Lo siento, ya no nos entendemos. Lo que me ofreces ya no me atrae, no es como cuando éramos jóvenes, cuando nos llevábamos tan bien y pasábamos tanto tiempo juntos. Yo era muy cariñoso contigo y no hacía más que pensar en ti y a ti te gustaba que te mimara tanto. Te quería más que a nada. Pero todo se marchita y ese desgaste no se puede reparar. Me aburres, no me dices nada, no encuentro respuestas en ti. La vida tiene estos ciclos. Ya no hay más sesiones en la sala, no para mí. Quizá algún día nos volvamos a encontrar, a ver qué ocurre entonces.
Me bajo una vez demás del tranvía de la rutina para sumergirme en otra tierra desconocida. Me llevo poco equipaje para soltar los enchufes, cargar de kilómetros las piernas, madrugar y acostarme temprano, sentarme a ver las cosas y personas pasar y no tener nada en qué pensar. Sólo me acordaré de ti todos los días.
Frente a la mentira y el adorno, la autenticidad. La de Mark Lanegan. Se basta él solo, si acaso con el apoyo de un socio nada más colgando una guitarra acústica, para silenciar a mil personas en una gran sala de música, la Capitol de Santiago este 18 de mayo. Un personaje. Un tipo armario, de negro y callado, que canta a oscuras con una mano al micro y la otra al soporte en el que descansa, que arquea un hombro u otro como si tuviese hormigas en las tripas y masculla como intentando recordar la letra antes de abordar la canción. Y penetra en ella con la voz profunda e impecable. Entra y sale gastado del escenario, esconde un par de agradecimientos, aplaude al colega cuando lo presenta y se marcha pronto. Una hora y cuarto, lástima, yo aguantaba más, desde luego. Pero estuvo fantástico, ahondando en el Field songs o recordando a los Screaming trees, con On Jesus’ program o Resurrection song. Soberbio, un grande. Uno más al que ya puedo tachar. Bravo.
Hace tiempo nos flipaba su pose, su maquillaje, las gilipolleces que decían sobre convertir a su público y cambiar el mundo (o al menos la forma de verlo e interpretarlo). El tiempo lo ha estropeado todo, hasta aquella música estridente y desafiante. Ahora todo aquello no es más que patético, ridículo, un ejercicio pueril de experimentación caprichosa. No eran más que mocosos que ahora se ríen de lo que vivieron. Ahora un tipo con nombre de galán de telenovela aparece atado en el desierto, llorando por un amor que no puede alcanzar, acaba desatándose, rompiendo objetos contra paredes y debemos pensar que esto es rebeldía, dolor, pena y esas chorradas que la música convierte en canciones olvidables. Venga ya. Ligas bañadas en sudor. ¿Qué nos ofrece el sonido de la música? Nada. Me cuesta reconocerlo. Nada. Por mucho que se empeñe en lo contrario el autor más auténtico del último callejón. Ojalá tuviera otras palabras.
Es generalmente reciente la costumbre de acudir al catálogo de otros autores para actualizar el repertorio propio. Los discos de versiones, con todo el listado de temas ajenos reinterpretado, ya no son una rareza. Unos artistas son demasiado fieles a sus fuentes y otras se deciden a transformarlas, con fidelidad o desvirtuándolas, según le pida la inspiración al firmante. Paul Weller tiene también su cover album. Ahora que me decepciona su material más actual, tanto 22 dreams (2008) como Wake up the nation (2010), me distraigo mejor con trabajos anteriores como Heavy soul (1997) o Studio 150 (V2, 2004), su disco de versiones. La materia prima es demasiado bueno como para estropearla, así que lo tenía fácil el británico para rendir cercana fidelidad (Birds, Early morning rain) o variar la apariencia original (Close to you, All along the watchtower). Dos temas de funk y soul como The bottle, de Gil-Scott Heron, y Hercules, de Allen Toissant aunque más popular en la voz de Aaron Neville, mejoran todavía más el conjunto bajo el fiable prisma de Weller. Muy recomendable para el que descubra tarde esta colección de versiones.
En los versos de las canciones reposan las verdades evidentes. Como que “te soñé, vi tu rostro” o “vi un ángel, vi mi destino”. Pocas veces las decimos con nuestras palabras; ¿pensamos acaso que no parecen naturales salidas de nuestra boca, que así no hablamos cara a cara cuando llega el momento? Las llevamos dentro, las sentimos vivas aunque las guardemos, quizá preferimos oírlas acompañadas de suaves adornos y tiernas voces. Tom Petty nos regalará pronto un nuevo disco con sus Heartbreakers. Ojalá nos alegren los días con canciones como ésta.
