Puede que en estos tiempos no me dé más pereza escuchar a una banda tanto como Foo Fighters. Lo digo por la propia inercia del grupo y por la evolución (más bien permanencia) de su propuesta musical, no por quitarle méritos a una formación solvente y duradera, estable en seguimiento popular y con un frontman carismático, entregado e irreprochable (en el escenario) como Dave Grohl, tan capaz como casi ninguno de meterse a los estadios en la mochila. Pero después de haber ensalzado algunos de sus doce álbumes y de estancarse con la monotonía de sus recientes entregas, desde Sonic Highways (2014) e incluida la despedida y el regreso al camino que supuso la muerte de Taylor Hawkins, uno ya siente ganas de decir: Basta, ya no más.
Grohl, el chico (el señor) más listo de la clase, grita como nadie, cabalga sobre sus canciones y revienta las guitarras. Sus compañeros le siguen la corriente de forma marcial, con el oficio seguro de saber subir los decibelios sin descarrilarse. Pero la banda ya funciona con el piloto programado en función automática, sin piezas que vayan a perdurar ni en discos que consigan fascinar. Al final uno cae en la mala costumbre de dar nuevas oportunidades a quien ya no tiene ganas de concedérselas y se encuentra con que, a la altura de su duodécimo álbum, los FF suenan tan previsibles, huecos y acelerados que en el fondo, como muchos otros contemporáneos, se diluyen en la insignificancia.











