jueves, marzo 09, 2006

LIVE IN 11: RICK Y BRENDAN

Son muchas las charlas musicales enriquecedoras que unen a los amigos del Tribeca. Cuando el maestro se encuentra ocupado en otras tareas Jose y yo nos enfrascamos en un carrusel de temas diversos que a menudo acaban por sacar a colación a nuestros productores musicales favoritos. Vamos, de producción entiendo lo justo, diría, pero Jose lidia más cerca con este tipo de trabajos. El caso es que muchas veces alabamos la obra de algunos de nuestros artistas admirados más por la incidencia de su productor que por los méritos sobrados de un solista o una banda. No son objeto de debate, son nuestros otros genios detrás de los discos, Rick Rubin y Brendan O’Brien.

Rick y Brendan, dos de los productores de más nombre, respeto y prestigio de las últimas dos décadas, han estado a los mandos de algunas de las creaciones más trascendentes de finales de siglo y comienzos de 2000. El repaso a sus discografías describe su trabajo perfectamente.

A Rick Rubin, el grueso barbudo de la fusión, tenemos que agradecerle, por encima de cualquier gran trabajo de su cosecha, que resucitara a Johnny Cash antes de que nos dejara. Desde 1994 hasta 2003, Rubin extrajo del hombre de negro el testamento más desnudo, sincero y arrebatador que una leyenda de la música puede dejar a quienes aún seguimos en el camino, las cuatro grabaciones de la colección American Recordings y un sinfín de temas ajenos recopilados en una caja de cinco discos fundamentales. Rubin sentó a un cansado Cash en el estudio para extraer de él sus entrañas en la interpretación de canciones que no eran suyas sino de gente tan dispar y apartada del entorno de Cash como Depeche Mode, Sting, Bob Marley o Nine Inch Nails. El viejo mito y Rubin revistieron las canciones para incluso mejorarlas, les quitaron la ropa para volverlas a vestirlas con telas y adornos suaves, más tenues y ligeros. Hizo lo mismo el productor con Donovan y ahora acaba de repetir el experimento de manera igualmente brillante con otro músico que parecía caduco como Neil Diamond.

Pero Rick Rubin se ha ganado su sueldo y el prestigio como arquitecto de la fusión y cómodo experimentador de estilos, ya que en sus comienzos neoyorquinos a mediados de los ochenta en el sello Def Jam fue saltando del hip hop (LL Cool J) hasta agitar con éxito el rap con el heavy rock para descubrir al mundo a los raperos blancos Beastie Boys. Con Rum DMC y la versión renovada y popularizada del Walk this way de Aerosmith, Rubin empezó a ganar su fama de mago de la mesa de producción. Dejó Def Jam poco después para crear Def American en Los Angeles y por su estudio fueron entrando y saliendo The Cult, Danzig, Slayer, AC/DC, System of a Down, Limp Bizkit y los Red Hot Chili Peppers, a quienes Rubin desplazó del funky disparatado de sus comienzos al funky rock de estos días, aunque cada vez con menos lucidez. Grandes discos a las órdenes de Rubin han grabado también Tom Petty (Wildflowers) y Audioslave (Out of exile), aunque uno se pregunta qué le ha movido a echarle un cable a Weezer o a Shakira. Su agenda promete, porque se encuentra en el estudio con Metallica.

El sonido que Rubin suele dotar a sus trabajos se caracteriza por la decoración desnuda y la instrumentación simple, cuantos menos bisutería y grandilocuencia mejor, por eso quizá su mejor banda de estudio han sido los Heartbreakers de Tom Petty, presentes con Cash y ahora con Diamond. Incluso el ruido de Slipknot o Slayer ha estado más pulido y rebajado de suciedad en manos de Rubin.

Algo más recargado y cubierto de adornos suele ser, en cambio, el sello de Brendan O’Brien a lo largo de su también extensa producción. Surgido de los Georgia Satellites, la banda rockera y sureña de Dan Baird de la que fue componente, O’Brien enfatiza la presencia de los bajos y el impacto de la batería, aunque las guitarras acostumbran a encontrar un margen más grande de lucimiento, en músicos y grupos que se mueven en terrenos variados pero menos experimentales.

Su unión a Pearl Jam, para quien ha mezclado y producido excelentes discos como Vs. y Vitalogy, es pareja a su relación no sólo con músicos de la escena grunge más o menos afines como Stone Temple Pilots (Purple), King’s X (Dogman), Rage Against the Machine (The battle of Los Angeles) o Neil Young (Mirrorball), pero no debe tapar su contacto con artistas de sonido más refinado como Matthew Sweet, Pete Droge, Dan Baird, The Wallflowers o el mismísimo Bruce Springsteen (The rising, Devils & Dust).

Cada uno a su manera, Rick Rubin y Brendan O’Brien, forman parte de la biografía diaria de la música rock. Ellos no salen a escena ni emocionan a las masas, no ocupan la portada de una revista, pero por su cerebro y sus manos pasa la materia prima de los grupos y cantantes que en mayor o menor medida nunca se olvidarán.

LIVE IN 10: MIS BATERÍAS PREFERIDOS

Tendría que ser actor de cine o teatro para entender la complejidad de su trabajo, de la misma manera que sólo sabiendo tocar un instrumento musical podría valorar mucho mejor a quienes sobresalen por encima de los demás. Quienes no sabemos tocar la guitarra no comprendemos parte de su dificultad y su atracción, pero llevamos años y años escuchando guitarras y coincidimos con los expertos en un alto porcentaje cuando seleccionamos a los que llaman (llamamos) "mejores guitarristas del mundo". Tampoco sé tocar la batería, pero tengo mis preferencias y predilectos y antes disfruto con una batería elemental que con un caos abundante de cajas y platos. De ello he hablado con Pepe varias veces, él que es hábil con las baquetas entiende más que yo del asunto y no le voy a discutir, es más, prefiero compartir horas de charla constructiva y pasional.

Si tuviera que quedarme con cinco candidatos a los Oscars de la batería de rock, esta sería mi humilde lista (y no os fiéis, el año que viene podría ser otra distinta):

Stewart Copeland:
Madurado en Police tras salir de Curved Air y consolidado desde hace bastantes años como compositor de bandas sonoras para el cine, el más alto de los rubios compañeros de Sting exhibe una destreza jazzística en constantes tramos de sus canciones ‘policiales’. Su dominio siseante de los platos lo conjuga velozmente con el golpeo de las cajas al modo de los jazz drummers más eléctricos y llena los temas de una fuerza prodigiosa que parece que del grupo sale música de más tres componentes.

Chad Smith:
Apreciarlo es una exquisitez y disfrutarlo una recompensa, sobre todo porque con la combinación de técnicas y trucos precisos en el momento justo infla las canciones y las eleva de intensidad cuando no lo consiguen en vivo sus compañeros de banda, los Red Hot Chili Peppers. Alzado en el escenario, con las piezas básicas de una batería y bajo una gorra o sombrero, el simpático y sonriente Chad agita aún más la base rítmica de los Peppers sin estridencias ni excesos, con el toque perfecto y sin que te des cuenta.

Ian Paice:
¿Zeppelin o Purple?, ¿Bonham o Paice? Es uno de tantos debates. Me quedo con Zeppelin, pero prefiero a Paice, con sus gafas redondas y los rizos largos en la silla del fondo en Deep Purple. Bonham maltrata las cajas y extrae de ellas el sonido de los puñetazos y el de los cachetes de los platillos; Paice muestra los mismos alardes, pero con más sutilidad, veloz como eran los Purple pero capaz de hacer fácil lo más difícil (en vivo lo comprobé para mi deleite). Algunas viejas canciones de la banda suenan como si se hubieran creado hace un par de años nada más. La culpa es del ritmo con que las guía Ian Paice.

Larry Mullen, Jr.:
Sí, el de U2, el batería que parece que lleva años sin moverse. Su carácter reservado le mantiene así entre el circo de luz, ruido, color y dinero conducido por Bono. Larry hijo permanece casi impasible aunque con los brazos alerta, alimentando cada canción con detalles sencillos pocas veces perceptibles. Sus golpes de caja parecen monótonos, repetitivos, pero es su asociación de éstos con los platos y la llegada de los redobles lo que hace resaltar casi siempre la intensidad duradera de las mejores canciones de U2. Recordad si no, The fly, Until the end of the world o Bullet the blue sky.

