
Dos estrellas indiscutibles como Dustin Hoffman y Susan Sarandon encabezan el reparto. El actor no quedó satisfecho de la promoción que recibió la película en el momento de su estreno norteamericano y, como consecuencia, la película apenas tuvo éxito y repercusión comercial. Aunque espléndidos artistas, ni Hoffman ni Sarandon arrastran ahora a público numeroso a las salas, como tampoco un actor de generación mucho más joven, Jake Gyllenhaal, solvente en sus trabajos pese a que su apagada expresión de chico con problemas tiende a encasillarle. Los tres llevan todo el peso de Moonlight mile, un drama generacional que arranca desde una tragedia vivida por el propio director del film (el asesinato de una joven, la novia de Gyllenhaal, quien convive durante unas semanas con quienes iban a ser sus suegros, Hoffman y Sarandon, en un pequeño y tranquilo pueblo americano de la costa este), pero que va tomando, dentro de la desgracia, perfiles optimistas.
Temas musicales de los años setenta salpican la banda sonora. Por allí aparecen Marc Bolan, Bob Dylan o Elton John, e incluso Jorma Kaukonen, fabuloso guitarrista de Jefferson Airplane y Hot Tuna, aporta sus cuerdas en pasajes de música incidental. Pero dos canciones se llevan la palma en el metraje, la flotante Moonlight mile que cierra el álbum Sticky fingers de los Rolling Stones (se escucha en una máquina de discos en una escena que parece desconectar de la realidad y enamora al espectador de la actriz Ellen Pompeo) y la maravillosa, siempre nostálgica Sweet thing.

Incluida en Astral weeks (1969), la obra maestra de Van Morrison, este tema cierra la película de manera purificadora, balsámica, esperanzadora, perfecta. En esos minutos finales, adornada con sutiles imágenes, pausados movimientos de cámara, el silencio de los personajes y, cómo no, con el lamento evocador de los gritos y susurros de Morrison, Sweet thing realza los méritos de Moonlight mile y transmite ese impagable bienestar que la conexión entre la música y el cine regala tantas veces.