Nada hay más grave que la muerte. Y sobre esa gravedad el cine y la televisión, muchas veces, han querido aportar una capa de levedad, ofrecer una mirada desdramatizada, una sonrisa frente a la tragedia sin más pretensión que la de asumir con entereza la vida que aún tenemos por delante aquellos a los que aún no nos ha llegado la hora de marchar. Veo dos series inglesas estos días, dos comedias, unidas por ese vínculo mortuorio, en concreto por cómo afrontar la recuperación por la pérdida de quien más queremos: Mum y After life.
Vamos con Mum. Cathy, una deliciosa Lesley Manville (vista en El hilo invisible), pierde a su marido y trata de recomponer su vida junto a su hijo algo simple y bonachón; la novia de éste, una joven demasiado ingenua que comete un estropicio con solo abrir la boca; su hermano calzonazos y su nuera clasista y repugnante; sus suegros soeces en eterna bronca; y su amigo Michael (Peter Mullan), el mejor amigo de su esposo, en el fondo enamorado de ella. Seis capítulos por temporada, cada uno en el transcurso de un día en un mes concreto del año. La torpeza y el desagrado de sus personajes crea incomodidad, de esa con la que estás riendóte al mismo tiempo, y la historia avanza con el detallismo y la ternura adecuadas para darte cuenta de que la compañía es la mejor medicina para los golpes más fuertes de la vida.
Seguimos con After life, la última creación de Ricky Gervais, al que la ficción le convierte en un viudo permanentemente afligido por la soledad en la que se ha quedado. Los paseos con su perro, el consumo de drogas y su aburrido trabajo en un periódico local de una pequeña población inglesa no son consuelo para su personaje, hecho a medida para Gervais, proclive a soltar cualquier opinión cruel sin importarle el daño causado. Incorrecto y sagaz siempre, me encanta Ricky, y me emociona también. Pero en esta serie, también de seis episodios, tengo la impresión de que se ha quedado corto en su acidez, que puede más el drama que la comedia pese a sus rendijas de esperanza. Bonita pero escasa, inferior a todo lo demás (Extras, The Office, Life's too short y Derek).
viernes, marzo 22, 2019
martes, marzo 19, 2019
VOLUME ONE 496: GRENADES (KAIA KATER)
Hace poco el banjo de esta joven me invitó a ir más allá del impacto inicial; sabía que el flechazo no sería de una sola noche. En lo que escribí sobre ella hace casi dos años (lo que me sugería y transmitía, el peso de sus raíces, la intuición de su alcance) me ratifico hoy con otro álbum en su carrera, con el banjo menos a mano esta vez y con una propuesta más depurada. Hay dos temas que me agarran en Grenades (Folkways Smithsonian, 2018): New colossus y especialmente Grenades, en el que me encante bucear. Bajo, batería, teclado y guitarra se alían entre un mar de caricias para hilvanar canciones de sutileza penetrante, por las que la voz sedosa y algo distante de Kaia Kater se desliza entre doliente y compasiva. El resto, con dos fragmentos hablados, baja de altura sin desmerecer el conjunto.
Nota: 7/10
Nota: 7/10
sábado, marzo 16, 2019
DANGER SOUND
Me parece curioso, sin ánimo de reproche, advertir cómo algunos músicos que en el momento en que surgieron o explosionaron apelaron a la aspereza de su rock para convertir en (efímera) tendencia la escasez instrumental o la contención expresiva (con cierta furia y efectivo impacto), pasado un tiempo han acabado rendidas a la incorporación a sus nuevos trabajos de capas sonoras que en su día eran impredecibles. Apuestas, por cierto, que no ensombrecen el conjunto de su obra, sino que la abrillantan, opino. Me apoyo en dos ejemplos para apuntar esta evolución, discutible si se quiere, en ambos casos con la presencia del mismo factor: Danger Mouse.
Porque el músico y productor neoyorquino está detrás de los últimos cuatro trabajos de The Black Keys y del álbum en solitario de Karen O, vocalista de la banda Yeah Yeah Yeahs. Una cualidad que tenían en común estos grupos cuando empezaron fue su parquedad, un sonido óxido y sin adornos que resultaba también cautivador. ¿Era art rock, o una nueva ola de punk rock aquello que salía de Rubber factory o Fever to tell? Llámese como se quiera. ¿Son art rock también discos como El Camino o Lux Prima, esta la obra de este año que firman Karon O y Danger Mouse?
Los Black Keys han prolongado su carrera de forma inteligente, con renuncias a esencias originales o, en todo caso, maquillajes resultones, con lo que han ganado presencia y público y seguramente perdido gran parte de la antigua audiencia que los había venerado y hoy tacha de vendidos. La chica, por su parte, cada vez con más lustre y finura en los álbumes de su banda, ahora se viste de sofisticado enigma para poner voz a un álbum atmosférico, no redondo, envuelto en psicodelia electrónica al que Danger Mouse ha sabido dotar de misterioso clima.
Porque el músico y productor neoyorquino está detrás de los últimos cuatro trabajos de The Black Keys y del álbum en solitario de Karen O, vocalista de la banda Yeah Yeah Yeahs. Una cualidad que tenían en común estos grupos cuando empezaron fue su parquedad, un sonido óxido y sin adornos que resultaba también cautivador. ¿Era art rock, o una nueva ola de punk rock aquello que salía de Rubber factory o Fever to tell? Llámese como se quiera. ¿Son art rock también discos como El Camino o Lux Prima, esta la obra de este año que firman Karon O y Danger Mouse?