Jim Keltner:
Esta es mi más cariñosa debilidad, pero es que sería injusto no incluir en el grupo de los selectos a un tipo que en casi cuarenta años ha tocado en estudio y en directo con George Harrison, John Lennon, Bob Dylan, Neil Young, BB King, John Lee Hooker, Barbra Streisand, Randy Newman, Lucinda Williams, Fiona Apple, Mick Jagger, Charlie Watts, Warren Zevon, Indigo Girls, Chris Isaak, Willie Nelson, Neil Diamond, Ry Cooder y un largo, muy largo etcétera. Escondido tras sus gafas de sol y con muñequeras en cada brazo, Keltner es el músico ideal de grabación que aporta serenidad a la construcción rítmica de cada uno de sus jefes. Su técnica es la de un paciente compañero de viaje, un sabio discreto y venerado. Sin ruido, con mimo.

jueves, marzo 02, 2006

GREATEST HITS 8: YOU COULD BE MINE (GUNS N ROSES)

Jose, va por ti.

(...) Porque pudiste ser mía / pero ya no sirves / con tus desaires de perra / y tu lengua de cocaína / No has logrado nada / te digo que pudiste ser mía (...)

Hay canciones gigantescas que empiezan en lo alto de una montaña rusa y nunca bajan de la cumbre. Son canciones que despegan con un orgasmo que dura cuatro o cinco minutos. Es el alcohol que circula por las venas sin límite de velocidad. Otra lengua en tu garganta. You could be mine, de los Guns, ¿os dais cuenta?

Como si nunca más vuelven, qué más da. Que así parece desde hace ya más de una década, aunque dejen correr rumores cada vez menos fiables sobre que ese Chinese Democracy va a estar listo algún día aunque sin Slash, Duff y compañía. Ya tenemos y nunca perderemos You could be mine, o Civil war, o Welcome to the jungle, o Paradise City, o Don’t cry, o Sweet Child O’ Mine, desde luego. Sólo por esta canción alguien les recordará dentro de cien años, un himno de unión y comunión en torno al cuerpo serpenteante de Axl y su voz irritada y suplicante enlazada al solo perverso de Slash... pero yo me quedo con You could be mine.

Por eso, por su carrusel rítmico imparable y su olor a vicio, por el sonido de un rock and roll inmortal y auténtico, de los que resiste el paso de cualquier década. Se me van las manos que golpean las cajas invisibles, mis ojos entran en las entrañas de cualquier hembra, explotan casi mis venas cuando mi voz se transforma en un grito y hago temblar el mástil ficticio de mi pasión por el rock. Sí, chica, podrías ser mía. El Tribeca es el infierno y los Guns N Roses dan siempre allí un concierto.

SOUNDTRACK 12: ROCK SCORES

Un ejemplo más de las buenas relaciones que guardan el cine y el rock and roll es la ocasional composición de bandas sonoras para películas a cargo de músicos de rock u otro estilo de música. Algunos artistas del pop, folk, blues, rap y propiamente rock no sólo han prestado canciones para que unos segundos de ellas sonaran en films, o compuesto otras originales para cierta película en exclusiva, como por ejemplo las que Bob Dylan y Bruce Springsteen incluyeron en Jóvenes prodigiosos y Philadelphia (ganadoras ambas del Oscar a la mejor canción); un buen número de esos artistas han sido los autores del score de algunas películas, no muchas, pero valiosas en muchas ocasiones por la contribución de estos músicos en un terreno distinto al habitual en que trabajan y se mueven.

Películas cuya acción se desarrolla en ambientes callejeros o jazzísticos han estado bien complementadas por la aportación musical de autores acostumbrados a esos ámbitos como Quincy Jones (A sangre fría), Herbie Hancock (Colors), Michel Colombier (New Jack City), Stanley Clarke (Los chicos del barrio). Más contemporáneo es el trompetista y arreglista Terence Blanchard, colaborador habitual de Spike Lee, para el que ha creado buenos scores como los de Mo’ Better Blues, Summer of Sam o La última noche.

En terreno parecido aunque en una escena más underground se mueve el músico John Lurie, responsable de partituras y canciones idóneas para el cine de Jim Jarmusch (Bajo el peso de la ley, Mystery Train) o para historias negras y paródicas como la del film Cómo conquistar Hollywood. Sin apartarse de Jim Jarmusch, para quien ha sido también actor, Tom Waits compuso la música noctámbula de Noche en la tierra, además de canciones y el score de la infravalorada Corazonada, de Francis Ford Coppola.

Más prolíficos y asentados entre los compositores de bandas sonoras pero siempre activos en otros proyectos son Stewart Copeland, sensacional batería de Police, y el guitarrista Ry Cooder. El primero creó música en más de una ocasión para Coppola (La ley de calle), Oliver Stone (Wall Street) y Ken Loach (Riff Raff); mientras que el segundo mantiene una estrecha relación con Walter Hill (La presa, Johnny Peligroso) y Wim Wenders, para quien compuso las reconocidas y maravillosas piezas acústicas con inconfundible slide guitar de París, Texas. Amigo y colaborador de Cooder fue el fallecido Jack Nietszche, teclista y productor con Neil Young, entre otros, y autor de la música de Nueve semanas y media y Labios ardientes.

Otros músicos y productores que han trabajado con importantes bandas a lo largo de distintas décadas son Daniel Lanois, Trevor Rabin o Rick Wakeman. Lanois, productor de U2 y Emmylou Harris, firmó el score de la película de Billy Bob Thornton Sling Blade. Rabin y Wakeman, que fueron componentes de la banda de rock progresivo Yes, tuvieron un camino distinto, ya que mientras el primero ha consolidado su estilo dinámico y agresivo en películas de acción (Armageddon, 60 segundos), el segundo sólo tuvo puntuales trabajos en colaboración con el director inglés Ken Russell (La pasión de China Blue).

Otros que tuvieron un breve periplo de creación para películas fueron el productor Giorgio Moroder (El expreso de medianoche, Flashdance), más acostumbrado a perpetrar discutible música discotequera, y la banda alemana Tangerine Dream, cuya flotante psicodelia electrónica encajó perfectamente entre las imágenes de Risky business y Ladrón. Otra banda mastodóntica, Pink Floyd, aburrió a finales de los sesenta con su trabajo para el film More, pero creó un disco y una banda sonora inmortales con The Wall.

Más puntuales pero elogiables han sido también los scores compuestos por Iggy Pop para el debut en la dirección de su amigo Johnny Depp, The Brave; el trabajo de Neil Young para Dead Man, de Jarmusch; T-Bone Burnett para O Brother; sin olvidar la preciosa banda sonora de Bob Dylan para Pat Garrett & Billy The Kid. Más deficientes fueron los experimentos de Peter Gabriel como firmante de los scores de Birdy y La última tentación de Cristo.

Músicos y productores más actuales que se mueven en terrenos diversos como el tecno, el rock psicodélico, el pop y el folk como Craig Armstrong, Nathan Larson, Mark Mothersbaugh y los hermanos Mychael y Jeff Danna trabajan ocasionalmente en el cine. Dan muestra de su habilidad en películas como Moulin Rouge, Tigerland, Los Tennenbaums o Truman Capote respectivamente. Por el contrario, quienes ahora se han consolidado en la categoría de compositores de cine son el célebre y magnífico Hans Zimmer o el interesante Bernardo Bonezzi, que comenzaron en Alemania y España como miembros de grupos tecnopop de corta vigencia.

martes, febrero 28, 2006

VOLUME TWO 13: NINA SIMONE

Su voz te mece hasta dormirte. También te despierta hasta sobresaltarte. Se extiende esa voz en una dócil nana al calor de una chimenea encendida. Y abriga otras veces una rabia inconformista y guerrera en un canto de blues. Parece el timbre de un hombre aplacado de sensibilidad cohibida tanto como la vibración colgante de una mujer con la virilidad bien puesta. Se va callando hasta que de su enorme boca brota un susurro apenas audible entre las notas de su piano y luego se inyecta de rebeldía para proferir un grito enojado y pasional de los que congelan la piel y erizan el vello.

No hacen falta razones para darse una vuelta con Nina Simone. Ahora canta para ayudar a anunciar mejor un automóvil o acompañar el avance de un programa televisivo, hace unos años prestaba sus canciones a la historia de una película, era la música preferida de una mujer de carácter de hierro que venía de sufrir demasiado. Como ella misma, gran Nina, sacerdotisa del soul como la definieron. No es justo.

No, porque Nina Simone fue una pantera negra que habló y protestó a través de sus creaciones y versiones blues, jazz, soul, folk y pop con enorme seguridad y arrebatadora personalidad. Vino a la vida en Carolina del Norte en 1933 y nos dejó 70 años después en el sur de Francia, el último de sus hogares desde que abandonara su país a finales de los sesenta. Tuvo su nombre, Eunice Waymon, hasta que comenzó a cantar en Atlantic City a mediados de los cincuenta. Le gustaba ser niña (Nina) y una actriz francesa, (Simone) Signoret. Sabía tocar el piano desde los cuatro años y completó su formación en la escuela Jilliard de Música de Nueva York gracias a la ayuda esforzada de su humilde familia. Grabó discos en una decena de sellos hasta el canto final de su voz única e inconfundible. Compuso temas propios de una belleza sin igual, consignas contra la discriminación y el maltrato que sufren los negros en la tierra de la libertad, susurró un sinfín de baladas estremecedoras ella sola al frente de su piano, con las varillas de unas tímidas baquetas si cabe, e hizo propias de su cosecha piezas ajenas que en su voz tuvieron un descanso formidable: Here comes the sun, Just like a woman, My way, The house of the rising sun, To love somebody, My sweet Lord...

