Supongo que no es fácil tomar prestado a Tom Waits y darle tu propia voz, tu propio estilo. Único en su género, entidad incomparable, el músico californiano dispone de un repertorio que cuesta imaginar interpretado por otros u otras artistas. Gritos, murmullos, quejidos, ritmos y variedad de sonidos inusuales y extravagantes son huella congénita en la carrera de Waits, ya digo, una institución a la que es difícil igualar, incluso parecerse. Por eso se me hace raro escuchar sus canciones en otros músicos y de las que conozco me quedo con muy pocas. Desde luego, no me quedo con ninguna de la docena que componen el disco Come on up to the house. Women sing Waits, un trabajo tributo que acaba de publicarse y del que solo un par de cortes salen airosos entre un conjunto anodino y desganado.
No querer acercarse a Tom Waits en un álbum de covers me parece respetable, pero enfocar el homenaje sin tan siquiera esforzarse en expulsar algo de la autenticidad de su música, de su valiosa suciedad en las versiones, no lo admito. Una lástima, porque hay algunos nombres de importancia (Rosanne Cash, Aimee Mann, Patty Griffin) que no acaban bien parados, otros (la mayoría) son totalmente insustanciales. Salvemos al trío Joseph al frente de Come on up to the house y sobre todo a Corinne Bailey Rae, la única triunfal con Jersey Girl. Un desperdicio.
jueves, noviembre 28, 2019
miércoles, noviembre 27, 2019
BONUS TRACK 215: ELEPHANT MOUNTAIN (THE YOUNGBLOODS)
Otras recopilaciones, sin ir más lejos la imprescindible banda sonora del film Forrest Gump, contienen ejemplos de grupos de corta trayectoria y perdido recuerdo que han dejado para la eternidad una canción especial, la referencia sonora de un tiempo o un lugar. Conocerlos un poco más allá de ese tema nos regalan bandas cuya calidad supera la escasez de un buen single. Let's get together, por ejemplo, se hizo popular en la voz y la música de The Youngbloods, fue sintonía de los humos contraculturales de Woodstock, y sus intérpretes ya se habían disuelto en 1972. Entre su breve legado se halla el álbum Elephant Mountain (1969), un excelente trabajo que se abre con la sinuosa Darkness, darkness, versionada con la misma atmósfera décadas después por Robert Plant. El disco curiosea entre las raíces del folk-rock y se empapa de ondas psicodélicas con espontánea frescura. Tras la separación del grupo, su líder, Jesse Colin Young, prosiguió el camino en solitario que había iniciado antes con estimables obras hasta la actualidad.
domingo, noviembre 24, 2019
VOLUME TWO 100: BECK
Hay que reconocerle a Beck su capacidad para no repetirse, para ponerle distintas caras a su música sin estar nunca perdido ni caer en el ridículo. En tres décadas no se ha desgastado ni el respeto ni la credibilidad. Sin embargo, no acabo de entenderme con él. Ocurre desde siempre. Desde cuando las radios (qué lejanas parecen) pinchaban Loser y celebraban el genio de su creatividad. ¿Qué es Beck? ¿Cómo es su música? Cambiante, desde luego, y juguetona, inquieta. Pero a mí unas veces (pocas) me resulta sabrosa y otras (las más) no me sabe a nada. Su mente maneja pop y electrónica, funk y soul, indie y rock alternativo, algo de folk, un poco de psicodelia y no pocas fusiones de estilos dignas de escuchar pero fáciles de olvidar. En suma, no consigue deslumbrar.
Y ahí sigue Beck Hansen, a punto de cumplir los 50 años, aquel chaval multiinstrumentista de Los Angeles al que pronto le colgaron la medalla de genio. En los noventa grababa mucho y en las décadas siguientes espació más sus trabajos. Acaba de sacar al mercado Hyperspace, una entrega electrónica con empuje retro y cierta nostalgia en su eco, de nuevo fácilmente olvidable. Perdura de su obra algo de lo que contenía Mutations (1998) y Midnite vultures (1999) y si debo guardarme algo me quedo con Guero (2005) y Modern guilt (2008). Ahí se acaba para mí Beck.
Y ahí sigue Beck Hansen, a punto de cumplir los 50 años, aquel chaval multiinstrumentista de Los Angeles al que pronto le colgaron la medalla de genio. En los noventa grababa mucho y en las décadas siguientes espació más sus trabajos. Acaba de sacar al mercado Hyperspace, una entrega electrónica con empuje retro y cierta nostalgia en su eco, de nuevo fácilmente olvidable. Perdura de su obra algo de lo que contenía Mutations (1998) y Midnite vultures (1999) y si debo guardarme algo me quedo con Guero (2005) y Modern guilt (2008). Ahí se acaba para mí Beck.
