El bonito cadáver en la historia de Red Hot Chili Peppers fue Hillel Slovak. Entre su público hubo quien se bajó del bus cuando su guitarrista se apeó del mundo con un empacho de droga y angustia cuando los años ochenta se acercaban a su fin. Entonces eran unos jovenzuelos un tanto disfuncionales cuya música y espectáculos eran salvajes, abrasivos, también un circo de payasadas. No había lugar a la indiferencia que el funk y el rock de su música escupía. Quedaba camino por allanar, superficies que pulir, otras revoluciones que protagonizar, en los estudios y en los escenarios. Un relato que mejorar. El peso de Slovak en las primeras ecuaciones de RHCP se cuenta, con la distancia justa entre la frialdad de los hechos y el calor personal de la nostalgia, en el documental El origen de RHCP. Nuestro hermano Hillel.
El género del docudrama musical lleva años regalando brillantes ejemplos, bien sea para retratar a Metallica, Amy Winehouse o Taylor Swift. El film que recupera aquellos años de los Peppers, aquella época bañada en ácido en la que solo el batería Jack Irons parecía el único tipo con algo de sensatez, es tan notable como aquellos ejemplos. Cuarenta años después, Irons, Flea y Kiedis repasan los excesos de su juventud, sus aventuras musicales, las idas y venidas de un proyecto imprevisible, y ensalzan a un amigo, un hermano, que sin duda fue determinante en la orientación que tomó la banda, en un sonido nervioso que con los años mejoraría pero también se estancaría. Llegaron nuevas épocas. Hillel no supo sobrevivir, que lo hicieran sus amigos casi fue un milagro.

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