jueves, junio 29, 2006

VOLUME ONE 27: ALL THE ROADRUNNING (MARK KNOPFLER & EMMYLOU HARRIS)

Knopfler es pesado, Emmylou es ligera. Es el balbuceo de él lo que extiende sus canciones, por mucha duración standard a las que se ajusten, hasta un punto en el que pides "basta". Incluso su guitarra limpia tiende a repetir giros y esquemas, eso sí, no tan alarmantes ni presuntuosos como los del agotador Santana de la última década. En cambio, la caricia angelical que ella regala con su voz inmaculada pide más minutos y estrofas a sus temas. Se han juntado en estudio (y en breve gira) Mark Knopfler y Emmylou Harris para presentar All the roadrunning, el primer disco en común, resultado de siete años de amistad y ensayos entre el espléndido guitarrista británico y la divina reina estadounidense del country rock.

Ella es venerada por leyendas y novatos y con gusto presta voces de fondo tanto a Willie Nelson como a Ryan Adams o Tracy Chapman; se arrima a los autores de su generación o se convierte en referencia espiritual de nuevos y no tan noveles compositores en busca de prestigio. Desde el soberbio Wrecking ball de 1995 cada uno de sus álbumes ha sido una muestra medicinal de su envidiable evolución del country más puro hacia el pop rock más elegante y envolvente. Ahora une fuerzas con Knopfler en un trabajo más próximo a la música del ex líder de Dire Straits que a la de la dama vaquera. Y así, All the roadrunning (Mercury Records) reúne una docena de bonitas canciones de caduco deleite, piezas que parecen temer la grandeza y se conforman con la efectividad, con un encanto resultón pero frío.

Como ocurría con Sailing to Philadelphia o The ragpicker's dream, trabajos anteriores de Mark Knopfler más propensos al rápido olvido que al saboreo duradero, hay ahora temas de agrado como la canción titular, Right on o This is us. Manda él en el conjunto y Harris cumple obediente, aunque sin dejar de imponer su sello con su par de creaciones más tradicionales (Love and happiness y Belle Starr). Sabe a poco. Ocurre a veces cuando dos pesos pesados no incluyen juntos lo mejor de sí en el equipaje.
Nota: 6/10

lunes, junio 26, 2006

VOLUME ONE 26: PULL THE STRINGS (SANDY DILLON)

Oyes una comparación rocambolesca al saber por vez primera de alguien a quien también te recomiendan y no dudas en lanzarte a la escucha. “Es como una hermana estreñida de Tom Waits”, me dijeron. “Y está de puta madre”, además. De acuerdo, puede que Sandy Dillon tenga mal de vientre mientras canta. Mmmmm... no está mal, pero cuesta. Es dura, diría. Pull the strings (One Little Indian) es su disco de 2006, el sexto de una carrera casi clandestina desde la década pasada, subterránea como lo es su sonido, el de una artista de las alcantarillas. Cierto, recuerda a Tom Waits.

Es que produce su bizarra coctelera David Coulter, presente en aquel horrible The Black Rider de Waits, una conceptual fábula que me niego a defender. Un poco de aquel malsano ambiente emerge en este Pull the strings, música por momentos enferma, a veces suciamente delicada, irritante y desesperada, sonidos que buscan auxilio para ver la luz. Es difícil, ya digo, no permite sitio a lo convencional. Hay cajas golpeadas que sirven de percusión, violines chirriantes, grabaciones repetidas, cuerdas tremulantes, órgano tabernario, hojas de sierra temblorosas, alguna pulida slide guitar y mucha disonancia. Y una voz temible, como el lamento de Patti Smith metido en la trituradora, cual Marianne Faithfull anclada en la barra de un bar. Una voz que duele y que alguna vez se permite un capricho, el de conmover. La propia autora define su ruido como jazz punk western blues. Vale, lo que quiera. Al menos es un ruido más soportable que lo que cada poco tiempo insiste en castigar Sonic Youth.

Digamos que hay que estar muy jodido para hincarle el diente a la música de Sandy Dillon, outsider bostoniana crecida como inquilina del mítico Chelsea Hotel. Una vez escuchado puede uno sentirse más jodido. Pero algo elogiable sobrevive entre tanta puñetera brutalidad, sale a flote una emoción grotesca de esos autores que casi nadie nunca conocerá, de quienes se perderán en las redes de su universo sin dejarse explorar por quienes piden al menos un poquito de convencionalidad.

Nota: 6/10

jueves, junio 22, 2006

LIVE IN 22: COVERS, DYLAN COVERS & THE HIGHLIGHTS

¿Qué preferís, lectores y oyentes?: ¿las versiones de vuestras canciones favoritas en voz e instrumentos de otros músicos más bien más fieles a la original, o transformadas con notables variaciones?; ¿os gusta más que un tema conserve su esencia, sentido y estilo cuando lo interpreta otro autor, o que ese autor que no es creador lo haga propio convirtiéndolo a su propio estilo y diferenciándolo bastante del original?

Sugiero este debate a propósito de una actuación reciente que presencié en el Café Ágora de A Coruña, donde un trío local recién formado, The Highlights, rindió admiración y pleitesía a Bob Dylan con un pequeño cargamento de sus canciones. Algunas de ellas mantienen intacta su enorme magia cuando están bien interpretadas y casi todas ellas (por no decir todas) se prestan a ser puestas de nuevo en escena con respeto sincero al sentimiento con que fueron concebidas. Eso mismo demostraron los Highlights, comunión plena con el espíritu Dylan pese a su escaso rodaje como banda. Es personal y consistente la voz de Eduardo, escondido tras sus siniestras y dylanianas gafas negras. Su altura manda en escena y eclipsa la más funcional intervención de sus dos colegas, Borja y Miguel, dylanitas puros. Tres acústicas parecen demasiadas, sobre todo cuando ninguna se desmarca en canciones que lo requieren, abultan y apagan las melodías, aunque la armónica refresca los temas y hace más palpable la devoción con que surge el tributo al legado inmortal de Bob Dylan.

