Me interesan los documentales de músicos que más bien me interesan poco. He visto unos cuantos. Siempre puedo encontrar en ellos aspectos que me ayuden a comprender la virtud y el talento que yo no aprecio. Después concedo otra oportunidad a ese músico. Elliott Smith es el personaje documentado en Heaven adores you (2014), film de Nickolas Dylan Rossi que se adentra en la vida y la obra del cantante y compositor, en su entorno, en su frágil personalidad y en su prematura muerte en 2003 a los 34 años, cuya causa (¿suicidio?, ¿homicidio?) está sin resolverse y sigue entre sombras.
No. Smith
sigue sin gustarme. Me distancia esa finura quebradiza de su voz y sus canciones,
su aire deprimente, como de una vida gris que se apaga. No hallo los destellos
de genialidad que en su día le atribuyó una prensa entusiasmada a mediados de
los noventa, en medio de otras corrientes americanas más enérgicas de versos nihilistas.
El documental complementa bien la propia delicadeza de la música de Elliott
Smith, está realizado con atención y parsimonia, descubre al músico tímido que gritó
rock alternativo antes de bajar el volumen y comenzar a susurrar canciones de
cantautor indie, insiste en tomas urbanas de supuestos lugares que sirvieron de
inspiración en la ciudad que lo adoró, Portland, y navega por el complejo
cerebro y los titubeantes pasos que lo acabarían por atormentar.
Cantautores
como Smith, parco en sonidos y palabras, aparecieron muchos después (alguno de
final apresurado también, como Jeff Hanson). Parece ser que él dejó huella y
que el muro donde se fotografió para la portada del álbum Figure 8 es objeto de
visitas compungidas y velas encendidas. Sigo sin tener compasión y su música,
vuelta a ser escuchada, me aburre desesperadamente.

