Los Black Keys han prolongado su carrera de forma inteligente, con renuncias a esencias originales o, en todo caso, maquillajes resultones, con lo que han ganado presencia y público y seguramente perdido gran parte de la antigua audiencia que los había venerado y hoy tacha de vendidos. La chica, por su parte, cada vez con más lustre y finura en los álbumes de su banda, ahora se viste de sofisticado enigma para poner voz a un álbum atmosférico, no redondo, envuelto en psicodelia electrónica al que Danger Mouse ha sabido dotar de misterioso clima.
martes, marzo 12, 2019
VOLUME ONE 495: GOLD IN A BRASS AGE (DAVID GRAY)
Números redondos: en 25 años David Gray ha llegado a la decena de discos con Gold in a brass age (Iht Records, 2019). Su música, con leves desniveles pero siempre alentadora, me mantiene próximo a él, y si graba algo nuevo le dedico mi tiempo con atención porque estoy convencido de que en la superficie o por debajo encontraré un fulgor de excitación. De su último álbum me agradan no pocos detalles; quizá el que más, la capacidad para crear frágiles texturas de pop con elementos un tanto desconcertantes (percusiones secas, finos caprichos sonoros con teclado) sin perder de vista una marca de identidad autoral que no es tan proclive a la experimentación. Se advierte en este disco una expresividad aparentemente contenida que fluye latente en formidables canciones (The sapling, Hall of mirrors, Hurricane season), como si el músico reservase fuerzas para llevar sus temas a momentos culminantes. Es un David Gray distinto que no deja de ser el mismo. Y que vuelve a ser estupendo.
Nota: 8/10
domingo, marzo 10, 2019
BONUS TRACK 205: LADY'S BRIDGE (RICHARD HAWLEY)
Repasando canciones que tenía grabadas por aquí y por allá, encuentro aislados de sus discos algunos temas de Richard Hawley. Más de una vez he tenido que recrearme en álbumes de este músico inglés para percatarme de cuánta calidad propagan, en especial aquellos que desvelan el perfil más elegante de su repertorio, el aire 'crooner' en que descansa su música, como se ha escrito a menudo y con acierto. Lady's Bridge (2007), su cuarto disco, está en este grupo. Hawley, de raíces familiares musicales, llenó este trabajo de referencias a su Sheffield natal con una colección de canciones suspendidas en el tiempo, como flotando en una niebla que se niega a salir de locales cargados de humo o a permanecer para siempre en húmedas calles donde siempre es de noche. Richard canta despacio y mima sus cuerdas en un ejercicio de seducción intrigante y contagiosa, como refrenda ese maravilloso tema final, The sun refused to shine.
viernes, marzo 08, 2019
miércoles, marzo 06, 2019
LIVE IN 227: HARTAZGO DE QUEEN
Uno asume que el mundo moderno y sus poderes de comunicación e influencia descargan con mayor o menor insistencia aquello que se impone, de lo que se habla o de lo que hay que hablar, de lo que no te puedes perder, llámese Netflix o Inditex, los goles de Ronaldo o de Messi, el procés o la nueva política, Rosalía o Queen. O nos dejamos tragar por la fuerza de la ola o salimos del mar y nos quedamos al borde de la orilla. Ahí en los márgenes trato de mantener yo con muchas de estas corrientes, que de tanto explotarse producen hartazgo. Y con Queen me harto.
No llegaré a repudiar Queen, en cierta medida fueron parte de mi aprendizaje musical y creo que algo les debo, un poquito de mi formación. Pero hoy el grupo (prácticamente desde que Freddy Mercury nos dejó y comenzó la maquinaria comercial de la marca Queen la obra y figura de su líder y de su banda por todas partes) es un producto del que he acabado distanciado tremendamente. Dos detalles.
Conviene escuchar un disco entero de Queen para apreciar la calidad de las canciones que se quedaron por detrás de sus grandes éxitos machacados sin piedad en competiciones deportivas, publicidad o películas. He hecho la prueba con News of the world, álbum de 1977 que contiene piezas mucho más satisfactorias que las dos con que arranca, We will rock you y We are the champions. Otro detalle: el reciente biopic sobre Mercury, esa flojísima película en la que la pretendida emoción/compasión que persigue solo asoma en alguna representación de sus canciones, Bohemian Rhapsody, contribuye a acentuar el rechazo que hoy (creo) muchos dedicamos a esta banda magnificada.
viernes, marzo 01, 2019
VOLUME TWO 94: DAN AUERBACH & EASY EYE SOUND
Estoy atento a lo que lleva su nombre: Dan Auerbach. E Easy Eye Sound merece desde luego un cercano seguimiento. El músico y productor, certero muchas veces dentro y fuera de The Black Keys, errático otras (con la formación The Arcs, a la mesa en aquel mal álbum de Ray Lamontagne, Supernova, creo que se titulaba), comanda el sello discográfico Easy Eye Sound, radicado en Nashville. A su amparo nos está descubriendo y promocionando a un elenco de músicos poco conocidos que en el pasado y en la tradición hallan sus fuentes de inspiración y cierto anhelo de recuperar imágenes vintage. Además da empleo bajo el mismo techo a veteranos músicos de sesión que han dado cuerpo a obras y éxitos de Johnny Cash, Dusty Springfield o Elvis. Quienes ya he tenido el gusto de conocer, aún pocos, me están pareciendo estupendos, lo que me anima a no perder de vista los productos con la estampa de Auerbach.