Tengo numerosas versiones de Dylan revestidas por la música de diversos y dispares autores repartidas en discos, algunas como parte de álbumes de homenaje, otras recopiladas por alguna revista musical, otras incluidas en discos propios de solistas o grupos. Me encantan las de los Byrds, quienes más explotaron y pop-ularizaron las piezas folk del autor original en los años sesenta; también las de The Band cuando no compartían escenario con Dylan y el acordeón de Garth Hudson las convertía en caramelos. Richie Havens o Cassandra Wilson imprimen a sus versiones la melancolía natural de sus voces; incluso las más jóvenes Cat Power y Thea Gilmore. Los Hollies las pintan más ingenuas, mientras Ben Weaver o Willard Grant Conspiracy las oscurecen. Y un amplio número de músicos de blues y otro de forajidos del country las llevan a sus terrenos sin apenas alterar el latido de su alma. La música de los cielos no lo permite.

lunes, junio 19, 2006

VOLUME ONE 25: GREENLAND (CRACKER)

Siempre encontré hechuras de gran banda en Cracker. Primero al conectar con ellos gracias al magnífico rock yankee que brota del Gentleman's blues (1998); después al paladear serenamente el más psicodélico y exultante Forever (2002), un disco que merece una y otra lamida de regusto; más tarde al disfrutarlos en directo y ser testigo del radiante y sobrado carisma de David Lowery y Johnny Hickman; y ahora al abrirle un nuevo hueco en la discografía al recién terminado Greenland (Cooking Vinyl), su séptimo álbum en estudio.

Más deudor del Forever que del rústico e irregular Countrysides (2004) y justo tras publicar su primera colección particular de éxitos, Greenland devuelve a la banda que vacila entre el rock de raíces y la jugosa y a menudo chocante pero controlada experimentación rockera. La tristeza y los sentimientos resacosos cubren el nuevo disco de Cracker, compuesto de perlas como Something you ain’t got y Fluffy Lucy que resucitan a Whiskeytown (culpa de ello tiene la templada voz de Caitlin Cary que acompaña a la más enternecida esta vez de Lowery) y pinchazos más eléctricos y macizos como Minotaur y Gimme one more chance, ejemplos evidentes del gusto del grupo por no perder a los cuarenta la osadía de sus días juveniles.
Otras joyas anómalas como Where have those days gone y Sidi Ifny juguetean por el capricho de los sintetizadores a modo de adornos tintineantes y tapices nocturnos, atrevidos gestos de unos Cracker llenos de brillo.
Nota: 8/10

LIVE IN 21: QUIQUE GONZALEZ & THE TAXI DRIVERS

Pues al final fuimos, como dijimos varios posts atrás: junto a la pequeña Ani, Dufresne y la gran Luci compartí noche con la música viva y en vivo de Quique González (sala Capitol, Santiago).

Se ha ganado aplausos cada vez más sonoros, las estrofas cantadas en masa y su nombre coreado, también el insistente y ya vulgar “¡guapo!” desde la audiencia, aunque de guapo tenga lo justo. Es un tipo bastante normal, ni necesita pintarse las uñas o ajustarse un sombrero de copa, ni simular una facha fabricada de macarra perezoso con patillas pobladas, melena despeinada y gafas negras. De esa normalidad surge la cercanía natural de sus canciones, piezas sencillas de rock con acento americano y timbre nostálgico que ya gustan al pijerío que escapa de sus clichés pero no tapa su esencia. Vive y ofrece sus directos sin parafernalia, entregado a los versos de un testigo del paso del tiempo, los amigos añorados y las relaciones perdidas. Anima a la platea con palabras agradecidas, gestos y llamadas a la implicación colectiva y algún simpático monólogo antes de culminar a lo grande una canción (Supermán) y se anima imbuido por las emociones de sus letras y sus ganas por compartirlas.

Sin los pivotes estelares de su formación, los ausentes guitarristas Carlos Raya y David Gwynn, Quique y los Taxi Drivers ofrecieron el sábado 17 un concierto cumplidor en Santiago. La actuación cubrió un coherente repaso a los mejores temas de su discografía, arrancó efectivo con Kamikazes enamorados, alcanzó la cúspide con 1973 y la propia Supermán, descendió con el set en solitario del músico y cerró levantado con Pequeño rock and roll y la subida de aires míticos En el backstage. Le faltó grandeza pero no el agrado de la autenticidad de un artista español que engulle y traduce la música americana.

lunes, junio 12, 2006

VOLUME TWO 18: ANI DIFRANCO. La pequeña gran mujer cantante

(Coincidiendo con el texto número 100 publicado en tribecasessions, cedo la oportunidad de escribir y deleitaros con más pasión musical a uno de los lectores y comentaristas más frecuentes. Bienvenido, Dufresne)

Algunos dicen que toca acústicas muy grandes. Sin embargo, creo que esa es la sensación que produce el hecho de que sea una mujer pequeña. Además de mujer y poquita cosa también es cantante, músico, compositora, freak, feminista, bisexual, activista comprometida, maniática de peinados... Yo voy a dedicar estas palabras a explicar por qué todo ello la ha convertido en una mujer GRANDE en términos artísticos, aunque he de adelantar y reconocer que parto desde ese placer que a uno le produce hablar de alguien a quien admira de forma tan profunda.

Pocos artistas han caminado por el universo de la música de una forma tan independiente y desprendida de cualquier artificio u obstáculo a la libertad creativa y emotiva como ella. Tras haber fundado su propio sello, Righteous Babe Records en 1990, sus 17 trabajos oficiales han sido editados bajo sus directrices, y también lo hará este mes de agosto su álbum número 18, Reprieve, habiendo renunciado ya a varias ofertas de empresas independientes y multinacionales en momentos diferentes de su carrera.

