Su abuelo lo llevó al cine. Tenía 8 años. Salió entusiasmado de la sala, emocionado aún por la aventura en la que se había metido, perseguido por una piedra gigante, por aquellos moros con cara de pocos amigos en callejones estrechos, caído a la fosa de serpientes bajo el desierto, escondido en el submarino de los nazis y atado a un palo mientras el arca aquel expulsaba sus demonios. Volvió a ver la película una semana después, con su abuela y una amiga. Repitió con niños de su edad. Repitió con sus padres. Repitió una quinta vez, aunque no recuerda con quién como acompañante. En el mismo año. Tres más tarde el aventurero del sombrero y el látigo le invitó a otra aventura que vivió otras tantas veces como la primera, en exóticos palacios y catacumbas malditas protegido por la oscuridad de un cine. Volvió el héroe cinco años más tarde, aunque el niño, más crecido, se reencontró con él sólo una vez en la búsqueda sagrada desde una sala de estar. Las películas descansaron en su recuerdo. El héroe se jubiló. Hasta hoy.Hoy ha vuelto Indy, el doctor Jones. El niño es hombre y ha querido sentirse un poco como entonces. No ha podido. No es tan fácil. Le ha alegrado reencontrarse con el aventurero de su infancia. Se ha entretenido, ha sonreído. Quizá es bastante, quizá es justo. Pero ya nada es como entonces. Aquello nadie se lo puede arrebatar. De esto puede prescindir. No pasa nada. El cine, como la vida, sigue su curso hasta la próxima sesión.






































