jueves, febrero 15, 2007

VOLUME ONE 52: WEST (LUCINDA WILLIAMS)

Pocos discos como Essence (Lost Highway, 2001) me han cautivado tanto y continúan haciéndolo por su hondura emocional y su belleza formal. Es un disco perfecto para perderse de noche en la carretera por caminos de grava poblados de grillos y en la mejor de las compañías. Lucinda Williams ha regresado dos años después de su directo en el Fillmore. Han pasado cuatro años desde su anterior trabajo de estudio y seis desde Essence. Su nuevo álbum, West (Lost Highway, 2007), repite las texturas de su obra maestra y recrudece sus gotas de tristeza para sentirse todavía más descarnado.

En primera línea del country rock o americana desde su venerado Car wheels on a gravel road (Mercury, 1998), Lucinda puede permitirse el lujo de ser retratada por Annie Leibovitz en la cubierta de su nuevo disco con el cielo lluvioso a su espalda y malhumorada e intimidante junto al coche cubierta por su chupa de cuero. Su música, extendida en casi 70 minutos, no anima a estar muy alegre. Porque reposa densa y parsimoniosa sobre canciones que hablan de las cosas que se han perdido, de las promesas falsas y de los cambios que es necesario afrontar.

Lucinda canta de resaca, se cabrea si hace falta, como en las furiosas Come on o Unsuffer me, se dulcifica sin maquillajes en Are you alright? o Where is my love? y se volcaniza en la sublime cúspide que es Wrap my head around that. Los créditos de su nuevo gran disco incluyen a un puñado de guitarristas que vuelven a componer un exquisito entretejido sonoro, al productor Hal Wilmer, reconocido por sus trabajos de tributos, y a dos enormes monstruos de la sección rítmica como Jim Keltner en la batería y Tony Garnier, el socio más duradero de Bob Dylan, en el bajo, además de un muy bien entrometido Bill Frisell. Otra medicina para perderse en cualquier carretera.

Nota: 9/10

martes, febrero 13, 2007

SOUNDTRACK 26: DREAMGIRLS

Más negrura.


Como muchos otros cinéfilos que conozco, no incluyo el musical entre mis géneros preferidos, pero tengo que admitir que sus últimas y modernas manifestaciones sí me han despertado emociones cinematográficas con las que no contaba. Chicago, de Rob Marshall, y Trabajos de amor perdidos, de Kenneth Branagh, son dos perfectos ejemplos de productos de fondo clásico y forma contemporánea, en especial el vertiginoso musical con Catherine Zeta Jones y Renée Zellgewer. Un nuevo film reaviva ahora el género gracias a su éxito comercial, sus candidaturas a premios y su lujosa, más bien reluciente, puesta en escena. Es Dreamgirls, elogiable recreación inspirada con más o menos veracidad en el ascenso y caída de las Supremes de Diana Ross, pero con el rostro de la más atractiva pero blanda Beyoncé Knowles.

Vaya por delante que la película tiene en su contra un sobrepeso de tópicos y clichés que le restan originalidad, además de un tramo final de lo más apañado y pasteloso. Sin embargo, es la dirección ágil y por momentos frenética de Bill Condon, autor precisamente de la adaptación para la gran pantalla del libreto de Chicago, lo que hace ganar al film más aplausos de los esperados. La pasión por la canción y el directo aunque esquemático retrato que hace del show business transmiten –al menos a un amante de la música como yo– una sensación de añoranza hacia unas canciones y artistas que parece que ya se han perdido.