Esta decisión musical a contracorriente, su conocida condición feminista y una más que ambigua vida sexual reflejada en sus textos le han ido asegurando a Ani Difranco un público fiel y emocionado, atraído por esa naturaleza desnuda que emana canciones “porque sí”, “porque esto es todo lo que quiero”. Eso provoca una sensación atípica en sus conciertos, principalmente disfrutados por mujeres que gritan enfervorecidas entre canción y canción, bailan en los temas festivos y callan melancólicas y sentidamente “tocadas” en los temas más intimistas, absortas ante esas “parrafadas” cantadas, habladas o escupidas por esa pequeña mujer de enorme convicción.

Pero por encima de todo, Ani Difranco son canciones, son discos. Nace una Ani, inconformista y minimalista cuyas únicas armas son su voz y su acústica, símbolo y muestra de la originaria música folk americana que corre por sus venas y baña sus primeros trabajos. Su disco más resaltable de dicha época es Imperfectly (1992), en el que con su canción I’m no heroine reniega, al estilo dylaniano, en tono cansado y furioso, de su condición de ídolo o mente guiadora, en este caso de la causa feminista. De ahí pasa a un formato trío en la que, acompañada por Andy Stochansky a la batería y Sara Lee al bajo, luego sustituida por Jason Mercer, da vida a cinco álbumes magníficos: Out of range (1994), Not a pretty girl (1995), el más rockero Dilate (1996), el directo Living in clip (1997) y Little plastic castle (1998), cuya canción del mismo título se convierte en un himno para muchos de sus seguidores. Se aprecia una proyección hacia un folk más abierto azucarado muy levemente por música pop y rock adaptada a su propia naturaleza, a su compromiso con la música de las sensaciones auténticas. Es entonces cuando el tono de sus melodías se oscurece más, su estilo se vuelve ya por completo inetiquetable y sus temas mucho más complicados, ásperos y descorazonadores en Up, up, up, up, up. up (1999), To the Teeth (1999), en el que el jazz llama a su puerta, el mágnifico disco doble Revelling/Reckoning (2001) y Evolve (2003).

Es en este momento en el que deshace su banda, ampliada años atrás por saxos y trompetas que vinieron y se fueron y por Julie Wolf a los teclados, compañera de peripecias vitales desde el 98. Parece entonces más triste que nunca, como si después de varios años temiéndolo hubiese sido definitivamente abandonada por ella misma, por su compromiso, por la situación política que la rodea, y eso se refleja de la peor forma en su incómodo y soporífico disco Educated guess (2004), pero de la mejor en su última esperanzadora poesía musical llamada Knuckle Down (2005).

Una lesión de muñeca la ha tenido fuera de los escenarios durante casi un año y en agosto se editará Reprieve. Esperaré con toda mi impaciencia el nuevo regalo de esta pequeña gran mujer cantante.

PD: Además de todo, Ani nos obsequia por encima de sus pechos con el tatuaje más sugerente de la historia del Rock ‘n’ Roll.

BONUS TRACK 7: NEVER LET ME DOWN (DAVID BOWIE)

Hasta los músicos de primer nivel pierden un poco de su categoría en los 80 (Van Morrison, Emmylou Harris, Neil Young, Iggy Pop, Lou Reed, Dylan...). Contagiados por la invasión electrónica, el imperio del pop en las estructuras del rock y el desarrollo de las nuevas tecnologías de grabación, o desorientados por el avance de fugaces y temibles estilos y corrientes (post punk, new wage, pop melódico, nuevos románticos, tecno rock...) artistas de gran calibre publicaron sus trabajos más aburridos o mediocres en aquellos años. Por eso incluso me resisto a escuchar álbumes de esa década aunque procedan de músicos de habitual confianza. Cayó en mis manos después de aparcarlo varias veces el disco Never let me down, firmado por David Bowie en 1987.

La indiferencia es imposible con Bowie. Algunas de sus obras no pierden su fascinación (Ziggy Stardust, Young americans o el más reciente Heathen), otras acusan su presuntuosa relevancia (Low, Station to station), y casi todas conservan intacto su poder para asombrar, la capacidad natural de un artista que trasciende las etiquetas y que en su grandeza no encuentra comparación. No hay un antes ni un después. Está Bowie y como él, nadie.

Never let me down no fue bien recibido en su día. Casi veinte años después de aparecer, escucharlo permite descubrir muchos más encantos de los esperados. La producción, a cargo del propio Bowie, se aprecia ahora demasiado metálica, sobrecargada de percusión e insistente a veces en las segundas voces femeninas. Saxos y trompetas convierten al disco en un pariente cercano del más memorable Let’s dance. El duque David, Carlos Alomar y Erdal Kizilcay se encargan de casi todos los instrumentos. Aparecen por allí Peter Frampton con alguna guitarra solista y hasta el actor Mickey Rourke rapeando unas frases.

Semejante combinado da como resultado un llamado ‘disco menor’ del artista, aunque salpicado de viciosos cortes (Day-in Day-Out, Zeroes, Bang Bang), también alguna indigna broma (Shining star (makin’ my love)) y unos cuantos temas redondos (Time will crawl, Glass spider). No es imprescindible, pero sí un inesperado sabroso plato de la carta.

jueves, junio 08, 2006

SOUNDTRACK 14: STONED

Como los biopics suelen recoger las vidas de ciertos personajes históricos de distinta relevancia una vez que estos contemplan su huella en este mundo desde el cielo o el infierno, habrá que esperar aún hasta que la resistencia física lo determine para que el cine proyecte la historia más o menos completa de los Rolling Stones. Pero como hace ya unas cuantas décadas que su guitarrista y fundador Brian Jones se bajó del circo, ¿por qué no empezar con él? Así lo ha entendido Stephen Woolley, reconocido productor inglés y financiador de casi todas las películas de Neil Jordan, para afrontar su primer paso como director. Stoned (más bien "pasado" o "colocado" que stone(d) en la traducción) recrea los últimos días en la vida de Brian Jones, el más antipático de los Stones.