Robert Finley y Yola, por ejemplo, han grabado con Dan en Easy Eye Sound. Sus discos, Goin' Platinum! (2017) y Walk through fire (2019) respectivamente, nadan en blues grasiento o se tumban relajados sobre olas tranquilas de ese cóctel sugerente en el que se funden sin pelearse el country y el soul. Y son muy buenos trabajos: en el primero se nota la identidad sonora de su productor, en el segundo apenas, como ya pasaba en el propio último álbum de Dan, Waiting on a song, con el que inauguró su propio sello. Shannon Shaw, Sonny Smith, Dee White o Leo Bud Welch son otros autores que ya han pasado por el estudio y a los que acabaré echándole el lazo.
Robert Finley y Yola, por ejemplo, han grabado con Dan en Easy Eye Sound. Sus discos, Goin' Platinum! (2017) y Walk through fire (2019) respectivamente, nadan en blues grasiento o se tumban relajados sobre olas tranquilas de ese cóctel sugerente en el que se funden sin pelearse el country y el soul. Y son muy buenos trabajos: en el primero se nota la identidad sonora de su productor, en el segundo apenas, como ya pasaba en el propio último álbum de Dan, Waiting on a song, con el que inauguró su propio sello. Shannon Shaw, Sonny Smith, Dee White o Leo Bud Welch son otros autores que ya han pasado por el estudio y a los que acabaré echándole el lazo.
miércoles, febrero 27, 2019
GREATEST HITS 220: REAL GONE KID (DEACON BLUE)
En un par de días tocan Deacon Blue en mi ciudad. Guau, los Deacon Blue. Yo creía que se habían disuelto. El caso es que estuvieron separados un par de periodos de unos cuantos años, pero aún graban discos con cierta frecuencia y siguen girando. Y aquí están tan cerca, y es posible que me acerque a verlos. Porque si agarro una de sus canciones me trae inocentes recuerdos y días empañados. Me gusta mucho aquel disco del 89, When the world knows your name, el segundo de los de Glasgow. Y esta canción, Real Gone Kid, con su vigor luminoso, me encantaba y me sigue encantando. Y es probable que cuando suene en el concierto y Ricky Ross y Lorraine McIntosh salten y se abrecen yo me vuelva a sentir como un niño.
lunes, febrero 25, 2019
SOUNDTRACK 226: VIGGO Y BALE
Dejé hace
tiempo de interesarme por los Oscars, de seguir una gala que me juntaba con
amigos de madrugada, de conceder equivocadamente más valor a las películas que
aspiraban a los premios principales que a muchas otras de las que la farándula
de Hollywood se había olvidado de nominar, y, en definitiva y más allá, de magnificar las evasiones
que el cine nos ofrece desde sus orígenes. Este año tampoco habrá Oscars por mi
parte, aunque no puedo evitar mirarlos de reojo, en los días anteriores, cuando
veo una película en la que actores y actrices que me gustan merecen nominaciones.
Me gustaría mucho que en unas horas ganasen el Oscar al mejor actor Viggo Mortensen o Christian Bale.
A Viggo, con
el paso de las películas, lo sitúo en el grupo de actores mayúsculos que
aparentan esforzarse poco para resultar convincentes y transmitir complicidad con el espectador. Good,
The road, Promesas del Este y Captain Fantastic me parecen
interpretaciones suyas formidables, tanto como la que dibuja a su personaje en
el film Green book. Aquí el actor, que ganó peso y absorbió el habla y los modos de los italianos residentes en el Bronx, vuelve a entusiasmar con una sonrisa, con un giro en la mirada o solo con la manera de caminar. Viggo Mortensen tiene el carisma de quien conduce la película entera para que al final te quede el recuerdo de ella porque él estaba al frente del reparto.
Otro que engordó, todavía más kilos, ha sido Christian Bale, quien me ha asustado más de una vez con las transformaciones a las que somete su cuerpo con esa asombrosa facilidad para en un mismo año ser el fornido Batman o un traumático esqueleto. Bale, de la mano de una habilidosa dirección, la de Adam McKay, se impone admirablemente en El vicio del poder convertido en ese maquiavélico gobernante en la sombra que fue Dick Cheney. El maquinista ofrecía una de sus mejores actuaciones, o American Psycho, o The Fighter, por la que ya ha ganado el Oscar este actor que me seduce tanto como me intimida.
miércoles, febrero 20, 2019
GREATEST HITS 219: SAIL AWAY (DAVID GRAY)
Añoro las grandes canciones que una vez compuso David Gray. Me aparecen a una distancia más lejana de lo que en realidad están: tanto como 1993 (Shine o Birds without wings en su álbum de debut); o 1999 (todo el disco White ladder, que decoraba aquella bonita película que era El amor de este año); incluso en 2005 Life in slow motion contaba con alguna pieza que estaba a la altura de las de aquellos trabajos. Desde entonces el bueno de David se ha agrisado un poco, con discos dignos pero sin pegada. En marzo tendrá otro en el mercado que, me temo, no regresará a aquellos años de jovial inspiración. Hoy rescato Sail away, de 1999, interpretada hace muy poco y todavía emocionante.
martes, febrero 19, 2019
SOUNDTRACK 225: HEARTS BEAT LOUD / RITMOS DEL CORAZÓN
Un padre a punto de cerrar un negocio que es más que un negocio: su tienda de discos. Una hija que se enamora poco antes de marcharse al otro extremo del país para empezar la universidad. La música que los une más allá de las barreras que distancian sus edades, sus gustos y su relación con los instrumentos. Vender música, crear música. Una fuerza junto a la otra, los lazos que hacen hablar las emociones. Con estos dos personajes, un par de secundarios con cierto encanto (no del todo aprovechados) y muy pocos escenarios (esa tienda llena de vinilos que acabará sus días vendidos a dos o tres dólares), se levanta Hearts beat loud (Ritmos del corazón), esta modesta película que nos recuerda que el poder de la música se expresa en acciones y relaciones cotidianas, en situaciones al límite que nos hacen fuertes como personas, ayer cuando mirábamos adelante y mañana cuando añoraremos lo que dejamos atrás. Vedla si podéis.
