Alguien escribió una vez que “este es un mundo lleno de Leonor”. Después alguien cantó que “este es un mundo lleno de Leonor”, un mundo de belleza suprema entre nubes en movimiento y cuerpos itinerantes, escondida en los placeres cotidianos y condensada en gestos y figuras que el ojo del observador inconformista con alma de esteta moldea en la intimidad de su imaginación. Esa hermosura escrita y cantada, sin fuegos artificiales, tuvo como inspiración a la actriz española Leonor Watling, un ser humano de naturaleza extraordinaria, la que yo aprecio en las segundas miradas y en los detalles invisibles. No puedo, por tanto, borrar rastro alguno de cariño al valorar cualquier manifestación pública que nazca de las condiciones interpretativas, musicales o cinematográficas, de Leonor. Pero ello no impedirá que pueda fruncir el ceño o torcer los labios por que esta mujer se quede a veces a medio trayecto de lo que intuyo que desea transmitir o de lo que yo espero que ella me transmita. Por ejemplo, cuando despierta a su grupo musical Marlango, una formación a la que ningún periódico de tirada nacional concedería un reportaje de una o dos páginas enteras si tuviera a otra vocalista al frente.Mirarla es adorarla, escucharla no. No me gusta cómo canta, pero sí me gusta la música que hace Marlango, probablemente por el talento compositivo que atesoran sus dos escuderos, Alejandro Pelayo y Óscar Ybarra, más músicos de profesión. No le quitemos parte de responsabilidad a la escritura creativa y a los espejos en que se mira Miss Watling para esforzarse por resultar cercana y cálida. Aun así, lo siento, Leonor, te veo lejos y ojalá pudiera sentir contigo el calor en mis oídos y a través de mis nervios. Pero no.
Tampoco en el tercer disco de Marlango, The electrical morning (Universal, 2007), siento el chispazo que en ocasiones sí me enchufa la simple contemplación de la actriz en una película (Hable con ella, En la ciudad o A mi madre le gustan las mujeres). De sus tres trabajos me guardo el segundo, Automatic
Imperfection (2005), bien interpretado hace casi dos años en un concierto de grato recuerdo en Santiago. La música de Marlango no debería confundir a los recelosos críticos y oyentes que, como bien apuntaba Diego Manrique en un artículo reciente en El País, ya no toleran que las discográficas y las emisoras les vendan a vocalistas de voces tiernas con escobillas y suaves saxos de fondo como las nuevas doncellas del jazz. No, ni siquiera Marlango suena a ese jazzy tramposo y programado pese al empleo de saxos, trompetas y escobillas y a que tome a Tom Waits o Joni Mitchell (hasta Fiona Apple) como fuentes. Leonor y sus caballeros tejen un pop sedante de bella factura y esencia de club nocturno, última compra de yuppies y ejecutivos y… qué pena, tan distante como esa última imagen de portada, resaca impoluta en un amanecer irreal.
































