Ahora que mis allegados se sumergen en las aguas revueltas de la música de David Bowie, me animo a adentrarme yo en unas cuantas corrientes al azar, siempre imprevisibles, de tan incomparable artista. Conviene prepararse, quizá no lo estuve cuando me lancé a él en mi juventud y buscaba el impacto inmediato. Tuve más paciencia, más perspectiva y contexto en las exploraciones de la madurez, y el impacto llegó: no me tumbó, no me noqueó, pero me dejó asombrado con su versatilidad y su inspiración camaleónica. Bowie.
Heroes, la canción, esa obra maestra, eclipsaba y superaba Heroes (1977), el disco, un extraño panel de capas de sonido tan extravagante como cautivador grabado durante la etapa berlinesa en los estudios Hansa bajo la producción de Tony Visconti. Una mitad vocal, otra instrumental. La receta juntaba sabores y texturas que de golpe chirriaban y fascinaban, todo al mismo tiempo. Brian Eno pilotaba las pistas de sintetizadores y Robert Fripp estrangulaba la guitarra eléctrica. Bowie experimentaba con la voz, un héroe robótico de una nueva era, efímero, porque volvería a transformarse, una y otra vez.

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