Disco a disco, año tras año, me van gustando más The Black Keys. Se han metido hace poco a colaborar en un álbum con diferentes artistas del rap, y con eso no comulgo, la verdad, pero enseguida han vuelto a faenar por el océano de su rugosa textura con un nuevo trabajo, el sexto, Brothers (Nonesuch, 2010). Y como el mismo grupo, me gusta más escucha tras escucha. Es que Auerbach y Carney convierten lo escaso en sensación abundante. Su aparente economía instrumental no es tal cuando a la percusión y al guitarreo austero le añaden picante y queso rayado, un poquito de especias de soul y blues o una pizca de ambient y gospel. Aunque se hace un punto largo el disco, no desmerece ningún tema de este Brothers que hermana esencias musicales bajo el prisma sucio (sólo aparentemente) y seductor de The Black Keys.
Esta canción me acompañó en los años en los que la adolescencia empieza a dar paso a la madurez, justo antes de tomar en serio la exigencia de las responsabilidades. Estaba en la Universidad, estudiaba lo justo, me divertía un poco más de lo necesario y fui dando los pasos en línea recta, al fin y al cabo. Allí estaban Oasis, resucitando iconos y enemistándose con sus contemporáneos, orgullosos de ser una banda más odiada que admirada, asqueados entre ellos, o al menos siempre dando la impresión de que a todos quienes les escuchábamos nos perdonaban la vida. Pero tenían unas cuantas pedazo canciones los cabrones. Y una de ellas era Wonderwall, incluida en el disco (What’s the story) Morning Glory? (1995), cuyos acordes, frases, melodías y guitarreos aún ahora evocan los contornos borrosos de alguien a quien una vez quisimos. Nueve años después Ryan Adams se sacó de las entrañas una versión que supera a la original, que ya es difícil. La encajó en el álbum Love is hell (2004). Y me sigue poniendo los pelos de punta.
(No pienses que esto es un anuncio de la tele ni que habla una voz argentina)
Este es un disco único, tiene una música para desconectar. Para aliviar una pena o para apretar un dolor. Para conducir de noche. Para cruzar la carretera. Para formularte preguntas que no tienen respuesta. Para no dejar de pensar en lo mismo y no poder borrarlo de la cabeza. Para averiguar quién eres. Para comprender a los demás. Para un día y para toda la vida. Para reencontrarte con un amigo. Para romper con tu pareja. Para reconciliarte. Para sentirte una mierda. Para salir a flote. Para amar. Para odiar. Para perderte. Para encontrarte. Para todo. Y más.
Tu voz al otro lado derrite tu ausencia. Mi paciencia estaba esperando a que las horas corriesen deprisa y las cenizas del volcán te dejasen tomar tierra, acercarte a casa, alcanzar tu cama, dormir lo que puedas y volver a mirarme delante, verme reflejado tan pequeño en tus ojos. Me he acordado de tus gestos en este instante, y en este otro, ahora, antes, después, de todos cuantos me hacen comprender el sentido de la belleza. Me has hablado, has llegado, me emociona decir que es una alegría oírte y me basta con que todo siga como siempre. Una palabra tuya y te he visto desde el otro lado.
La música, entre otras muchas cosas, es eso que tanto nos gusta, lo que excita nuestras emociones y mima las sensaciones. Lo que nos traslada a una burbuja de ensueño. Ella es eso, pegada a su micrófono, meciendo su cintura y bajando las pestañas, haciéndose la alumnita saltarina, engatusando a mocosos y profesores y dando un saltito antes de perderse por el pasillo del instituto. La de guapas que hay en el mundo pero lo bien que sabe mirarla, soñar que a ella la probamos como si lamiéramos un helado o chupáramos una gominola. La sonrisa del verano envuelta en una música preciosa.