BONUS TRACK 214: THE MIRROR (SPOOKY TOOTH)
En alguna compilación rockera de los años setenta te encuentras con algún grupo cuyo nombre te suena, sin que sepas si lo has escuchado antes, porque no tienes discos suyos y su historia fue breve, como las de cientos y miles de anónimos músicos, y hace mucho tiempo que nunca más se supo de esa banda. Spooky Tooth, por ejemplo, que entre 1968 y 1974 grabaron siete álbumes, material cargado con rock áspero y caliente, en un paso previo a lo incendiario. Británicos. ¿Alguien los conoce? ¿Alguien se acuerda de ellos? ¿Algún aficionado, de algún modo, tuvo a Spooky Tooth entre sus predilectos? ¿Algún músico se inspiró de alguna manera en el estilo burbujeante de este banda? ¡Cuántos como ellos en este océano ilimitado del rock! Pruébese con The mirror (1974) para iniciarse, o para reengancharse. El grupo iba a disolverse pronto, decenas de músicos habían pasado por sus filas. Pero hay arrebatos fantásticos (Hell and high water) de un rock que dejaba rezagada su alma blusera y se adentraba en los delicados terrenos de la experimentación progresiva. Veinticinco años después el grupo grabó un último disco y organizó alguna esporádica gira. Para revivir la modesta gloria de su música.
jueves, noviembre 21, 2019
¿EL ROCK ES DE MAYORES?
Tengo 46 años. Soy mayor (o tirando a ello). Y me encanta el Rock, con mayúsculas. Así me presentaría en el Club de los Rockeros Anónimos.
Una entrada reciente del blog Being Vain me dejó pensando sobre el gusto y el disfrute de la música a determinada edad... cuando somos jóvenes, cuando nos hacemos mayores, cuando llegamos a mayor. El texto vierte unas críticas que veo acertadas contra quien pregona que el rock, hoy, ya no es cosa de jóvenes, que el rock se ha enquistado en el gusto oxidado de quienes han vivido para contarlo y peinan no pocas canas. Quienes vemos algo lejos aquellos días en que el rock se nos abría de piernas para que nos derramásemos entre ellas sentimos ahora el daño de la nostalgia.
Entre mis 15 y 25 años consumía pop y rock, básicamente; empezaba a aprender y a memorizar, a obsesionarme un poco, a comprar y a querer completar las discografías de mis favoritos. En los últimos veinte años creo haberme convertido en un melómano abierto y generoso que recibe y absorbe los vientos de la música que le llega desde casi todas partes. Me seduce el jazz, me gusta el blues, el country me hace cosquillas, el folk me derrite, el soul y el funk me ponen caliente. Hay buena música electrónica que escucho sin prejuicios y las gotas que me mojan de música de otros mundos ajenos a aquellos donde hemos crecido me refrescan. A todo esto le hemos añadido e inventado en los últimos años prefijos y adjetivos (indie, post, neo, hard, prog...) que han transformado las raíces en propuestas apetecibles. De todo hay en el campo del señor, bueno y malo. Busca, curiosa, elige y disfruta.
Sí, vale, el rock admite hoy (y siempre) todos esos mismos complementos en su nombre, y ni tú ni yo somos los que sabemos cuál es la combinación que mejor se ajusta a lo que suena. Y el rock sigue siendo la música que me vuelve loco. Los Beatles y los Stones siguen aleccionándome más que todos sus alumnos, de los que, no lo dudo, también he aprendido y aprenderé. Ojalá a mi hijo le apetezca acudir a ellos. Llamadme mayor, a mucha honra. Tengo 46 años y me encanta el Rock.
Una entrada reciente del blog Being Vain me dejó pensando sobre el gusto y el disfrute de la música a determinada edad... cuando somos jóvenes, cuando nos hacemos mayores, cuando llegamos a mayor. El texto vierte unas críticas que veo acertadas contra quien pregona que el rock, hoy, ya no es cosa de jóvenes, que el rock se ha enquistado en el gusto oxidado de quienes han vivido para contarlo y peinan no pocas canas. Quienes vemos algo lejos aquellos días en que el rock se nos abría de piernas para que nos derramásemos entre ellas sentimos ahora el daño de la nostalgia.
Entre mis 15 y 25 años consumía pop y rock, básicamente; empezaba a aprender y a memorizar, a obsesionarme un poco, a comprar y a querer completar las discografías de mis favoritos. En los últimos veinte años creo haberme convertido en un melómano abierto y generoso que recibe y absorbe los vientos de la música que le llega desde casi todas partes. Me seduce el jazz, me gusta el blues, el country me hace cosquillas, el folk me derrite, el soul y el funk me ponen caliente. Hay buena música electrónica que escucho sin prejuicios y las gotas que me mojan de música de otros mundos ajenos a aquellos donde hemos crecido me refrescan. A todo esto le hemos añadido e inventado en los últimos años prefijos y adjetivos (indie, post, neo, hard, prog...) que han transformado las raíces en propuestas apetecibles. De todo hay en el campo del señor, bueno y malo. Busca, curiosa, elige y disfruta.
Sí, vale, el rock admite hoy (y siempre) todos esos mismos complementos en su nombre, y ni tú ni yo somos los que sabemos cuál es la combinación que mejor se ajusta a lo que suena. Y el rock sigue siendo la música que me vuelve loco. Los Beatles y los Stones siguen aleccionándome más que todos sus alumnos, de los que, no lo dudo, también he aprendido y aprenderé. Ojalá a mi hijo le apetezca acudir a ellos. Llamadme mayor, a mucha honra. Tengo 46 años y me encanta el Rock.
lunes, noviembre 18, 2019
SOUNDTRACK 242: DE NIRO, PACINO, SCORSESE, THE IRISHMAN (II)
Pantalla en negro. Directed by Martin Scorsese. Corren los créditos y sube la intensidad de una pieza instrumental compuesta por Robbie Robertson. Estás sentado en la butaca aún, digieres las tres horas y veinte de película que acabas de ver: 40 años en la vida de un asesino vinculado a la mafia, su gloria y su ocaso, los viejos tiempos de la amistad y la apagada luz de la soledad. Y dices: "Esto es una película grande". Entre otras razones, por un señor llamado Martin Scorsese.