Por supuesto, la música se erige en el valor más alto de Dreamgirls. A ninguno de los artistas que cantan en la película se le puede poner peros. Vale, Jamie Foxx es un rapero desubicado entre tanta pulida garganta de soul y r&b, pero su intervención como cantante es escasa. Beyoncé carece de peso y carisma para levantar un personaje principal como el suyo; eso sí, se le agradece el esfuerzo y sale muy guapa. Eddie Murphy campa a sus anchas más reservado que de costumbre como una especie de cara B de James Brown, canta muy bien y ojalá en los Oscars interprete el tema Patience, el mejor de los tres originales de la película que están nominados y que se merece el premio. La gran vencedora de la función, sin duda, es la debutante Jennifer Hudson, superior cuando canta que cuando habla, artista del gorgorito profundo y prolongado capaz de acariciarte el alma con su voz y sus lágrimas.

domingo, febrero 11, 2007

VOLUME ONE 51: NASHVILLE (SOLOMON BURKE)

Esa juventud recobrada de viejas figuras del soul que en nuestros días aún tienen ganas de poner los pelos de punta y de las que en posts atrás he hablado (Mavis Staples, Bettye Lavette), encuentra otro ejemplo en el redondo monstruo que es Solomon Burke. El predicador de Philadelphia acaba de demostrar que el soul y el country hacen buen matrimonio, que una voz tan grave como la suya puede ilustrar historias de vaqueros y dibujar postales de praderas. La prueba es Nashville (Shout! Factory, 2006), un lujoso muestrario de canciones escritas por autores del country contemporáneos reconvertidas en lamentos y alegrías por la estremecedora voz negra del orondo Solomon.

A los 66 años, inmovilizado por el peso en cualquier asiento pero impecablemente bien vestido y enjoyado, Solomon Burke reviste en plena forma los desvíos hacia el rhythm & blues y el country que siempre tuvo su soul de acento gospel. Y no, no ha sido esta vez Rick Rubin el productor que ha quitado las astillas al sonido de una gloria antigua, sino un tipo más allegado al country rock como Buddy Miller quien ha mezclado y limpiado el nuevo regalo vocal del gran Solomon. Las letras corresponden a Miller y su esposa Julie, Don Williams, Bruce Springsteen o Jim Lauderdale, y el soul man, invitado de excepción en un entorno tan extraño al suyo, recibe el apoyo vocal de Dolly Parton, Gillian Welch, Patti Griffin (que también ceden temas) y, cómo no, Emmylou Harris.

Nashville viene a completar el ciclo de tres álbumes magníficos de Solomon Burke en el nuevo milenio, el premiado Don’t give up on me (2002) y Make do with what you got (2005), producidos por Joe Henry y Don Was, que recogían canciones prestadas por Waits, Dylan, Costello, Morrison y los Stones, entre varios. Ahora Burke digiere material ajeno desde la cuna del country y lo convierte en toneladas de alma bajo un sombrero vaquero. Acelera todavía más al boss en Ain’t got you, se contagia de la melancolía de Welch en Valley of tears y produce escalofríos con su garganta rugiente en Up to the mountain y That’s how I got to Memphis. Quizá en sus duetos con Parton y Harris cada uno va un poco por su lado aunque el conjunto siempre avance en línea recta.

Nota: 8/10

viernes, febrero 09, 2007

BONUS TRACK 19: NORTHERN LIGHTS-SOUTHERN CROSS (THE BAND)

A lo largo de este blog ha quedado recalcada la admiración y el cariño que el autor siente por algunos músicos que contribuyen con enorme peso a que su pasión por la música no sólo se mantenga intacta, sino que siga creciendo. The Band son un ejemplo, una bendición reverencial.

Algo parecido a lo que hasta hace poco experimenté con los Byrds, escuchar seguidos sus primeros ocho discos de estudio, he llevado a cabo hace unos días con la Banda canadiense por excelencia. En concreto, repasé sus dos primeros álbumes, que ya conocía desde hace tiempo, y pinché por primera vez tres de sus siguientes cinco discos de estudio antes de la célebre despedida que en imágenes guardó para siempre Martin Scorsese en El último vals. Stage fright (1970), Cahoots (1971) y Northern lights-Southern cross (1975), de los que conocía temas sueltos, contienen todas las señas de identidad de The Band, matices y habilidades que se descubren como fuentes del country rock desarrollado por aquella época y en décadas sucesivas. Los dos primeros álbumes de su carrera tras girar con Dylan por primera vez y encerrarse en el sótano de Woodstock, Music form Big Pink (1968) y The Band (1969), son los más glorificados del grupo, pero estos tres trabajos posteriores no tienen nada que envidiar a las pistas de despegue de The Hawks cuando se transformaron simplemente en The Band.