Con el tiempo, autores en grupo o en solitario de este corte, aunados en eso que se llamó o se sigue llamando ‘americana’ (corriente a la que incluso bandas españolas pueden adscribirse), me cansaron prontamente. Me pareció que aquello que tuvieron que decir en su día, o que continuar, no tenía sustancia alguna, se consumía y se evacuaba sin provocar ganas de repetir. Una brisa efímera fue lo que produjeron bandas como Whiskeytown, que además duró poco, cinco años y tres discos largos. Este disco, el último de ellos, podría ser un pariente bastardo de algunos que firmaron grupos como Wilco o The Jayhawks. Me gustó mucho en su momento. Estos días lo he recuperado a precio de saldo en un fugaz viaje a Discos Revolver. Ryan Adams ya había grabado en solitario y estaba terminando su mejor trabajo, Gold. Con Pneumonia (Lost Highway, 2001) su grupo llegó al final de su camino para dispersarse y variar de aventuras. Tiene alguna frivolidad (What the devil wanted, Paper moon) y temas realmente buenos (The ballad of Carol Lynn, Listen to the rain, Don’t be sad, Easy hearts). Pero… como se dice, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Los últimos pasos de The Wallflowers anticiparon, en mi opinión, el estancamiento de propuestas musicales, por eso los tres discos siguientes a su mejor trabajo, Bringing down the horse (1996) son simplemente olvidables. Los primeros álbumes de su solista, Jakob Dylan, confirmaron la impresión que me dejó la decadencia de la banda, que detrás de la voz había sólo alguien que se sabe acompañar muy bien pero con un talento discreto, nada fuera de lo común y que, por culpa de su apellido, presagiaba no pocas virtudes. A lo mejor es que esa voz con tendencia al susurro me parece un quejido o un relato demasiado gris. Y lo que hace Jakob Dylan no recibe por ningún lado algún rayo de luz.
En su primer disco le produjo Rick Rubin y aburrió a todo cristo. En el segundo, Women + Country (Columbia, 2010), lo hace T Bone Burnett, quien escudado muy bien por gente como Jay Bellerose, Marc Ribot, Greg Leisz y Neko Case y Kelly Hogan en las voces, consigue evitar el tedio. Lo que me parece es que Jakob no da mucho de si, que a sus canciones (muy aceptables algunas de ellas) les falta sentimiento y que ni el mismo se encuentra muy a gusto con un poco de country por un lado y algo de desfile de New Orleans por otro. Me cuesta saber hacia dónde apunta el hijo.
Hoy me gusta el cine. La peli puede ser mala, o nada del otro mundo, que no es el caso. Es distinto. Porque estoy en el cine. Esa es la clave, que estoy en el cine, pero no como otras veces. Y la película es la leche de buena. Siempre tendremos a Polanski. Y a Hitchcock. El silencio nos envuelve, la piel es tímida, me acerco al oído, no hay nada que quiera tener tan cerca. Abriga el cuero y suena el calzado en la acera. Nos vemos mañana. Pocas otras cosas quiero ver.
Esta música me lleva al verano, a la playa, me sabe a helado, se pega a mi piel como salitre. Cuestión de emociones. Por eso este disco es fantástico. Zooey Deschanel y M. Ward, She & Him con su segundo capítulo de pop refrescado, Volume Two (Merge, 2010). Canciones coquetas, melodías inocentes. Viaje al pasado y sueños eróticos. Surtido de delicias cocinadas al aire libre, puras y desnudas: Thieves, In the sun, I’m gonna make it better, Sing…. Un dúo de fábula que me vuelve loco.
Otra canción monumental de la cosecha. Un temazo en toda regla, un tema grande de banda grande, agigantado en directo en un espacio discreto y acogedor, una cabina de fiebre. Donde Levon Helm ha construido sus estudios, abrigados de la nieve por la madera limpia y cálida. Un graderío, unos simples asientos, el vaho del rock and roll cubriendo la estancia. Y estos tipos delante, muy grandes, músicos con letras mayúsculas a los que los elogios les van quedando pequeños cuanto mayor es el éxtasis que alcanzan sus canciones. Been a long time (waiting on love) es el último gran tema de The Black Crowes, presente en su último trabajo, Before the frost (Silver Arrow, 2009). Y los que le quedan en los años que vienen…
Algunos ya han dejado de sorprenderme aunque no se aparten de sus líneas de estilo, las que me gustaron entonces pero me parecen estancadas ahora, como demuestran Fun Lovin’ Criminals con su último disco. Es un ejemplo. Un caso contrario es el de Clem Snide, con el séptimo álbum a cuestas sólo un año después de haber perpetrado el magnífico Hungry bird. Ahora The meat of life (429 Records, 2010) se presenta como un hermano menos sombrío y con un calado menos profundo que el trabajo anterior, pero igualmente exquisito e inmaculado. El grupo de Eef Barzelay recobra consistencia en su formación después de algunos tumbos recientes entre su personal. Este disco se pega en el oído en cada ocasión que transcurre limpio y sigiloso, con esa voz nostálgica de Eef al servicio de temazos preciosos como Denise, Te meat of life, Stoney, With nothing to show for it o Anita.