Te quedas un rato largo, ya en casa, pensando en la grandeza de las películas que te arrastran con ella y te hipnotizan. Entras en su profundidad, magnetizado por un guión, una puesta en escena y un trabajo de sus actores fuera de lo común, lo más parecido a la perfección. Tú eres un elemento más de esa película. The Irishman (El irlandés) tiene eso: rigor, tensión, nostalgia, un libreto preciso y complejo, un director de oro en su trono, un reparto inigualable.
La obligación de ver esta película está justificada. Joe Pesci... déjate ver más, por favor. Al Pacino es Pacino, en lo bueno y en lo malo, también grande. Robert De Niro rescata al inmenso actor que fue. Scorsese exhibe un magisterio con el que todo su equipo eleva The Irishman a la categoría de cine colosal.
Te quedas un rato largo, ya en casa, pensando en la grandeza de las películas que te arrastran con ella y te hipnotizan. Entras en su profundidad, magnetizado por un guión, una puesta en escena y un trabajo de sus actores fuera de lo común, lo más parecido a la perfección. Tú eres un elemento más de esa película. The Irishman (El irlandés) tiene eso: rigor, tensión, nostalgia, un libreto preciso y complejo, un director de oro en su trono, un reparto inigualable.
La obligación de ver esta película está justificada. Joe Pesci... déjate ver más, por favor. Al Pacino es Pacino, en lo bueno y en lo malo, también grande. Robert De Niro rescata al inmenso actor que fue. Scorsese exhibe un magisterio con el que todo su equipo eleva The Irishman a la categoría de cine colosal.
viernes, noviembre 15, 2019
BONUS TRACK 213: JOHN WESLEY HARDING (BOB DYLAN)
Cumplir con la cita 'bootleg' anual de Bob Dylan me lleva esta vez a álbumes por los que ha pasado justo medio siglo, John Wesley Harding (1967) y Nashville Skyline (1969), paradas en suelo country sobre el que Dylan se refugió para recuperarse del accidente de moto sufrido en el 66 y exiliarse en el sótano con el grupo aquel que pronto se harían llamar The Band. El paréntesis sacó al músico de la fiebre de su popularidad y lo introdujo en espacios musicales que huían de la psicodelia imperante. El autor no quería la fama y se escondía en los parajes naturales de Woodstock; era un hombre de campo de aspecto humilde, un ser anodino que cambiaba el aspecto y la voz. Daría un nuevo paso en otra dirección, también admirable.
Me paro en John Wesley Harding. El disco toma el nombre de un forajido del siglo XIX al que se le añade la 'g' final en el título y retrata con Polaroid en la portada a Dylan sin el alboroto de sus rizos rodeado de dos músicos de Bangladesh y un carpintero del lugar. Produce Bob Johnston, un hombre apegado a Nashville y al country, y solo tres músicos refuerzan al autor: el baterista Kenny Buttrey, el bajista Charles McCoy y el guitarrista Peter Drake, que apenas compartieron nueve horas en tres sesiones con Dylan. El álbum no ha perdido para mí la acústica frescura misteriosa que intuyo tuvo cuando apareció y que sentí cuando lo escuché por primera vez. Me encantan temas como I pity the poor immigrant, The wicked messenger o I dreamed I saw St. Augustine. No olvidemos que en este disco flota la mágica All along the watchtower, poco antes de que empezase a ser electrificada para la inmortalidad.
(Las versiones distintas de algunos de estos temas que aparecen en Travelin' Thru: The Bootleg Series vol. 15, no desmerecen de las originales).
Me paro en John Wesley Harding. El disco toma el nombre de un forajido del siglo XIX al que se le añade la 'g' final en el título y retrata con Polaroid en la portada a Dylan sin el alboroto de sus rizos rodeado de dos músicos de Bangladesh y un carpintero del lugar. Produce Bob Johnston, un hombre apegado a Nashville y al country, y solo tres músicos refuerzan al autor: el baterista Kenny Buttrey, el bajista Charles McCoy y el guitarrista Peter Drake, que apenas compartieron nueve horas en tres sesiones con Dylan. El álbum no ha perdido para mí la acústica frescura misteriosa que intuyo tuvo cuando apareció y que sentí cuando lo escuché por primera vez. Me encantan temas como I pity the poor immigrant, The wicked messenger o I dreamed I saw St. Augustine. No olvidemos que en este disco flota la mágica All along the watchtower, poco antes de que empezase a ser electrificada para la inmortalidad.