Northern lights-Southern cross significó el regreso del grupo a las creaciones originales después de un par de años de conciertos y un disco anterior de versiones. Pero también le sirvió a la banda para modernizar sus técnicas de grabación y producción al introducir tenues pero para nada gratuitas pistas de sintetizadores, manifiestas en la jolgoriosa Jupiter hollow, por ejemplo. El sonido del disco no pierde en absoluto las líneas desarrolladas en las obras anteriores, ese perfil rural y rústico por el que desfilan perdedores y vagabundos, si cabe gana más carga sentimental gracias a las afectadas voces de Robertson (Acadian driftwoodod), Manuel (Rags and bones) y sobre todo Danko (It makes no difference). Como en casi todos los trabajos del grupo la riqueza de estos multiinstrumentistas no hace sino agrandar la perdurabilidad de su música.

Más información sobre The Band

martes, febrero 06, 2007

VOLUME ONE 50: MÁS JAZZ… BILL FRISELL, RON CARTER, PAUL MOTIAN

Como dije que iba a seguir explorando los laberínticos caminos del jazz pese a que no me resulte tan fácil recorrerlos, al menos una vez por semana trataré de escuchar discos que alguien me preste u otros que yo halle. Así que enlazando recientes escuchas he ido a parar a Bill Frisell, de quien oí hablar no muy bien en boca de un amigo hace tiempo. Todavía desconozco la impresión que le causa este guitarrista norteamericano de jazz a otros amigos tan puestos en la materia como Carlos y Fer…

A la espera de volver a escuchar algo de su extensa obra desde 1984, valoraré un pedazo de ella, su último trabajo publicado, un disco a seis manos con el contrabajista Ron Carter, miembro de formaciones de Thelonious Monk, Herbie Hancock y Miles Davis entre otros, y el baterista Paul Motian, músico de sesión y actuación para Monk, Bill Evans y Keith Jarrett.

Bajo el directo título Bill Frisell, Ron Carter, Paul Motian (Nonesuch, 2006) queda guardada una decena de frágiles piezas que transmite tanto reposo como inquietud, la sensación de estar recorriendo una desértica carretera al anochecer atento a cualquier peligro acechante. Desprenden esa impresión, sobre todo, las cuerdas eléctricas de Frisell, cuyo sonido puntiagudo y trémulo conocía de antemano y que le permite ser comparado con otro chef de la guitarra como Ry Cooder. El trío repasa un par de temas de Miles y de Monk, Frisell firma dos y Motian otro. La asociación consigue un conjunto elegante, planchado por la acentuada guitarra de Frisell y la serena calidad de sus compañeros, dos veteranos de etiqueta.
Nota: 7/10

lunes, febrero 05, 2007

GREATEST HITS 15: THE SCIENTIST (COLDPLAY)

Por razones asociadas a los encuentros inesperados y a los fugaces viajes al pasado, y en parte a los deseos que querríamos ver cumplidos en compañía de personajes idealizados, me ha venido a la memoria una canción preciosa cuyo inventivo y sobrecogedor videoclip (luego unos cuantos copiaron o variaron la fórmula) potenció en su momento, e incluso cada vez que lo veo, la melodía, la interpretación, la música y todo cuanto ayuda a construir un tema tan prodigioso como éste. Me refiero a The Scientist, incluido en el segundo disco de Coldplay, A rush of blood to the head (Capitol, 2002).

