Podría ser una sección más de este blog, o de cualquier publicación o programa. Lo pensé al enterarme esta semana de que hace justo 35 años, un 24 de septiembre, las tiendas de discos empezaban a vender un álbum titulado Nevermind, el segundo de un grupo del que muy pocos apenas sabíamos nada, Nirvana. ¿Dónde estaba yo? ¿qué hacía yo?, me pregunté. ¡Cuánto llegamos a saber después!
En respuesta: empezaba mis estudios universitarios y en uno de aquellos programas musicales de la tele emitieron aquel vídeo nuevo de una banda de aspecto desaliñado que saltaba, gritaba y se retorcía en un siniestro gimnasio escolar. Espíritu juvenil, decían. Furia, enfado, guitarreo contra la insatisfacción, la desesperanza. ¿Punk moderno? El aullido de lo que llamaban rock alternativo.
Luego leímos y supimos mucho de Nirvana y de Seattle, del grunge, de muchas otras bandas que se perdieron o que envejecieron bien. Rara vez volvemos a ellas, quizá porque aparece un documental o una de sus canciones suena por la tele o alguien la ha rescatado y popularizado. En ese reencuentro volvemos al tiempo en que nosotros también descubríamos todo aquello y nos sumergíamos en la corriente.
Y 35 años después escucho Nevermind tratando de retornar a aquel zeitgest, con otros oídos, digiriendo la onda expansiva que tuvo aquel disco durante unos años, una década, y advirtiendo en perspectiva cómo su impacto se fue diluyendo. Algunas de sus grandes canciones hoy me parecen ajenas, vaya. Y me pregunto: ¿cuántos jóvenes escuchan Nirvana en el instituto?














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