(Las versiones distintas de algunos de estos temas que aparecen en Travelin' Thru: The Bootleg Series vol. 15, no desmerecen de las originales).
jueves, noviembre 14, 2019
VOLUME ONE 517: SANTA CRUZ (PARDO)
Y ahora, a tirar para casa. El bueno de Pardo saca de Santa Cruz (Acaradeperro, 2019) la energía y la añoranza (nuestra morriña) que convierten los discos en retratos íntimos de uno mismo. Cuenta que en Santa Cruz recuperó su vida cuando se le escapaba y de allí creó canciones que entrega para la "adopción, interpretación y cariño" de quienes las reciben. Se agradecen. Cuando su voz gastada y callejera se enciende, entramos en terrenos de blues y rockabilly bien pulidos; cuando se modera, escarba en los recuerdos para ofrecer preciosas baladas (Si te vas de mi vida, Desde que existimos tú y yo, con la emocionante voz de apoyo de Nuria Luiz). El álbum, descarnado y liberador, salpicado de gotas latinas, crece siempre y mejora la anterior entrega del autor, Libélula. El tema Mi garganta rubrica el negocio de la autenticidad, y de ello entiende Pardo.
Nota: 7,5/10
Nota: 7,5/10
miércoles, noviembre 13, 2019
LIVE IN 236: LO ÚLTIMO DE COLDPLAY... NO ESTÁ MAL
Permiso (breve) para recuperar a Coldplay. Pensé que nunca más pasarían de nuevo por este blog, que después de sus penosos álbumes de esta década (Mylo Xyloto y A head full of dreams, sobre todo) no volverían a merecer mi atención, y que con nadie iba yo a mantener una conversación sobre este grupo desinflado, ahogado en una mediocridad cómoda y acaudalada, triste despojo de una banda que en la década anterior, y me reitero, sí firmó discos excelentes. Que hoy, tras los recientes descalabros, hayan acabado un disco decente, es para mí noticia.
Debió de ser una tímida corazonada lo que me ha hecho concederle una oportunidad de gracia a Everyday life, sí, lo nuevo de Coldplay. Este es el trabajo más desconcertante del grupo, que se olvida de pobres canciones empalagadas de noñería y buenismo, cargadas de versos y coros para el babeo de los grandes estadios, y camina esta vez en distintas direcciones, no sé bien con qué criterio. Esto es lo que choca del disco, con muy pocas concesiones y escasamente comercial, que se permite breves piezas casi desnudas y arrimadas al gospel y al blues, introduce voces en otros idiomas y fragmentos ajenos y se permite un interludio de medio minuto (trinos en la naturaleza) dividido en seis cortes. Y aunque hay un par de temas que se dejan afectar por el buen rollismo azucarado del grupo que debilitan el final del álbum, hay otro par deslumbrante (Trouble in town, Arabesque) y un resto de repertorio digno. Quizá no se han perdido por completo.
Debió de ser una tímida corazonada lo que me ha hecho concederle una oportunidad de gracia a Everyday life, sí, lo nuevo de Coldplay. Este es el trabajo más desconcertante del grupo, que se olvida de pobres canciones empalagadas de noñería y buenismo, cargadas de versos y coros para el babeo de los grandes estadios, y camina esta vez en distintas direcciones, no sé bien con qué criterio. Esto es lo que choca del disco, con muy pocas concesiones y escasamente comercial, que se permite breves piezas casi desnudas y arrimadas al gospel y al blues, introduce voces en otros idiomas y fragmentos ajenos y se permite un interludio de medio minuto (trinos en la naturaleza) dividido en seis cortes. Y aunque hay un par de temas que se dejan afectar por el buen rollismo azucarado del grupo que debilitan el final del álbum, hay otro par deslumbrante (Trouble in town, Arabesque) y un resto de repertorio digno. Quizá no se han perdido por completo.
lunes, noviembre 11, 2019
BOOTLEG SERIES 80: THE PAINTED HORSES
Mis viajes por el vasto territorio americano son cada vez más contados. Pesa el kilometraje y el bólido ya no está para trayectos generosos. Alguna vez, esporádica, caigo en una parcela bonita y tranquila en la que detenerse un rato, cerrar los ojos y escuchar solo la música que sale de las raíces de ese terreno. Esto me ha pasado ahora con The Painted Horses. Lo justo sé (leo) de esta gente. La cosa surge hace unos años porque Denys Kozakis y Natosha Wengreen tienen mucho en común, allá en la montañas californianas de Santa Cruz. En directo tocan en formato trío o en banda con más personal, y tienen un par de discos. Los descubro con The Painted Horses (2019) y algo de su agradable música me recuerda al primer Ray LaMontagne, un Ryan Adams reposado y a The Milk Carton Kids. Tocan lo que hay que tocar, sin florituras y con concisión. Un poquito más de ímpetu no les haría mal, pero gustan. Oportunidad.
viernes, noviembre 08, 2019
SOUNDTRACK 241: DE NIRO, PACINO, SCORSESE, THE IRISHMAN (I)
El cine y sus mitos, sus dioses. Con los que crecimos. A quienes veneremos una vez, no tanto después. La mafia, el crimen. Un asesino, un sindicalista. El poder, la corrupción. Robert De Niro, Al Pacino y un largo elenco, en The Irishman, de Martin Scorsese.