Su legado es enorme y no tiene precio. Buena parte de sus discos es difícil de recuperar, pero para cualquiera que desee tener su primer romance con Nina Simone que no dude en comprar cualquier recopilación que además de alguna de esas versiones no falten Mr. Bojangles, I want a little sugar in my bowl, I love you Porgy, Ain’t got no, I got life, Save me y My baby just cares of me.

jueves, febrero 23, 2006

VOLUME ONE 14: WET YOUR WHISTLE (SIXTY NINE MILLION INCHES)

La portada fue suficiente. Y convincente. Los trazos finos de un dibujo que enseña la cara de una chica pecosa con un sombrero vaquero y el rojizo carmín corrido de sus labios. Detrás se esconde música desértica, trompetas y silbidos de Ennio Morricone, acústicas afiladas, eléctricas detalladas y los alumnos más aplicados de Calexico. No son de Arizona, sino de Barcelona, San Sebastián y Andalucía, con asentamiento en Madrid. Cinco chicos. España también es terreno para el placentero folk-rock.

Tres veces en tres días. Así he digerido mi primer contacto con Wet your whistle (Junk Records), el álbum inicial de Sixty Nine Million Inches, cocinado recién terminada la edición de 2005 de Proyecto Demo, donde fueron semifinalistas. Parece Calexico su fuente principal de inspiración, pero por las solitarias carreteras y el calor seco que sugiere su música transita también Neil Young en compañía de Crosby, Stills y Nash, Giant Sand, Jesse Sykes o Jim White.

Es fácil y justo ponerle a Sixty Nine Million Inches la pegatina de 'Americana', aunque la prensa tienda con reciente frecuencia a ser peyorativa y poco condescendiente con los grupos a cuya sombra descansan. Los españoles escapan también del desierto y pintan algunas pinceladas de pop más luminoso entre los surcos de su material. Su debut es claro y esmerado, relajante y resplandeciente, y, sobre todo, muy prometedor. Hermosas canciones como la inicial Sparkling grace, Hazard warning lights o 50 cents woman no son creación pasajera de una bnnda cualquiera.
Nota: 7/10

miércoles, febrero 22, 2006

SOUNDTRACK 11: MOVIE SCORES

El regreso esperado de Yojimbo después de un par de meses de trabajo en el entorno audiovisual en Madrid ha devuelto a nuestras conversaciones a ese grupo de admirables profesionales del cine que tan buenos momentos nos hacen pasar mientras vemos una película o cuando pensamos en ella: los compositores de bandas sonoras. Se acercan los Oscars además, y ello nos ha servido para prestar atención a los scores nominados y a aquellos que también merecían estar en la lista de finalistas. Y unas cuantas cosas más.

En esencia, hay dos formas de escuchar un score y a la postre valorarlo. Primero, el inmediato, en cuanto te entra en la cabeza unido a las imágenes que ilustra, viste o impregna; segundo, cuando lo escuchas en casa o en el coche aislado de la película. Es entonces cuando te planteas si por sí solo, sin el celuloide como segundo soporte, el trabajo es igualmente admirable o se resiente de ese complemento necesario para el que fue creado, la película. Recuerdo memorables scores asociados a un film, como el que compuso Neil Young, por ejemplo, para Dead Man, singular película de Jim Jarmusch. Por el contrario, maravillosas músicas como la creada por Yann Tiersen para Amelie conserva su condiciones emotivas dentro y fuera de la películas.

Yojimbo suele devorar scores y su opinión al respecto me parece más que fiable. Así, hemos coincidido, junto a otros conocidos y bloggeros en que James Horner, grande en su tiempo (Braveheart), ha perdido la inspiración casi por completo y en sus últimos trabajos se limita a plagiarse a sí mismo (El nuevo mundo) o a ser terriblemente aburrido (Flightplan). Que John Williams, uno de los más grandes, demuestra que lo sigue siendo; su sello tan íntimo como grandilocuente está presente en cualquier trabajo que haga, pero aún conserva la habilidad para adaptarse con frescura e inventiva a cualquier terreno (Memorias de una geisha) y extraer pasajes arrebatadores de cualquier áspero y difícil paisaje (Munich). Por cierto, ambas bandas sonoras son candidatas al Oscar, merecidas desde luego, aunque no compartimos la tendencia de la Academia a nominar a John Williams un año sí y otro también haga lo que haga y dejar así fuera de la disputa final a otros estupendos trabajos.

Solemos coincidir también Yojimbo y yo en admirar la versatilidad prodigiosa de un siempre inspirado Hans Zimmer, capaz de combinar estilos y aromas sin resultar empalagoso en scores como los de El hombre del tiempo o Los impostores. En elogiar los arrebatos electrónicos a veces y melódicos otras de Harry Gregson-Williams (aunque para mí sus trabajos resisten peor su audición en disco). En aplaudir el estilo directo y elegante de Thomas Newman (Cinderella Man) o el casi siempre alegre universo de Danny Elfman (Charlie y la fábrica de chocolate).

Son estos algunos de los compositores de cine actuales de referencia. En los últimos días hemos prestado atención además a otros tres músicos que competirán merecidamente por el Oscar. Gustavo Santaolalla dibuja muy bien con sus notas el mundo campestre y vaquero que describe Brokeback Mountain; Dario Marianelli acaba de entrar con fuerza en el cine norteamericano y sus melodías para Orgullo y prejuicio contienen delicados y elocuentes pianos y una hermosa festividad contenida; y el español Alberto Iglesias aporta inquietud, sobresalto y emoción al mestizaje musical que presenta El jardinero fiel.

Por mi parte, añado otros creadores actuales que me vienen gustando desde hace tiempo, así como sus trabajos más recientes: el joven pero ya veterano James Newton Howard (El bosque, King Kong), el también brillante polifacético Mark Isham (The Cooler, Crash), el aventajado alumno de Zimmer, John Powell (Yo soy Sam, The Bourne Supremacy), el apasionado Patrick Doyle (Gosford Park, Las chicas del calendario), otro músico versátil, Edward Shearmur (K-Pax, Cosas que diría con sólo mirarla), Carter Burwell, Rolfe Kent o Terrence Blanchard.

Si queréis conocer más sobre el mundo de las bandas sonoras, consultar www.mundobso.com (en castellano) y www.soundtrack.net (en inglés).

sábado, febrero 18, 2006

SOUNDTRACK 10: MOVIE ROCK STARS

El cine y la música popular han formado una llevadera sociedad de interrelación a lo largo de las seis últimas décadas. Atento al impacto que la música pop y rock han provocado en el devenir de las generaciones que crecieron con la irrupción de Elvis Presley, la televisión y otros medios de comunicación, la guerra o las nuevas tecnologías, el séptimo arte ha ido creciendo a la par que la música rock ha ido evolucionando y creando estilos y tendencias, de manera que las manifestaciones diversas que una y otra modalidad artística y cultural han ido deparando en estos años han estado muy a menudo armonizadas, han progresado unidas de la mano.

Las imágenes nacidas del cine han ido conformando ideas y modas, así como servido de inspiración y germen de muchas bandas de rock. Y la música y canciones de rock se han ido haciendo un hueco cada vez más grande y asiduo en la banda sonora de las películas. Después el cine ha ‘robado’ vidas de rock, pop, jazz o country para darlas a conocer a un público más amplio a través de biopics. Y además, estrellas de rock, o simplemente músicos menos exitosos, se han atrevido (o les han convencido y seducido) para convertirse en esporádicos actores o actrices de cine, aunque con más bien poca frecuencia.

Vayamos con un pequeño repaso a las más importantes visitas rockeras a la gran pantalla, eso sí, siempre que cada músico o grupo musical no se ha interpretado a sí mismo sino a personajes ficticios, y sin considerar tampoco los documentales, conciertos o programas televisivos:

Puedes seguir leyendo en http://www.analogo.net/articulos.html

VOLUME ONE 13: COSECHA DE 2005

A la espera de que el año vaya llenándose de interesantes nuevos discos he estado recuperando en estos primeros compases de 2006 algunos trabajos que gozaron de las mejores críticas en 2005 desde distintos ámbitos y en las páginas de diferentes revistas. Una parte de ellos los llegué a escuchar antes de entrar el nuevo año, pero otros van cayendo ahora, llegan a través de recopilaciones que reúnen lo más selecto del año anterior o lo más exitoso de ciertos sellos discográficos. Me quedan más por escuchar, aunque también es verdad que la poca parte de lo que he escuchado de otros no me anima en absoluto a dedicarle mis atentos oídos durante una hora. Vayamos con unos ejemplos... decepcionantes, animados, prometedores, bárbaros y adictivos.

