El vinilo sobresalía de una estantería en la casa de un amigo. Mucho más tarde pensaría que el fondo de la portada, bajo el nombre del grupo y las tres rodajas de naranja, podrían ser salpicaduras de pintura de Jackson Pollock. La aguja hacía sonar un espeso bajo hechizante y el cantante pedía ser adorado. Estuve atrapado en esa canción unas semanas, quería escucharla una y otra vez, I wanna be adored. El resto del disco no me despertaba misterio, nada más era capaz de retener. Después supe que los miembros del grupo salían de una pelea y se metían en otra. No había lugar al entendimiento. Solo un álbum más pudieron completar cinco años después. Y ahí se acabaron The Stone Roses.
Su despegue con el primer disco en 1989 solidificó la escena de Madchester; cómo molaba imaginársela en esa ciudad desconocida, gris y lluviosa, con aquella banda sonora que unía de la mano el pop y la música dance entre una base rítmica terriblemente adictiva, con la ayuda de un poco de ácido. La banda pariría hijos legítimos igual de conflictivos y dejaría una huella de nostalgia que supo explotar entre seguidores con morriña con un oportuno reencuentro dos décadas después. Aquel álbum lo aprendí a escuchar mejor después, en su frescura, en su misterio, comprensible legado de adoración.

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