Ella remueve entre los discos y saca Rain dogs, de Tom Waits. "Papá, no puedes desprenderte de esto".
Ella remueve entre los discos y saca Rain dogs, de Tom Waits. "Papá, no puedes desprenderte de esto".
viernes, febrero 15, 2019
BONUS TRACK 204: DISINTEGRATION (THE CURE)
Esta es la cumbre de The Cure, la cima de su popularidad y el compendio de sus mejores canciones. Su creciente eco desde los primeros años ochenta como bandera de un post-punk de mensajes de huida y seductora sordidez crearon una amplia cadena de seguidores por todo el mundo y el culmen creativo de la banda británica se encuentra en Disintegration (1989), un álbum empujado por el pesadillesco tema (y videoclip) Lullaby, la fuerza hipnótica de Pictures of you o el pop adhesivo de Lovesong. El resto del disco se mueve entre la bruma de su arrebatadora ensalada de teclados y el brío misterioso de sus bajos y guitarras, siempre causando la sensación de que la música se va a hacer pedazos o a fundirse con el aire. Wish y The Cure fueron trabajos posteriores que no estaban nada mal, pero para mí el magnetismo de Robert Smith y los suyos ya había perdido atracción.
Este post, motivado por la entretenida lectura de las irregulares memorias de Lol Tolhurst (Cured. The tale of two imaginary boys, publicado por Malpaso), me reencuentra también con una antigua parte de mí, la de aquellos días de vinilos en los que desgastaba sin descanso el tocadiscos de casa, en una adolescencia que perfilaba mis gustos musicales, pasajeros unos, como resultaron ser The Cure, y a las puertas de que me atrapasen muchos otros.
Este post, motivado por la entretenida lectura de las irregulares memorias de Lol Tolhurst (Cured. The tale of two imaginary boys, publicado por Malpaso), me reencuentra también con una antigua parte de mí, la de aquellos días de vinilos en los que desgastaba sin descanso el tocadiscos de casa, en una adolescencia que perfilaba mis gustos musicales, pasajeros unos, como resultaron ser The Cure, y a las puertas de que me atrapasen muchos otros.
miércoles, febrero 13, 2019
VOLUME ONE 494: BOBBIE GENTRY'S THE DELTA SWEETE REVISITED (MERCURY REV)
La esfera de quebradiza psicodelia con que Mercury Rev envuelve su música, como si sus canciones pasaran por una máquina de lavado que las recarga de abalorios ruidosos en lugar de depurarlas, nunca me ha convencido, y eso que he gastado esfuerzos en este grupo. Otro esfuerzo más es el que dedico a su última propuesta, atractiva sobre el papel, frustrante de nuevo en la práctica. Porque aunque trece voces femeninas poco o nada próximas a las esencias evasivas de la banda hayan reinterpretado medio siglo después las doce canciones del estupendo segundo álbum de Bobbie Gentry, The Delta Sweete, de 1968, el experimento empaña cualquier brisa del disco original para que prevalezca la espesa capa en que se diluye la música de Mercury Rev. Uno querría que de algún modo cercano Hope Sandoval, Norah Jones, Marissa Nadler, Laetitia Sadier o Lucinda Williams le devolviesen desde el tributo a la fresca voz y figura que fue Bobby Gentry. Pero no, Mercury Rev lleva la revisitación a sus dominios, digno desde luego pero decepcionante.
(Ejemplo de álbum revisitado que escapa de las fronteras de su modelo sin desmarcarse de su poderosa intensidad interior es en cambio la recuperación que David Rawlings, Gillian Welch, Emmylou Harris, Steve Earle o Kris Kristofferson, entre otros, hicieron del Bitter tears (1964) de Johnny Cash en Look again to the wind, de 2015)
Nota: 4/10
(Ejemplo de álbum revisitado que escapa de las fronteras de su modelo sin desmarcarse de su poderosa intensidad interior es en cambio la recuperación que David Rawlings, Gillian Welch, Emmylou Harris, Steve Earle o Kris Kristofferson, entre otros, hicieron del Bitter tears (1964) de Johnny Cash en Look again to the wind, de 2015)
Nota: 4/10
domingo, febrero 10, 2019
VERSIONES
En estos días de fiebre y exaltación desbordada parece que revivir una vieja canción de amor o desamor con hechuras y esencias cercanas pero distintas, adaptada a nuevos consumos de concepto e imagen y explotada hasta la extenuación, se vende como un hito. Lo nunca oído. Excepcional. Extraordinario. Es gratis convertir una interpretación en magisterio, cuando escasean los maestros. Ayuda y mucho que el derroche de promoción se arroje sobre quien bucea en el pasado para presentarse como monarca del presente. Otros dignos versioneadores no llegan a los telediarios ni a los debates de entendidos, no sacan del olvido a los autores originales en reportajes bien arreglados para que den el beneplácito 'buenrollista' a quien tributa. Penosa la versión, por cierto. Si unos se rinden a sus pies, otros se agachan para contener fugas del estómago.
