Echaba de menos
la excitación de un directo, de un teatro limpio y acogedor sin butacas para acercarse
de pie a la primera fila, plantarse allí y esperar entre ingenuo e impaciente a
que la música te cubra y el músico te haga sentir bien. El Barts de Barcelona
nos llamó para ver a Amos Lee el día 11, y el chico y su música cumplieron. Las
simpatías que me despierta desde hace tiempo crecen y el de Philadelphia ofreció
un concierto ejemplar, el último de la breve gira europea para presentar su
acertado disco Mountains of sorrow, Rivers of song.
Con el carisma calculado
para no resultar ni lejano ni empalagoso, sin poses ni estridencias, Amos Lee y
sus cinco acompañantes superaron el notable. Imponente, oculto siempre tras sus
gafas, sutil en sus movimientos, sensual de voz y entrañable en su actitud,
Amos se marcó un directo que repasó los mejores temas de sus álbumes (alguna
ausencia perdonable), con puntuales concesiones a las habilidades encomiables de
sus músicos y con el añadido singular de un medley de lo más sugerente que unió
a Queen y a Beyonce. Ole maestro.
Gustó y dejó
huella. Al final del bolo, unos pocos esperamos al artista y su gente. Una monada
que había disfrutado antes de lo lindo a los pies del cantante se le acercó
para pedirle una foto y la firma de unos discos. Él accedió, claro. Y ella,
radiante de gloria, le pidió disculpas por abrazarse a su cintura y mirar a la
cámara con la sonrisa pura de la felicidad. Muy bien, Amos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario