Rulaban los discos, los casetes. Música que escupía la radio por las noches, que buscábamos en las tiendas durante los recreos del instituto. Nos creíamos guays por estar a la última, por hablar y alabar a las bandas que descubríamos, de las que nuestros mayores no nos hablaban porque no conocían. Con sus trajes caídos, el pelo enmarañado en las cabezas grandes, los labios pintados. Una seductora oscuridad. Robert Smith y su grupo.
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