Estamos en 1969. Jones vive retirado del mundo en una casa de campo a las afueras de Londres y el único contacto humano que tiene es con su novia y con Frank Thorogood, un modesto constructor que hace unas obras en su jardín. De vez en cuando le visita su mánager acompañado de su novia. De los demás stones no hay rastro, le acaban de despedir del grupo. El músico vive en otra dimensión, solo y vencido por el consumo de drogas. Camina sin rumbo hacia el abismo y en una brumosa noche de julio muere en su piscina de manera sospechosa. ¿Suicido?, ¿accidente?, ¿asesinato? Los días y los años siguientes alimentaron el misterio.

La película de Stephen Woolley, filmada el año pasado y estrenada ahora en algunas ciudades españolas, mantiene las distancias con el personaje. Jones, interpretado de forma convincente por Leo Gregory, no despierta simpatías y aparece dibujado como una rock star en declive, caprichosa y autodestructiva, sin remedio a la deriva. A través de las conversaciones que mantiene con Thorogood, su mánager o su novia y los recuerdos que le asaltan, vamos asistiendo a episodios relevantes en su vida y la de la banda en sus primeros años de éxito y vicios. Es ahí cuando el film ofrece sus bazas más sobresalientes, con idas y venidas en el tiempo (algunas actuaciones, cuando Jones comienza a sentirse apartado en el grupo, su primer encuentro con Anita Pallenberg y su desenfrenada relación sexual antes de que la chica prefiriera saltar a la cama de Keith Richards) y rápidos collages de imágenes a modo de vídeoclip. Stoned gana ahí la viveza que pierde en otras escenas más densas que resaltan el desagrado que produce Jones, un músico más brillante de lo que parecía, víctima de sus vicios sin control y al que sus miserias no logran despertar la compasión del espectador.

Aunque Jagger y Richards parecen no importar a Woolley y los actores que los encarnan no dan la talla, la película es un digno aperitivo para el (seguramente complejo) biopic del grupo más grande de todos los tiempos. Al final del film, durante el célebre concierto de los Rolling Stones en Hyde Park tres días después de la muerte de Jones, unos personajes conversan y pronostican: "Sin Brian esta banda está muerta", augura el más inspirado. "No, todo lo contrario", le replica otro. Cuánta razón.


Si queréis leer otra crítica de Stoned, daos un paseo por aquí, http://www.blogdecine.com/archivos/2006/06/08-stoned-sexo-drogas-y-rock-.php

viernes, junio 02, 2006

VOLUME TWO 17: GOMEZ

Paso página y reaparecen esos temores, la sospecha de un paso atrás, como cuando los Twilight Singers conectan los micrófonos. También acaban de volver a enchufar sus instrumentos los Gomez, muy lejos de las noches de Cincinatti y New Orleans. También despejan mis dudas una vez más al volver a fabricar otro fantástico disco, el séptimo (sexto en estudio) de su insólita e inclasificable trayectoria, How we operate (2006). Subo al autobús y me voy de gira con ellos.

Lees algo de Gomez en una revista, pero en el faldón de una página par, bajo las reseñas de otros artistas a los que sigues más de cerca. Luego les encuentras entre las lágrimas de Angelina Jolie y Ryan Phillippe en la intimidad de la película Jugando con el corazón. O entre las anodinas e insatisfechas vidas de Mena Suvari y Thora Birch en American Beauty. "No está nada mal", dices, y te lanzas a ellos. Compras su disco de debut para empezar, Bring it on (1998)... y flipas.

Porque tienes un rock que no es rock y un pop que no es pop, la pureza plena les limita o les aburre y de ambos ingredientes extraen los chicos un caldo con tanto delicioso sabor a carne como a verdura. Las guitarras no suenan como todas las guitarras, las acústicas parecen más ligeras y las eléctricas más fogosas; variadas percusiones se convierten en decoraciones que oscilan entre la tibieza y la estridencia; soplan brisas de viento inesperadas y relajantes, otras veces rompedoras y estrepitosas; se deslizan juegos sonoros y todo un arsenal de ruiditos caprichosos ensamblados con los instrumentos más convencionales con rigurosa precisión y sin capricho alguno en una lujosa producción; ah, y un par de voces de mando gobiernan más que las colectivas sutilizadas que convierten las canciones en palabras cercanas. Esa agradecida indefinición musical, que entronca con las inquietudes naturales del rock progresivo, queda también expuesta por la alternancia de voces, la más suave (e inglesa, digamos) de Ian Ball y la más sombría pero irresistible (y americana) de Ben Ottewell.

Todo eso lo empezaron a cultivar cinco chavalitos británicos hace diez años. A Bring it on le sucedió una mercancía de primer orden también, con idéntico o muy parecido envoltorio: el no menos espléndido Liquid skin (1999), el más disperso pero alegre Abandoned shopping trolley hotline (2000), compuesto de mezclas de canciones previas y otros temas nuevos, el más lastimero pero emotivo In our gun (2002), el ensuciado y a veces rayante Split the difference (2004) y el ahora novedoso, limpiado y festivo How we operate, el primero que sucede al directo doble Out West del año pasado.

Si tienes curiosidad, no lo dudes. Arriésgate. Date una oportunidad y empieza por el principio.

martes, mayo 30, 2006

VOLUME ONE 25: POWDER BURNS (THE TWILIGHT SINGERS)

No es la primera vez que temo que Greg Dulli se empotre por un empacho de actividad. O que su cosecha musical me induzca a creer que se va a precipitar a un bache por agotamiento. Seguiré pensándolo el próximo año, porque su última producción, la de 2006, de nuevo arropado en los Twilight Singers, vuelve a provocarme una irresistible y gratificante admiración.

Me sorprende y convence por igual. Dulli es como un amante cruel del que no te puedes desprender, un caradura seductor con tanto encanto sexual como poca vergüenza. Ahora ya no es un peón principal de su tropa, es el cerebro de la banda. Los Twilight Singers es Greg Dulli, un voraz autor que a su voz forzada añade sus guitarras, su bajo, teclados diversos, un piano, batería y sintetizadores. De todo ello se encarga él en Powder Burns, cuarto álbum del grupo.

