Shine a light es un conciertazo en primerísima fila. Lo podría haber filmado cualquiera, un pesado Robert Altman si continuase entre nosotros al estilo de la insoportable Nashville; un Spike Jonze colocado o una babosa Jane Campion. Pues no, lo filma un tal Martin Scorsese, quien no tiene por qué repetir la intimidad con que hace treinta años rodó El último vals con The Band, quien treinta años después mantiene la misma devoción por una banda auténtica y absoluta de rock and roll que además de amasar fortuna inteligentemente entrega todas las gotas de sudor en cada una de sus actuaciones. Y eso es lo que importa.
Shine a light confirma que estos tíos, los Stones, pertenecen a otro mundo, proceden de otra dimensión. ¿Que su público de ahora, como el que le presencia en el Beacon Theatre de Nueva York, es muy pijo? Vale. Pero en el rock, el blues, el soul y el country con los que respiran no hay distinción de clases. La música vive en el interior de uno mismo y los Rolling nunca mueren.
1 comentario:
Completamente de acuerdo. La película es perfecta en cuanto a su objetivo: inmortalizar un concierto de los Stones en su más pura esencia, como si el espectador estuviese en primera fila... uno casi huele el humo de los pitillos de Richards, que por cierto, para mi es el verdadero protagonista de la película.
CÑD
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