Hace mucho tiempo que no me ilusiono con una película. Me refiero a una ilusión previa a verla, ilusión y fe en ella, en que me entusiasmaré con lo que cuente y con cómo lo cuente. Ahora recupero aquellas viejas emociones que tuve antaño, no recuerdo bien cuándo por ultima vez, con El irlandés, o The Irishman, y aquellos actores y cineastas que me encantaron desde siempre (en sus tronos y en sus caídas, en lo celestial y en lo insignificante) me dicen de nuevo que el cine es una maravilla de nuestras vidas.
Las últimas grandes actuaciones de De Niro quizá sean Being Flynn y Luces rojas, las dos de 2012, y se echa en falta su excelencia, desde luego. El último gran papel de Pacino, uf, Insomnio, y me tengo que ir a 2002. Y aunque aún me asombro con joyas como La invención de Hugo (2011), añoro al Scorsese magistral de Taxi Driver, Toro Salvaje, Uno de los nuestros o La edad de la inocencia. Os espero, juntos, con los brazos abiertos. Si tiene que ser en casa, pues vale; si fuera en una sala, mejor.
Hace mucho tiempo que no me ilusiono con una película. Me refiero a una ilusión previa a verla, ilusión y fe en ella, en que me entusiasmaré con lo que cuente y con cómo lo cuente. Ahora recupero aquellas viejas emociones que tuve antaño, no recuerdo bien cuándo por ultima vez, con El irlandés, o The Irishman, y aquellos actores y cineastas que me encantaron desde siempre (en sus tronos y en sus caídas, en lo celestial y en lo insignificante) me dicen de nuevo que el cine es una maravilla de nuestras vidas.
Las últimas grandes actuaciones de De Niro quizá sean Being Flynn y Luces rojas, las dos de 2012, y se echa en falta su excelencia, desde luego. El último gran papel de Pacino, uf, Insomnio, y me tengo que ir a 2002. Y aunque aún me asombro con joyas como La invención de Hugo (2011), añoro al Scorsese magistral de Taxi Driver, Toro Salvaje, Uno de los nuestros o La edad de la inocencia. Os espero, juntos, con los brazos abiertos. Si tiene que ser en casa, pues vale; si fuera en una sala, mejor.
martes, noviembre 05, 2019
GREATEST HITS 232: GIMME SHELTER... AROUND THE WORLD
Otra canción universal sobre las voces, instrumentos, ritmos y almas de las culturas a través del mundo. Nadie bate a Jagger (ni a Merry Clayton en los aullidos) a lomos de Gimme shelter, pero la jamaicana Roselyn Williams me encanta en esta maravillosa versión que universaliza el tema aún más.
sábado, noviembre 02, 2019
VOLUME ONE 516: KIWANUKA (MICHAEL KIWANUKA)
El tercer álbum de Michael Kiwanuka está bien, bastante bien. Pero... Vaya, cuando comenté por estos lugares el segundo disco del británico hace tres años apunté el mismo pero... Mi reparo principal se debe a lo que impide que Kiwanuka (Interscope, 2019) sea un trabajo grande por si mismo, por el alma de sus entrañas y por sus méritos naturales, y que no es otra cosa que la huella marcada de su producción. Da la impresión de que Kiwanuka, el autor, ha dejado a Danger Mouse e Inflo la tarea de decidir cómo suene su disco, seguramente porque, como en Love & Hate (2016), la elección fue acertada, esa mezcla de arreglado soul setentero y recargada psicodelia contemporánea, y apostar por repetir la fórmula garantizaba, o debía de asegurar, las mismas sensaciones. Más o menos.
Como digo, el disco se disfruta. Suena a viejo y a nuevo, a antiguo y a moderno. Posee un clima que imprime calor a la escucha. El soul se apoya en un eco lejano de sensuales voces femeninas y la psicodelia, en guitarras estrujadas y teclados esponjosos. Hay temas con gancho y seguridad (el inicial You ain't the problem y las dos partes de Piano Joint y de Hero), y los hay más leves (Hard to say goodbye, Light), que en vez de explotar se diluyen. Y de nuevo me pregunto: ¿vamos a saber algún día cómo el propio Michael quiere que suene su propia música? Creo que en el fondo desea otra cosa, y sería también elogiosa. La respuesta, en el próximo álbum, veremos con quién al otro lado del cristal.
Nota: 7,5/10
Como digo, el disco se disfruta. Suena a viejo y a nuevo, a antiguo y a moderno. Posee un clima que imprime calor a la escucha. El soul se apoya en un eco lejano de sensuales voces femeninas y la psicodelia, en guitarras estrujadas y teclados esponjosos. Hay temas con gancho y seguridad (el inicial You ain't the problem y las dos partes de Piano Joint y de Hero), y los hay más leves (Hard to say goodbye, Light), que en vez de explotar se diluyen. Y de nuevo me pregunto: ¿vamos a saber algún día cómo el propio Michael quiere que suene su propia música? Creo que en el fondo desea otra cosa, y sería también elogiosa. La respuesta, en el próximo álbum, veremos con quién al otro lado del cristal.
Nota: 7,5/10
viernes, noviembre 01, 2019
SOUNDTRACK 240: KEN LOACH
Una breve entrada de admiración por Ken Loach, cineasta agudo y cruel, retratista amargo del ciudadano castigado y crítico puñal del sistema opresor y desalmado que desfigura la sociedad inglesa. Autor necesario (me atrevo a decir), cuyas obras, en distinto grado, reposan a la larga en mí. Películas de tinta invisible y trazo eficaz que ahora y siempre, con sus discursos realistas y cercanos sobre el paro, la precariedad laboral, la inmigración, la intolerancia y la integración social, habremos de agradecer.