Arde la pólvora, sí. Arden canciones con olor a vicio y color de noche. Detrás de los neones se esconden apetitos sexuales y tipos sospechosos. Suena un rock de ruidosa elegancia, lamento de perdedores al volante, prolongación siniestra de los excelentes Blackberry Belle (2003) y She loves you (2004) con nuevos amigos en la travesía. Seis canciones se reparten los solistas Joseph Arthur y la simpar e incansable Ani Difranco en las segundas voces que musitan bajo el habla gamberra de Dulli.

Cargante a ratos, grave y excitante, dulcificado a gotas, audaz hasta el límite. Así se siente Powder Burns. Siempre una debilidad.

Nota: 8/10

viernes, mayo 26, 2006

VOLUME ONE 24: LIVING WITH WAR (NEIL YOUNG)

Mis músicos favoritos no son divinidades perfectas. Para mí ocupan niveles muy avanzados en el trono de los cielos del rock and roll, pero nunca he sido yo un devoto e inflexible creyente de los que rinden reverencia a cada acto procedente de las alturas. Hasta Neil Young puede patinar en falso y darme un coscorrón en su caída. Ya resbaló varias veces en la dispersa década de los ochenta, aunque desde entonces no me había vuelto a provocar una frialdad tan indiferente con uno de sus trabajos. En menos de un año ha publicado dos discos con material nuevo, el bucólico y ligero Prairie wind y el áspero y pesado Living with war, una arenga directa y enfurecida contra el presidente George W. Bush, un álbum cubierto de odio para el que Young recupera el sonido rugoso y monótono de Crazy Horse pero sin los Crazy Horse y al que incorpora la protesta colectiva de su voz cansada y apagada con el acompañamiento de un centenar de voces de hombres y mujeres americanas que subrayan en muchos versos de las canciones la fuerza del mensaje.

El contenido de Living with war es una denuncia descarnada. Young desnuda las actuaciones de Bush en sus mandatos, en especial su política en Irak, y le condena por enriquecerse con las guerras, por olvidar a los desamparados, utilizar la religión y el miedo para amasar más poder, manipular a la población y arrebatarle su libre y añorado espíritu americano. Por eso después de acusar a Bush de mentiroso, espía y ladrón en el tema Let’s impeach the president, anima a la gente a la búsqueda de un nuevo jefe (blanco, negro, mujer tal vez) en Looking for a leader. El músico ama a su país y utiliza Living with war como un arma sin sangre más para protestar contra los auténticos terroristas de su patria. ¿Obtendrá el resultado esperado? No sé, Springsteen, REM y compañía no lo lograron en su campaña a favor de John Kerry.

Ese discurso queda expresado esta vez por Neil Young con más sequedad en su estilo, con cierto descuido en la producción, apresurada y elemental. Su voz crispada grita más baja y el amaño de coro góspel que la respalda, así como el abrigo sonoro de sus músicos acompañantes (alguno presente en aquellos flojos discos de los ochenta) acaba por resultar repetitiva. Ni siquiera el impulso de un puñado de crudos y agresivos cortes (The restless consumer, Families y los antes mencionados) libran al nuevo disco de Young de su pesada carga.
Nota: 5/10

lunes, mayo 22, 2006

VOLUME ONE 23: GARDEN RUIN (CALEXICO)

En otros posts lo hablamos, conviene rescatar música apartada tras una escucha inicial poco convincente pero sugestiva para darle una segunda ocasión, puede que la definitiva para tener más seguro nuestro veredicto. Así fui saboreando a Calexico, quienes este año causan en mí ese efecto de la segunda y bien merecida oportunidad. Esta vez, con motivo de su nuevo trabajo, Garden ruin, sólo ha pasado media hora entre la primera y la segunda sesión.

Precedido de novedades (el grupo de Arizona da esquinazo a los sonidos mariachi y a los aires fronterizos y prescinde de postales instrumentales), el nuevo disco de Joey Burns y John Convertino y sus chicos bascula entre el género americana estilizado (Yours and mine) y el pop cálido (Lucky dime, Deep down), se contagia de la rica sociedad entablada con Iron & Wine desde el estupendo EP In the reins (los susurros de Smash), y no olvida de forma inevitable las trompetas desérticas que llenan la pictórica canción Roka, decorada por las palabras hipnóticas de Amparo Sánchez, vocalista de Amparanoia.

Garden ruin es el disco más flexible de Calexico, un salto que ni avanza ni retrocede, sino que completa su personal estilo de profundas raíces en la música americana para evitar caer en el estancamiento o la repetición. Los dos temas finales, el hipnótico Nom de plume cantado en francés y empapado del Morricone de los westerns y la enfurecida All systems red, subrayan el acierto con que la banda se retoca y embellece al mismo tiempo.
Nota: 8/10

VOLUME ONE 22: STADIUM ARCADIUM (RED HOT CHILI PEPPERS)

Desproporcionado en cantidad, derbordante de calidad. Un lujo excesivo, una sobredosis magnífica: Stadium Arcadium.

Intuyo que serán más numerosos los contras que los pros que reciba. Es lo que conlleva salir no sólo en la MTV sino en los 40 al principio a todas horas. Es lo que supone que la banda haya ganado más fama en su estatus y guste ahora más a casi todo el mundo (menos a los expertos de pluma alérgica a la actualidad popular) y no a los pocos de antes, de los cuales un gran número ya han renegado. Mis contras se reducen a uno, su desfasada duración, la inexplicable razón por la que los Red Hot Chili Peppers no han recortado su nueva producción a una hora de canciones en lugar de las dos largas que componen el doble álbum con 28 temas Stadium Arcadium; como el Honestidad brutal de Calamaro o el Mellon Collie &... de Smashing Pumpkins, grandes dobles discos con cortes de más. Los pros compensan el sobrecargado minutaje, fundamentalmente porque más del noventa por ciento de las canciones son espléndidas, pleno éxtasis, de las mejores que ha compuesto la banda de Los Angeles desde el célebre Blood Sugar Sex Magik de 1991.

