canción de Tom Waits, de las disonancias que emanan del saxo alto de Ornette Coleman o de la voz afilada del Bardo de Minnesota.

A pesar de todo, seguiremos hallando capitanes Ahab que, a bordo del Pequod, persistan en su afán por dar caza a la bestia blanca. Individuos más o menos invisibles –subterráneos, diría Kerouac- que hacen de la persecución de una música la aguja magnética de su existencia. Un esfuerzo considerado inútil o absurdo para una mayoría, incapaz de entender el entusiasmo con el que alguien puede dejar irse una tarde, una madrugada o toda una vida escuchando “únicamente” un disco, una canción o un solo de trompeta más.

Muchos, siguiendo distintas religiones o credos laicos, se mantendrán en su contumaz empeño de buscarle un sentido a todo esto. Otros, conscientes de que hemos entrado en la sala de cine a mitad de la película, nos limitaremos a perseguir un solo de corneta de Beiderbecke o una grabación inmerecidamente olvidada... y conversaremos de madrugada sobre todo ello, en buena compañía y arropados al calor de un Jim Beam o de una pinta de cerveza. Y haremos nuestras las palabras de Cortázarempeñándonos en vivir absurdamente para romper, alguna vez, este absurdo infinito.

Pd: Sirvan estas líneas para conmemorar las muchas y mejor escritas -en las 199 sesiones precedentes- por Rubén Darío, el más mítico entre los subterráneos.

martes, marzo 06, 2007

VOLUME ONE 55: I’M YOUR MAN. LEONARD COHEN TRIBUTE

El año pasado se estrenó en los cines (no de este país) un documental rodado en 2005 sobre la vida y la carrera del músico, poeta y novelista canadiense Leonard Cohen. El film incluía un concierto con actuaciones musicales de artistas a los que en teoría el autor ha influido con su obra musical y literaria y que tuvo lugar en la Sydney Opera House aquel mismo año. Este tributo, promovido por el productor experto en homenajes Hal Willner y financiado entre otros por Mel Gibson, fue editado después como banda sonora del documental, titulado Leonard Cohen, I’m your man. No he visto aún la película, pero sí acabo de escuchar el disco.

Cohen no es de mis músicos predilectos. Es más, la gravedad a veces tétrica de su voz, el tono mustio de sus letras y la densidad de su música desnuda de los últimos sesenta y más vestida (quizá abrigada de más) a finales de los ochenta y comienzos de los noventa, se me antojan cansinos, difíciles de llevar al cabo de unos pocos minutos de escucha. No comulgo con la aparente trascendencia de su personaje y su obra, aunque reconozco que en cada álbum hay un par de maravillosas canciones (Suzanne, Hallelujah, The future o So long, Marianne son ejemplos).

En el homenaje a Leonard Cohen salieron a escena variopintos músicos, algunos con su familia incluida, como los hermanos Wainwright y su madre y tía, las hermanas McGarrigle. Hubo quien prefirió interpretar casi tal cual al homenajeado en versiones libres de adornos; otros optaron por llevar temas del autor a su propio terreno. Del experimento salieron victoriosos el joven Teddy Thompson, hijo de Linda y Richard Thompson, con The future, Nick Cave con una 'nickcaviana' I’m your man y U2 con el propio Cohen en Tower of song. También cumplieron, contra mi pronóstico, Rufus Wainwright y el tembloroso Antony con Chelsea Hotel nº2 e If it be your will. Quienes se quedaron en el trastero fueron unos nada salerosos Beth Orton, The Handsome Family y las coristas de Cohen Perla Batalla y Julie Christensen.
Nota: 6/10

sábado, marzo 03, 2007

VOLUME TWO 26: MARK LANEGAN

Las páginas del rock rebosan de actores secundarios que en sí abarcan pequeños capítulos de mayor o menor peso y relevancia. Algunos personajes pasan sin dejar rastro duradero, otros marcan su huella en el asfalto; unos aportan señas con vigencia ilimitada, otros no cambian nada en absoluto del paisaje por el que caminan. Los primeros son los menos, los segundos, los más. Y otros consiguen todo eso ayudados por una imagen entre mítica y legendaria, por una fachada y unas cualidades (bastan las mínimas) que esquivan al músico y subrayan el personaje. No quisieras conocerlos en persona, te intimidarían más bien. Tienes su voz y sus retratos. Mark Lanegan, ¡qué grande!

No le hace falta agarrar instrumentos ni componer canciones perfectas. Ha tenido una ejemplar banda y después unos cuantos amigos de ventaja con los que mantener una venerable carrera en solitario y permitirse prestar su voz a grupos de su entorno. Quienes le hemos seguido cuando descubrimos a los Screaming Trees le hemos exigido más bien poco: fidelidad a una imagen huraña y a una música sombría pero rica, las canciones de fondo que alcanzas a escuchar en una taberna semivacía con unos cuantos perdedores encorvados sobre la barra.

Su presencia inmóvil y hasta fantasmagórica al micrófono tapó en parte otras virtudes de Screaming Trees, el grupo más brillante de la escena Seattle antes de la explosión Nirvana e incluso después (con permiso de Pearl Jam). Si él permanecía estático, con los ojos cerrados y el entrecejo arrugado, los que allí no paraban de moverse eran los gruesos hermanos Conner a sus lados, con los que Lanegan había formado la banda a mediados de los ochenta. Cuatro álbumes de trazos garageros grabaron para sellos menores antes de firmar con Epic en 1991 y encadenar su herencia más valiosa: el oscilante Uncle Anesthesia y los magistrales Sweet Oblivion (1992) y Dust (1996). La banda no anunció su separación hasta el año 2000, pero Lanegan ya tenía entonces cuatro discos propios y poco más tenía que cantar en compañía de sus chicos, también dispersos en otros proyectos.



Sin los Conner, el siniestro Lanegan oscurecía su música despojándola de fraseos de garage para cubrirla de sugerentes capas de intriga, alcohol a palo seco y desvaríos nocturnos. The winding sheet (1990) tiene aún piel de arrugas grunge. Whiskey for the holy ghost (1994) es duro y desnudo, rock áspero cargado de soledad y reflexión. Scraps at midnight (1998) tiende a ser una chocolatina fúnebre. I’ll take care of you (1999) es un aperitivo de versiones más luminoso. Field songs (2001) irradia menos desánimo y la voz profunda y poco amistosa de Lanegan suena impecable. Y Bubblegum (2004) se contagia de los variados contactos (Queens of the stone age, PJ Harvey, The Twilight Singers) que el autor ha mantenido estables en los últimos años dentro y fuera del estudio. Imprevisto, desde luego, resultó el caramelo que fue Ballad of broken seas (2006), un atípico romance entre Lanegan y la popera Isobel Campbell de los Belle and Sebastián, que dio como resultado lo más parecido a un banda sonora hablada de western con la firma de Ennio Morricone.

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