martes, abril 29, 2008

VOLUME TWO 39: OTIS REDDING

La inyección de soul que me he metido estos días contiene un poco de Otis Redding, de quien tenía ganas de empaparme con algo más que sus éxitos de sobra conocidos. No poseía Otis una de las voces que más me entusiasman del soul, pero sí una de las que creo que mejor interpretaba las canciones, y pretendía indagar un poco más en su corta carrera, una más que la muerte accidental cortó de cuajo en la cima de la fama y en el desenfreno de su talento. Para ello me hice con Otis! The definitive Otis Redding (Rhino, 1993), una box set de casi cien temas en cuatro discos que abarca prácticamente toda la creación de Otis, desde sus primeras composiciones y duetos con Carla Thomas, hasta las de sus últimos días, además de algunas piezas perdidas durante años, versiones de Sam Cooke, James Brown o The Beatles y el testimonio en directo de sus actuaciones en el Teatro Apollo de Nueva York y el Festival de Monterrey de 1967, el terreno en el que Redding mostraba toda su explosiva grandeza.

Así de golpe, con el consiguiente cansancio pero nunca agotamiento, escuché un disco detrás de otro para entrar en calor con el soul y R&B ágil y polifacético de Mr. Redding. Sus temas lentos y algunos medios tiempos poco me han convencido, pero esa cortesía con las que cantaba sus baladas quedaba totalmente eclipsada por la abrasiva inmediatez de sus directos, en los que aullaba y maullaba, sudaba como una animal y contagiaba de excitación con su gruesa sonrisa. Otis era un notable compositor y a sus melodías propias añadió otras con la firma de un genio como Steve Cropper, con quien parió ni más ni menos que Mr. Pituful, Fa fa fa fa fa (sad song) o la inmortal (Sitting on) the dock of the bay. Tuvo a su lado a magníficos músicos de acompañamiento, The Bar-Kays, con los que dio cuerda a una música que ningún accidente de avión puede matar.

Mucho tiempo después de que su voz se apagara a los 26 años, percibo en ella ecos que años más tarde sonarían en las muecas vocales de Mike Farris (Screaming Cheetah Wheelies) y Chris Robinson (The Black Crowes) en sus bandas de rock cuyo germen yace sobre la hierba del soul.

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