De la gesta sale victorioso, más que nadie, el guitarrista John Frusciante, que además de no perder su clásico desnudo rasgueo funky, añade a sus cuerdas una rudeza poco frecuente en el funk rock perdurable del grupo, cercana a veces a un hard rock emparentado con el de Offspring, y otras veces asea su sonido como si fuera un músico más meticuloso de lo que aparenta ser. Frusciante traza unas vivas y vibrantes espirales sonoras encajadas magistralmente entre las voces agitadas de Kiedis y el manto rítmico hilado por los enormes Flea (¿alguien se atreve a no incluirlo entre los mejores bajistas del universo rock?) y Chad Smith en su precisa y perfecta batería. El simpático single Dani California es una de tantas pruebas, como las alegres Charlie o 21st century y las más siniestras (a tono con la oscuridad general del disco) Torture me, Warlocks, Storm in a teacup y la arrasadora Turn it again.

Pero los Red Hot Chili Peppers no habrían construido semejante gran disco de no ser por el (una vez más) genial trabajo de ingeniería que Rick Rubin lleva a cabo en la producción. Es él el responsable de la versatilidad nada chirriante de Frusciante y de salpicar prácticamente cada tema con brochazos de efectos y ambientes que abrillantan canciones de un disco tan largo como grande.
Nota: 9/10

jueves, mayo 18, 2006

HENRIK LARSSON

Permitidme abrir un inusual paréntesis temático entre tantos discos y películas para rendir espacio, aprecio, honor y placer a una persona que me ha hecho disfrutar tanto como los conciertos más inolvidables que he visto en mi vida o las interpretaciones de cine más sublimes. Por favor, una inmensa ovación para el futbolista sueco Henrik Larsson.

A veces, cuando las cosas te van torcidas buscas refugio en una distracción y te evades a miles de kilómetros de tus preocupaciones dentro de una película de Billy Wilder o de François Truffaut. Otras veces, desanimado por músicas discretas y rutinarias e incapaz de encontrar satisfacciones frescas y gratificantes, hallas cobijo en el sudor que resbala por los rostros arrugados de los Rolling Stones, empeñados aún en no bajarse de un escenario, fieles a su sangre incluso debajo de sus disfraces. Y cuando el fútbol que tanto te gusta pero al que tanto has llegado a odiar por culpa de cientos de factores –externos los más– que lo desvirtuan y manchan su real espíritu deportivo, entonces precisas encontrar consuelo en los profesionales auténticos, en sus actitudes entregadas y plenas de dedicación, en héroes más anónimos que estrellas que no figurarán en las listas de fenómenos más rodeados de laureles, pero a quien tú no cambiarías por nadie, a quien tú admirarás incluso por encima de las leyendas que has llegado a conocer.

Nadie llamará nunca a Henrik Larsson el mejor futbolista del planeta, pero para mí es mi preferido, como lo fue en su día Michael Laudrup. Fallará algunos remates y se trabará al intentar regatear a un marcador, pero siempre compensará la falta de virtuosismo en sus gestos técnicos con un esfuerzo continuo que rebasa el cien por cien, con desmarques rápidos y precisos movimientos, con generosidad en sus apoyos y en el pase, con inteligencia en su juego de espaldas a la portería, con su decisión en el remate... Pocos como él, callado reserva, necesario suplente a los casi 35 años, hombre de equipo con MAYÚSCULAS, saben ganarse un cariño tan ilimitado en la afición, en el buen seguidor de fútbol.

Gracias por la Champions, Henke. Gracias por hacernos creer todavía en el fútbol. Siempre gracias, crack.

lunes, mayo 15, 2006

BONUS TRACK 6: SATUDAY NIGHT FEVER

Cada uno encuentra la fiebre del sábado noche (o la de cualquier noche de la semana) a su manera.

Mi generación tenía cinco o seis años cuando muchos de nuestros padres compraron el cassette o el vinilo de la banda sonora de la película Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977). Habían dejado unos años atrás sus incursiones habituales en las pistas de baile, aunque quizá una vez al mes aún volvían a dejarse danzar bajo las bolas de estrellas al balanceo contagioso y desenfrenado de la ya emergente y entonces consolidada música disco. No pudieron esquivar el impacto que aquel film mitificado con el paso de los años produjo a ambos lados del Atlántico en las horas de ocio de miles y miles de personas. Puede que en el baúl de los recuerdos encontréis arrugadas fotografías de vuestro padre disfrazado cual Tony Manero con el cabello enlacado, un cigarro vacilante colgado en el borde de los labios, las cadenas relucientes alrededor del cuello abierto y el planchado traje blanco brillante sobre un seductor chaleco en un rincón de una perdida discoteca, entre sesión y sesión de baile. A lo mejor aparece en un lateral de la imagen o bien arrimada a vuestro padre una atractiva y sonriente señorita maquillada y enjoyada con los hombros descubiertos y los bajos del vestido a la altura de las rodillas... es la mujer que os trajo al mundo, sí.

Cuando entramos en nuestra primera discoteca ya no quedaban tipos como aquellos. Nueva York quedaba muy lejos, las películas también. Aquí no hay Travoltas, hay productos y mercancía innombrables. Casi treinta años después, las canciones que el actor y sus acompañantes se inyectaban en el cuerpo para no dejar de bailar y ligar durante las ansiadas horas del sábado por la noche conservan todavía su adicción a cualquier hora de la madrugada. Y no sólo los himnos construidos por las gargantas amaneradas de los Bee Gees, cargados de sedosas armonías, ritmos arrebatadores y grititos delirantes. Staying alive, Night fever, More than a woman, Jive talkin’, You should be dancing y la más tierna How deep is your love son cápsulas de baile imperecederas y ya intemporales, pero la banda sonora, una de las más vendidas de la historia de la música –sino la que más– contiene otras piezas de borrachera disco tan vibrantes y mágicas como Open Sesame, If I can’t have you, Manhattan Skyline o la frenética Disco Inferno a cargo de unos también inspirados Kool & The Gang, Yvonne Elliman, David Shire y The Trammps.