Puestos a regresar a cuando no nos crispábamos tanto, Matthew y Flo no fueron tan profundos y sí frívolos, con un impulso ingenuo de nostalgia, para reinterpretar Grease, de la película Grease, que incluyeron en su disco de versiones de 2017 Gentlewoman, Ruby man. No es para tanto, desde luego, pero yo sí digo bravo.
Puestos a regresar a cuando no nos crispábamos tanto, Matthew y Flo no fueron tan profundos y sí frívolos, con un impulso ingenuo de nostalgia, para reinterpretar Grease, de la película Grease, que incluyeron en su disco de versiones de 2017 Gentlewoman, Ruby man. No es para tanto, desde luego, pero yo sí digo bravo.
jueves, febrero 07, 2019
BOOTLEG SERIES 71: JESS MORGAN
Ya saben que me gusta remover en todas partes y que más pronto que tarde salen a la superficie, cuando menos te lo esperas, joyas de los baúles de la música. Nombres y sus canciones que ayer nunca había oído y a los que ahora ya puedo seguirles la pista para comprobar si merece la pena continuar más tiempo sobre sus raíles. Me invita a ello esta mujer de Norwich, Jess Morgan, hoy ya conocida gracias a una colección de temas (Everything I did last year, 2019) después de sus cuatro primeros discos y otros tantos EPs. Suena limpia, nada novedosa pero de una cercanía que desprende honradez. Y te deja en suspensión. Prueben.
lunes, febrero 04, 2019
BONUS TRACK 203: STOLEN MOMENTS (JOHN HIATT)
No por sabido deja de sorprender. Rescatas cualquier álbum, ni el más dorado ni el más apagado de entre la extensa discografía de un músico de confianza, y te encuentras con un trabajo que reafirma tu admiración y cariño por ese autor, alguien que hace de su infalibilidad el mayor de los méritos. Con John Hiatt me veo en apuros para desechar obra, porque nada sobra. Puede más en su trabajo el sello de la regularidad que la distinción de sus álbumes sobresalientes. Me paro en un disco que me faltaba, radiante al precio de una libra recién llegado de Londres, y me dejo encarrilar por Stolen moments (1990). Esto es es tan bueno como maravillas que Hiatt dejaba atrás (Bring the family) y que vendrían pronto (Perfectly good guitar) y mucho más adelante (Master of disaster). Este es el segundo álbum de Hiatt producido por Glyn Johns, al que presta percusión y guitarras su hijo y después ingeniero a los mandos Ethan Johns. Y como cada entrega del de Indianápolis hay canciones para correr contra el viento y levantarse para flotar (Real fine love, Seven little indians, Child of the wild blue yonder).
sábado, febrero 02, 2019
VOLUME ONE 493: THE IMPERIAL (THE DELINES)
Desde la tienda y la marca Rough Trade y su selección mensual de tesoros musicales gestados en el ámbito de la independencia, llega esta acertada recomendación. Son The Delines, que celebro conocer en estos tiempos ávidos de conectar con nuevas figuras dignas de atención. The Imperial (Decor, 2019) es el segundo disco de esta formación de Portland, un álbum que tardó en rematarse lo que duró la recuperación de su vocalista, Amy Boon, de un serio accidente de circulación. La acompañan músicos de oficio, entre ellos miembros de Richmond Fontaine. La unión de unos y otros en este trabajo apacible ofrece una sedosa sesión de romance entre folk-rock y soul, con pedal guitars que flirtean sin adornos con serena música de viento, un mensaje de serenidad abrigado por la voz calmosa de Amy. Crece.
Nota: 7,5/10
Nota: 7,5/10
jueves, enero 31, 2019
VOLUME ONE 492: WHAT WILL WE DO (LULA WILES)
Bajo el paraguas de la Americana se protegen músicos de todo perfil que con un pie en la raíz de la música folk y country y otro en la adaptación contemporánea de las mismas desarrollan dispares carreras. Hay muchos nombres en la sombra y en segundas y terceras filas, figuras con destellos que pronto se apagan y ejemplos de creciente madurez y consolidación. Hoy me detengo en Lula Wiles, un trío de voces que en su primer álbum, What will we do (Smithsonian Folkways Recordings, 2019), airean el vínculo a la tradición sin renunciar a sonidos más actualizados. Cuerdas de suave balanceo para el reposo de canciones de profunda huella. Hoy son una incógnita bien recibida.
Se han ganado mi confianza con su estreno. Será que me sugieren una relación de cercanía pura, tres amigas que estudian juntas y se entregan a la música unidas, en pequeños escenarios desde Boston y de paso por festivales de verano. Isa Burke, Eleanor Buckland, Mali Obomsawin. A veces noto a Gillian Welch en ellas, o a Whiskeytown, o a The Be Good Tanyas. Acaban de llegar y aún parecen algo tímidas; si esconden su reserva auguro mejores entregas.
Nota: 7,5/10
Se han ganado mi confianza con su estreno. Será que me sugieren una relación de cercanía pura, tres amigas que estudian juntas y se entregan a la música unidas, en pequeños escenarios desde Boston y de paso por festivales de verano. Isa Burke, Eleanor Buckland, Mali Obomsawin. A veces noto a Gillian Welch en ellas, o a Whiskeytown, o a The Be Good Tanyas. Acaban de llegar y aún parecen algo tímidas; si esconden su reserva auguro mejores entregas.