Es frecuente y mecánico infravalorar a quien en un santiamén pasa del anonimato a las portadas de las revistas más importantes y, por supuesto, a llenar estadios o a gozar de una popularidad más o menos influyente. Lo consigue Coldplay con su música afectada y pasional y su sencilla y nada distorsionada imagen. Yo, por mi parte, disfruto de la música de Coldplay. Simplemente. Es suficiente.


“Voy a tu encuentro, a decirte que lo siento, no sabes lo maravillosa que eres

Tengo que encontrarte, decirte que te necesito, que fui yo quien te alejó

Dime tus secretos y hazme tus preguntas

Oh, volvamos a empezar

Corremos en círculos, nos perseguimos, en dirección a una ciencia aparte

Nadie dijo que sería fácil

Es una pena que nos hayamos separado

Nadie dijo que sería fácil

Nadie nos dijo nunca que sería así de duro

Oh, devuélveme al comienzo

Intentaba adivinar números y figuras, resolver los enigmas

Cuestión de ciencia, ciencia y progreso que no hablan tan alto como mi corazón

Dime que me amas, ven a atraparme cuando alcance el comienzo

Corremos en círculos, nos alcanzamos, volviendo a ser como éramos

Nadie dijo que sería fácil

Es una pena que nos hayamos separado

Nadie dijo que sería fácil

Nadie nos dijo nunca que sería así de duro

Oh, estoy regresando al comienzo”


Aquí os dejo un enlace con otro blog para que conozcáis detalles sobre el videoclip.

Muchos caminamos hacia delante sin dejar de mirar atrás.


jueves, febrero 01, 2007

VOLUME TWO 25: JANE’S ADDICTION

Con la vista en el presente, el grupo de Los Angeles Jane’s Addiction puede compararse con un islote en el revuelto océano del rock de la segunda mitad de la década de los ochenta. Bastante culto y revuelo levantaron los Jane’s con su irrupción entre la mediocridad y la esperanza, entre los abusos contagiosos del pop y el tecno y la sana resurrección del hard rock o la aparición del llamado grunge. Por eso uno se pregunta, ahora que ha vuelto a pinchar los viejos y el más nuevo disco de Jane’s para escribir este post de recuerdo,… ¿a qué suenan?

Seguro que hubo y hay por ahí una banda muy pero que muy underground con un sonido en el que se inspiró Jane’s Addiction u otra que se podría considerar heredera de ella. El rock habría seguido evolucionando a mejor sin ellos, aunque hay quien apunta que gracias a Perry Farrell y compañía el rock se dio un lavado de estómago a finales de los ochenta. Ni sí ni no. No nos olvidemos tampoco del empujón que los Guns N Roses le dieron al género con el Appetite for destruction primero y los Use your illusion después.

Lo que no se puede negar es que con Jane’s Addiction estalló una bomba de efectos curativos a finales de una década que enseñó la peor cara de muchos músicos de primer nivel y que destapó un sinfín de pobres bandas de rock duro. Su música desconcertante puede irritar e hipnotizar, a veces es histérica, a veces produce una sedante sensación. Farrell parece un duende repulsivo, un drogado provocador con extraño encanto y las cuerdas vocales de un dibujo animado. Por detrás de él estruja su guitarra Dave Navarro, eficaz casi siempre pero con la filigrana como vicio, y un primer bajista áspero pero abrasador, Eric Avery. Y detrás se retuerce un salvaje Stephen Perkins entre platillos.

Su carrera no fue larga pero ha tenido un impacto permanente todavía hoy notorio. Una actuación en la sala Roxy de Hollywood en 1987 les sirvió de debut bajo un sello independiente. Contenía apuntes sobre temas futuros y una retorcida versión de Sympathy for the devil como postre. En Jane’s Addiction (Triple X) se distinguen sus señas: rock psicótico, punk psicodélico, sonidos siniestros y ecos góticos. Warner acudió como un lobo a contratarles y el grupo se hizo rico sin quitarse los trapos de encima con sus dos discos siguientes, Nothing’s shocking (1988) y Ritual de lo Habitual (1990). Ambos tienen dos memorables cubiertas diseñadas por Farrell con la imagen de esculturas humanas desnudas. El primero contiene petardos soberbios como Ted, just admit it, Mountain song o Idiots rule, ejemplos de la enfermiza sangre que corre por las venas del disco; el segundo es casi tan magnífico salvo por lo alargado que parece tras el monumental tema Three days pero su cara A es estupenda.