Que no pare la música. Que no pare la fiebre.

viernes, mayo 12, 2006

LIVE IN 20: MÚSICAS ATREVIDAS

Tendrá lugar este fin de semana en la sala Playa Club una actuación colectiva con tres bandas que lleva por nombre Retroalimentación ‘06, con el subtítulo de I (Mini)festival de Músicas Atrevidas. He tenido la ocasión de hablar con dos integrantes de sendos grupos coruñeses que participan, Devalo y Triángulo de Amor Bizarro (el otro es los andaluces Sr. Chinarro), y a ambos les he preguntado qué entienden por lo que ellos llaman "música atrevida". Me dieron respuestas parecidas, válidas contestaciones que despiertan el debate.

Que quede claro que el atrevimiento musical que surge de estas tres bandas, una vez tenido mi primer y breve contacto sonoro con ellas, no me convence, es más, me irrita, me aprieta, me incomoda e impulsa a apagar el botón antes de que la mezcla programada (aunque a veces aparentemente aleatoria) de rock cercano al ruidoso kraut rock alemán, la electrónica popera machacona con salpicaduras de jazz y ritmos tecno minimalistas que se apodera de las canciones llegue a su final. A lo mejor es esa la intención atrevida que estos grupos pretenden.

Hoy en día entenderíamos que mucha música que no es popular ni comercial, la que escuchan los llamados 'raritos', que transforma las bases de forma desenfadada, combina elementos de distintas corrientes o estilos y que transmite contradictorias sensaciones (más bien un golpe en el estómago que una brisa en el desierto), es algo así como "música atrevida".
Vale.
Los negros lamentos cantados en los campos de algodón fueron sonidos diabólicos para muchos hombres blancos.
Las caderas danzantes de Elvis fueron gestos lascivos.
Los golpes pirotécnicos de Jerry Lee Lewis a las teclas fueron osadas insinuaciones.
La guitarra enchufada de Bob Dylan fue un infame desafío.
Los efluvios viajeros de Grateful Dead, Love, Moby Grape o Iron Butterfly fueron invitaciones a la experimentación mental.
Los muros sonoros levantados Pink Floyd sofisticaron los métodos de producción.
Los disfraces coloristas de David Bowie le convirtieron en el señor de todas las músicas de un año y disco para otro.
Los festines sinfónicos de Yes, Genesis, ELP y compañía pusieron a prueba la paciencia de los tradicionalistas y destaparon a los puristas.
La rabia urbana de una joven Inglaterra sin perspectivas se tradujo en el vómito sonoro de los Sex Pistols y un puñado de colegas menos terribles.
Los contoneos de pista de baile derivados del soul y el funk llenaron de alegría la vida nocturna.
Esa fiebre trasnochadora vició los ritmos y pintó mucha música y buenos artistas con matices horteras.
Disturbios e injusticias sacaron los arrebatos negros a la calle, entre pistolas y cadenas.
La televisión pintó a los mediocres de anticristos caducos.
Madonna fue virgen después de puta.

Estos ejemplos, creo, representan unas cuantas actitudes musicales y culturales más bien atrevidas, arriesgadas, unas duraderas y otras muertas. Si me pregunto –como hice con los chicos de las bandas coruñesas– , qué es "música atrevida", no puedo más que darme cuenta, a poco que eche un vistazo y una escucha atrás, de que en cada uno de los pasos significativos que ha ido dando la música rock desde sus orígenes no ha hecho sino dar muestras del atrevimiento inconformista y experimentador de una gran parte de sus artistas. Esa mutación constante del rock y del pop, enraizada siempre al curso que va tomando la sociedad y la cultura, enriquece muchas veces el transcurso mismo de la representación artística que es la música y la manera en que lo perjudique o beneficie sólo se entenderá según la interpretación que cada oyente haga de ella. Para satisfacer a admiradores y a detractores (o a los dos al mismo tiempo) no faltarán creadores que no se aparten de los parámetros y esquemas tradicionales, otros los retocarán levemente y otros los transformarán hasta desvirtuar su diseño original y provocar con ello en nuestros sentidos un impacto para nada indiferente.

Todo vale, todo es "atrevido", hasta un concierto de bluegrass en la difunta Studio 54, hasta un festival de hip hop en un garito del desierto de Nuevo Mexico.

lunes, mayo 08, 2006

VOLUME ONE 21: PEARL JAM (PEARL JAM)

Si no fuera por haber crecido y madurado con su música y sus discos, apenas me preguntaría qué me pueden ofrecer a día de hoy Pearl Jam. La expectación, en cambio, está ahí, y por eso me han asaltado unos cuantos interrogantes con motivo del lanzamiento de su octavo álbum de estudio (sin contar la recuperación de sus rarezas), el primero tras su ruptura con Epic para cambiar a Sony. Y ellos, ¿cambian?, ¿aún pueden recuperar algo de la fuerza y el vértigo de sus primeros discos, o continúan instalados en la rutina decente pero algo insípida de sus trabajos recientes?, ¿pueden volver a ser jóvenes o seguir pareciendo unos mayores?

Quizá por haberse mudado de casa e iniciado una etapa nueva Pearl Jam titulan su último disco como ellos mismos, prescinden por primera vez de Brendan O’Brien en labores de mezcla o producción y se lavan la cara sin cambiarse el maquillaje. Tener de nuevo a los primeros rockeros de sus tres discos iniciales es un sueño de otro tiempo, de otra dimensión diría, pero los Pearl Jam de Pearl Jam aún conservan sus ganas de sentirse chicos y lanzarse al público desde el escenario. Ninguna de sus nuevas canciones se parece o alcanzará un impacto en vivo semejante al de Even flow, Jeremy, Animal o Alive, pero persiste en el grupo de Seattle la recobrada voluntad de perder años de seriedad y ganar entusiasmo de juventud. Así (como acierta a situar el mítico y gran Jose), Pearl Jam ocuparía un coherente espacio entre el Vitalogy y el No code.