Sorry we missed you, que se acaba de estrenar en salas, es de las mejoras películas de Loach, capaz de enfadarte e incomodarte, de hundirte en la desesperanza pero también de arrimarte a la salvación. Me faltan un par de filmes de sus comienzos, hace más de cuarenta años, y uno de los más recientes. Pocas veces él y su guionista habitual, Paul Laverty, se han puesto tiernos y graciosos, pero al hacerlo se han lucido como nunca (Buscando a Eric y La parte de los ángeles). Me gustan mucho Yo, Daniel Blake, En un mundo libre..., Lloviendo piedras, Felices dieciséis y Ladybird, Ladybird. Duelen las vidas que Loach agarra y pone a prueba con sus problemas y miserias. El cineasta más alejado de la ficción.
Sorry we missed you, que se acaba de estrenar en salas, es de las mejoras películas de Loach, capaz de enfadarte e incomodarte, de hundirte en la desesperanza pero también de arrimarte a la salvación. Me faltan un par de filmes de sus comienzos, hace más de cuarenta años, y uno de los más recientes. Pocas veces él y su guionista habitual, Paul Laverty, se han puesto tiernos y graciosos, pero al hacerlo se han lucido como nunca (Buscando a Eric y La parte de los ángeles). Me gustan mucho Yo, Daniel Blake, En un mundo libre..., Lloviendo piedras, Felices dieciséis y Ladybird, Ladybird. Duelen las vidas que Loach agarra y pone a prueba con sus problemas y miserias. El cineasta más alejado de la ficción.
jueves, octubre 31, 2019
VOLUME ONE 515: THE ONLY ONES (THE MILK CARTON KIDS)
Los únicos, más o menos. Joey y Kenneth vuelven a servirse solo de las guitarras acústicas para agarrar a ellas sus voces delicadas en su nuevo trabajo, una especie de apéndice sin banda del hermoso álbum All the things that I did and all the things that I didn't do (2018). The only ones (Milk Carton Records, 2019), con siete temas en 25 minutos, abriga las canciones desnudas de este dúo folk que protege el género con mimo y melancolía. Hay mucho que me conmueve en la forma de cantar y cruzar las cuerdas de los Milk Carton Kids: la calma etérea de las voces que descansan en un fondo de tristeza y el eco liviano de las líneas de guitarras, que se relajan y se agitan para perfilar canciones de fina belleza. Pasa en I meant every word I say, My name is Ana o I was alive. Con o sin otros músicos a su lado (creo advertir las voces de Gillian Welch y David Rawlings en un par de temas), los repartidores de leche refuerzan mi fidelidad a ellos.
Nota: 7,5/10
Nota: 7,5/10
domingo, octubre 27, 2019
VOLUME ONE 514: THREE CHORDS & THE TRUTH (VAN MORRISON)
Ha ocurrido alguna vez que al terminar de escuchar un disco supremo, una obra grande de un artista grande, he sentido el fulminante impulso de dar todo por acabado. Hasta aquí hemos llegado, ¿para qué seguir escuchando más música cuando he alcanzado la cima que roza los cielos?, me pregunto. Algo parecido me ha pasado ahora con Three chords & the truth (Caroline, 2019), el trabajo de un hombre que nos hace creer en las divinidades, al que debemos elevar allá tan arriba, a los cielos.
Van Morrison no para. Ni se agota ni da muestras de agotamiento, estado que otros parecen incapaces de admitir (Springsteen, Cave, Young). Seis discos en cuatro años de paseo por el blues, el jazz y el soul, siempre a caballo entre géneros con ejemplar naturalidad. En la sexta obra de esta serie The Man vuelve a las composiciones propias y se planta en cinco estudios a uno y otro lado del Atlántico para culminar un trabajo sublime. Todo suena impecable en este disco, todo encaja sensible y poderoso en canciones redondas de las que sobresalen un puñado: Dark night of the soul, You don't understand, Up on Broadway, Three chords and the truth y la espiritual Days gone by.
A dos meses del fin del año me acuerdo de unos cuantos álbumes estupendos desde enero tan buenos o mejores que estos tres acordes de Van Morrison, pero quizá este es el que me deja más satisfecho, el que convierto en mi disco del año. Cuestión de fe, o de emoción.
Nota: 9/10
Van Morrison no para. Ni se agota ni da muestras de agotamiento, estado que otros parecen incapaces de admitir (Springsteen, Cave, Young). Seis discos en cuatro años de paseo por el blues, el jazz y el soul, siempre a caballo entre géneros con ejemplar naturalidad. En la sexta obra de esta serie The Man vuelve a las composiciones propias y se planta en cinco estudios a uno y otro lado del Atlántico para culminar un trabajo sublime. Todo suena impecable en este disco, todo encaja sensible y poderoso en canciones redondas de las que sobresalen un puñado: Dark night of the soul, You don't understand, Up on Broadway, Three chords and the truth y la espiritual Days gone by.
