Hay que estar prevenido para dedicarle tiempo a Bill Callahan. Debemos estarlo incluso quienes hemos celebrado muestras de su singular repertorio, como algún trabajo con Smog o los excelentes álbumes Apocalypse y Dream River. Nada de lo que firmó después llega a ser memorable, más bien inocuo y cansino: consigue que le des la espalda o que te desentiendas de él hasta ignorar sus siguientes pasos, como a mí me ha pasado. Pero resulta que ahora entrega este My days of 58 (Drag City, 2026) que empieza dándome un pálpito prometedor y se precipita hasta el hartazgo.
Te encontrarás de nuevo con su recitado somnoliento, el habla que no da para cantar pero que aun así depara momentos tensos y lúcidos. Sigue haciendo falta tener paciencia con Bill, una dosis extra de tolerancia. Incluso tienes la sensación de que algo no cuadra en lo que escuchas aunque te mantenga subido al carro. Porque da la impresión de que el disco está grabado sin mucho rigor, sin ajustes, con una producción que pega pistas de instrumentos unos sobre otros. Más de una hora así acaba una vez más en el cajón de las decepciones.
Nota: 4/10