M.I.A. es Maya Arulprasagam, de la etnia tamil, crecida entre Sri Lanka y Londres, de piel tostada y melena rizada, muy guapa. Sus letras, las que escupe en Arular, esconden actitudes combativas, arengas de revolución y furioso desprecio hacia los machos. Esa proclama guerrillera la viste M.I.A. con gruesos velos electrónicos que insisten en la motonomía rítmica, en los berridos hablados acompañados de sonidos y percusiones caribeñas. Suena a Public Enemy unplugged bañado de reggaeton, ¡sí!. Pero ha caído bien, gusta, es 'cool', una chica mona distinta sin cohorte de bailarines detrás ni embutida en jeans o camisetas mojadas. Nota: 1 sobre 5.

Bloc Party no son nada de otro planeta y quizá no duren más que hasta la hora en que llegue el ocaso de los líderes de su sonido y su moda, los sobrevalorados Franz Ferdinand. Vienen también de las islas británicas y descargan pop de guitarras machaconas con acento punk y maquillaje moderno. Pero esa fórmula de nuevo rock sexy que triunfa y multiplica a bandas casi clónicas como Maximo Park, por ejemplo, presenta en su disco Silent Alarm una naturalidad que les descubre menos sombríos y más vivaces y divertidos que los Ferdinand, Y lidera el grupo de jovencitos aún imberbes y con pantalones desgastados Kele Okereke, negro gritón menos mediático y posturitas que Alex Kapranos. Nota: 2 sobre 5.

Los canadienses Arcade Fire, con aspecto a veces de bichejos raros de una comunidad calvinista, chicos y chicas incomprendidos, casi han unificado posturas y merecido calificativos harto generosos. Lo consiguen con su álbum Funeral, experimento tan caótico como fascinante, por igual tenebroso en sus ideas y resplandeciente en su sonido, una obra compleja y catárquica que para nada deja indiferente. En difícil catalogarlos o definirlos porque combinan rock y punk, pop y electrónica; aceleran y retrasan los ritmos y las canciones. Pero nada de eso suena caprichoso, sino calculado e inteligente. Hablan de una renacida 'new wave' (y algo recuerdan a Talking Heads), pero ¿qué viene a cubrir esta ola nueva que hace décadas mandó al punk al olvido y recuperó la alegría del pop? 'Indie-rock', le llaman. No siempre asusta. Nota: 4 sobre 5.

Mother Superior también parieron en 2005 a su séptimo vástago, al que llamaron Moanin’. La banda angelina que durante una década acompañó en las giras y grabó discos con Henry Rollins y trabajó con Wayne Kramer recupera la energía que dilató en su anterior 13 violets para hacerla más compacta y vigorosa en su nuevo disco. Moanin’ no escatima hard rock ni heavy, los combina con un soul garagero intenso y genuino que convierte enormes canciones como la inicial That song reminds me on you, Hole, Devil wind o Jack The Ripper en impresionantes ejemplos de su cosecha para convertirse en clásicos brutales. Nota: 4 sobre 5.

Y Madonna también cayó. Su single Hung up me atrapó desde la primera escucha y lo que le sucede en el disco es un repertorio de música disco envolvente y excitante que se te mete en el cuerpo como una droga durante una hora entera sin descanso. Confessions on a dance floor es un juguete del que quedarse colgado. Mejor en una pista de baile. Nota: 4 sobre 5.

lunes, febrero 13, 2006

GREATEST HITS 7: ALIVE (PEARL JAM)

Hay canciones que nacen para perdurar hasta la eternidad. Unas lo consiguen diez, veinte o treinta años después de ser compuestas por sus creadores y escuchadas por el público por vez primera. Otras casi de inmediato, pasados dos o tres años, quizá, desde que la aguja del tocadiscos las desvistió. Otras sólo son inmortales porque tú lo quieres y así lo sientes. Por la razón que sea... Alive, de Pearl Jam, ya tiene casi quince años de edad, y a mí, como a varios de mis amigos y allegados, nos parece tan brutal, desgarradora y imperecedera como cuando entró por primera vez en nuestros oídos.

Hace unos meses dedicaba un post de admiración a Pearl Jam. El grunge (así lo llamaron) ha muerto, decía, y Pearl Jam han dejado de ser los jóvenes agitados que se lanzaban al público de las primeras filas desde las torres de iluminación para sentarse en taburetes y olvidar toda concesión a la improvisación. Pero cuando oigo Alive, cuando la oímos mientras se consumen sin darte cuenta las horas de la madrugada en el Tribeca, todos nos quitamos varios años de encima y queremos estar ahí adelante para amortiguar con nuestra emoción el cuerpo sudado de Eddie Vedder.

La ambigüedad que sacuden las palabras de Alive coincide con la desazón y desesperanza que surge de todo el álbum Ten (1991). Vedder corta las frases y deja que fluya la intuición. Alude a la familia desintegrada, a las soluciones últimas y desconsoladas y a la necesidad de sobrevivir como sea y en las circunstancias más adversas. Cada estribillo hace crecer la desolación hasta desembocar en el llanto crecido de Vedder que rompe en el solo de Mike McCready, y el guitarrista lleva la canción hasta una cima casi inalcanzable de desesperación y éxtasis. Vuelve entonces Vedder (ah ah ah ah aaah, ah ah ah ah aaah... yeah yeah yeyeyeeeee) y Alive concluye cuando ya has llevado la adrenalina hasta el límite. Y sigues vivo.

viernes, febrero 10, 2006

VOLUME TWO 12: WILCO

Tardan en engancharme. No tienen por qué hacerlo aunque a un vasto sector de la prensa musical lleven tiempo entusiasmando. Si te gusta el rock americano de raíces, el country rock, entonces tienes que amar a Wilco; y se te gusta además que añadidos aires de psicodelia y florituras sonoras acompañen al sello ‘americana’ de sus discos, entonces casi tienes que venerar a Wilco. Así resumen revistas varias el impacto del aclamado grupo de Chicago a su paso por giras y festivales internacionales y tras cada álbum que publican.

No es para tanto, entiendo. Pero en los últimos meses ha ido cambiando mi opinión de Wilco. A duras penas soporté Yankee Hotel Foxtrot (2002), disco tan celebrado como difícil y conflictivo en el devenir de la banda; acogí con reservas pero mejores oídos A Ghost is born (2004); y en un retroceso en su discografía me dejé convencer por la belleza confusa y decorada de su segundo álbum, Being there (1996), donde los teclados y ligera música viento transforman los sonidos de country rock en canciones más ambiciosas y llenas de matices y delicias. Ahora repasan su carrera en directo desde su ciudad en Kicking Television, un más que aceptable directo.

Su historia en conocida, forma parte de las páginas que definen ciertos periodos musicales y pasajes de tendencias en boga. Uncle Tupelo encontró su fin y Jay Farrar creó a los sosos Son Volt mientras Jeff Tweedy convirtió al resto de la banda en Wilco. El grupo ha tenido entradas y salidas desde 1995, ha sido cuarteto y quinteto, y sus miembros han conducido otros proyectos (Courtesy Move), compuesto bandas sonoras (Tweedy la del film Chelsea Walls) y participado en agradecidas colaboraciones: con el cantautor Billy Bragg en los dos conmovedores volúmenes Mermaid Avenue, que convierten en música viejos temas nunca cantados por Woody Guthrie.

Aprecio en Wilco, en las invenciones musicales de su líder (reestablecido de sus dependencias con las drogas y sus viajes depresivos), el talento heredado de los artistas que caminan firmes por terrenos antes explorados y se calzan con zapatos adaptables a muchas superficies, por lo que son proclives a los tropiezos. Su rock melancólico y tantas veces angustiado, tan mordaz como permanente, sitúa a Wilco en el escalón de los grupos de evolución tranquila aunque vacilante y que ahora son una referencia.

VOLUME ONE 12: HAPPENSTANCE (RACHAEL YAMAGATA)

Una música te lleva a otra y en ese encadenamiento de bandas o solistas que entran en tu colección de discos se estrechan los vínculos con ese grupo de artistas que deseas conocer o que nunca imaginabas que ibas a encontrar. Discos escuchados hace poco, conversaciones, gustos parejos y ese vicio curioso por contactar con lo exótico desconocido me han guiado hasta Rachael Yamagata y a su disco de debut, Happenstance (RCA, 2004).