Nota: 7,5/10
domingo, enero 27, 2019
LIVE IN 226: CHUCK & CHARLIE Y LOS STONES (VIGO, 2019)
El
rock es ante todo una fiesta, una celebración. Despojado de sus
ambiciones y horizontes trascendentes, en su sentido inmediato y actitud
más pura, el rock and roll se vive para celebrar un estado de euforia y
de comunión entre el músico y su público. Y eso, fiesta, euforia y
comunión, se vivió (lo viví) en La Iguana de Vigo con Chuck Prophet, Charlie Sexton y The Rolling Stones. Están de gira por el país junto a un bajista y un baterista para rescatar el disco Some girls de los Stones, grabado hace 40 años. Chuck y Charlie entran en la esencia del álbum y lo tocan entero, sin orden, con unos temas más de Jagger y Richards como colofón (Brown sugar, Star star y Jumpin' Jack Flash) para llevar su homenaje a la apoteosis.
Lo bueno de todo, ya digo, es que la pareja de músicos se lo pasan en grande y se lo hacen pasar a los demás con casi hora y media de rock and roll de toda la vida, ardiente y carnal, en este paréntesis que han hecho en sus carreras para juntarse y vestirse de los Stones. Por eso, más que con algún tema o momento en concreto mejores que otros (que los hubo), me quedo con la satisfacción que Chuck y Charlie y sus prodigiosas guitarras tan bien entrecruzadas como lo estaban las de Keith y Ronnie, exhibían en la apretada sala, a medio metro de quienes estábamos delante. De eso se trata también, de que veteranos como ellos sigan siendo, ellos mismos, jóvenes poseídos por la excitante fuerza vital del rock.
Lo bueno de todo, ya digo, es que la pareja de músicos se lo pasan en grande y se lo hacen pasar a los demás con casi hora y media de rock and roll de toda la vida, ardiente y carnal, en este paréntesis que han hecho en sus carreras para juntarse y vestirse de los Stones. Por eso, más que con algún tema o momento en concreto mejores que otros (que los hubo), me quedo con la satisfacción que Chuck y Charlie y sus prodigiosas guitarras tan bien entrecruzadas como lo estaban las de Keith y Ronnie, exhibían en la apretada sala, a medio metro de quienes estábamos delante. De eso se trata también, de que veteranos como ellos sigan siendo, ellos mismos, jóvenes poseídos por la excitante fuerza vital del rock.
jueves, enero 24, 2019
VOLUME ONE 491: GOES WEST (WILLIAM TYLER)
Lo que a menudo pasas por alto se te aparece más adelante en campo abierto para disfrutar en plenitud. La música guarda en su vasta jungla miles de prodigios a los que no llegamos, o en los que no nos fijamos, hasta que un día nos tropezamos con ellos para liberar la admiración. Me acaba de pasar con William Tyler. Este hombre fue guitarrista de Lambchop y Silver Jews, bandas de las que aprecio algún trabajo pero a las que no acompaño. Desconocía esta vinculación. Tyler tiene discografía propia y su más reciente album, de este año, es Goes West (Merge Records, 2019). Me dejo poseer en sus diez temas, todos instrumentales, y en los que mete mano otro guitarrista excepcional como Bill Frisell y un productor que me encanta como Tucker Martine, por un apacible remolino de delicadas cuerdas acústicas, puestas aquí al servicio de líquidas atmósferas y territorios que llaman a ser explorados en soledad. Una invitación introspectiva a echarse a un lado, a tomarse un respiro y no pensar en nada más.
Nota: 7/10
Nota: 7/10
martes, enero 22, 2019
GREATEST HITS 218: THIS IS LOVE (PJ HARVEY)
A esto lo llamo autoridad. Saber domar tu guitarra y explotar tu imagen, intimidante y arrebatadora a la vez. Basta un fondo blanco y un enredo de cables sobre los que moverse, salirse de cuadro y dar la espalda. Un riff directo que se lanza a por ti y te atrapa. El escote desnudo bajo la chaqueta, vicio en los labios, pecado en el cabello. Atrévete a tocarme y quédate con esto. Es amor. Esta es mi mejor PJ Harvey.
domingo, enero 20, 2019
SOUNDTRACK 224: BLAZE
El tercer largometraje dirigido por Ethan Hawke, Blaze, se detiene en Blaze Foley, un nombre en letra pequeña dentro de la música country americana, un inadaptado en el olvido. Con las memorias escritas de la pareja del músico como soporte, Hawke no apuesta por el biopic ni de corte convencional ni proclive a la inventiva, quizá porque no hay mucho en la vida de Blaze digno de que el cine lo recuerde a través del formato biográfico, sino por un homenaje íntimo, con crudeza y desesperanza, que sí trata de dignificar los sueños truncados de un forajido del country y el folk que no supo buscarse la suerte y dejó este mundo con un disparo en el pecho en 1989, antes de cumplir 40 años.
Hay cosas que me gustan en Blaze. El enfoque y los ángulos con que paseamos por algunas vivencias y desventuras del músico, a través de los recuerdos de sus amigos más íntimos, uno de ellos Townes van Zandt, o de la propia memoria de Blaze en sus últimos conciertos en garitos de mala muerte, cuando vuelve atrás para añorar los días en que vivía con Sybil en la profundidad de la naturaleza, en una casa en mitad del bosque. El tono crepuscular del relato, que lo sitúa en ambientes dignos del universo fracasado que tan bien retrataba John Huston (por momentos me acuerdo de su obra maestra Fat City). La dirección convincente de Ethan Hawke, certero cuando se pone romático, pese a dedicarle demasiado tiempo a los sollozos de Blaze y a dejarse llevar por algunas luces y filtros preciosistas. Y sobre todo el reparto, con Ben Dickey como Blaze transmitiendo hastío y desamparo, nostalgia y arrepentimiento; Alia Shawkat como Sybil, y el músico Charlie Sexton, espléndido como Van Zandt.
