
Es que la música de Clem Snide se degusta precisamente con calma y refinamiento. Es suave y espaciosa, tirante a veces hasta resultar afilada, sobre todo cuando a su líder se le da por hablar de “sentimientos tristes”, “amar lo desconocido” o recrearse con la muerte o alguna otra desgracia. Otras veces es cínico e irónico y entonces sus temas parecen bromas sofisticadas. Pero siempre da la impresión de que a esta música americana de Clem Snide la cubre una emoción de nostalgia apesadumbrada a la que sienta de maravilla esa voz afectada de Eef Barzelay. Él y su guitarra, siempre la misma en el concierto de Vigo, pero muy bien acompañada por el bajista y un versátil percusionista, le dieron cuerpo flexible al listado de canciones. Levantaba los brazos el autor después de cada canción como si hubiera ganado una simple prueba atlética. Claro que le felicitamos aunque no le colguemos ninguna medalla.
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