Qué bien. La mejor banda de rock del momento (eso dicen, eso escriben) y la artista, cantante, diva y fenómeno social y cultural del presente (sin discusión, hasta gobierno y oposición estarían de acuerdo para atrapar un manojo de simpatías o votos). Juntos unos y otra en una canción del nuevo disco del grupo, el quinto en siete años. No se hable más, un temazo, sintonía perfecta, ella cubre de oro todo lo que toca, ellos son dinamita pura. Nada puede fallar.
Nos gustó mucho Romance (2024), descubrimos que quizá (quizá) estábamos alejados ciegamente de la corriente que elevaba a la banda. Habría que escuchar de nuevo aquello que nos turbó al principio, un triplete de álbumes contundentes, ásperos y feos porque es posible que estuviésemos equivocados, ahora que el grupo se adapta con naturalidad a la destreza de cambiar sin dejar de golpear con la misma fuerza de frente y de revés. Antes de encontrar tiempo para ese repaso llega el quinto volumen, este Dopamine chamber (XL, 2026) que une por un momento a los volcánicos dublineses y a la chica iluminada de otra galaxia.
Ahí, a la altura del octavo corte, el disco cae de lleno en el sopor y ya no vuelve a despertar. El tema (qué maravilla, dirán) es la confirmación de la decepción. Las intrigantes atmósferas y el sonido sombrío con que arrancaba el álbum quedan atrás y el conjunto se vuelve frío y anodino. Sin desprenderse de su vigor natural, Fontaines D.C. se sofistifican en una operación de refinado que tiene más de programado que de espontáneo. La chica, mejor ni mentarla, de qué sirve.
Nota: 4/10

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