Pero hay también algo que no me gusta: el propio Blaze, un tipo autodestructivo vencido por el alcohol y el descontrol, agrio aunque se le quiera cubrir de bondad. Años después de su muerte se ha ensalzado en círculos menores la figura olvidada de Blaze Foley, músico triste y amargo al que en mi opinión no le hacía falta una buena película como esta, en el fondo una historia de amor.
Hay cosas que me gustan en Blaze. El enfoque y los ángulos con que paseamos por algunas vivencias y desventuras del músico, a través de los recuerdos de sus amigos más íntimos, uno de ellos Townes van Zandt, o de la propia memoria de Blaze en sus últimos conciertos en garitos de mala muerte, cuando vuelve atrás para añorar los días en que vivía con Sybil en la profundidad de la naturaleza, en una casa en mitad del bosque. El tono crepuscular del relato, que lo sitúa en ambientes dignos del universo fracasado que tan bien retrataba John Huston (por momentos me acuerdo de su obra maestra Fat City). La dirección convincente de Ethan Hawke, certero cuando se pone romático, pese a dedicarle demasiado tiempo a los sollozos de Blaze y a dejarse llevar por algunas luces y filtros preciosistas. Y sobre todo el reparto, con Ben Dickey como Blaze transmitiendo hastío y desamparo, nostalgia y arrepentimiento; Alia Shawkat como Sybil, y el músico Charlie Sexton, espléndido como Van Zandt.
Pero hay también algo que no me gusta: el propio Blaze, un tipo autodestructivo vencido por el alcohol y el descontrol, agrio aunque se le quiera cubrir de bondad. Años después de su muerte se ha ensalzado en círculos menores la figura olvidada de Blaze Foley, músico triste y amargo al que en mi opinión no le hacía falta una buena película como esta, en el fondo una historia de amor.
jueves, enero 17, 2019
VOLUME ONE 490: REMIND ME TOMORROW (SHARON VAN ETTEN)
El aclamado álbum Are we there (2014) me puso en contacto con Sharon van Etten. Descubrí a una autora cómoda en paisajes etéreos por los que su música penetra y se expande, hábil terreno en el que desnudar emociones y ganar adeptos. Repetir escuchas conseguía que calase aquel disco. Me gustó, y también el trabajo que le sucede cinco años después, Remind me tomorrow (Jagjaguwar, 2019), de nuevo superior cuanto más tiempo se le dedica. ¿Por qué? Porque Sharon, de voz relajada e intrigante, se mantiene fiel a ella controlando la incorporación de capas a sus canciones, con más trucos atmosféricos vía sintetizador. O porque entre los diez temas hay unos cuantos de seductora fuerza (Comeback kid, Seventeen, You shadow). Le auguro nuevas aclamaciones a esta chica lista.
Nota: 7,5/10
Nota: 7,5/10
BONUS TRACK 202: REACTOR (NEIL YOUNG & CRAZY HORSE)
La bipolaridad / multipolaridad de Neil Young le ha dado un reconocimiento como autor, emblema y referente musical al que no siempre le ha acompañado una valoración justa de sus trabajos más deficientes, al menos criticables. En los años ochenta está su bache más profundo, cuando cada disco parecía estar grabado con un humor distinto, como si a su responsable no le convenciese nada de lo que hacía y diera un giro radical a su registro en el álbum siguiente. Ahí están disparates como Trans y Landind on water o fruslerías como Everybody's rockin' y Old ways, trabajos erróneos a los que, admito, tengo cariño. Reactor (con un punto entre las sílabas), de 1981, no es de lo peor de esa década dispersa de Young, aunque sí es ejemplo de esa faceta sucia y tosca que empapa su música. Recuerdo que un conocido al que le faltaba este disco para completar la discografía del canadiense me había advertido de que Reactor era muy duro. Diría, tiempo después y tras una escucha recuperada, que el álbum respira una dureza más bien tibia pero propaga desvaríos zafios (T-Bone, Shots) entre un repertorio discreto con poco salvable (Southern Pacific, Rapid transit). Neil volvería a abrir otras grises etapas de caprichos años más tarde.
lunes, enero 14, 2019
SOUNDTRACK 223: HERRMANN Y HITCHCOCK
Me han entrado unas ganas tremendas de volver a ver todas las películas de Hitchcock, sobre todo aquellas para las que Bernard Herrmann compuso su música: Vértigo, Los pájaros, Con la muerte en los talones, El hombre que sabía demasiado, Psicosis...
Pongo el play en el presente: acabo de ver el documental Hitchcock Truffaut, que recrea la elaboración de la entrevista que el cineasta francés le hizo al británico en los años sesenta y luego se convirtió en libro, imprescindible para todo cinéfilo y aconsejable para todo lector.
Rebobino: aquellas (y muchas) películas de Hitchcock las vi más de una vez después de que TVE las emitiese hace muchos años, cuando en ciclos presumía de una gran programación cinematográfica. El libro lo leí hace 25 años, aún conservo su edición de bolsillo.
Avanzo: he escuchado una selección de piezas de Herrmann para films de Hitchcock y de Truffaut, y de Welles, de Mankiewicz, de King, de De Palma y de Scorsese. Su música hipnotiza y avasalla, se derrite en melancolía y explota en señales de riesgo. Sí, es obra de genio.