Nada que ver con la cultura nipona, no hay danzas de geishas ni contenidas voces chillonas en ninguno de los 13 temas que han sucedido a su Ep de presentación en 2002. A Yamagata la criaron por turnos un padre japonés, una madre italo-germana y el piano ante el que se sentó desde los dos años. Un poco de educación universitaria y años de rodaje artístico en grupos teatrales y una banda funk llamada Bumpus fueron moldeando sus inquietudes musicales e interpretativas. Y ahora que firma ella sola su música extiende un Happenstance un repertorio de sutilezas pop tapizado de ricas instrumentaciones y expresivas voces seductoras.

El piano doliente de Rachael y el tono cohibido y enojado de su voz en algunos temas la empareja con Fiona Apple, de alma presente en Letter read e Even so. Pero no todo es añoranza y furia contenida en este atractivo álbum. Yamagata sirve raciones de vodevil festivo (I want you), baladas redentoras (Reason why) y postres exquisitos crecientes en intensidad cubiertos de capas de slide guitar (Paper doll) y dobro (Meet me in the water) que convierten el menú en una comida al menos justa en calorías, un poco cansada en su camino hacia el final pero digna de repetirse.

(Se deja oir una canción suya entre los temas que suenan en la película recién estrenada Secretos compartidos, con Uma Thurman y Meryl Streep).
Nota: 7/10

miércoles, febrero 08, 2006

SOUNDTRACK 9: BIOROCKS

Johnny Cash ya camina firme y erguido sobre la línea que enlaza al cine con la música popular. Con el estreno de Walk the line (En la cuerda floja), el género de los biopics (películas biográficas) añade un exponente más en su división dedicada a las estrellas musicales del siglo XX. Algunas de ellas han visto su biografía convertida en telefilm o producción larga destinada sólo a la televisión, como el caso de Elvis Presley de la mano de John Carpenter a finales de los setenta, o Diana Ross y Dolly Parton años más tarde, aunque en la gran pantalla han gozado de un mayor grado de espectacularidad y rigor artístico las vivencias creativas y personales de mitos y estrellas del rock, el pop o el soul.

Este tipo de biopic musical no sigue un esquema fijo para cada retrato. Existe la fórmula centrada en repasar la vida de un músico casi paso a paso, desde su nacimiento hasta su muerte o hasta la fecha si aún está con vida. Ocurre con La Bamba (1987), homenaje al malogrado Richie Valens con los rasgos de Lou Diamond Phillips, o Tina (1993), en la que la actriz Angela Bassett entra en la piel de Tina Turner; otro ejemplo es Quiero ser libre (1980), prematuro perfil sobre uno de los iconos aún vivos y esporádicamente activos del country, Loretta Lynn, a la que dio otra vida Sissy Spacek.

La cumbre de esta fórmula es The Doors (1991), quizá el biopic musical definitivo, sino el mejor (a la espera de que Dylan, Elvis, Beatles y Rolling Stones merezcan su obra maestra en esta modalidad), por obra y gracia de Oliver Stone, cronista mordaz y vehemente de los años y sucesos más incómodos de la reciente historia americana. Su biografía en imágenes de Jim Morrison entra con bisturí en la agitada segunda mitad de los sesenta para convertir al líder de los Doors en el mesías y mártir de una generación lisérgica y desatada. Stone desnuda a Morrison con cariño y frivolidad, excesivo y seductor, gurú y mito, y convierte cada concierto en un campo de batalla poético. La elección de Val Kilmer como Morrison no admite discusión y la puesta en escena fascinante de Stone traslada perfectamente al espectador a aquellos años convulsos y le hace partícipe de cada actuación musical.

Otros cineastas han optado por extraer un periodo temporal concreto de la vida de los músicos de rock para presentar una aproximación a su figura y su persona. Ahí está reciente Walk the line (2005), que detiene a Johnny Cash a finales de los sesenta, más de treinta años antes de su muerte, o Ray (2004), repaso cronológico a las penas y alegrías de Ray Charles que también se para antes de entrar en los setenta y omite aspectos tanto o más atractivos y morbosos que los que la película ofrece. El mayor mérito de estos trabajos lo aporta el show actoral de Joaquim Phoenix y Jamie Foxx, así como el modo en como las canciones y recitales transmiten la pasión interna de la música y externa de sus audiencias en cada actuación. Más deficientes fueron tiempo atrás los recuerdos tormentosos que unieron a Sid Vicious y a su pareja en el frío film Sid & Nancy (1986), con un joven Gary Oldman como mito punk, y Diario de un rebelde (1995), crónica de los años previos a su creación musical del artista maldito Jim Carroll convertido en un eficiente y entonces prometedor Leonardo DiCaprio. También parcial es Stoned (2005), producción de muy próximo estreno que rescata el entorno de los Rolling Stones aunque se centra en la figura de su fallecido guitarrista Brian Jones.

Cabe recordar que no deja de ser biopic en formato documental No direction home (2005) de Martin Scorsese, centrado en los primeros años de producción musical de Bob Dylan, que sin duda merece una o dos continuaciones similares a cargo del genial director de El último vals (1978), monumental homenaje de despedida a la maravillosa The Band.

Una variante más de biopic de rock es lo que podría llamarse pseudobiopic o falso biopic. Consiste en la recreación mediante nombres ficticios de trayectorias musicales sospechosamente parecidas al modelo que le sirve de inspiración. Así, detrás de Velvet Goldmine (1998) y las andanzas de un tal Brian Slade parece esconderse el David Bowie que termina en la muerte de Ziggy Stardust y al que ayudan las facciones andróginas de Jonathan Rhys Meyers. La acción en el film de Todd Haynes es conducida por la investigación de un periodista que retrata a testigos y personajes variopintos, entre los que aparece un Ewan McGregor convertido en un nada disimulado Iggy Pop. Algunas similitudes con esta película tiene un extraño producto independiente titulado Hedwig and the Angry Inch (2001), obra teatral adaptada e interpretada en el cine por su propio autor, John Cameron Mitchell, convertido en un travestido y traumático freak rock de la era glam.

En 1979 se estrenó La rosa, protagonizada por la actriz y cantante Bette Midler, quien interpretaba a una problemática estrella de rock en decadencia cuyas andanzas recuerdan en algunos aspectos a Janis Joplin, aunque no tomaba su nombre. Por cierto, Renee Zellweger será la gran Janis en su correspondiente biopic de próximo estreno, así como Keira Knightley pondrá imagen a Karen Carpenter. Y quizá también Jennifer Jason Leigh se inspiró en alguna estrella musical desequilibrada para componer el desolador retrato de la que interpreta en el irregular film Georgia (1995). Peor resultado ofreció el cada vez más perdido Gus van Sant en Last days (2004), absurda, patética y anticinematográfica evocación de las horas previas al suicido de Kurt Cobain con la cara y la pose de Michael Pitt. En cambio, otra inspiración más lúcida y generosa es la que tuvieron Woody Allen y Sean Penn para dirigir el primero la película Acordes y desacuerdos (1999) e interpretar en ella el segundo de manera magistral a un desalmado pero sensacional guitarrista de los años 30 que viene a ser un híbrido de varios artistas de la época, aunque con el referente de Django Reinhardt como modelo fundamental.

Por último, prueba de la buena relación que mantienen el cine y el rock and roll (siempre activa con la inclusión de temas musicales entre el score de los films), merecen un pequeño recuerdo películas como Casi famosos, Los Commitments o The Wonders, cariñosos acercamientos a la vida de inventadas bandas de rock a cargo de Cameron Crowe, Alan Parker y Tom Hanks respectivamente. Más paródica y menos creíble es Escuela de Rock (2003), de Richard Linklater, donde Jack Black se convierte en el portavoz de una idea tan maravillosa y imperecedera para tantos de nosotros como que el rock es la banda sonora de nuestras vidas.

domingo, enero 29, 2006

LIVE IN 9: MUSICMANÍA

El amor por la música y los discos provoca en algunos una serie de ritos rutinarios seguidos con fidelidad, pequeñas manías que estrechan nuestros lazos de unión con los discos, como si fueran personas o mascotas por las que estar preocupados y a las que mantener bien cuidadas. Ahí van unas cuantas:

- Acudir a primera hora del día a la tienda de confianza cuando un disco muy muy esperado va a salir al mercado. A menudo, la mercancía tarda en llegar y el colega que allí trabaja te dice que lo hará a última hora de la mañana o por la tarde. Te preguntas varias veces si vas a otra tienda o a un centro comercial a ver si allí sí ha salido el disco; pero claro, si así es, no lo comprarás en la tienda de siempre y entonces piensas que a tus colegas les parecerá mal porque llevas mucho tiempo insistiendo y ya te han dicho varias veces que te lo van a guardar. Te vence la paciencia porque has leído y oído maravillas de ese super disco que... ¡más le vale salir hoy a la venta en esta ciudad a la que las mercancías llegan tarde o quemo la tienda!