Con la fortuna en el banco, el grupo se disolvió al año siguiente. Farrell creó el itinerante festival Lollapalloza y montó el más difícil grupo Porno for Pyros junto a Perkins, mientras que Navarro tuvo tiempo para entrar y salir de los Red Hot Chili Peppers. El grupo volvió a unirse para grabar algunos temas nuevos de la irregular recopilación Kettle Whistle con el bajista Flea. Una nueva separación dio paso a los proyectos en solitario de sus líderes (lamentable el de Navarro, interesante el de Farrell) y en 2003 unieron de nuevo fuerzas para presentar material novedoso, Strays (Capitol), al que el productor Bob Ezrin (Alice Cooper, Pink Floyd, Kiss) le sacó un sonido demoledor que enlaza la crudeza de su obra de finales de los ochenta con la apabullante sofisticación del nuevo milenio.

Creo que una actuación en vivo del grupo en la actualidad serviría para calibrar la verdadera magnitud de un grupo único como Jane’s Addiction.

VOLUME ONE 49: NOT TOO LATE (NORAH JONES)

El éxito tempranero de un(a) artista salido(a) como quien dice de la nada combinado con la lluvia de comerciales premios de prestigio que cae sobre su primer disco suele provocar cierto recelo en el melómano exigente. La miré a la cara (a su primer plano en la portada del álbum de debut) y pensé que esa chica linda de limpio rostro mofletudo no podía defraudarme. Alguien que no recuerdo me había dicho antes que las canciones de esa chica eran bonitas. Compré el disco a ciegas y me dejé perder durante unos días en la ternura de Come away with me (Blue Note, 2002), de Norah Jones. Ese éxito que tuvo la chica neoyorquina, hija del músico hindú Ravi Shankar, incrementó su popularidad, la acercó a músicos del jazz, del rock y del folk, pero no le garantizó más triunfales cifras de honor y ventas como los ocho grammys y los 18 millones de copias vendidas de su primer trabajo cuando dos años después publicó su segundo álbum, Feels like home (Blue Note, 2004). Ahora pasa por la casi siempre decisiva prueba del tercer disco, el que puede aclarar por dónde camina. Not too late (Blue Note, 2007), se titula.

Norah Jones es mucho más que una cara bonita con varios juveniles premios de jazz en sus vitrinas. La seguirán criticando por ello. Su música es lo que importa y también puede ser criticable. Si en 2002 empezaba Norah a combinar la ligereza del pop sobre las bases y los acentos cálidos del jazz vocal sentada a su piano (similar pero muy lejana a Billie Holiday) y en 2004 se inclinaba hacia el folk y el country sin salirse de los raíles del jazz, ahora en 2007 da dos pasos atrás con vuelta de regreso a la etapa anterior. Es un gesto de indecisión quizá, que deja a Norah Jones a medio camino de los clubes nocturnos para yuppies de gran ciudad y entrañables templos de música popular americana.

La delicadeza en los arreglos (Rosie’s lullaby), la relajación vocal (Wish I could) y la suavidad musical (Not too late) sigue empapando la música amable del tercer disco de Norah Jones. Las guitarras de Adam Levy y Jesse Harris cobran más repercusión (The sun doesn’t like you) que las teclas de la muchacha, de nuevo impecable delante de ese cálido y centelleante wurlitzer. Bonito, nada más.