Herrmann tenía mucho de genio: maniático, solitario, depresivo, agrio, obsesivo (quizá un genio también se muere justo después de tras terminar la música que le puso a Taxi Driver). Por eso era ideal para la perfección narrativa y estilística de las películas de Alfred Hitchcock, otro Artista (subrayo la mayúscula) genial.
Nadar sobre las aguas de la música de Bernard Herrmann, bucear bajo sus espesos mantos de lirismo y fiebre violenta, es entregarse al embrujo poderoso del cine. Es bella y deseable, pero siempre advierte de que acechan peligros en sus notas.
Pongo el play en el presente: acabo de ver el documental Hitchcock Truffaut, que recrea la elaboración de la entrevista que el cineasta francés le hizo al británico en los años sesenta y luego se convirtió en libro, imprescindible para todo cinéfilo y aconsejable para todo lector.
Rebobino: aquellas (y muchas) películas de Hitchcock las vi más de una vez después de que TVE las emitiese hace muchos años, cuando en ciclos presumía de una gran programación cinematográfica. El libro lo leí hace 25 años, aún conservo su edición de bolsillo.
Avanzo: he escuchado una selección de piezas de Herrmann para films de Hitchcock y de Truffaut, y de Welles, de Mankiewicz, de King, de De Palma y de Scorsese. Su música hipnotiza y avasalla, se derrite en melancolía y explota en señales de riesgo. Sí, es obra de genio.
Herrmann tenía mucho de genio: maniático, solitario, depresivo, agrio, obsesivo (quizá un genio también se muere justo después de tras terminar la música que le puso a Taxi Driver). Por eso era ideal para la perfección narrativa y estilística de las películas de Alfred Hitchcock, otro Artista (subrayo la mayúscula) genial.
Nadar sobre las aguas de la música de Bernard Herrmann, bucear bajo sus espesos mantos de lirismo y fiebre violenta, es entregarse al embrujo poderoso del cine. Es bella y deseable, pero siempre advierte de que acechan peligros en sus notas.
miércoles, enero 09, 2019
BONUS TRACK 201: REVIVAL (GILLIAN WELCH)
En su larga carrera musical, T Bone Burnett ha sido mecenas de un lote de buenos artistas a los que ha promocionado o producido en sus primeros pasos. Su espaldarazo le da a uno seguridad y a la vez exigencia, lo convierte en principio en un nuevo chico o chica en la ciudad a quien tener en cuenta; en sus manos estará después cultivar una digna carrera. A mediados de los noventa el músico metió a Gillian Welch en el estudio para su primer disco, Revival (1996), junto a su compañero de cuerdas, inspiración y escenarios David Rawlings. Una y otro, con sus reposadas guitarras acústicas y algún ronquido eléctrico, dominan este álbum frágil y cristalino, que refuerzan con delicadeza estilistas veteranos como Greg Leisz, Jim Keltner y el propio Burnett. Guarda hoy una áspera ternura este hermoso disco, con piezas artesanales enraizadas en el country y el blues, canciones para noches frías como las de estos días a la luz de la hoguera.
lunes, enero 07, 2019
MÚSICA PARA "AGARRAR CON LAS MANOS"
Leo esta expresión en un artículo de prensa esta mañana. Música para "agarrar con las manos", a propósito de una pequeña semblanza de las tiendas de discos a las que los musiqueros acudían hace décadas en sus viajes a Londres para aprovisionarse de álbumes que en España no se vendían. Dejo la nostalgia para otro momento. Pero vuelvo a Londres, o miro a Londres más bien, donde Dufresne, en sus rutas por las charity shops y las tiendas de saldos ha contribuido en los últimos meses a aumentar nuestras pertenencias musicales. Ayer me empaquetó varios discos que le había pedido (y alguna sorpresa) entre sus regalos. Discos que hoy son baratos, pero que para mí valen demasiado. Y los tuve agarrados en las manos, notando su peso y sintiendo su valor. Música que ocupa las manos y, desde ahí, entra en nosotros con el más directo de los placeres cuando sacamos el disco de la caja. Muchas gracias.
sábado, enero 05, 2019
BOOTLEG SERIES 70: THE CACTUS BLOSSOMS
Por esta sección pasaron hace poco dos hermanas oxidadas en blues bajo el nombre Larkin Poe; hoy lo hacen los hermanos Jack Torrey y Page Burkhum, de Minneapolis, que forman el dúo The Cactus Blossoms. Country y folk son la sangre que les da aliento, con la dosis justa de nostalgia por lo clásico y una sutil ilusión eléctrica que los hace próximos. En 2016 grabaron su primer álbum, con la producción y el empuje de JD McPherson. Yo los encuentro a punto de publicar el segundo, Easy way, colección de muy bonitas canciones. Sus guitarras son tranquilas y las voces fluyen mansas, con un leve espíritu de los Everly o los Louvin Brothers en el repertorio, aunque reinstaladas en el siglo XXI. No olvides el ayer.
miércoles, enero 02, 2019
GREATEST HITS 217: DEADLY VALENTINE (CHARLOTTE GAINSBOURG)
En recuerdo de la amenísima aventura de su padre Serge, convertida en el libro Elefantes rosas, de Felipe Cabrerizo, su hija Charlotte nos saluda en el comienzo del año. En detalle para Luis, por haberse emocionado tanto con esta adhesiva canción y su hermoso vídeo. Marca Gainsbourg.
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