Fue tan lejos como en 1992. Esperamos desde antes de las nueve de la mañana pegados a la verja de entrada. Nueve horas me había hecho un día antes en un vagón de tren. Hasta las siete de la tarde no abrieron las puertas, salimos al galope hacia el acceso al velódromo, a toda pastilla hasta la primera fila ante el escenario. Una carrera sin freno de unas cien personas, los locos, los fanáticos, jóvenes borrachos de ilusión por ver a nuestro grupo preferido tan de cerca. En Canal + aparezco aplastado entre otros chavales junto a aquella verja, delante de una cámara. Zoo TV Tour, creo que se llamaba la gira. Fue la primera vez. Habría otras, no muchas, nunca tan cerca, más bien lejos; nunca madrugamos tanto. ¿Cuántos de quienes estuvimos aquel día en San Sebastián, o después en Madrid y en Barcelona, volveremos a estar en uno de sus conciertos el próximo año?
No, yo no voy a ir. No estaré. Nunca tendré más aquella fiebre joven que me contagió durante muchos años lejanos. Habrá otras cámaras en el escenario, otra inmersión audiovisual fascinante que ya no me fascinará. Habrá una banda que ha pasado medio siglo unida, pero sus canciones, incluso sus joyas antiguas, no sonarán igual. La magia de aquellos momentos, de aquel día en el velódromo de Anoeta, no se repetirá. Se viene un carnaval de luz, está a punto de encenderse, pero esta habitación está demasiado oscura como para iluminarse de fiesta. Y la factura eléctrica apuesto a que saldrá demasiado cara.