Esta es una de las pocas canciones que puedo escuchar hoy en día de Queen sin que me parezca estar viviendo en otra década, aunque tenga tanta facilidad el tema para trasladarme a mis años mozos, a los primeros vinilos, a la radio escuchada hasta las tantas de la madrugada, a mis esfuerzos por aprenderme algunas letras en inglés de memoria. Esta me la supe al dedillo. Under pressure la compusieron Bowie y Mercury juntos en 1981, aparece en el álbum Hot space, del que no recuerdo absolutamente nada que no sea este tema. Estos días la ha rescatado gracias al poderoso directo de Ben Harper y su nuevo grupo, Relentless 7 en el disco de este año Live from the Montreal International. Ese animal que es Harper y su cruda y contundente banda consiguen que Under pressure, en sus voces e instrumentos, no pierde nada del carisma y la nostalgia con que fue bautizada hace casi treinta años.
Como no me vienen a la cabeza últimamente las palabras precisas (o eso creo) y atravieso una incómoda y desconcertante etapa de pereza pero no quiero dejar abandonado este cuaderno que ya empieza a acumular años, decido esta vez juntar en una entrada un breve comentario sobre dos discos de hace poco tiempo que he escuchado en los últimos días. Y me han gustado, los he tenido que saborear con no sólo en una escucha. No me distraigo: Reservoir (Atlantic, 2009) de los londinenses Fanfarlo, y The living and the dead (Anti-, 2008), de la texana Jolie Holland. A los primeros los he descubierto tras esa inquietante cubierta con dos adolescentes de gesto y pose terroríficos. En su sonido grueso y profusamente arreglado se juntan Beirut y Sufjan Stevens, bien compenetrados en canciones my bien elaboradas y de emoción creciente. De Jolie, cofundadora de The Be Good Tanyas, no me gustaban los anteriores álbumes, pero este es otra cosa, es liso y sutil, cálidamente atmosférico por el efecto de sus colaboradores, Jim White, Marc Ribot y M. Ward. Dos discos buenos y bonitos.
Define la Real Academia Española: “En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos”. Depende del momento. En este momento… hay piel rasurada, tacones altos y botas hasta las rodillas, comida resbaladiza, incisivos separados, coletas de colores, tobillos desnudos, ropa de gimnasia, tatuajes en el cuello, una perla en la nariz, dimensiones compensadas o desequilibradas, aliento a manzanilla con limón. No me sirve nada. Sólo tal como eres. Tu concupiscencia.
El otro día localicé un programa de blues en una emisora musical y aproveché el tiempo que me ocuparon mis obligaciones caninas para recuperar la esencia primitiva y hechizante del blues a través de las piezas originales de varias canciones versionadas por los Rolling Stones. Y rescaté también, días después, a una intérprete de blues moderno que a su vez recuperó o a los Stones, con su You got the silver como arranque de su disco Hope and desire (Verve Forecast, 2005). Hablo de Susan Tedeschi. Una mujer muy interesante, diestra guitarrista dotada de una voz contundente y personal, esposa de Derek Trucks, aventajada autora de la escena bostoniana desde que era una adolescente.
Había escuchado antes dos trabajos de Susan, el primero y el último, el estupendo Just won’t burn (1998) y el inferior Back to the river (2008). Hope and desire, su cuarto álbum, se beneficia admirablemente de la abrigada producción de un maestro como Joe Henry (desconocía hasta la fecha esta asociación de músicos) y destila un poderoso brío de blues, soul y gospel armoniosamente cocinado en la carne de otras versiones de artistas como Bob Dylan, Jerry Merrick, Otis Redding, George Jackson o Iris DeMent. Es un disco lujoso y hermoso, un acompañamiento caluroso para el frío exterior e interior.
Unas pocas películas me han hecho salir contento del cine este año y Crazy Heart, Corazón rebelde, es una de ellas. Jeff Bridges, con su presencia imponente y unos trazos de personaje entrañable y memorable, es el principal responsable de que este film simple y comedido, amable y reservado, se gane un profundo aprecio, superior al que también merecen obras dignas de mayores elogios de otro tipo. Pero esta es la historia de un cantante de country en decadencia, descuidado y a la deriva, incapaz de sopesar la idea de sentar la cabeza y cuidarse hasta que aparece en su vida una mujer, y no una mujer cualquiera. Y este argumento me tira demasiado, simplemente. No le pido otra cosa.