Nota: 7/10

lunes, enero 29, 2007

CHASCOS Y SORPRESAS

Me gusta estrechar relaciones con alguien cuando tras recomendarle un disco éste produce después en la persona el efecto por mí deseado, el de un agrado igual o incluso superior al que produce en mí. Por el contrario, también puede ocurrir que esa recomendación acabe resultando equivocada y provoque una decepción en quien antes no había escuchado esa música y le tenía muchas ganas. Con o sin alguien que me aconsejase escuchar un disco, me he llevado algunos chascos a la hora de acceder por primera vez a la obra (o al menos una parte) de un grupo o solista, así como inesperadas alegrías en el caso de otros en los que tenía poca confianza.


Vamos allá con unos cuantos (de los que apenas haya escrito antes algo), a ver si en vosotros han producido un efecto parecido, o si los queréis tomar como recomendación:


¡Menudo chasco!

-la irrupción juvenil nada novedosa de los penúltimos superventas británicos Arctic Monkeys

-el resto de los discos de Bon Jovi salvo uno o dos singles formidables de rigor

-las canciones deprimentes de Bonnie ‘Prince’ Billy o Vic Chesnutt

-la frialdad que me transmite (acabo de entrar y le daré más oportunidades) el pianista Brad Mehldau

-el minimalismo supuestamente artístico del dúo de ninfas Cocorosie

-el oscurantismo ochentero de Echo & the Bunnymen

-los experimentos sónicos de The Flaming Lips

-los juegos caprichosos de Frank Zappa

-la complejidad en teoría prodigiosa de Genesis, Traffic o King Crimson

-el aburrimiento que produce Neal Casal cuando no está con Hazy Malaze

-el bajón de Incubus en sus dos últimos discos

-la aureola de culto que tienen los Jayhawks

-la pereza que ya produce Lenny Kravitz

-el florido legado de Love

-el afectado rock agotador de Muse (antes de su último disco, Black holes & revelations)

-los New York Dolls, antes y ahora

-el hard rock tétrico de Ozzy Osbourne

-Pink Floyd antes de Dark side of the moon

-la grimosa música de Primus

-los elogios ‘cool’ de Rufus Wainwright

…


¡Menuda sorpresa!

-el mejunje ecléctico de Arcade Fire

-la propuesta indescriptible de Badly Drawn Boy en sus tres primeros discos

-el último e indefinible disco de Beck, Güero

-las agradables canciones de Belle and Sebatian, sí, pop dulce para gafapastas delicados, pero fino y soleado

-algún ritmo contagioso de Chambao

-el sensacional último disco de estudio de Chris Rea, Blue jukebox (2004)

-la modesta obra en solitario de Chuck Prophet

-el introspectivo e intenso segundo álbum de Coque Malla, Sueños (2004)

-el playero folk rock de Jack Johnson y Donavon Frankenreiter

-el emotivo reggae de Horace Andy

-el majo disco del actor Jeff Bridges, Be here soon (2000)

-Julie Delpy, de la actriz Julie Delpy (2003)

-la seguridad que transmiten The Killers

-el segundo disco de Marlango, Automatic Imperfection (2005)

-más actrices: el último disco de Najwa Nimri, Walkabout (2006)

-la nueva juventud de Solomon Burke

-la herencia traducida en autenticidad de Wolfmother

…

jueves, enero 25, 2007

LIVE IN 33: FRUSCIANTE VS. NAVARRO

Para atender a un debate originado entre amigos me he dirigido a la R de los Red Hot Chili Peppers y abierto la caja que contiene el disco One Hot Minute, publicado por la banda californiana en 1995. El objeto de análisis, o más bien simple intercambio de pareceres, era el de establecer una preferencia: ¿John Frusciante o Dave Navarro? Ya sabéis, el guitarrista más longevo y actual de los Peppers o el sustituto que tuvo en aquel álbum procedente de los por entonces desaparecidos Jane’s Addiction. Veamos…