A dos meses del fin del año me acuerdo de unos cuantos álbumes estupendos desde enero tan buenos o mejores que estos tres acordes de Van Morrison, pero quizá este es el que me deja más satisfecho, el que convierto en mi disco del año. Cuestión de fe, o de emoción.
Nota: 9/10
jueves, octubre 24, 2019
VOLUME ONE 513: COLORADO (NEIL YOUNG WITH CRAZY HORSE)
Queda una amarga impresión de desgaste al terminar de escuchar Colorado. La segunda vez, después de que tras la primera sientas que te has tragado una de las peores obras de Neil Young con sus Crazy Horse. Tampoco es que mejore demasiado la cosa al acabar la siguiente sesión. Bueno, te dices eso de que a Neil le perdonas lo que no admites de otros. Y que el tiempo hace daño, o suele hacerlo.
Una pena. Porque Colorado (Reprise, 2019) empieza y termina bien, risueño con Think of me y crepuscular con I do. En estos dos temas, tranquilos y acústicos, es cuando mejor funciona el regreso de Mr. Young con su eterna banda; también pasa con Green is blue y Eternity, otros dos cortes pausados. La reunión, por supuesto, auguraba cuerdas nerviosas y distorsión, algo de furia sobre letras contra el poder, el consumo y los daños medioambientales. Y ahí, en esa sonora onda de NY y CH que es marca de la casa, cada vez más tosca, es donde falla el asunto.
El largo tema de rigor, She showed me love, carece de gancho y parece un cosido de otras largas piezas de Neil mucho más memorables. Las demás canciones cañeras, alguna aceptable (Shut it down) y otras con algún momento inspirado, se pierden en espesura guitarrera y voces débiles que no dan mucho de sí. Me duele el suspenso.
Nota: 4/10
Una pena. Porque Colorado (Reprise, 2019) empieza y termina bien, risueño con Think of me y crepuscular con I do. En estos dos temas, tranquilos y acústicos, es cuando mejor funciona el regreso de Mr. Young con su eterna banda; también pasa con Green is blue y Eternity, otros dos cortes pausados. La reunión, por supuesto, auguraba cuerdas nerviosas y distorsión, algo de furia sobre letras contra el poder, el consumo y los daños medioambientales. Y ahí, en esa sonora onda de NY y CH que es marca de la casa, cada vez más tosca, es donde falla el asunto.
El largo tema de rigor, She showed me love, carece de gancho y parece un cosido de otras largas piezas de Neil mucho más memorables. Las demás canciones cañeras, alguna aceptable (Shut it down) y otras con algún momento inspirado, se pierden en espesura guitarrera y voces débiles que no dan mucho de sí. Me duele el suspenso.
Nota: 4/10
lunes, octubre 21, 2019
SOUNDTRACK 239: BLINDED BY THE LIGHT... CON BRUCE DENTRO
A los que sabemos que un músico nos acompañará siempre, quienes una y otra vez (aunque no siempre), en las duras y en las maduras, seremos alumbrados por su voz y el aura que desprenden sus palabras, nos gustará Blinded by the light. No es una película extraordinaria, pero sí tiene dos o tres momentos de extraordinario poder que nos juntan con la fuerza evocadora de la música. Sí, una de las primeras canciones del Boss da título acertadamente al último film de la autora de aquel otro entrañable largometraje, Quiero ser como Beckam. Gurinder Chadha se inspira en las vidas reales de un chico inglés de origen paquistaní y de su familia y amigos a partir del momento en que descubre las canciones de Bruce Springsteen.
Estamos en Luton, a mediados de los años ochenta, estancados por los estrictos rigores de una familia apegada a la tradición de su país, recelosa de quienes la acogen y con el dinero como único norte. No hay mucha esperanza afuera: el paro destroza carreras y vidas y la población rechaza a los extranjeros. Y en esto que Javed escucha al Boss, y sus canciones hasta la fecha, allá por la época del disco Born in the USA, empiezan a conducir su vida, le ayudan a luchar, a tener valor, a sentirse libre y a crecer. Como decía, hay algunas escenas magníficas (el alumbramiento con Dancing in the dark, el flechazo romántico con Thunder road, la alegría de correr en libertad por la ciudad cantando Born to run) que compensan la endeblez de otros aspectos más simples y manidos del guion; son momentos que convierten la vida en un musical, que nos fusionan con la esencia del rock and roll y hacen revivir a aquellos adolescentes que fuimos cuando creimos encontrar en Bruce la respuesta a todo.
Un apunte: al final te enteras de que el joven en quien se inspira la película se convirtió en un hombre que ha visto en vivo a Bruce unas 150 veces en su vida. Apuesto a que en uno de ellas yo también estaba allí.
Estamos en Luton, a mediados de los años ochenta, estancados por los estrictos rigores de una familia apegada a la tradición de su país, recelosa de quienes la acogen y con el dinero como único norte. No hay mucha esperanza afuera: el paro destroza carreras y vidas y la población rechaza a los extranjeros. Y en esto que Javed escucha al Boss, y sus canciones hasta la fecha, allá por la época del disco Born in the USA, empiezan a conducir su vida, le ayudan a luchar, a tener valor, a sentirse libre y a crecer. Como decía, hay algunas escenas magníficas (el alumbramiento con Dancing in the dark, el flechazo romántico con Thunder road, la alegría de correr en libertad por la ciudad cantando Born to run) que compensan la endeblez de otros aspectos más simples y manidos del guion; son momentos que convierten la vida en un musical, que nos fusionan con la esencia del rock and roll y hacen revivir a aquellos adolescentes que fuimos cuando creimos encontrar en Bruce la respuesta a todo.