Y ello se debe a las ganas bien claras que cada uno de sus componentes muestra en el transcurso de las canciones. Los solos de McCready vuelven a adquirir velocidad y alguno se eleva hasta el éxtasis (como en la impresionante canción inicial, Life wasted), los riffs de Gossard son más sucios y pegadizos (Big wave), el bajo de Ament marca más los ritmos (Army reserve), los golpes de batería de Cameron llenan los temas de agresividad (World Wide Suicide) y la voz de Vedder escupe nuevos gritos coléricos que parecían perdidos.

Hay garra y énfasis en Pearl Jam, hay también tranquilos descansos, idílicos por ejemplo en Parachutes y dolidos en Come back. Hay incluso inesperados cambios de ritmo y dirección que, si cabe, pretenden ser la nueva cualidad que define gran parte de sus canciones. Y sí, Pearl Jam siguen siendo una gran banda. Yo seguiré queriendo mermelada de perlas.
Nota: 8/10

viernes, mayo 05, 2006

GREATEST HITS 10: I’M THE OCEAN (NEIL YOUNG)

Como preludio del inminente lanzamiento del nuevo disco de Neil Young, una arenga directa y combativa a que Bush Jr. abandone la poltrona del malpoder de la que el maestro nos brindó ya un adelanto, se le ocurrió al bueno de Jose pedir que la cadena de música del Tribeca vomitase otro manifiesto del canadiense perpetrado allá por el ecuador de los noventa, I’m the ocean, incluido en el sublime álbum Mirror ball, que los ahora desmejorados Pearl Jam engrandecieron como banda de acompañamiento.

En aquellos días muchos lo aventuramos, que I’m the ocean tenía sangre inmortal, un vigor sin fecha de caducidad, una huella incrustada en el cemento. Tan cierto fue entonces como ahora, diez años transcurridos desde que Neil Young montase a lomos de su océano y lo hiciese cabalgar a lo largo de siete intensos y imparables minutos.

Guardada la distorsión, las guitarras conjuntadas de Gossard y McCready y la batería insistente de Jack Irons orientan en línea recta y sin detención un intenso tema de carretera desierta que Young convierte en un manifiesto de su independencia ("la gente de mi edad no hace las cosas que yo hago, van a alguna parte mientras yo me escapo contigo"... "estoy flotando porque no me ato al suelo") salpicado de imágenes oníricas, censuras a la rutina y al conformismo y rebosante de la libertad de un caballo loco sin jinete.

"Estoy en un carril equivocado
intentando girar contra la corriente.
Soy el océano,
soy la resaca gigante"

Un océano hasta la eternidad.

miércoles, mayo 03, 2006

LIVE IN 19: CHRIS HILLMAN

La música es sentimiento, ¿verdad? Rabia, alegría, ira, combate, preguntas y respuestas, enfado, euforia, rebeldía, bienestar, dolor, amistad... La música es emoción. Para quien está delante y para quien está debajo enfrente, a ambos lados de la guitarra. ¡Qué fácil es ser bueno, sencillo y grande! Llega una guitarra y una mandolina. Una voz añeja y con buena salud, dos valen también. Un buen oído y la imaginación conducen a la magia.

Una pradera. Un caballo. Una camioneta. Camisa vaquera. El cabello encanecido. El flequillo perdido. Un bigote cordial. Una granja. Trabajo en el campo. Un vaquero en la montaña. The Byrds. California. Juegos de voces suaves. La taberna el sábado por la noche. Cervezas y tequilas. Una jukebox. Hickory wind. El amanecer desde la ventana. El atardecer desde el porche. Stephen Stills. Mr. Tambourine. Turn! Turn! Turn! Los dedos gruesos cabalgan el mástil corto. Trémulas las cuerdas. Se alarga la voz y festeja el aullido. “No vas a ninguna parte”. Nadie te espera. Solo en la carretera. Easy Rider. Bob Dylan.

Chris Hillman un martes de mayo por la noche en el Playa Club de A Coruña. ¡Qué fácil es ser bueno, sencillo y grande!

VOLUME ONE 20: SUBTÍTULO (JOSH ROUSE)

Cuando esperas que un disco sea bonito porque los anteriores de su responsable conservan un encanto perdurable una y otra vez que los escuchas, y te encuentras con que el nuevo trabajo rebasa las expectativas y alcanza un grado más alto de hermosura sin transformar para nada sus líneas maestras... entonces agradeces que tipos como Josh Rouse mantengan el ritmo y el tono, que bañen su melancolía de brisas optimistas una vez al año y llenen su discografía de maravillas relucientes como Subtítulo, su producción de 2006, la sexta de estudio de este joven de Nebraska, alabado posts atrás en Tribecasessions.

Su reciente matrimonio y su traslado residencial a España, al Puerto de Santa María en concreto, rodean la gestación de Subtítulo, un menú de canciones veraniegas, literatura sencilla y voces cálidas, instrumentación clara y entornos pacíficos, melodías para disfrutar en las terrazas bajo un manto de sol y rodeado de las voces risueñas de las chicas en bikini y el rumor de las olas surferas, aceitunas patrias o helados derretidos.

Las caricias musicales de Josh Rouse, con Brad Jones de nuevo en los controles y las teclas y apoyado por sus pocos músicos de confianza, pertenecen a otra época, se cargan de sensaciones inusuales y se reciben como un bálsamo contra el estrés entre los ruidos de estos tiempos. El bienestar de su vida en otro ambiente se percibe en los tres cortes iniciales, Quiet town, Summertime e It looks like love y el reposo se apodera de La Costa Blanca, El otro lado o la más mustia Jersey Clowns. Un frescor delicioso. Sólo le achaco sus escasos 33 minutos.

Nota: 7/10