Para los Peppers, ese grupo que cada vez más gente tiende a descalificar pese a que hagan buenos discos (la saturación de sus temas en las radios y pubs creo que provoca esta reacción y perjudica la imagen que se tenga de ellos), Frusciante es ahora mismo insustituible y no se puede concebir al grupo sin él. Hay quien le considera un guitarrista fantástico, quizá porque entró en el grupo con 17 años y se adaptó muy bien al funky rockero que caracterizaba a los RHCP en los años ochenta. A mí no me lo parece, aunque incluso con el salto de década el chico adaptó su estilo al rock funky por el que optó la banda y acuñó unos cuantos detalles de identidad guitarrera que han cimentado muchas canciones de los RHCP, que las han hecho reconocibles; Give it away, Scar tissue o By the way son unos pocos ejemplos conocidos.


Digo también que Frusciante no me parece tan extraordinario por lo elemental que resultan muchas veces los acordes de su guitarra en el acompañamiento de las canciones, lo debilitado que suena incluso su sonido, problema que subsanan como siempre los sí magníficos Flea y Chad Smith en la parte rítmica. Eso lo pude comprobar en directo, además de unos cuantos solos suyos algo chirriantes y unas desesperantes incursiones vocales (y también otras excelentes intervenciones, todo hay que decirlo).


Y Navarro… hombre, pues yo diría que tampoco es para tanto, aunque goza también de tanto prestigio a las cuerdas como baja estima por su divo carácter y su imagen extravagante; quienes le atacan por eso seguro que también le envidian su convivencia (ya interrumpida) con la volcánica ¿actriz? Carmen Electra. Sobre el escenario, Navarro ha sido a Jane’s Addiction lo que Frusciante a RHCP, un componente nato e irremplazable. Navarro, nieto de españoles, tiene sangre hard rockera y es más diestro en los juegos sobre el mástil, lo que le lleva muchas veces a resultar excesivo o cargante. Fue ideal para Jane’s y también durante unos años de gira para los Peppers, aunque personalmente el grupo y el músico acabaran tan mal que, por razones legales o razones afectivas, la banda nunca interprete ahora ningún tema de aquel disco en común.


En cuanto a One Hot Minute, un álbum que tuvo el problema de suceder al superexitoso y magistral Blood Sugar Sex Magik aunque cuatro años después, hay que romper varias lanzas a su favor. Supone un puente entre sus dos etapas más comerciales, deja de ser tan frívolo como el pasado y es más oscuro en relación con el futuro de la banda. El brutal despegue de Warped (apoyado por un impactante y homoerótico videoclip) transforma al grupo en una explosión hard rockera, al igual que arranques de furia de Deep kick o One big mob. Unas canciones tienden a dispersarse, pero otras conservan, y también gracias a Navarro, mágicos momentos de funk, como Walkabout o Aeroplane.


Otro día recordamos a Jane’s Addiction.

lunes, enero 22, 2007

BONUS TRACK 18: ROUGH MIX (PETE TOWNSHEND & RONNIE LANE)

Me encanta ver como coinciden en una misma gala o grabación un montón de músicos de géneros similares entregados al curso de una canción. Sucede en homenajes repletos de invitados amigos cuando al final salen todos los protagonistas a cantar un tema y se dan cita sobre el mismo escenario a lo mejor tres o cuatro guitarristas, dos baterías y varios teclistas de lujo. Menudo pelotón de gigantes, dices, y ahí los ves, tipos con una leyenda a sus espaldas, con decenas de discos y biografías corrosivas que se sonríen el uno al otro, se hacen guiños, pelean por un solo y cantan al unísono un estribillo. No hay más que recordar el disco y película El último vals. También otras veces aparecen varios auténticos pesos pesados juntos en la gestación de un disco. Uno de ellos lo acabo de escuchar, un año después de palpar su colorida portada de estampas en la primera vinilo session con Rulo y treinta años después de su primer soporte: en 1977 Pete Townshend y Ronnie Lane firmaron Rouge Mix.