Un apunte: al final te enteras de que el joven en quien se inspira la película se convirtió en un hombre que ha visto en vivo a Bruce unas 150 veces en su vida. Apuesto a que en uno de ellas yo también estaba allí.
domingo, octubre 20, 2019
VOLUME ONE 512: SOMEBODY'S KNOCKING (MARK LANEGAN BAND)
Si hay un grupo seguidores en el que se juntan los desencantados con Mark Lanegan, me sumo. Más que desencanto, diría cierto desapego. Libre e impredecible como es, hoy a Lanegan el viento le peta de lado y se inclina desde hace un tiempo hacia climas turbios cubiertos por distintas capas de abrigo electrónico que lo alejan bastante de aquel solista enigmático que se escondía en Whiskey for the Holy Ghost y Field songs. Desde Blues funeral (2012) se advierten inquietantes ruidos de fondo, con más resalte tecnológico en Somebody's knocking (Heavenly, 2019), álbum crudo y áspero que guarda más bien desarreglos sobre atmósferas misteriosas.
Admito los rumbos impulsivos que va dando la carrera de Lanegan desde hace una década y generalmente me gustan sus decisiones cambiantes, unas más que otras (sí a los discos con Duke Garwood o con Isobel Campbell, no a Imitations o Phantom Radio). Pero a este último álbum no consigo enchufarme. A veces me parece feo, a veces tosco, y en cambio otras veces su música se inyecta de una extraña sutilidad. No es el Lanegan que apruebo, de todos modos.
Nota: 4,5/10
Admito los rumbos impulsivos que va dando la carrera de Lanegan desde hace una década y generalmente me gustan sus decisiones cambiantes, unas más que otras (sí a los discos con Duke Garwood o con Isobel Campbell, no a Imitations o Phantom Radio). Pero a este último álbum no consigo enchufarme. A veces me parece feo, a veces tosco, y en cambio otras veces su música se inyecta de una extraña sutilidad. No es el Lanegan que apruebo, de todos modos.
Nota: 4,5/10
jueves, octubre 17, 2019
VOLUME TWO 99: CARAVAN
Alguna vez buceo por las aguas embarradas de ese género poliédrico en el que el rock se fusiona (con más o menos intenciones artísticas) con la psicodelia, el jazz o el folk para producir una música que bebe de la experimentación y apunta al desconcierto. Me gustan otros híbridos menos ambiciosos que el llamado rock progresivo, pero el poder de seducción que tienen algunas de esas fusiones me resulta enriquecedor. Caravan lo consigue. Cuando descubro sus discos, básicamente los de su primera etapa, en la década que va desde 1968 a 1976, es fácil que su música me sumerja en un estado de relajante levedad.
De las bandas surgidas en aquella época en torno a la británica escena de Canterbury, donde confluían diversas inquietudes artísticas y musicales (y mucha droga), Caravan es la que más me gusta. Quizá porque la encuentro más accesible, laberíntica aunque con salida al final del trayecto, menos oscura y compleja que la de Gong o Soft Machine, grupos en los que me pierdo, con los que, a la postre, acabo saliendo enseguida de Canterbury para asomarme mucho más adelante. Caravan, hoy seguramente tan olvidados como la mayor parte de sus contemporáneos, se apoyó en la persistencia intermitente de sus miembros más duraderos, Pye Hastings y Richard Sinclair, aunque con el paso de los años del equipo hubo migraciones a otras formaciones. En Caravan, psicodelia y jazz se agarran de la mano para crear una atmósfera de niebla en la que el rock se hunde y sale a flote en vaivén. Se advierte en los mejores trabajos del grupo: If I could do it all over again, I'd do it all over you (1970), In the land of grey and pink (1971) y For girls who grow plump in the night (1973), con los que uno descubre el excitante misterio de su rompecabezas musical.
De las bandas surgidas en aquella época en torno a la británica escena de Canterbury, donde confluían diversas inquietudes artísticas y musicales (y mucha droga), Caravan es la que más me gusta. Quizá porque la encuentro más accesible, laberíntica aunque con salida al final del trayecto, menos oscura y compleja que la de Gong o Soft Machine, grupos en los que me pierdo, con los que, a la postre, acabo saliendo enseguida de Canterbury para asomarme mucho más adelante. Caravan, hoy seguramente tan olvidados como la mayor parte de sus contemporáneos, se apoyó en la persistencia intermitente de sus miembros más duraderos, Pye Hastings y Richard Sinclair, aunque con el paso de los años del equipo hubo migraciones a otras formaciones. En Caravan, psicodelia y jazz se agarran de la mano para crear una atmósfera de niebla en la que el rock se hunde y sale a flote en vaivén. Se advierte en los mejores trabajos del grupo: If I could do it all over again, I'd do it all over you (1970), In the land of grey and pink (1971) y For girls who grow plump in the night (1973), con los que uno descubre el excitante misterio de su rompecabezas musical.
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