- Cuando al fin el disco está ya en el comercio favorito, miras detenidamente el cd que vas a comprar al quitarlo de la estantería y examinas bien que no tenga ninguna rayadura en el cristal de la caja o arrugas en el cartón del DG pack. Encuentras un pequeño estallido en una esquina que te impide ver unas letras junto al copyright aunque no puedas leerlas ni con lupa, así que le preguntas al dueño si te lo puede cambiar por otro que tenga debajo del mostrador.

- Ya en el coche (porque aunque tienes ya el tesoro en las manos no has perdido la impaciencia) o en casa, desprecintas el cd con cuidado por la fina tira de plástico que bordea la caja para que se abra fácilmente y retiras el resto del plástico procurando arrugarlo poco aunque después no sirva para nada. Ni que fuera el envoltorio de una figurita de cristal que vas a regalar a tu madre.

- Sacas el libreto procurando no arrugar el borde que roza los pivotes alargados o redondos de la caja, y que obstaculizan que se deslice con facilidad hacia afuera. Cuando cuesta sacar el papel tienes que meter las uñas más adentro para empujarlo fuera, pero claro, como te comes las uñas, aún te lleva varios segundos. Eso sí, lo haces muy cuidadosamente porque no quieres que por la presión de tus dedos se vaya a doblar parte del papel y ya te chafe el disco impecable.

- Abres el libreto cuidadosamente, dejando que las páginas se deslicen con el suave roce de la yema de los dedos y hundes dentro las narices para empapártelas del olor a papel nuevo; pero que no se te ocurra pegar la tocha, que deja huellas fácilmente, sobre todo si el color del cuadernillo es negro.

- Vuelves a meter el libreto en la caja evitando que los pivotes gruesos estropeen sus bordes, pero antes te fijas elevando el cristal hacia la luz en que no tenga ninguna huella o marca, o que el DG pack no presente alguna hendidura mínima producto de un leve golpe que haya sufrido durante el traslado.

- Escuchas el disco con atención y con el libreto abierto, incluso sigues alguna canción leyendo la letra. Recorres con la vista todos los detalles del diseño, estudias la tipografía de la letra, los agradecimientos desde el principio hasta el final, incluidos los que se acuerdan de los padres, los hermanos y el gato.

- Llamas a tu amigo íntimo de correrías musicales y le anuncias en tono solemne e intrigante: "Ya he escuchado el disco". "¿Crítica corta o larga?", le preguntas a continuación.

- Colocas el disco en la estantería en el lugar que le corresponde por orden alfabético. Una vez situado entre otros dos discos examinas el impacto visual que produce, si el color de su canto desentona o no entre el color de los demás en esa hilera de cds.

Después hay otras manías y costumbres maravillosas, o ridículas, según se mire:

-Compras una entrada para un concierto y no la doblas en absoluto porque más tarde, tras la actuación, la enmarcas en un álbum exclusivo; por supuesto, le pides al de la puerta de la sala o el pabellón que no te la rompa la esquina de la entrada y te la guardas luego en un plástico que llevas contigo para que siga sin doblarse.

-Durante la primera semana no le dejas un disco recién comprado ni a tu novia porque no quieres que el Dg pack corra el peligro de arrugarse o de que le caiga una gota de agua encima, así que si alguien te pide el disco le haces una copia.

-Actualizas cada día en el ordenador la lista de discos que tienes o tachas de la discografía de un artista o grupo el último disco suyo que has adquirido.

-Te esfuerzas por escribir con buena letra y sin errores el nombre del grupo y el álbum en la superficie del cd virgen en el que te has copiado un disco.

¿Tenéis más?...

jueves, enero 26, 2006

VOLUME TWO 11: THE TEMPTATIONS

Creía que los Temptations siempre vestían impecables trajes luminosos de chaqueta cruzada y lucían desde el alba hasta el crepúsculo la alargada sonrisa blanca que resplandecía en sus caras negras. Así aparecían en las fotos que conocía. Hasta que no hace mucho, aquella tarde de música en la buhardilla de Rulo, les descubrí menos sonrientes, con chaquetas de pana y cazadoras de cuero y sombreros callejeros de chulo de Harlem en varias fotografías de la época de su disco Psychedelic shack (1970). Años más tarde recuperarían su porte elegante seductor de primeros de los sesenta, aunque ajustados a las modas.

Muchos llamarán cursi, ñoña o blandengue a la canción My girl, pero cada vez que la escucho transcurren por mi cabeza ferias en el campo, suburbios americanos de familias de clase media, jardines regados en verano, parques de atracciones, primeros amores... Su entrañable melodía, firmada por el gran Smokey Robinson, recrea unos años irrecuperables que las películas de Hollywood y las series de televisión han hecho inmortales.

De la fértil Detroit y derivadas de dos bandas, The Primes y The Distants, germinaron las cinco voces cantarinas de los Temptations, fichadas por la gigante Motown para un sello filial primero y después llamados a primera línea. La formación cambió varias veces con el paso de los años y deserciones y fallecimientos fueron adaptando a los Temptations a los tiempos. Tras una inocente pero deliciosa era inicial plagada de decenas de éxitos soul, la mayoría compuestos por Norman Whitfield y Barry Holland (Ain't too proud to beg) y también Robinson (Get ready, The way you do the things you do, Baby, I need you), que cantaba algunas, los cinco jóvenes de Detroit, que alternaban voces según el tono de cada canción, entraron en un ciclo más funky y psicodélico, cuyos pilares son los excelentes discos Cloud Nine (1969), Puzzle People (1969), Psycheledic Shack (1970) y All directions (1972), que contiene la conocida pieza de Strong y Whitfield Papa was a Rolling Stone. En los setenta siguieron trabajando con distinto personal y saltaron también al sello Atlantic; a finales de esa década y en la siguiente tocaron la música disco, pero compuesta con una elegancia natural e e inmediata envidiables, de la que carecían otras formaciones que envejecieron peor.

Existen varias recopilaciones, algunas bastante completas, de canciones fundamentales de los Temptations. Cualquiera es recomendable si su música te contagia y comienzas a abrirle un espacio más grande en la estantería.

lunes, enero 23, 2006

VOLUME ONE 11: MELALCOHOLIC (SEVIGNY)

Siempre me agrada descubrir talentos escondidos, bien músicos de bagaje a los que conozco un poco tarde, bien noveles creadores que dan a conocer sus primeras propuestas, sobre todo si hacen gala de personalidad propia aunque no tapen inevitablemente sus referencias. Uno de ellos es Sevigny, bonito nombre tras el que se halla Lucía Rolle, joven coruñesa que acaba de fabricar su primer disco, de título no menos precioso y descriptivo, Melalcoholic, producido por Arturo Vaquero y la propia Rolle y editado por el sello gallego Falcatruada.

Más melancólico que alcohólico, el álbum de despegue de Sevigny, se digiere como un elixir sabroso cuantas más escuchas merece para acabar dejando un regusto agradable y duradero. Se intuyen modelos de inspiración pop como Laura Veirs, Ani DiFranco o incluso Marlango, cubiertos por una capa de añoranza en las letras y sonidos relajantes que tienden a excitarse. Predomina la acústica y los arreglos electrónicos, pero la guitarra eléctrica de Luis Moro (en faceta de colaboración) enchufa un par de canciones, sobre todo Before the morning comes, para conducirlas a terrenos rockeros. Y la voz inofensiva de Lucía guía los paisajes que nacen de cada tema de forma seductora y parsimoniosa, como si pidiera permiso para tomar parte de su viaje.

Un leve defecto sería la falta de continuidad en la sucesión de canciones: Waiting for this look la escogería Cameron Crowe para la banda sonora de su próxima película; Moon’s Romance se dejaría oír en una playa caribeña; Collapse nace junto al piano de un club de jazz en la hora del cierre y dibuja incluso el recuerdo de Tom Waits; Rebirth se apoya en hipnóticos sintetizadores; y hasta aparece en Melacoholic un saludo a Ryan Adams con una refrescante y tierna versión de When the stars go blue. Demasiados desvíos para un trabajo de debut que, no obstante, se acoge con el calor que merecen las brillantes ideas de artistas inquietos.
Nota: 7/10

Melalcoholic se puede comprar en discos Portobello (A Coruña) y a través de Internet en: www.trastenda.com y www.muzikalia.com.

Para más información: http://www.sevigny.ws/ y http://www.falcatruada.com/.

viernes, enero 20, 2006

VOLUME TWO 10: GREG DULLI

El soul man que lleva dentro Greg Dulli, su alma negra anclada en otras décadas, se vislumbra entre el rugoso rock evocador de sus aventuras musicales. No le falta un aire gangsteril a su rostro redondo de gamberro de barrio, a su porte robusto de crooner fumador y trasnochado. Me cae bien Greg Dulli, escondido tras sus gafas oscuras. Vomita pasión cuando grita, también cuando deja que las palabras le resbalen y con ellas seduce a las babies que pueblan sus canciones. Lo ha hecho en Afghan Whigs y en Twilight Singers. Siempre.

