Hoy ya escasea el tiempo (y tenemos menos paciencia) para entregarlo a la escucha de una canción-río, incluso de un tema-arroyo de los que dedican 7 o alrededor de 10 minutos a contarnos una historia o atraparnos en extensos desarrollos instrumentales. Reconozco que echo de menos aquel tiempo que en sus primeros discos nos robaban los grandes músicos que admiramos hasta el día de hoy, y que siguen sin renunciar a esas piezas que fluyen como un río hacia su desembocadura.
Esto viene a cuento cuando suena de fondo el hechizante vapor de T.B. Sheets, que me trae a la memoria Cowgirl in the sand, Jungleland o Desolation Row. Ahí siguen sus creadores en estantes de lujo de nuestras discotecas, en la esfera sagrada de la adicción. No hay nada tan perfecto como un hit preciso que en menos de 4 minutos nos representa o nos lleva al cielo, pero cuando otras canciones de nuestra vida rozan o superan los 10 minutos y no podemos dejar de escucharlas, la gloria (lo que entendemos por ella) tiene sentido.

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