Bridges se acaba de llevar un Oscar a su casa absolutamente merecido, incuestionable, el premio a toda una carrera plagada de buenas interpretaciones incluso en flojas películas, y alguna actuación, como esta, sublime, conmovedora. Su Bad Blake es una piltrafa con un corazón de oro, rebelde pero cansado en el escenario, reacio a seguir escribiendo canciones hasta que se da cuenta de que la posibilidad de que ocurra un milagroso giro en su existencia bien merece convertirse en una nueva canción. El descaro de su lengua, el cansancio de sus palabras y la conformista tristeza de sus ojos descubren un personaje al que Jeff Bridges confiere un dramatismo enternecedor. Enorme trabajo de un actor muy grande.
Me resisto a pensar que los cds van a desaparecer, por eso los compro cada cierto tiempo, no tantos como quisiera, aunque últimamente son pocos los que me apetece comprar. Ahora quiero gastarme la pasta en aquellos de Dylan que me faltan en formato original, muchos de ellos a muy buen precio y reeditados recientemente. Tengo algunos en vinilo, otros guardados en alguna parte en cassete, la mayoría en cd (incluso en colecciones entregadas por periódicos), y algunos de estos todavía copiados con sus carátulas fotocopiadas. Ahora de lo que tengo ganas (será a porque sólo me puedo fiar de las divinidades) es de tenerlos todos como se nos ofrecen en las tiendas. El otro día compré The Freewheelin’ (y John Wesley Harding y Desire), el segundo álbum de Bob Dylan, un disco de hace casi 50 años, de 1963.
Su portada es una ternura: el chico recién llegado a la ciudad, ella, Suze Rotolo, agarrada a su brazo izquierdo de paseo por la calle, enamorada y sonriente, con miedo a soltarse, helados de frío los dos y con poco abrigo encima. Caminan por una calle del Greenwich Village de New York, libres y felices, tan jóvenes que todavía no saben del daño que se pueden hacer. El chico se lo haría a la chica y se lanzaría al mundo, a la carretera, al hogar de un mito. Dentro hay canciones de amor, canciones protestas, blues hablado, denuncia, abandono, nostalgia, deseo, sueño. Muchos temas los ha trillado la historia y sus contextos. Otros son tesoros (Bob Dylan’s dream, Corrina, Corrina, I shall be free, Girl of the North Country) que engrandecen desde un segundo plano un disco inmortal.
Pasan, corren los meses, y luego los años. Y nosotros corremos. Y aquí seguimos, en este lugar. ¿Por? Por lo que sea: porque siempre se encenderá una pantalla generosa con una risa o una lágrima que compartir; porque siempre invadirá el silencio una melodía irrepetible; porque tendremos emociones a flor de piel y no querremos guardarlas bajo llave sin poder sentirnos dichosos; porque cada día existe alguien a quien dedicar una palabra distinta, entregar una caricia y regalar un beso.
Me dicen: “Estos tíos tocan demasiado bien”. De acuerdo. Oigo decir, con un aire de difuso malestar, o por lo menos incomodidad: “Es que parece un disco de este grupo cantado por otra persona”. También coincido. Y no hay nada de malo en ello. Con Calexico nos hemos topado, y es motivo de celebración, faltaría mas. Burns, Convertino y unos cuantos amigos y colaboradores envuelven con su variedad de instrumentosy su espíritu fronterizo, sus áridas evocaciones y su calurosa interpretación, el disco que Amparo Sánchez firma con su nombre, Tucson-Habana (2010), después de haber desarrollado unalarga carrera al frente de Amparanoia.
Una gozada marca de la casa, con inclinación latina por las tendencias de la vocalista jiennense, esa especie de Anna Magnani entrañable y dolorosa. Entre la arena de Tucson y el asfalto de La Habana navega este álbum bello en cada escucha, profundo de voz y letra, mestizo en cada giro instrumental por obra y gracia de dos tipos absolutamente geniales y una mujer de bandera. Tremendo placer dejarse acunar por Mon ami, mon amour, Aquí estoy, Mi suerte o La gata bajo la lluvia (o el Tom Waits noctámbulo transformado en mujer).