Como ahora, que firma Amber Headlights con su nombre solo, un trabajo que abre un paréntesis en el recorrido de Twilight Singers y se pinta de homenaje a su amigo Ted Demme, el director de cine (Beautiful girls) fallecido de un ataque al corazón hace tres años. Dulli tenía nueve canciones guardadas, en las que vuelve a descargar tanta sensualidad como lujuria.

La disolución de una banda que aprecio me produce tristeza y decepción (por razones luctuosas también lamenté la defunción de Blind Melon ya hace años y el fin de la carrera de Jeff Buckley). La desaparición de Afghan Whigs también fue una mala noticia allá por 1999, sobre todo después de que el grupo de Cincinatti publicase un año antes el magistral disco 1965. Yo supe de ellos con Black love (1996) y fui saboreándolos hacia atrás, con Gentlemen (1993) y el primerizo Congregation (1992). Mi grado de satisfacción tomó un camino inverso. El inicial poso punk que Dulli arrastró de sus formaciones previas se deja notar en los dos primeros álbumes de Afghan Whigs, agresivos en sus guitarras caóticas pero provistos de una sábana melancólica en sus arreglos y en el elocuente torrencial de voz de Dulli. No canta bien Greg, su garganta resacosa no llega nunca a la cima, se ahoga antes, por eso gana más fuerza su mecánica de seducción mediante susurros y voces al oído. Aparece todo este encanto en el mejor aderezado Black love y se refuerza en 1965, una obra casi perfecta por la que transitan los espíritus aún vivos de Marvin Gaye y Nina Simone. Es un disco ideal para seducir y dejarse conquistar, para después acariciar y luego...

Pero ahí acabó, qué pena, Afghan Whigs. Aunque no Greg Dulli. Convenció a amigos y levantó Twilight Singers, una suerte de prolongación de su grupo anterior, no tan empañado de soul, algo viciado de psicodelia en su discreto disco de debut (Twilight), e incluso experimental en sus mejores siguientes entregas, Blackberry Belle (2002) y She loves you (2004). El primero transpira soledad y derrocha energía con canciones que se hacen imborrables cuanto más se escuchan; el segundo transforma en buen grado temas de artistas tan dispares como Billie Holiday, John Coltrane, Fleetwwod Mac o Bjork hasta hacerlos merecedores de llevar el copyright de un Dulli que les añora. En ambos trabajos colaboró el gran Mark Lanegan, cuya siniestra voz oscurece aœn más el denso paisaje musical del ex líder de Afghan Whigs (ambos se han hecho llamar Gutter Twins en esporádicas actuaciones conjuntas).

Con quien quiera que estés, keep on rockin', Greg!!!

lunes, enero 16, 2006

BONUS TRACK 4: WHAT COLOR IS LOVE (TERRY CALLIER)

Dos volúmenes de una colección titulada Folk Funk Flavours & Ambient Soul han entrado estos días en mi discoteca. En una de ellas aparece un tema del veterano músico de Chicago Terry Callier, a quien descubrí hace pocos años y del que poseo tres discos sensacionales, el más antiguo What color is love, magistral legado de 1973.

La música serena y bondadosa, exquisita y humana de Terry Callier combina perfectamente el funk y el folk con el soul y el jazz. Parece complejo, ¿verdad?; la voz y los sonidos de Callier consiguen enlazar cada género de una manera sencilla y armoniosa, con las cuerdas acústicas con protagonismo principal, bien complementadas por la dulzura vocal de Terry y la suavidad de los instrumentos de viento. Curtis Mayfield y él fueron amigos de infancia. No me extraña su buen gusto ni sus habilidades.

What color is love irradia caricias y calor en siete canciones y 40 minutos. Títulos tan bonitos como Chica bailarina, Vas a echar de menos a tu hombre encantador, De qué color es el amor o Preferiría estar contigo merecen preciosos temas como los de este tercer trabajo en la carrera de Callier, cumbre que rozan sus dos álbumes más recientes, Speak your peace (2002) y Lookin’ out (2004), pacíficos regalos de un artista mayúsculo.

LIVE IN 8: DEBATE DESDE EL GÓTICO

Entre canciones y cervezas surgió de madrugada entre amigos una pregunta sin respuesta: si existe el llamado rock gótico y a veces te cruzas por la calle con tipos de aspecto gótico, como decimos de esos jóvenes pálidos vestidos por completo de negro, con maquillaje y adornos en la cara, ¿a qué sonaría entonces el rock rococó (o rockockó, según quien dé el bautismo)?, ¿o el rock renacentista?, ¿o el modernista?...

Al día siguiente hice unas consultas. El término gótico encontró su espacio como etiqueta musical a comienzos de los ochenta con el nacimiento, sobre todo en Inglaterra, de una serie de bandas derivadas del punk y el glam rock que prefirieron mostrar actitudes más moderadas que destructivas, bucearon en literatura antigua y aportaron matices dramáticos y novelescos a sus composiciones y fueron cultivando un sonido siniestro y depresivo, de guitarras densas y bases electrónicas, con bajos machacantes y golpes de batería reiterativos. También en Australia, Alemania, Bélgica o Estados Unidos aparecieron nuevas formaciones rockeras a las que el calificativo ‘gótico’ les sentó bien y con este término fueron creciendo algunas, las que no tomaron otros rumbos ni se fueron pegando otras etiquetas. Joy Division, Bauhaus, Christian Death, Echo & The Bunnymen, Siouxsie & The Banshees, Sisters of Mercy y The Cure son algunos de los grupos o precursores góticos más conocidos que tanto han seducido y continúan seduciendo a grupúsculos de jóvenes generaciones cubiertas de ropajes negros, largos abrigos de cuero, prendas en forma de red y rayas y contornos oscuros en sus caras.

Vamos, que vas por la calle, te cruzas con un ‘espécimen’ así y dices: "ahí va un gótico". Nos seguimos preguntando: ¿y un rococó vestiría también de negro?, ¿un renacentista iría más iluminado?, ¿la música modernista se parecería más al pop?, si el gótico siguió al románico en la historia del arte, ¿qué bandas románicas hubo antes de Bauhaus?... Pensamos que entre el cada vez más extenso catálogo de etiquetas y estilos musicales, hay o habrá rococó, modernismo y demás.

Por favor, lectores y redactores, iluminados, ideólogos y mandamases de Rolling Stone, Ruta 66, Mondo Sonoro, Popular 1... ¿tiene alguna respuesta que nos sirva de ayuda para enriquecer este imprevisto debate?


jueves, enero 12, 2006

GREATEST HITS 6: COMFORTABLY NUMB (PINK FLOYD)

Algunos clásicos de Pink Floyd como Money, Wish you were here o Another brick in the wall (en su versión de Tom Morello para el film The Faculty también) han desfilado por la pasarela musical del Tribeca desde hace años. Pero recientemente otro gran tema de la monumental banda se está ganando los galones de 'gran éxito' del templo: Comfortably Numb. Creo que la revisitación efectuada por el propio grupo de la canción en el concierto Live 8 de Londres ha destapado tan impresionante himno del baúl de las joyas aparcadas.

Waters, Gilmour, Wright y Mason volvieron a compartir escenario el pasado verano tras varios años de enfados y litigios. Un reencuentro tan histórico merecía una cita de la misma dimensión y eso ocurrió en el multitudinario concierto celebrado al mismo tiempo en varias ciudades del planeta. Con la noche sobre Hyde Park comenzaron a sonar las apacibles notas de Speak to me unidas con Breath y los cuatro 'fluidos rosas' recuperaron enseguida más de un tiempo perdido. Waters sonreía, Gilmour desconfiaba. Sus ojos no se cruzaban. Acabado el primer corte, entró Money y la música, la banda y la audiencia se encendió. Gilmour parecía más suelto y Waters se mecía en su salsa. La entrada acústica de Wish your were here aplacó la adrenalina y encendió los mecheros, fue la melodía de la reconciliación. Comfortably Numb puso fin a su set. Gilmour aprendió a reir y Waters ya encontró en él su mirada. Así escondieron (¿para siempre?) el hacha de guerra.

A lo grande, a lo gigante. Pink Floyd renacido llevó su último tema de la función al éxtasis. Los dioses nunca se olvidan de sonar juntos como la gloria. Las voces de Waters y Gilmour recrearon la atmósfera destructiva de The Wall y la guitarra de Gilmour recobró en el solo final alargado toda la gozosa ferocidad de una obra maestra de canción.