Pero no sólo el guitarrista y compositor de los Who y el bajista y cofundador de los Small Faces y luego parte de los Faces contribuyen al conjunto de alegres temas folk rock de Rough Mix. Por el estudio pasaron además, bajo las órdenes de ambos responsables y del productor Glyn Johns (Rolling Stones, Eagles, Steve Miller Band), ni más ni menos que Eric Clapton, Charlie Watts, John Entwistle, Ian Stewart (el sexto ‘stone’) o Boz Burrell (King Crimson, Bad Company). Entre todos crearon un álbum más cercano al cariz templado de Lane que al lado colérico de Townshend. Los temas más agitados cabalgan a ritmo de boogie y los más tranquilos desnudan cuerdas de dobro y acústica depuradísimas; unos y otros perduran frescos además, tanto como la corta pero fogosa y entrañable carrera de los Faces.


Townshend y Lane colaboraron juntos en más de una ocasión. El primero dio tumbos con una experimental y errática travesía en solitario sin dejar de integrar los Who. El segundo, aquejado de un débil salud hasta su muerte por esclerosis múltiple veinte años después, tuvo otra banda ambiciosa que acabó fracasando, Slim Chance, pero con su paso por los Faces y gracias a varias canciones de hermosa sensibilidad acabó por ser considerado uno de los rockeros británicos más relevantes.

LIVE IN 32: INTERROGANTES SOBRE EL JAZZ

Por mucha música que me empeñe en escuchar y de hecho escuche siempre quedará mucha más a la espera de que algún día llegue a mis oídos pero nunca lo haga. Es un vicio inagotable que se sacia en pequeñas píldoras, si es posible una por día. “¡Cuánta música hay en el mundo!”, nos decimos a veces entre amigos, sorprendidos por el infinito archivo musical de nuestros tiempos. Intento conocer algún ejemplo de aquellos estilos de más difícil acceso, de los que menos me agradan o con los que estoy poco o nada familiarizado. Me gusta decir que he escuchado, al menos un poco, de todo. El jazz es un género que me desconcierta y seduce por igual y recientes charlas que he mantenido con Carlos V. M. y Fer me han acercado algo más a este universo tan complejo como fascinante. Gracias al intercambio de discos con estos amigos he escuchado hace poco variantes de jazz y artistas distintos. Y seguiré haciéndolo.


Pero… no soy músico y aunque ello no sea un impedimento para valorar la música que escucho hay ideas que no me atrevo a sentenciar y comentarios que prefiero guardar. Lo que ocurre es que escuchando con calma y atención interpretaciones dispares de Miles Davis, Keith Jarrett, Sonny Clark o Jimmy Raney y recordando escuchas antiguas o recientes de Charlie Parker, Dexter Gordon o Charles Mingus me asaltan dudas que la enrevesada fisonomía del jazz provoca.


Me pregunto, por ejemplo,

si los músicos de jazz son tan extraordinarios en realidad,
si tienen tanto mérito los desarrollos interminables que hacen de un tema,
si la falta de melodía durante una improvisación es una muestra del supuesto talento artístico que esos músicos poseen,
si el jazz se lleva en la sangre y en realidad no se puede aprender a tocar…


Son sólo algunos interrogantes que me impiden valorar el jazz del mismo modo a como suelo opinar sobre el blues, el rock, el soul o el pop y la mayoría de sus fusiones. Quizá es que tengo que profundizar mucho más. Si me preguntan si me gusta el jazz, no diré que no, pero tampoco afirmaré que sí. Todo su entorno, su historia y su intrahistoria me interesan; reconozco que es una música para la que hay que encontrar el momento y cuando lo hallo y me entrego a ella no consigo sintonizar totalmente pese a que me traslade a sus decorados característicos (la noche, el humo, el alcohol…). Supongo que en el fondo no es más que una cuestión de gustos, así de sencillo para un tipo de música tan compleja.