José Luis recurre a menudo últimamente a Comfortably Numb para aplacar el ruido de elecciones musicales previas y relajar a su oyente clientela. Como cuando escogió el tema sublime de Pink Floyd entre la áspera sesión de Nuggets que una noche propuso el mítico Quiroga. Una vez más, el solo de Gilmour (el cuarto en el ranking que los expertos de la revista Guitar World ha elaborado, por detrás de Page, Van Halen y Rossington) alcanzó el firmamento.

lunes, enero 09, 2006

SOUNDTRACK 8: GUSTAVO SANTAOLALLA

Mantengo viva mi curiosidad por la música en las películas, no sólo la escogida mediante canciones para acompañar a la acción, sino el score compuesto de forma exclusiva para un film. Gracias a algunas de mis charlas con Yojimbo he vuelto a repasar las creaciones de apreciados compositores contemporáneos como Mark Isham, James Newton Howard o Thomas Newman. Uno de mis recientes descubrimientos es el argentino Gustavo Santaolalla, de quien podremos escuchar música suya en la película de próximo entreno Brokeback Mountain.

Mi primer contacto con Santaolalla se debe a la obra maestra de Michael Mann, The Insider (El dilema), en cuya banda sonora aparecía una breve pieza de Santaolalla titulada Iguazu, apoyada en el sonido metálico y punzante de las cuerdas de una mandolina y un ligero pero emotivo uso de los teclados. Temas de estilo parecido, envueltos en capas muy atmosféricas, aparecían también con las imágenes de otras dos grandes películas, Amores perros y 21 gramos, ambas del mexicano Alejandro González Iñárritu. Entonces quise saber más de Gustavo Santaolalla.

Este músico y productor ha trabajado con diversos artistas y grupos latinoamericanos en Buenos Aires, Los Ángeles y Mexico D.F., los más conocidos, Caifanes, Café Tacuba, Bersuit, Aterciopelados y Molotov, con quien vendió varios cientos de miles de discos. Legendario y prestigioso en su país, Santaolalla hace primar en su música y labor de producción, sobre todo, el choque de culturas y sonidos, una amalgama de ritmos y esencias que enlaza el rock con las ráices musicales de países como México, Perú, Brasil y Argentina. Esa inquietud y riqueza musical fue quizá lo que más sedujo a Michael Mann para utilizar una pieza del músico argentino en un dramático momento de The Insider. Iñárritu también acertó para reforzar la opresiva desesperación presente en sus películas con la música de Santaolalla.

He escuchado hasta ahora sólo un corte del trabajo de Santaolalla para Brokeback Mountain (que podéis oír gracias a Yojimbo en www.7samurais.com) y me ha gustado mucho. He notado que su música traslada muy bien al oyente a los paisajes abiertos de la historia y al mismo tiempo de ella brota una melancolía trágica que al parecer nace de la historia que viven los personajes de la película. No descarto una nominación de Oscar y ya ansío escuchar el score entero.

VOLUME TWO 9: GEMMA, CINDY Y TORI

El soul y el funk han entrado bien temprano en mi universo musical en el nuevo año, pero antes de deleitarme con una serie de apetecibles recopilaciones, los primeros discos que he escuchado en 2006 vienen firmados el año anterior por tres mujeres tan distintas como Gemma Hayes, Cindy Bullens y Tori Amos. Los resultados han sido desiguales.

Gemma Hayes, una guapa y delgada irlandesa de 27 años, ha tardado tres años en publicar su segundo álbum largo, The roads don’t love you. Tras sus prometedores eps de 2001 y el debutante Night on my side de 2002, la chica vivió varias alegrías y ciertas amarguras de un éxito prematuro. La prensa inglesa aplaudió su primer trabajo, que le llevó a recorrer escenarios por Gran Bretaña y Europa durante el año y medio siguiente. Después se colapsó, no supo darle avance a su carrera y buscó la inspiración en Estados Unidos, donde encontró buenas compañías (el batería Joey Waronker, entre otros) para dar forma a su segundo trabajo. Hayes se mueve entre esencias acústicas y aromas folk bañados con leves y agradables matices electrónicos. Con esta propuesta triunfó hace tres años, ahora la repite pero carente de frescura y de inmediatez espontánea y crea un producto más calculado, bonito por momentos, pero falto de alma.

Cindy Bullens representa otro tipo bastante distinto de cantaautora (lo que se llama una singer/songwriter). Su biografía está plagada de atributos llamativos desde la mitad de los años 70, cuando fue vocalista de Elton John en varias giras y obtuvo dos nominaciones al Grammy, una de ellas por una interpretación vocal en la banda sonora de Grease. Publicó sus primeros discos como solista, pero se retiró unos años sin dejar de alejarse por completo de la música y prestó canciones a otras cantantes como Irma Thomas o las Dixie Chicks. Volvió a los estudios a finales de los noventa y en 2005 completó su sexto álbum, Dream 29. La música de Cindy Bullens sigue la estela de la de Steve Earle y Lucinda Williams. A ellos recuerdan sus canciones nuevas, menos enérgicas y más académicas, bien acompañadas con el bajista de la E Street Band Garry Tallent y con la especial colaboración del propio Elton John y el bluesman texano Delbert McClinton. El resultado es digno, pero una pizca cansino.

Tori Amos no se cansa de producir música y en 2005 ha sido fértil y ambiciosa. Porque ni más ni menos que 19 canciones en 80 minutos contiene su álbum The beekeeper. La sensual y también erótica pianista de Carolina del Norte transmite estas mismas cualidades una vez más con su voz inconfundible y su piano inseparable a lo largo de su octavo disco desde los primeros 90. Sin la desnudez de sus primeros trabajos, pero con el gancho que en 1994 tenían singles estupendos como Past the mission o Cornflake girl en el disco Under the pink, The beekeeper es una obra larga, sí, pero para nada agotadora, sino relajante y de disfrute trasnochador. La prodigiosa formación musical de la pelirroja Tori se hace notar con la recreación de ambientes sosegados, brisas soul (Sweet the sting) y aire jazzístico (Witness). Un regalo para gozar.

jueves, enero 05, 2006

LIVE IN 7: RULO Y JOSEPH

Si tuviera más tiempo, dinero y paciencia, apuesto a que me gustaría coleccionar vinilos.

Una de mis últimas experiencias musicales de 2005 fue pasar parte de la lluviosa tarde de fin de año en la buhardilla de Rulo escuchando vinilos y viendo carpetas de discos, conocidos unos y más raros otros, algunos muy difíciles de conseguir. Ya me había invitado tiempo atrás, pero nunca me venía bien un sábado por la tarde para compartir unas horas tranquilas con él y con su buena música. Esta vez sí. Tiene un cuarto junto a su habitación dedicado sólo a almacenar y escuchar discos. Allí reúne unos 2.000 vinilos (sí, muchos tienen bastantes más), distintas ediciones de un mismo disco, ejemplares que mantiene plastificados y sin abrir desde hace décadas, reliquias que muy pocas personas poseen... Y todos los tiene bien cuidados, guardados en su plástico y dispuestos de tal modo que no le dañe el polvo; posee además una lavadora de vinilos y material específico de limpieza de discos que invierte minuciosamente para conservarlos en el estado más perfecto posible.

Con placer en sus explicaciones y emoción si cabe a la hora de enseñarme alguno de sus tesoros, Rulo me fue enseñando revistas con miles de portadas de discos de músicos de los que no sabía nada, maravillosas fundas originales o alternativas de los Who, Faces, Big Brother & The Holden Company, Led Zeppellin, MC5; discos de Joe Tex y los Temptations; extraños trabajos de Pete Townshend junto a Ronnie Lane y homenajes suyos a Meher Baba; el primer album de The Hombres, otro de XIT, el grupo de indios americanos; temas de bandas inglesas de los sesenta y setenta que nunca llegaron a publicar su primer disco...

La aguja bajó muchas veces para recorrer los surcos de sus discos y crujió sobre el vinilo rodante. La música parecía desnuda y viva como nunca, como si naciera de las entrañas de sus autores, sin artificios ni lavados, auténtica. Como la de Joseph, un grupo desconocido de los primeros años setenta que sólo publicó un disco del que existen apenas referencias (cierto, porque mis búsquedas en internet no lograron encontrar datos del tal Joseph Longoria que firma casi todos los temas de su extraño disco). Rulo lo adquirió hace tiempo a un precio elevado, como muchos de los que se manejan en el mercado de coleccionistas de vinilos que él conoce bien. Pero ¡qué bien sonaba aquello!, ¡ese rock bluesero espeso y pantanoso, ahogado y de gritos desesperados! "Ya estoy comprando un cassette después de mucho tiempo y te pido que me lo grabes", le dije.

Mi contacto recuperado con los vinilos despertó el placer por tocarlos, por apreciar como obra artística el trabajo, el diseño o la concepción de las ideas visuales. Valoré, en definitiva, la grandeza del continente y olvidé el contenido, la música. Entendí incluso a los detractores del cd cuando llaman "posavasos" al soporte digital. No, no compraré vinilos, pero su encanto me parece mágico, como el que encuentran los coleccionistas cuando miman las piezas de su museo.